Seis mujeres y dos hombres asisten en una peluquería a una sesión de ‘tuppersex’, un encuentro para acercarse a la juguetería sexual de forma lúdica y profesional
Un hombre de unos 40 años llega a última hora a una peluquería del centro de cualquier ciudad española y pide un corte «de los de toda la vida». Le recibe Manuel, uno de los dos hombres que regentan el negocio, donde también trabajan varias peluqueras. Son casi las ocho de la noche y algo está a punto de ocurrir. A esa hora, el cliente de cierre es la única persona en el local que vive ajena a la reunión que se prepara para el momento en que el establecimiento eche el cerrojo. «Cortito, sin patillas y raya a la izquierda», indica al peluquero. Viste traje azul marino, corbata y zapatos oscuros. Es, como su peinado, un clásico.
Media docena de chicas de diferentes edades rondan a su alrededor, hacen comentarios en voz baja, se ríen y esperan impacientes el momento en que el peluquero le ponga un espejo en el cogote. Antes de que Manuel termine su trabajo entran en el local dos mujeres más. Una morena, Merche Gil; y la otra pelirroja, Lurdes Lavado, que lleva un maletín en su mano derecha. Saludos, más comentarios en voz baja, más risas, también sonrisas.
Secretos en la maleta
Entre broma y broma, disponen una mesa con varias sillas y butacas y van acomodándose, ajenas del todo al hecho de que el hombre de corte clásico ya no está. La peluquería está cerrada. «Algún día, con lo pato que soy, me voy a tropezar, se me va a caer al suelo todo lo que llevo aquí dentro y ya ves tú… ¡A ver qué explico luego!», bromea Lurdes mientras abre el maletín y descubre los secretos que guarda en su interior. Material caliente. Vibradores, anillos para el pene, ungüentos, lencería sexy, esposas… Todo lo necesario, en fin, para una noche de ‘tuppersex’. «Como sabéis, Merche y yo somos sexólogas», se presenta. «Hoy os queremos enseñar la juguetería erótica que proponemos en consulta para ayudar a mejorar la sexualidad femenina, para facilitar el orgasmo, favorecer el juego e intentar que nuestras relaciones no acaben en rutina».
El gabinete sexológico que dirigen fue hace un par de años uno de los primeros en España que comenzó a ofrecer sesiones de ‘tuppersex’. Son grupos de mujeres, que celebran una despedida de soltera o simplemente tienen ganas de divertirse y organizan una presentación de productos eróticos. En la mesa, la juguetería se entremezcla con patatas fritas, bebida y algo de picoteo. Ante ella, queda el morbo que despierta la sexualidad, la necesidad de información y, sobre todo, las ganas de divertirse. «Es hora de que también nosotras tengamos acceso al placer, de que nos desmelenemos, y nunca mejor dicho», se ríe Lurdes del doble sentido de la frase, en referencia a la peluquería donde se desarrolla la sesión.
La más joven del grupo se llama Iratxe, tiene 33 años y trabaja en el sector de la hostelería. Igual que Paqui, de 49. Entre ambas se acomodan tres peluqueras, dos de ellas con pareja estable. Son Maribel, de 52 años, y María, de 40. Marga, de 39, vive «soltera y sin compromiso», pero «abierta a cualquier negociación». La representación femenina se completa con Arantza, una economista rubia de 37 años, «soltera y sin pareja, dispuesta a escuchar las propuestas que surjan». El grupo acoge también al matrimonio que regenta el local, formado por José, de 43 años y Manuel, de 41. Al principio, todos están más tímidos. Lurdes y Merche rompen el hielo.
El ‘kit’ básico
«Nos gusta comenzar con lo que consideramos el ‘kit’ básico que toda mujer debería tener. Se compone de bolas chinas, un vibrador y lubricante». Las chinas son dos bolas para introducirse en la vagina. Van equipadas con un rodamiento interior que se desplaza con el movimiento. Sus golpes contra las paredes vaginales fortalecen los músculos y ayudan a corregir la incontinencia urinaria de esfuerzo.
-«¿Y se pueden dejar metidas ahí todo el día?», pregunta José.
-«No es aconsejable, un cuartito de hora basta. La gente piensa que se las pone y se va a ir de compras disfrutando, pero no. ¡Qué pena, eh! Lo mejor es utilizarlas tres meses para habituarse a ellas. Pasado ese tiempo, no se necesitará que nos las pongamos todos los días; el placer llegará», explican las especialistas. «Su variante son las tailandesas, que son más de dos bolas y ya no son para la vagina, sino para el ano. La cosa consiste en tirar de ellas poco a poco para ir sacándolas cuando llega el orgasmo».
-«Es ‘el carrete’ que atribuyen a Isabel Preysler», irrumpe Marga, la más desinhibida del grupo. «Dicen que ella lo practicaba con un pañuelo de seda con varios nudos».
Los lubricantes ocupan un lugar especial en la exposición. «La juguetería siempre debe utilizarse con lubricante… Es otra cosa», bromea otra vez Lurdes. El rey de la juguetería es el vibrador. Los hay de muchos tipos. El ‘rabitt’ (conejo), «que puso de moda la serie ‘Sexo en Nueva York’», tiene dos velocidades; el anillo para el pene incorpora un pequeño delfín y tiene la doble ventaja de favorecer la erección del hombre y excitar el clítoris de la mujer… «Si la sexualidad no es egoísta, no funciona, que a nosotras es superfácil que se nos vaya el deseo».
La sensación, sin embargo es uno al que llaman ‘el bimotor’. «Mi favorito -confiesa la maestra de ceremonias-. No lo puedo evitar. Cuando una mujer prueba uno de este estilo no puede más que pensar en sus virtudes. Os lo voy a pasar para que podáis tocarlo».
Inversión en placer
Todos los asistentes llevan las manos cubiertas con guantes para palpar los aparatos. Cuestión de higiene. ‘El bimotor’ suscita todo tipo de comentarios.
-«¿Y el ruido no molesta?»
-«¡Marga, por Dios! Te despistarás mientras te lo estás poniendo, pero una vez que te colocas ese cacharro ya no te despistas… Te lo prometo», le contesta irónica Lavado.
-«Además, es súper efectivo. Una vez, en la tienda, escucharon a una chica que le decía a otra: ‘cómpratelo, que yo con ese he conseguido el orgasmo en 17 segundos!», añade Merche
-«¡17 segundos! ¿Y cómo controló el tiempo…?
-«¡Bueno! ¿Cuánto cuesta?», interrumpe María.
-«121 euros».
-«¡Qué caro!», apostilla Iratxe.
-«Siempre decimos que es una inversión. La crema se acaba, unos pantalones duran un par de temporadas… El vibrador lo limpias, lo guardas en su cajita y… ¡hala!»
El maletín de las sexólogas tiene de todo. Estimuladores que se accionan con mando a distancia… «Son especiales para ir de cena en pareja, aunque -advierte Merche- todos tienen los mismos códigos y se corre el peligro de que se activen al mismo tiempo otros aparatos en el comedor… Son muy divertidos»… Arneses que excitan a un mismo tiempo clítoris, ano y perineo; tanguitas fosforescentes y estratégicamente agujereadas; plumas acariciantes…
Tras la exposición, llegan las compras. La sesión cuesta 50 euros, que se pagan a escote, pero todas las participantes se obligan de entrada a comprar algo, lo que sea. Una pide lubricante, otra un ‘bimotor’… Es la hora de la intimidad.








