Su ambición fue tan grande como la astucia e inteligencia con que influía en su marido, el emperador Justiniano, tanto en los asuntos políticos como religiosos. Inspiró la reforma de leyes que afectaban sobre todo a las mujeres, en cuanto al matrimonio, divorcio y adulterio; tenía el poder de ascender a sus amigos y hacer caer en desgracia a sus oponentes; pero también escondía secretos. Arrastraba un pasado como actriz y prostituta antes de ser amante, y luego esposa, del emperador.
Teodora de Bizancio nació hacia el año 502 de nuestra era, hija de un cirquero de nombre Acacio, que poseía varios osos amaestrados. Desde muy temprana edad se hizo muy popular por sus actuaciones en el circo como bailarina, jinete y por su curioso espectáculo, donde se tumbaba semidesnuda recubierta por cebada y rodeada por gansos. A sus 16 años era ya la prostituta más famosa y mejor pagada de Constantinopla.
Un desengaño amoroso la hace huir a Alejandría donde conocería a Severo, el líder de una secta cristiana y se convierte al cristianismo. Regresará a Constantinopla para trabajar de hilandera durante un tiempo. Pero el destino hizo que se reencontrase con una vieja amiga, que en esos momentos era amante del general Belisario, y que la puso en contacto con la élite de la ciudad. Este hecho determinará para siempre la vida de Teodora, que no tardará en conocer a Justiniano, por entonces simple aspirante al trono, y convertirse en su amante.
Hasta tres veces se les negaría la autorización para poder casarse, ya que la ley romana prohibía a la realeza y a los patricios que se casasen con prostitutas o con mujeres de nivel social inferior. Aun así, consiguen casarse y poco tiempo después Justiniano accede al trono bizantino y con él su esposa Teodora.
Como emperatriz, Teodora no se mantuvo al margen de los asuntos de estado. Así, tomó cartas en distintos asuntos concernientes a mejorar la calidad de vida de las mujeres del imperio bizantino, influyendo en su esposo Justiniano para que codificara el derecho romano en el “Corpus Juris Civilis”. Inspiradas por ella aparecieron leyes que defendían la igualdad de la mujer, el derecho al divorcio, la prohibición de castigos por adulterio, el reconocimiento hacia los hijos bastardos y la defensa de sus derechos de herencia, la imposición de penas para los violadores, la posibilidad de abortar y la prohibición de la prostitución forzosa. Además, se encargó de crear planes de rescate para jóvenes que habían sido prostitutas, rehabilitándolas para otros oficios. También promulgó leyes que permitieran que las mujeres pudieran ser propietarias y heredar sumas de dinero o propiedades y además mejoró el sistema de atención a la salud femenina.
Pero no será por todo esto sólo por lo que pasará a historia. Será su entereza durante la revuelta de Nika en la que aconseja a Justiniano (en contra de lo que opinaban muchos de sus asesores) quedarse y luchar por su imperio, donde asombre al mundo. Unos 30 mil rebeldes murieron en el Hipódromo, emergiendo Justiniano como victorioso en gran parte por la valentía y el coraje de su esposa.
Un cáncer de pecho acabaría con ella a los40 años, después de haber impulsado el embellecimiento de la ciudad de Constantinopla, erigiendo puentes y acueductos, además de 25 iglesias, entre ellas la de Hagia Sofía.
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