Las apariencias…¿engañan?

Esta noche tuve un sueño. Aunque parecía una pesadilla, cuando desperté una sonrisa marcaba mi rostro y una extraña sensación de haber triunfado el bien sobre el mal. Ya se sabe, los sueños…¡sueños son!.

En mi paranoico y fantasioso sueño, yo formaba parte de una especie de tribu de humanos dominados por unos seres alados que, nos habían sometido a los pocos que habíamos sobrevivido a sus ataques. Como esclavos. Supervivientes explotados. Situación: La Tierra Media.

El caso es que, guerrera que es una, militaba en una especie de guerrilla cuya única misión era intentar dialogar con nuestros sometedores, cuando no, por supuesto, tocaba pelear contra ellos, en batallas más que desiguales en número, potencia y armas.

El mediador, Jefe Supremo de nuestros conquistadores, nos cuenta a hurtadillas en una reunión que él está dispuesto a firmar un tratado de paz con nuestro pueblo y dejarnos vivir en libertad, pero no así sus congéneres que, sólo buscan el poder ir sumando más y más pueblos conquistados para así vivir del trabajo de otros y luchar. Están orgullosos de ser grandes soldados ganadores.

Os ahorraré los detalles porque serían muchos, pero concretando, la supuesta tregua que negociaba el Jefe no era más que una estrategia para hacerse con el control total de su propio gobierno y por supuesto, no estaba entre sus planes, un plan de paz.

Nuestros esfuerzos se centrarían pues, en atacar a los seres alados que nos sometían en alianza con el Jefe, cuando en realidad, ellos sólo pretendían por fin, nuestra liberación, junto con el derrocamiento del General. En plena lucha nos damos cuenta de quién lucha en nuestro favor y quién lo hace en contra. La alianza se había hecho con el malo que, paradojas, parecía el bueno.

Apenas eran las tres de la mañana, cuando desperté después de terminar la Gran Batalla y poner a cada uno en el sitio correspondiente. Los malos, en la cárcel. Los buenos, alzados al grado de amigos. A final de cuentas, es lo que pretendemos en nuestro día a día, poder rodearnos de buenas personas y tenerles de amigos. De buenos amigos.

Es cierto eso de que, en ocasiones, los árboles no nos permiten ver el bosque.

Dormimos con nuestro enemigo, a sabiendas, o vendándonos los ojos, en plena inconsciencia completamente consciente de ella.

Tenemos a personas verdaderamente valiosas a nuestro alrededor, y no somos capaces de apreciar su verdadero valor, hasta ese día en que, los ojos de la razón se abren de repente y puedes ver el verdadero peso específico de esas personas que, a pesar de todo, siguen a tu lado. Les muerdes, les ladras, les ignoras, les ninguneas. Te comportas como un verdadero energúmeno en celo y todo te lo perdonan. ¿Por qué? –Qué pregunta tan estúpida querida- -Es muy simple, todo lo perdonan y lo olvidan porque te quieren-.

Las apariencias. Nos dejamos engañar por ellas. Somos proclives al engaño. Algunos, me atrevería a decir que, se merecen que les engañen.

Yo suelo ser algo más retorcida. Desconfío hasta de mi sombra. Las personas que me rodean, “deben” demostrarme su lealtad. En ocasiones, durante años, como ha pasado con unos grandes amigos míos, a los que adoro. Pero ha tenido que ser una conversación en concreto la que, me ha abierto los ojos. Una en la que, casi se despiden de mí. Y lo hacían con humildad, cariño, respeto y amor, mucho amor. De ése que, sólo los grandísimos amigos son capaces de brindarte. Más de veinte años a mi lado les avalan. ¡Hay que quererme mucho, para aguantarme tanto!

Máxime cuando, por mi profesión, debo rodear mi vida de tantas mentiras. Tantas y tantas mentiras…

No voy a olvidarme de aquellos a quienes he conocido como escort y saben de esa parte de mi vida, aunque no del resto. Son pocos, poquísimos, pero son los suficientes. De esos amigos que sé fehacientemente que no perderé con el paso del tiempo.

Sé, me consta, que como homenaje a mis amigos, a los de verdad, es un triste escrito. Pero, también soy consciente de que, como tantas otras cosas, sabréis perdonármelo.

Paula

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