Andrea está preñada, pero piensa dejar la prostitución en un mes y volver a Rumanía. Allí la espera su novio. Ahora ejerce en Granada, sin miedo a las multas que impone la nueva ordenanza de la convivencia
Unos almendrados y despampanantes ojos negros siguen la trayectoria de una furgoneta blanca cargada con tres jóvenes españoles. Los tipos sacan la cabeza por la ventanilla y jalean a la mujer que los mira. El destartalado vehículo se detiene un momento. La prostituta, rumana, piel clara, pelo brillante y negro, guapa y parca en palabras, 27 años, los mira desafiante, con desprecio.
«Son unos payasos, yo no me monto. Son muchos tíos juntos. Sólo quieren reírse», espeta frunciendo el ceño Andrea, debajo de la farola y una valla publicitaria donde suele pasar unas seis horas al día, con las interrupciones propias de su trabajo: el encuentro con los clientes, que se efectúa unos metros más allá, dentro del coche de ellos o entre los matorrales. Pero ahora, viernes por la noche, no va a ser. Está embarazada de casi dos meses, se acaricia la barriga. Andrea no quiere correr riesgos con esos tres energúmenos.
Hay unos campesinos rumanos a 3.500 kilómetros de aquí que ignoran por completo que su hija se gana la vida ‘vendiendo’ sexo. Andrea oculta su profesión a sus padres, finge ser camarera, pero acumula en su cuerpo cuatro años haciendo la calle, dos de ellos aquí, en la carretera de Jaén. En estas aceras anda cada noche con parsimonia y descaro, casi siempre escoltada por sus compatriotas y compañeras de oficio Diana y Bianca, también veinteañeras.
Los días durmiendo
Andrea se sitúa una rotonda más arriba de los travestis y una más abajo de las «negritas». Ésa es la dirección de su trabajo. Su hogar es un modesto piso en el barrio de La Chana. En él, vive con sus dos hermanos. Ellos trabajan en la obra. Apenas coinciden, los días para esta prostituta pasan con la persiana bajada, recuperando el sueño que perdió la madrugada anterior.
Las horas pasan, la noche avanza y la conversación a la intemperie se alarga. Hasta el momento en que la periodista se marcha, los clientes son pocos. Sólo uno. «Te juro que aquí no se gana mucho, unos 1.500 euros. El negocio es duro. La crisis también se nota. Y los precios… 20 euros por una felación y 30 por un completo», me dice levantando la voz.
Los proxenetas están en desuso, asegura esta ciudadana europea. «Yo voy por libre», profiere antes de dirigirse con lentitud a unos matorrales de los que extrae una Coca Cola de dos litros. Al otro lado de la carretera varias chicas son controladas por un chulo. Sin embargo, estas tres mujeres comparten, además de la botella de Coca Cola, la ‘libertad’. Entre la hierba está el menú de la noche: el refresco, pipas de girasol y el tabaco.
Andrea, Bianca y Diana se han conocido en España, ya trabajando de prostitutas. Antes, en Rumanía, fueron al colegio como niñas normales de clase baja, cada una en un pueblo diferente. Con un futuro ligado a la actividad agrícola.
Evocando su pasado -que aún no sabe el sexo de su bebé porque no ha ido al médico- anuncia que está dispuesta a dar un portazo. «Me vuelvo a Rumanía en un mes, ¿qué hago yo aquí con un barrigón? Esto no es bueno para un hijo».
¿Y abortar? «No, no, no… Si estoy embarazada de mi novio, y nos queremos. Él ya se ha ido a nuestro país, trabaja en la obra. Me espera allí», detalla con cuentagotas una mujer que ofrece a los clientes un sexo sin fantasía, exento de glamour, lleno de sordidez y con condón. «Siempre con goma, mi cuerpo vale más que el dinero. Aunque los clientes paguen más por hacerlo a pelo, los billetes se van y el cuerpo se queda».
Andrea se queja, critica el panorama, y sus colegas la secundan. Ya no ingresan lo suficiente para mandar algunos euros a Rumanía. La crisis económica cortó hace un año el reguero de clientes en los aledaños del Polígono. Aún así, ellas trabajan casi todas las noches, pero en algunas jornadas laborales sólo tienen uno o dos servicios. Casi nada: «Sólo 40 ó 50 euros».
«Viene a saludarme»
El reloj marca las 22.00 horas. Un Seat Ibiza azul metalizado, tuneado y conducido por un musculoso treintañero, se para. Andrea se acerca y mete la cabeza en la ventanilla. Dos besos. Unas palabras. Y la prostituta vuelve debajo de la farola. Él, de nacionalidad española, se marcha sonriendo. «Ha venido a saludarme -cuenta Andrea encendiéndose otro cigarro-, dice que hoy no tiene dinero».
Transcurren diez minutos. La fila de coches continúa en la carretera de Jaén, una zona en obras. Muchos vehículos pitan a las chicas. Otros les chillan. Todos, hombres y mujeres, las miran. De pronto reaparece el Ibiza azul metalizado. Andrea retorna a la ventanilla del coche. Y retrocede a la acera.
«Me ha dicho que va a coger a otra chica rubia que trabaja más arriba, en la parada del autobús. Hoy la quiere a ella». A lo lejos, se divisa un cabellera platino montándose en el coche azul. Puta y cliente desaparecen a todo trapo. «Yo no me enfado», sonríe Andrea, que evita a los clientes rumanos «porque son muy pesados y al final se enamoran».
Se lo dice la experiencia. Antes de recalar en Granada, esta mujer de silueta modélica y preñado incipiente trabajó en Barcelona dos años. Allí empezó todo. Desde aquel primer hombre que vio cómo Andrea se echaba a llorar tras el servicio prestado, hasta alguna incursión en clubes de alterne. «Los puticlubs son un rollo porque a las seis de la tarde se empieza por obligación».
«Ahora ya sólo pienso en los clientes como dinero. Mientras hago lo que me piden sólo pienso en los 20 ó 30 euros más que estoy ganado. Te acostumbras así», confiesa Bianca. A su lado, la futura madre asiente mientras observa que un conocido Suzuki Vitara dorado se acerca hasta su puesto de trabajo.
«Anda, vente si quieres», le dice con buenos modos, sin mirarla a la cara y casi en sordina, su ocupante, un señor de unos cincuenta años, de buen aspecto, con la cara curtida por el sol.
La prostituta sonríe, lo ha hecho toda la noche. Y se despide. El Suzuki arranca y en breves minutos Andrea ya sólo pensará en los 20 ó 30 euros que va a ganar. Hemos quedado en volver a vernos al día siguiente.
El sábado
Son las 19.00 de la tarde. Sábado. Había quedado con Andrea para tomar café a las siete, en su barrio, cerca de su casa. Llamo al móvil de Diana, el único contacto que me han proporcionado. Me cuenta con voz de sueño que Andrea tiene trabajo. Tendrá que ser otro día. Además, anoche terminaron muy tarde. Extenuadas.
Tres días después me doy cuenta de que le he perdido la pista a la futura mamá. «Andrea se ha ido a Murcia. No trabaja hoy. Andrea no quiere saber nada del periódico», me cuenta Diana al otro lado del teléfono o a pie de carretera en diferentes ocasiones. Insisto.
Andrea ha desaparecido del que era su lugar de trabajo, según compruebo in situ. Sé que aún no se ha marchado a Rumanía y expreso mi inquietud por ella. «No te preocupes, está bien», zanja el tema con una sonrisa Diana, con la cara hinchada y evidente cansancio.
Termino el reportaje pensando dónde y cómo se encontrará Andrea. La vida de las mujeres de la calle es una espiral en la que se repiten escenarios, algunos clientes, los escasos ropajes de las chicas, las mecánicas prácticas sexuales y las conversaciones entre ellas en mitad de la noche.
Sin embargo, en el horizonte de la profesión más antigua del mundo se atisba una novedad que sí inquieta a sus ‘empleadas’ en Granada: en cuestión de tres semanas serán perseguidas y multadas hasta con 3.000 euros todas las chicas que ejerzan justo en el lugar por donde ahora merodean Bianca y Diana. A mí, por lo pronto, me sigue rondando la pregunta de dónde estará Andrea, un nombre falso, por supuesto.
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