- Fue diseñada por la educadora sexual norteamericana Dorrie Lane
- El producto muestra las partes del aparato genital femenino
- También hacen joyas de plata peruana, guantes, bufandas y acuarelas
Dora, 41 años, se afana sobre su próxima pieza de artesanía en un improvisado taller de su casa, en Manchay, cerca de Lima. Proveniente de la ciudad de Chiclayo en el norte de Perú, se fue de su tierra huyendo de las guerras internas cuando un grupo terrorista asesinó a uno de los varones de su familia que se resistió a marcharse con ellos. Casada y con dos hijos, su economía familiar ha salido a flote gracias a los artículos que realiza y que vende a través de la asociación K’anchay killa, nombre quechua que significa “Luna luminosa”.
La asociación nació en 2005 con el objetivo de participar activamente en los movimientos feministas y de contribuir a que las mujeres andinas tuvieran más poder. “Comenzamos a trabajar con artesanas de Manchay, un asentamiento formado en los años 80: reclutamos a las mujeres interesadas en formarse y realizamos talleres financiados inicialmente con microcréditos. Actualmente existen dos, que son propiedad de las mujeres y de sus familias. La asociación también les sirve de enlace con clientes potenciales”, comenta Elizabeth Cabrel, una de las tres socias de K’anchay killa. En los talleres trabajan seis mujeres y el marido de una de ellas, Dionisio, “un discapacitado que es sastre y es un genio cosiendo”, afirma Cabrel.
Joyas realizadas en plata peruana, babuchas, guantes, bufandas, acuarelas… el abanico de productos comercializados a través de la asociación K’anchay killa, (se encuentra en www.kanchaykilla.com)es amplio. Hasta aquí podría ser una historia más o menos común, repetida en otras partes del planeta: un grupo de personas modestas que consigue ganarse la vida con la venta en el extranjero de sus producciones.
El producto estrella
Sin embargo, el elemento diferenciador de K’anchay killa viene de la mano del producto que más venden: una vulva, la denominada ‘Vulva Títere’ realizada en diferentes telas y reproducida incluso en pendientes y anillos. El nombre no es un eufemismo: se llama vulva porque es lo que representa y títere porque se puede utilizar como tal para mostrar las distintas partes del aparato genital femenino.
La historia de esta vulva, anatómicamente perfecta y confeccionada con terciopelos y coloridas sedas, comienza en 1993 con la educadora sexual norteamericana Dorrie Lane quien la diseñó para utilizarla con las mujeres en su consulta ginecológica y en sus cursos de sexología.
“Cuando empezó a servirse de ella supo que había conseguido eliminar tabúes, romper el hielo y comunicar más eficazmente sobre la sexualidad con sus alumnos”, comenta Cabrel. Tan grande fue el éxito que sus colegas de profesión empezaron a solicitarle más diseños y Lane confeccionó manualmente más de 5.000 vulvas.
Lane acabó encontrándose con las chicas de K’anchay killa quienes la invitaron a formar parte de su proyecto: de esta forma consiguieron el permiso para confeccionar y comercializar como franquicia única esta particular vulva de vivos colores.
“El incremento de la demanda de vulvas supone un sustento regular para nuestras familias y además el producto ha permitido mejorar el conocimiento sobre nuestros cuerpos. La asociación también proporciona información sobre educación sexual siempre desde el punto de vista de las mujeres”, explica Liz.
El testimonio de las artesanas lo deja claro: “Lo que me pareció más importante de la clase de sexualidad fueron las nociones de ginecología y obstetricia. Me quedé impactada porque no sabía cuán importante es ir regularmente al ginecólogo”, explica Dora Cruz, quien añade: “Cuando vi la ‘Wondrous Vulva Puppet’ por primera vez me causó mucha risa, pues reconocí lo que era”.
Pensé que no podría coserla, se la veía muy complicada, pero ahora sé cómo hacerlo y me siento muy feliz de saber que ayuda a otras personas. Además, me ha ayudado a conocer mi cuerpo, antes nunca había mirado mi propia vulva”, finaliza. “De las casi 40 mujeres que querían participar en los talleres, fueron muy pocas las que se animaron a coser la vulva. Hay mucho aún por hacer”, confirma Elizabeth. También ofrecen un libro que se llama ‘Yo amo a mi vulva’, en el que se reivindica al placer como un medio para la liberación.
Con los microcréditos iniciales (un total de 10.000 soles, aproximadamente 2.500 euros) se compraron las máquinas imprescindibles para trabajar, las materias primas, se hizo el papeleo…y las artesanas fueron pagando religiosamente las cuotas mensuales con el dinero que obtenían de las primeras ventas de la vulva.
Desde el inicio, K’anchay Killa se financia con las ventas de este artículo y desde finales de 2007 han diversificado la producción hacia otros productos como la joyería de plata. “Las mujeres reciben un pago justo por su trabajo y con él mantienen a sus familias y sus talleres, reinvierten parte de las ganancias en las producciones, realizan otros artículos como ropa para los colegios, etc”, comenta Elizabeth quien también, desde pequeña, fabricaba juguetes de tela y tejía pulseras de hilo para ganarse la vida.
Cursos de educación sexual, una vulva rosada destinada a las niñas que tienen su primera menstruación e incluso un portal de internet, www.vulvamemories.com, que pretende dar mayor poder (y al mismo tiempo libertad) a las mujeres gracias a la educación. “Queremos que conozcan mejor sus cuerpos y así tengan una mejor sexualidad, que el placer sea un derecho”, finaliza.
http://www.elmundo.es/america/2009/11/02/noticias/1257190429.html








