
Sandra cuenta los días para dejar de prostituirse y Ángela no cambiaría su trabajo por nada. Pese a sus diferencias, las cuatro profesionales del sexo que hablan en este diario coinciden en que ‘alquilan’ su cuerpo por voluntad propia y por necesidad
Ahorita no te puedo atender, reinita. Lo siento”. Celine es cariñosa hasta para colgarte, con su voz de caña de azúcar, el teléfono. Se anuncia como una “mulatita viciosa”, pero más que sensual suena tierna. Alquila su cuerpo “flaquito” por treinta euros. Lo mismo que vale la entrada a un concierto. Como ella está “ocupada”, el índice continúa deslizándose por la sección de relax del diario. Zuriñe, una “neska jatorra” con “euskalabel”, no está en ese momento. Aroa, de Chile, comunica. La rusa Natacha sólo habla a cambio de dinero. Por ellas, y gratis, lo hacen cuatro de sus compañeras. Todas se prostituyen por voluntad propia y por necesidad. “Nadie nace para ser puta. Esto no es una profesión”, sentencia Sandra, separada de sus dos hijos por todo un océano.
ÁNGELA – ESPAÑA
“Muchas prefieren estar aquí, aunque vengan explotadas”
Quizá por deformación profesional, de entre todos los anzuelos, pico el de “Ángela periodista. 140 de pecho”. Resulta ser una prostituta sin pelos en la lengua, que trabaja por libre y se reserva el derecho de admisión. “Mi clientela es curranta, el visitante, el oficinista… Gente normalita y corriente, porque no admito personas bebidas o drogadas, ni atiendo extranjeros. Les oigo el acentito por el teléfono y les digo: Lo siento y ya está. Así me evito muchos problemas. Hago un trabajo muy limpio, muy normal”, asegura, envolviendo la dureza de su oficio con un halo de cotidianidad.
Abocada a vender su cuerpo porque “hay paro y no vas a pasar hambre ni echarte a robar”, Ángela subraya que se acuesta con desconocidos “por dinero, está claro, no por placer”. Sincera, admite que la recaudación a fin de mes bien vale su “sacrificio”. “Estaría bueno que encima que pones tu cuerpo no ganaras. Para eso te pones a limpiar”, responde airada. No obstante, advierte, no es un dinero fácil. “A ver a quién le parece fácil no conocer de nada a un tío y acostarte con él. Es un dinero que te lo curras y mucho, psicológicamente y todo”, se hace valer esta trabajadora sin nómina que no quiere cambiar de ocupación. “Muy buen trabajo me tendrían que dar para dejar éste. Si quiero, estoy, y si no, no estoy. Yo me lo guiso, yo me lo como, como autónoma que soy”, se defiende.
Harta de tópicos, la “delgada y espectacular” Ángela relata su verdad sobre las prostitutas extranjeras, sin importarle ser políticamente incorrecta. “Hace quince años igual sí había chavalitas que venían engañadas, pero hoy en día la grandísima mayoría saben de sobra a lo que vienen, incluso se traen luego a las hermanas y cuñadas para meterlas en el rollo. Lo que pasa es que el victimismo siempre va muy bien y la televisión sólo saca lo peor de lo peor. La gran realidad no interesa, no da morbo”, arremete, hastiada. Pese a reconocer que algunas mujeres sí son obligadas a prostituirse, no a todas les tiene lástima. “Muchas prefieren estar aquí, aunque vengan explotadas con su novio o su macarra, porque en su país se están muriendo de hambre. En realidad lo tienen muy fácil si no quieren estar en una mafia. Tampoco es tanto como lo cuentan. Tú te coges tu maleta y te vas con lo puesto al otro lado del mundo. Hay muchas mujeres a las que les va ese rollo, así te lo digo, de tener un macarra”, censura, ajena al estupor que causa la inesperada crudeza de su testimonio.
Dado que dice ser periodista, a Ángela se le presupone informada del plan anunciado por el Gobierno español para que las víctimas de explotación sexual, a las que se ofrecerá ayuda y alojamiento durante un mes, denuncien a sus proxenetas. “Me sabe fatal porque no hacemos más que dar y dar a los de fuera. Entre estas mujeres hay de todo: majas y embusteras. ¿Tú sabes la de mentiras que contarán estas tías para que les den cobertura un mes y las manden luego a su país? Va a haber cada follón”, vaticina. A las autoridades españolas también les canta las cuarenta. “Ese plan es una tontería que se han inventado para hacer ver que hacen algo. Son unos hipócritas. Esta profesión lleva todísima la vida y lo que tenían que hacer es legalizarla. Meto muchas horas y aguanto muchas cosas. ¿Por qué no puedo ser yo como una trabajadora cualquiera? Que así parece que estás fuera de la ley, joder, que eres una manganta…”.
MAITE – BRASIL
“Hay amas de casa que son prostitutas en horas de oficina”
Maite trabaja en una “oficina”, pero, en vez de atender a sus clientes por teléfono, les ofrece sexo anal. Cuando cae la tarde, se cierra el negocio y esta “brasileña cachondísima” camina por la calle “como una señora”. “Me visto igual que las de aquí y me porto igual o mejor”, asegura y no hay por qué ponerlo en duda. Aunque nadie le afea el oficio, se apresura a justificarse. “A mí no me da vergüenza ejercer la prostitución porque no estoy robando ni haciendo nada ilegal. Así de claro. Alguien busca mis servicios y yo cobro por prestarlos”, simplifica.
Con un acento que ha resistido los quince años que lleva viviendo en el País Vasco, Maite recuerda que en su país se dedicaba a la venta ambulante. “Vine para conseguir algo mejor. Una compañera me explicó cómo era y me decidí. Igual otras vienen engañadas, pero las brasileñas es muy raro”, aclara esta mujer que, superada la treintena, combina su trabajo de camarera en una cafetería con la prostitución.
Las puertas de su vida, abiertas de par en par, sólo se cierran cuando se le pregunta por el sueldo. “Hay muchas diferencias, corazón. Ahora, lo mejor sería trabajar de camarera y olvidar la prostitución, porque según anda la economía… La crisis nos ha afectado muchísimo. Antes igual tenías diez clientes al día y ahora, como mucho, cuatro”, se lamenta. “Bien pensado –insiste– es mejor tener dos trabajos de hostelería que estar así”.
Cinco años alternando por clubes de cuatro ciudades distintas le han proporcionado a esta “morenaza” la suficiente experiencia como para hablar con conocimiento de causa. “A mí nunca me quitaron el pasaporte, ni me maltrataron, ni me obligaron a nada. Conocí a chicas que me contaron historias aparentemente verdaderas, pero también hubo algunas que, por tener papeles, montaron el espectáculo, denunciaron que estaban siendo explotadas y era mentira. Te lo digo como extranjera”, precisa, para que nadie busque trazas de racismo en sus palabras.
Partidaria de sentar en el banquillo a “las mafias, siempre y cuando lo sean de verdad”, Maite trata de concienciar a sus colegas. “Muchas no denuncian por incultas, porque tienen miedo y no tienen papeles, pero yo siempre les digo que lo hagan. Una no puede vender su cuerpo obligada”, sentencia, con las voces de otras chicas como telón de fondo. Tampoco, aclara, hay que tragar con todo. “Te dicen: Busco esto. Si eres capaz de hacerlo, bien y, si no, ya lo siento, pero ese servicio no hago, y aquí no pasa nada”, relata.
Para que las prostitutas “coticen y tengan paro”, Maite reivindica que se legalice una profesión a la que se puede dedicar cualquiera. “Yo tengo mogollón de compañeras españolas, amas de casa, que están viviendo con sus maridos y que ejercen la prostitución en horario de oficina. A las siete de la tarde salen de su trabajo y van a la parada del autobús a coger a sus niños. Si sus parejas y familias lo saben o no, ya no es cosa nuestra. La vida privada de cada una es privada”.
SANDRA – PARAGUAY
“Se lo contaré a mis hijos para que valoren lo que he sufrido”
Parió a su primer hijo con tan solo dieciséis años. El segundo llegó poco después. Por ellos abandonó a su marido, su profesión de artesana y su país. “Quiero que estudien para que el día de mañana puedan tener un futuro mejor que el mío”, explica Sandra, una prostituta que se anuncia como una rusa de dieciocho años y en realidad es una paraguaya de veintiséis.
Tras su paso por varios clubes de Madrid y Málaga, donde se ha sentido “muy segura y bien cuidada”, Sandra trabaja ahora en un piso de Bilbao. A la espera de algún cliente, asegura que en cinco años ha recaudado el dinero suficiente para montar un negocio de decoración en su país. “Vine porque habían venido vecinas mías y he visto que resulta”, admite entre risas cantarinas. Enseguida matiza su aparente alegría. “No todo es color de rosa. Parece dinero fácil, pero acostarte con un desconocido que te toca es lo más difícil del mundo. Es muy duro, nadie se acostumbra”, afirma.
Con la mente puesta en fin de año, fecha en la que volverá a Paraguay, esta joven –que no bebe, ni fuma– no quiere que legalicen la prostitución porque “no ganaríamos tanto y ya no valdría la pena”. De momento, compensa. Al menos a ella, que tuvo que confesar a su madre su secreto por sus altos ingresos. “La mentira queda en pata corta. Tarde o temprano se iba a dar cuenta”. A sus hijos tampoco les ocultará la verdad. “Se lo diré cuando sean mayores para que valoren lo que he sufrido por ellos. Quiero que sean nobles y entiendan lo sacrificada que es la vida de una madre”.
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