El País: Ahorcarse con la propia soga

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo del El País no tiene nombre. Independientemente de los avatares por los que pasa Prisa, estamos asistiendo atónitos a cómo el diario de mayor prestigio y lectores de España se inmola colgándose con su propia soga. Lo último, la polémica suscitada por una serie de reportajes sobre la prostitución que ha salpicado a la propia Defensora del lector, que ha decidido ponerse del lado de la empresa para justificar, con argumentos chapuceros, una decisión destinada a conservar los sustanciosos ingresos derivados de los .

Si les somos sinceros, hemos retrasado este artículo más de una semana. De hecho, ni siquiera queríamos escribirlo pues, después de los palos que le hemos dado a El País en los últimos tiempos, teníamos miedo de que se interpretase como la consecuencia de alguna rencilla personal o de una manía insana hacia ese medio y sus trabajadores.

Como les contamos, nada tenemos contra estos profesionales, la empresa editora o los miembros de su consejo de administración, de manera que habíamos decidido que, por mucho que nos encendiese esa doble moral desplegada por El País, en la que una serie de reportajes sobre la prostitución en España conviven con una media de tres páginas diarias de , perdón, de , no íbamos a hacer o escribir nada al respecto.

Sin embargo, los acontecimientos de la pasada semana, que han concluido con la participación de la mismísima Defensora del lector, nos han obligado a que al menos le demos la réplica a un diario que, para justificar su doble moral o sus incongruencias, trata a sus lectores como si fuéramos tontos.

Érase una vez…

Esta historia comienza el domingo 17 de mayo cuando El País inicia la publicación de una serie de artículos, que se extenderán hasta el jueves 21 de ese mismo mes, denunciando la situación de la prostitución en España. Los reportajes en cuestión, magníficamente realizados por M. Cebeiro Belaza y Á de Cozar, comenzaban diciendo en su entradilla “Hay 45.000 en España. ¿O son 400.000? El 90% están explotadas y ejercen contra su voluntad. ¿O es el 10%? No existe ningún estudio serio y concienzudo sobre el tráfico de mujeres de países del Tercer Mundo en España y a otros países europeos”.

Dos días más tarde, Enric González, bajo el título de Denuncia, hacía mención en su sección de opinión a lo curioso que resulta que su diario publique una serie de reportajes sobre la prostitución y no renunce a los beneficios generados por los los anuncios de ese tipo de servicios. Una actitud que el columnista achacaba al hecho de que su medio era tan plural que respetaba ambas posiciones e incluso aceptaba publicar su crítica al asunto sin que ello supusiera ningún problema y, de hecho, no lo fue. Otra cosa hubiera sido si la columna de González se hubiera utilizado para criticar que las empresas podrían aprovechar la crisis para hacer que sus empleados se bajasen los sueldos sin ellas renunciar a los beneficios, pero como el tema era la prostitución, a los señores de Prisa la posición de González les pareció la mar de bien.

Sin embargo, lo mejor estaba por llegar. A raíz de las numerosas quejas recibidas en el periódico derivadas de semejante comportamiento por parte de El País, el domingo 24 de mayo, Milagros Pérez Oliva, la Defensora del lector, salió a dar la cara (por la empresa) con una serie de argumentos sonrojantes e impropios de un periódico como ese.

Según Pérez Oliva, lo primero que hizo ante “el goteo suave pero sistemático” de las cartas de lectores en contra de que se publiquen anuncios de prostitución y que “se ha convertido en los últimos días en chaparrón” fue pedir la opinión del director del diario, Javier Moreno. Éste, escurrió el bulto, perdón, queremos decir que delegó en el subdirector Carlos Yárnoz quien suponemos que, sin sonrojarse, declaró:

“La sociedad española no ha resuelto el debate sobre la prostitución y el mundo que lo rodea. El gobierno, por ejemplo, ha renunciado a prohibirla o regularla, pese a las numerosas comisiones o estudios que ha elaborado. Ojalá hubiera una clarificación al respecto y, sin duda, el periódico cumpliría la ley como lo ha hecho siempre”.

Y continuaba:

“Salvando las distancias obvias, es lo que ocurrió con la publicidad del alcohol o del tabaco. Pero en este caso nos encontramos con una situación de alegalidad y, antes de adoptar posiciones prohibicionistas, también en la propia prensa debiera plantearse un debate más profundo y no sólo testimonial”.

Parece sorprendente, cuando no lamentable, cómo un Sr. Subdirector de un diario de tirada nacional es capaz de dar una respuesta de este tipo a una actuación como la desarrollada por su medio. El problema en este caso no es si la prostitución es o no legal en nuestro país (que lo es) o que esté o no esté regulada (que no lo está). La prostitución, como profesión, puede ser, siempre que quien la ejerza sea mayor de edad y lo haga voluntariamente y en pleno uso de sus facultades mentales, tan digna y respetable como lo es cualquier otra, por ejemplo, la venta de armas, ocupación respetabilísima, muy rentable para gobiernos (empezando por el nuestro) y corporaciones, y a cuyos trabajadores no se señala ni estigmatiza en su quehacer diario.

El problema de todo esto es cuando la prostitución no se ejerce de forma voluntaria sino obligada, de manera que , otros personajes y empresas de ese entramado, por ejemplo los periódicos, se benefician de esa explotación humana. Un hecho que los señores de El País parecen tener muy claro aunque no quieran reconocerlo y, si no, vean lo que decía el domingo la Defensora del lector:

“Si el número de prostitutas se cuenta por cientos de miles, si entre el 85% y el 90 son extranjeras y si una gran parte de ellas, según los informes policiales, ejercen forzadas por amenazas y agresiones que les hacen decir cosas como que su vida vale lo que vale la deuda que tiene con su , no es difícil deducir que al otro lado del teléfono que aparece en los anuncios que publicamos puede haber un explotador , y tal vez incluso un asesino”.

Sostenella y no enmendalla

Tras este razonamiento, en el que los periódicos aparecen indudablemente como cómplices de estas tramas de explotación humana, lo que espera el lector es que su Defensora anuncie el fin de los anuncios de prostitución en El País, pero nada más lejos de la realidad. Tras una burda autojustificación (“Esta Defensora considera que esos anuncios no deberían publicarse en este diario”) Milagros Pérez Oliva afirma que “los tiempos de crisis que vivimos no son los más propicios para tomar una decisión de esta naturaleza”, o lo que es lo mismo, en situaciones de dificultades económicas, participar de una u otra manera con redes que explotan a nuestros semejantes es algo con lo que ese periódico y, por tanto su empresa editora, está de acuerdo.

Por último, la Defensora del lector echa mano del Libro de Estilo de la casa que en su artículo 1.20 señala que:

“La línea editorial del periódico es contraria al fomento del boxeo, y por ello renuncia a recoger noticias que contribuyan a su difusión”, y finaliza diciendo, “Si esto forma parte de nuestros principios, con mucha más razón debería figurar el de no contribuir con anuncios de contactos a una actividad que, además de denigrar a las mujeres, las convierte en esclavas”.

Como verán, no satisfecha con todo lo dicho, la Defensora se despide con una nueva metedura de pata. Para empezar, compara un deporte (al menos se define como tal) en el que dos personas adultas convienten golpearse según unas reglas, bajo la tutela de un árbitro, para conseguir un premio monetario o de prestigio, con la prostitución. (“Si esto forma parte de nuestros principios, con mucha más razón debería figurar el de no contribuir con anuncios de contactos”, dice).

No satisfecha con esto, toma la parte por el todo y circunscribe esta actividad (la prostitución) al ámbito femenino, excluyendo a chaperos que, aunque son menos en numero, eso sí es cierto, también existen, aunque, tal vez y en su opinión, a ellos dicha profesión, en lugar de denigrarles, como en el caso de las mujeres, les eleve a los altares. En definitiva, un despropósito tras de otro que provocan que esta señora se olvide de otro de los artículos de su tan manoseado Libro de estilo, concretamente el número 1.37, ese que dice “Se deberá comprobar la veracidad de los anuncios que entren en la esfera estrictamente individual de las personas o las familias (esquelas, desapariciones, avisos)”. O lo que es lo mismo, a El País le preocupa más saber si una persona ha fallecido realmente a la hora de publicar su esquela que averiguar si una mujer (u hombre) ejerce la prostitución de forma voluntaria o está siendo víctima de una red de explotación sexual.

En conclusión, la pela es la pela o, como decía Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

http://www.soitu.es/soitu/2009/05/25/ilovepubli/1243264854_572122.html

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