Hueles a sexo

Una de mis series televisivas favoritas de todos los tiempos se llamaba ‘Sigue soñando’. En ella, su protagonista, fruto de la empanada mental provocada por una sobreexposición infantil a la tele, recordaba continuamente diálogos y frases textuales de todo tipo de programas.

Sin llegar a los extremos delirantes de la sitcom, he de confesar que a mí me sucede un poco lo mismo. No es que me pasara la infancia delante de la pequeña pantalla, pero siempre he tenido mucha memoria y una facilidad espantosa para atesorar conocimientos de dudosa utilidad.

Total, que el otro día me acordé de un fragmento de un culebrón ideal de la muerte para ilustrar el tema que nos ocupa hoy. No consigo recordar cómo ni cuándo lo vi, ni a qué serie o película pertenece, pero sí puedo afirmar que lo tengo incorporado a mi disco duro y, en algún momento tonto, suelo reproducirlo.

La cosa iba como sigue: una despechugada ama de casa, con cara de desesperación, recibía con muy malas pulgas a su papichulo recién llegado a su apartamento (bueno, departamento en lenguaje de allá). En lugar del tradicional “buenas tardes” le espetaba un contundente “Hueles a . El chulo, lejos de amilanarse ante tamaña acusación olfativa, respondía con toda la desfachatez posible: “Bueno, un mecánico cuando llega a casa huele a grasa. Un panadero, huele harina. Y sí, es natural, yo huelo a sexo”.

Como todos podéis imaginaros, la escena, tras el pertinente bofetón de ella a él, terminaba con un apasionado ósculo preludio de un coito presumiblemente frenético que, como es lógico, los espectadores nos teníamos que imaginar porque la cámara hacía un zoom a la lámpara de la mesita de noche del dormitorio. Por cierto, si alguno de vosotros sabe de dónde puedo haber sacado semejante documento gráfico, agradecería que me lo hicierais saber en el foro.

Consideraciones morales aparte sobre el morro del amante que llega a casa apestando a sexo (después de estar toda la noche copulando sin parar y sin darse una triste ducha), lo cierto es que el olor es uno de los afrodisiacos más potentes con los que contamos. Queda fatal decirlo así y es muy posible que alguien interprete este artículo como una oda a la falta de buenos hábitos en materia de higiene corporal. Ni muchísimo menos. Estamos hablando de olores naturales que, debido a esta época tan aséptica y obsesionada con los buenos olores que nos ha tocado vivir, están desapareciendo de nuestras vidas. Y es una pena, porque el sexo huele. Y bien.

A la hora de hablar de sexo no es bueno hablar en términos absolutos. Está claro que no todos compartimos los mismos gustos, apetencias, pulsiones, filias o atracciones. Por lo tanto, es lógico que muchas personas prefieran que su pareja huela a lavanda o pino antes que a nada. A pesar de lo agradable de la primera opción, no hay que desdeñar la importancia de ese ‘nada’.

En este sentido, juegan un papel muy importante las feromonas. Aunque no podemos percibir su olor, nuestro cuerpo reacciona ante su presencia e incluso influyen en la elección de la pareja. Es por esto que, en algunas ocasiones, el olor de ciertas personas, por ejemplo después de dormir a su lado toda una noche, nos puede llegar a erotizar sobremanera.

Vamos, a mí me ha pasado y tampoco es que me moleste el olor a limpio, que conste. Serán las feromonas y el olor personal de cada uno de nosotros, pero, a diferencia de los demás animales, no reaccionamos automáticamente ante ellas. Nuestro proceso complejo de socialización, así como diversas restricciones culturales, son las responsables de este relativo poder de las feromonas en el ser humano. Por mucho que digan algunos fabricantes de perfumes y sustancias olorosas fabricadas a partir de feromonas. Sin embargo, cuando el ambiente es propicio y la intimidad y la confianza lo permiten, las feromonas actúan. Y de qué manera.

http://www.elmundo.es/elmundo/2009/09/16/camaredonda/1253083433.html

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