EN TORNO AL PRÍNCIPE DE LAS LETRAS Sus novelas nos sitúan ante cierto pesimismo, un pesimismo inteligente porque nace de estudiar la condición del hombre -quizás también por proceder de una tierra con demasiados fatalismos- siempre cargado con un shakespiriano resistir los golpes de la insultante fortuna.
E N su novela corta ‘La Liga de escritores frente al espejo de una mujer’, Ismaíl Kadaré realiza un juego de espejos al hacer reflejar la literatura oficial frente algo aparentemente imposible en un rígido régimen socialista: una prostituta. Es la última prostituta, al menos la única que conocen los jóvenes escritores que trabajan en la institución y se quedan prendados de ella o más bien de su historia. Así, el protagonista nos dice: «Los visitantes se quedaban con ella toda la noche. A las tres de la madrugada, su madre les llevaba un café a los dos, a ella y a él. El cliente depositaba escrupulosamente los 1.000 leke de renumeración bajo la almohada. En raras ocasiones me había sucedido que devorara los pormenores de un relato con tal ansia como entonces». Porque el ser conocedor de esa mujer, de su práctica prohibida, de que algo así pudiese colarse en unas estructuras totalitarias, forma parte de la épica y es literatura, una mutua relación de la ficcionalización con la vida. Porque la literatura se creaba en la casa de la prostituta antes que en la institución que oficialmente se ocupaba de tal menester en el régimen. Es la base de esta novela pero también una de las pulsiones más interesantes en la escritura de Kadaré: el conflicto del ser frente a los condicionamientos de los mundos «reales» que le toca vivir. Porque aún hablándonos de tradiciones albanesas como la Besa o el Kanun, de los mecanismos totalitarios del poder, de la guerra, de los conflictos étnicos o de la confusa actualidad del poscomunismo, siempre existen seres que deben plantearse su existencia conviviendo con ese mundo que les viene dado de una forma condicionante. Y Kadaré sabe describir estas situaciones con profunda maestría, creando unas atmósferas en las que te sumerges por muy ajenas, en apariencia, que te sean. Así, a pesar de situarse en un marco geográfico delimitado, desconocido para la mayoría, la obra kadariana es universal y seguramente transcenderá en el tiempo. Kadaré podía haber sido el Boris Pasternak albanés. No en vano en su novela ‘El ocaso de los dioses de la estepa’ narra la repercusión de una campaña contra el escritor ruso (en particular, cómo se siente esa campaña entre los jóvenes escritores del Instituto Literario Gorki de Moscú, donde el mismo Kadaré estuvo). Pero quizás no lo fue porque su obra trasciende de un régimen concreto y también porque representa un peculiar ‘albanesismo’. En un país pequeño, con escasa importancia y repercusión en el concierto de las naciones, cuyo viejo idioma de origen indoeuropeo (antiguo en su oralidad, no en su escritura), puede ser hasta exótico, adquiere un relieve particular cuando alguien lo coloca en la primera línea del mundo cultural. Más aún cuando sus peculiaridades se hacen universales. Son conflictos que bebiendo, entre otros, de la literatura griega clásica, son la crónica universal de un tiempo. Realizado además con una voz personal y única, con una cosmovisión propia que nos conduce a geografías humanas y territoriales que siempre son inquietantes, una inquietud que nos hace reflexionar y plantearnos interrogantes. Es igual que el relato nos hable de la Edad Media, como en ‘El puente de los tres arcos’, o lo escriba en primera persona u omnisciente, la atmósfera kadariana siempre estará ahí. Porque Kadaré retrata los acontecimientos históricos dibujando las contradicciones que esas situaciones obliga a vivir a las personas en esos momentos. Por ejemplo, en la novela ‘El largo invierno’, nos narra la ruptura ruso-albanesa a modo de una serie de ríos confluyentes de diversos personajes que recorren desde las atmósfera de los secretos de Estado (el propio Enver Hoxha es un personaje) a un barrendero de Tirana.
En general, sus novelas nos sitúan ante cierto pesimismo, un pesimismo inteligente porque nace de estudiar la condición del hombre -quizás también por proceder de una tierra con demasiados fatalismos- siempre cargado con un shakespiriano resistir los golpes de la insultante fortuna. Avalado en Occidente por su éxito en Francia, su penetración en España ha sido tardía y lenta. Su primera obra en español fue ‘Los tambores de la lluvia’, una curiosidad traducida curiosamente del francés. Habría que esperar al año 1987 para que apareciera ‘El general del ejercito muerto’, ya directamente traducida del albanés. A partir de aquí, timadamente, y sin grandes campañas comerciales ni excesivo reflejo mediático, sus novelas han ido ocupando un pequeño espacio. Es precisamente este libro la única novela hasta ahora trasladada al cine, cuestión extraña pues la narrativa de Kadaré es muy visual y sólo con su lectura es fácil la creación de imágenes.
Ahora, más allá de premios o de ventas, que aún siendo importantes son accesorios a la obra literaria, nos queda por ver el rumbo y la vitalidad, la capacidad de sorprender y seducir que aún tenga la escritura de Kadaré.








