Cuando Onetti sí importa

Dorothea Mur, Dolly, y Juan Carlos Onetti, indiferente compañero de sí mismo -como le gustaba autorretratarse- llegaron a España procedentes de Uruguay en 1975. «Juan venía de estar preso por la dictadura -explica Dolly, su viuda, en la librería del Centro de Arte Moderno, que muestra la vida y obra ínitma de Onetti- con angustia tremenda. Y acá nos impresionó la alegría de la gente joven. Llegábamos de un ambiente de dictadura total y lloramos en la calle por la sensación de extrañeza, de ver a las personas contentas y libres de otra dictadura». En El Escorial le prepararon a Onetti una habitación con increíbles vistas, y cuando llegó puso la cama mirando hacia el otro lado del balcón. Entonces le colocaron un espejo en la pared para que el paisaje se reflejara allí. Onetti era del signo de cáncer y la vivienda era la base de su vida. «Juan ha ido creciendo y creciendo» desde la leyenda del «hombre permanentemente acostado», evoca Dolly. En realidad, únicamente al final de su vida, unos pocos años, prefirió quedarse en la cama, a consecuencia de un problema de salud que le mermó la movilidad de una pierna. Leía y escribía recostado. Onetti estaba más vivo en la cama que mucha gente de pie y a pie de hoy. «Y Juan ha crecido con la ayuda de Vargas Llosa, Muñoz Molina y ustedes, para que nunca le olviden».
Precisamente, Mario Vargas Llosa arranca hoy el centenario de Onetti (que vino al mundo un 1 de julio de 1909) con la conferencia «Asedios a Juan Carlos Onetti», en un ciclo organizado por la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, en la Casa de América. 55 años escribiendo desde «El pozo» a «Cuando ya no importe», con el tango como música callada sobre un territorio mágico, Santa María, donde los personajes dibujan la metáfora de su desolación o el puro acto de vivir.
Onetti era misericordioso como sus libros. Tenía una ternura especial hacia los niños, las prostitutas y los animales. «Cuando era muy joven a Uruguay viajaban las prostitutas desde París. Eran todas muy finas -recuerda Dolly-, dignas, y él, apenas un chiquitín, ya estaba interesado. Iba al y cuando había un hueco las chicas le decían: «!Bueno, pasá pibe!». Después de haber entrado por primera vez en ese mundo, Juan lo describía así: «Yo volvía a casa sin ninguna sensación de decepción, porque yo sabía que eso no tenía nada que ver con el amor». Distinguía entre el con amor y el sin amor». Onetti, insomne por naturaleza, pegado a un cigarrillo, entregó toda su obra a la Biblioteca de Uruguay.
Cartas inéditas
Juan Carlos Onetti y Julio Cortázar se conocieron en los cafés literarios de Buenos Aires. Entre el humo de la vida charlaban, y no paraban, de literatura. «Juan era muy amigo de Aurora Bernárdez, la viuda de Julio, y Aurora le ayudó a Juan con la traducción de los cuentos de William Faulkner «Todos los aviadores muertos» -evoca Dolly-. Juan buscó aviadores norteamericanos en Buenos Aires para dejar constancia exacta de su jerga y lo que significaba. Todo lo quería hacer perfecto. Yo la conocí mucho en esa época. Era divina. Nos veremos muy pronto en Madrid».
«Juan traducía perfecto, no como algunos otros». Dolly rescata así un delicioso episodio protagonizado por el traductor de su obra al inglés: «En un momento de «Para esta noche» el personaje dice: «La gran siete», que en Buenos Aires es como decir «la gran ». Y el tipo lo tradujo literal: «¡the big seven»!».
El centenario tiene su Onetti inédito. En julio se editan en Uruguay las cartas que el escritor que dejó hablar al viento le envió a Julio E. Payró, famoso pintor, ensayista y crítico de arte argentino. Se datan entre los años 1934 y 40, cuando Onetti extraía petróleo literario de «El pozo». Onetti ya había dedicado un libro a Payró. Las misivas se vendieron a la Universidad de Notre Dame por 70.000 dólares. Se trata de unas 250 piezas desconocidas. «Las leí -dice Dolly-, y es un Juan muy joven, espontáneo en su comienzo literario. Él me decía que si toda su vida hubiera sido la de un empleado público no valía la pena vivirla. Desde niño contaba relatos de horror a sus hermanos. Son cartas que hablan mucho de arte moderno, de Picasso, porque a Juan le entusiasmaba la plástica. Cuando llegó acá ya no tenía ganas de moverse y no acudía a las exposiciones. Son textos totalmente inéditas». A la hermana de Dolly le pidió Onetti que le enseñara a tocar el piano, con un dedo, las notas de un concierto de Chaikovsky. Era su ilusión de niño. Dolly fue violinista de la Orquesta del Teatro Real durante 16 años. «A mí me gustaba todo lo que hacía Juan y a él no le gustaba nada de lo que yo hacía».
El vómito de un perro
A Onetti no le apasionaba releerse -él dibujaba la imagen del perro que nunca vuelve a su vómito-, sino el presente: «La felicidad de estar creando, la sensación de sacar algo que no existe. Juan escribía muy lento. Letra a letra. Decía que no corregía porque al escribir tan lento le daba tiempo para organizarse». Dolly era la amanuense de su amor. Pasaba sus textos a máquina. Como las «Confesiones de un lector», que ella quiere que se vuelvan a reeditar «porque es la única obra de Juan que casi no está en las librerías». Onetti tallaba su escritura a lápiz. Para Onetti, la bondad era la cualidad que le gustaba en el hombre y la ternura en la mujer. Se miró en el espejo de Proust, pero Faulkner era su autor preferido, junto a Celine, Proust y las novelas policiacas, de las que era obsesivo lector.
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