Pasear de madrugada por la concesión francesa de Shanghai es un milagro parecido al de entrar a un bar y encontrar una muestra de vibradores
Gerard Casamiquela, sabadellense de pro, se atrevió a montar una presentación de vibradores en su bar de Shanghai desde donde lucha contra la perversión hostelera china con combinados reales en contenido, cantidad y calidad.
El porno, cine y derivados, están requete prohibidos en esta China esquizofrénica. Eso dicen las leyes. Pero para ser más exactos a la par que polémicos, millones de clubs de alterne, karaokes donde precisamente lo que se afina no es la voz, casas de masajes donde sorprenden las finalizaciones o calles anegadas de damas que ofrecen sus compañías adornan las horas de esta China que quisiera, a veces, cuadrar el círculo. Por ello es de agradecer que un catalán aguerrido en la empresa osara abrir un bar, el Tara 57, en la segunda planta de un edificio de Fuxing Road, una de las calles más pueblerinas y tranquilas de la concesión francesa de Shanghai, último reducto donde pasear sin ser pisado y donde sentir la sombra de los árboles, de los de verdad, de los centenarios. Un bar donde las bebidas son dignas, buscadas; y donde el servicio es profesional, impecable.
Pero no se quedó ahí el bueno de Gerard, que el pasado miércoles once de octubre dio un paso adelante proyectando una fiesta especial. Diferente. De la mano de Tickler, empresa del ramo sexual consolativo, montó la presentación de sus nuevos vibradores, vibrantes en colores y formas. ¿Que el sexo está prohibido? Pues Gerard que monta sobre la barra un arsenal de curiosos falos plastificados, azules, anaranjados, con salientes -y a posteriori entrantes- dobles.
A su vez, posters de comedido contenido hacían ofertar sombras fálicas bajo leyendas insinuativas. Todo un derroche de valentía en un país donde te encarcelarían por mostrar los pechos en público, aunque miren para otro lado ante las millones de meretrices que pululan sus calles. Ya lo decía, pura esquizofrenia.
Y gracias a Tickler -¿se imaginan un ‘Falos Pérez’ o un ‘Joan Penis i fills SL’?- los reunidos pudimos palpar los cinco nuevos tipos de vibradores para ambos sexos: Místico, Soleado, Rebelde -ojo al tamaño y grosor-, Bunny y Guapo. Yo, que nunca había estado investigando por estos lares en mi vida, quedé altamente sorprendido del aburrimiento humano que lleva a ceder pasiones a plásticos sin alma. Y que me perdonen los de Tickler. Porque el colmo era ver como en cada caja aparecía una pegatina iluminada que decía “batería incluida”. Ya me imagino al mes de uso continuado bajando al mozo o moza a la tienda de debajo de casa a buscar pilas, que no serían para la linterna, precisamente.
Por cierto, gesto confuso el de la empresa organizadora, que se propuso fastidiar las ansias de algunos ofertando la venta de los productos de su catálogo en medio de la ingesta de bebidas. Como todo el mundo sabe, las presentaciones, fiestas y saraos sirven para intentar conocer, ligar y/o hacer el amor. Y claro, si a la dama con la que llevabas hablando desde hacía rato le venden un pene negro, de curvatura pronunciada, con metraje digno y a precio de fábrica sólo le queda a uno asumir la derrota con un claro y rotundo: “te lo vas a pasar bien”. Es como vender estrenos cinematográficos en dvd antes de que salgan en el cine. Y a precios irrisorios. Porque los falos a pilas no pasaban de los veinte euros, que a sabiendas de que al separarte de ellos no necesitas abogado y que si te caen mal los puedes tirar por la ventana, no es moco de pavo.
Dejé el Tara 57 antes de tiempo, no sin antes despedirme de Gerard, pisando por un suelo poblado de pegatinas informativas que ayudaban a dar color y tamaño al evento. Y salí a Fuxing Road, una de las escasas calles memorables de Shanghai, desde la cual paseé hasta casa, mi hogar alquilado. Da gusto caminar veinte minutos por una ciudad de veinte millones de habitantes y no escuchar casi ruido. Shanghai se debate hoy entre el usurpar el sueño a sus habitantes o el destrozar las fosas nasales y pulmones de sus gentes. La Expo llega y las obras se multiplican. Y pasear de madrugada por la concesión francesa con sus silencios y limpieza es un milagro de equivalencia parecida al de entrar a un bar en una segunda planta y encontrarte una exposición de vibradores. ¡Viva la China esquizofrénica! La única que hay, que no es poco.








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