La ONG Ámbar CPI recorre los barrios de Valencia donde hay más prostitución para ofrecer a las mujeres atención sanitaria y psicológica
A las ocho de la tarde salen a trabajar. Se visten con ropas de colores vivos, repletas de transparencias para mostrar las curvas de su cuerpo y se pintan realzando ojos y labios – las nigerianas lo hacen al estilo “japonés”-. Todas ellas muestran su lado más sensual y esperan situadas al borde de una carretera o sobre una rotonda. Entre los habituales de la noche, los miércoles y los viernes, un grupo de personas intenta ayudarlas a salir de esta situación. “Hablamos con ellas para ofrecerles alternativas pero también para explicarles que tienen derechos”, comenta Iván Ruiz, uno de los responsables de la ONG Ámbar CPI e integrante del equipo de calle de la entidad.
Junto a él están Olimpia y Mª Jesús, que le acompañan en la labor de concienciación y se acercan a las mujeres para conversar con ellas: “Generalmente escuchan con atención los consejos que les damos y nos llaman para que les ayudemos, especialmente en los aspectos jurídicos y administrativos”, explica el chileno, afincado en Valencia desde principios de los 90.
Ataviados con una camiseta amarilla de la ONG, los voluntarios les dan un folleto que explica las áreas de ayuda de la entidad y les entregan una caja de preservativos, que cogen con fuerza e, incluso, piden otra “para mi amiga que está trabajando”, dice una señalando las escaleras de un paso elevado donde se había refugiado como precaución por si los integrantes de la ONG eran policías camuflados.
Durante la noche, los voluntarios preguntaron a las jóvenes -la mayoría de ellas no superaba los 25 años y había muchas con clara apariencia de menores de edad- si tenían la tarjeta sanitaria (SIP). Muchas ponían cara de extrañeza y respondían “¿qué es eso?, ¿Para qué sirve?”. Con un lenguaje muy sencillo, les explican que “es para que puedas ir al médico si alguna vez te pasa algo” y, enseguida, matizan que “no hace falta tener los papeles para que puedas obtener la SIP, sólo el empadronamiento”.
Una joven rumana que llegó hace dos años a Valencia porque le dijeron que “encontraría un buen trabajo”, fue la que más atención puso. Su máxima preocupación era que “no tengo papeles” y que “hablo solo un poco de español pero no sé leerlo”. Para tranquilizarla, Olimpia le explicó que iría con ella a hacer los trámites porque “tu tienes los mismos derechos que cualquier otra persona y debes exigirlos”. La conversación fue interrumpida por dos jóvenes que, subidos a una moto, gritaron: “Putas, marcharos a vuestro país”. Carmen [nombre ficticio] esbozó un gesto de estupor y lamento: “a veces estas cosas son las que más duelen”, comentó mientras difuminaba su sonrisa en la oscuridad del Camí de les Moreres.
“La ayuda psicológica que ofrecemos desde la ONG es muy importante para poder extinguir las consecuencias de la prostitución”, explica el sexólogo remarcando que “todas estas mujeres deben de recuperar la confianza en ellas mismas para poder empezar de nuevo” pero también hay que “eliminar las secuelas de los abusos sexuales y las vejaciones”.
En una de las rotondas una prostituta mostró interés por el servicio que tiene la asociación para que las mujeres soliciten “los papeles”. “Nosotros te ayudamos a salir de la prostitución y te ayudamos a encontrar otro trabajo”, le explica el responsable recalcando que “sólo tienes que querer y dejar que te ayudemos”. Ante estas palabras, la mujer, cuyo rostro pintado no puede esconder las marcas de la vida, pregunta si le pueden conseguir “el arraigo”. Con tranquilidad, le explica que sí pero que “debes de hacer vida en Valencia y apuntarte a cursos”. Para dar más facilidades, la asociación, en el mes de septiembre, pondrá en marcha talleres de confección, de castellano y valenciano y asesoramiento jurídico.
Redes de tráfico y vudú
En la actualidad hay casi medio centenar de mujeres que han tomado la decisión de “dejar las calles” y viven en un Hogar de Acogida que tiene la entidad en Madrid. “Allí les ofrecemos atención psicológica, cursos formativos y, durante un año, cubrimos sus necesidades”, explica comentando que “hay dos nigerianas que están intentando salir de la prostitución pero la red de tráfico que hay detrás dificulta las cosas”.
Ya cerca de las tres de la madrugada, tras atender a varias decenas de jóvenes, Ruiz sentencia: “Muchas de las mujeres africanas temen dejar la prostitución porque creen que caerá un maleficio contra ellas porque creen en el vudú”. Alguien les ha metido el miedo en el cuerpo.
http://www.levante-emv.com/secciones/noticia.jsp?pRef=2009070700_33_609174__Juntos-noche-ambar








