En el quicio de la mancebía

Obligaron a Miguel de Molina, el cantaor de la blusa “cuajá de lunares”, a cambiar la letra de su copla “Ojos verdes”: donde decía “en el quicio de la mancebía”, tuvo que cantar “en el quicio de tu casa un día”, que sonaba más decente y “arreglao”.

ENRIQUE GIMÉNEZ Eran años aquellos en que las mancebías, casas de lenocinio o más concretamente “de ” estaban toleradas, y formaban parte del ámbito del varón hispánico, válvula de expansión que salvaguardaba la virginidad femenina y reducía el adulterio. Las hacían la señal de la cruz antes de prestar sus servicios, y Cela contaba que en un burdel de la posguerra un cartel advertía que “en esta casa no se hace el francés”, porque los caprichos raros estaban vetados, y como decían las amas o madames “aquí se va a lo normal, que somos muy decentes”. En una mancebía sita en la calle Bárbara de Braganza de Madrid, bendijo el local un cura que era cliente asiduo, y según Eslava Galán existía en las de cierto nivel la modalidad de “dormida”, circunscrita a los lunes y fines de mes, consistente en pasar la noche con la pupila, posibilidad muy demandada por los viajantes de comercio. En la escala de los pecados, el venal era considerado por casuistas y moralistas como venial, e incluso hubo quien hizo con él alarde de patriotismo, como el marqués de la Valdivia que sólo visitaba la mancebía una vez al año con ocasión del día de la Raza.

En 1956 quedaron abolidas lo que el legislador llamaba todavía “mancebías y casas de tolerancia”, y desde entonces la prostitución se transformó en un cafarnaúm tan ingobernable como boyante, que mueve al año más de 19.000 millones de euros y que sólo en la Comunidad Valenciana da trabajo a más de 15.000 mujeres y no se sabe a cuántos prostitutos, sin que la mayoría pague ningún tipo de impuesto, lo que supone una competencia desleal frente a los locales de (que así se llaman ahora los anteriores , mancebías, lupanares y prostíbulos), que incrementa el déficit público de la Generalitat.

Hace unos días la ministra de Igualdad contaba que al comentar con su colega sueca el plan aprobado por el Gobierno español para combatir la trata de blancas, ésta le preguntó cómo habíamos aprobado ese plan en un país en el que la mayoría de los periódicos incluyen , detrás de los cuales se supone a las mafias moviendo los hilos. Hasta el “Abc”, nuestro más pudibundo diario, sostén de la ortodoxia moral y azote de progres descarriados, anuncia en sus páginas “amas de casa insaciables”, “diosas pecaminosas”, “primorosos masajes aplicados por encantadoras rusas”, y da cobijo a una amplia oferta de rumanas, brasileñas, cubanas, venezolanas y mejicanas que realizan servicios “completísimos por 75 euros taxi incluido”, o proclama la intensidad amatoria de un “travesti oriental supertetona”.

Por lo que se lee en las páginas de contactos crece exponencialmente en estos tiempos de crisis la oferta autóctona y nacional, que había quedado relegada a sórdidos locales de carreteras de segundo orden y al fibroso mundo rural. En un gran diario barcelonés se ofrece “ama catalana severa”, “catalanas de capricho” o “señora catalana”; en otro de Madrid se destaca la condición de españolas de hembras de “conejito peludo” que dicen aguardar a sus potenciales clientes “a cuatro patas”; en Galicia se anuncian expertas en soplar la gaita, y es posible que en la prensa andaluza regrese a los menesteres del sexo Carmen la Loca, la más excitante gaditana de todos los tiempos, de quien se conserva en la prestigiosa colección de Alexandre Dupouy, el mayor coleccionista y experto en arte , una fotografía en que aparece desnuda fechada en 1866.

La fundación Amaranta, dedicada a la acción social entre mujeres en exclusión, ha certificado este aumento de prostitución española en pisos particulares, y calcula que hasta el 30% de las pupilas de las mancebías son ya nacionales. Cualquiera que se asome a los anuncios de esos periódicos que tanto han impactado a la ministra sueca de Igualdad, podrá comprobar que detrás de las “maduras peludas que te lo comen todo” hay muchas españolas en rebajas todo el año empujadas por la necesidad. Y habrá que regular ese mundo para poner freno a la proliferación de furgonetas con un al volante, un colchón mugriento en el pescante y varias mujeres en oferta al precio de lo que cada cual lleve en el bolsillo, o de mujeres que deambulan por caminos, encrucijadas de carreteras, campos de naranjas y playas, con sillita y una botella de agua como bidé.

Volver a la regulación de la prostitución es indispensable. Será como volver a la mancebía clásica, aunque sin un quicio donde apoyarse ni unos ojos verdes que miren encenderse la noche de mayo.

Enrique Giménez es catedrático de Historia Moderna de la UA.

http://www.diarioinformacion.com/secciones/noticia.jsp?pRef=2009041200_8_873865__Opinion-quicio-mancebia

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