Alba y Carmen son nombres ficticios para dos mujeres madres y prostitutas. Ambas rondan los 40 años, residen en Avilés y, a simple vista, actúan como amas de casa siempre pendientes de su familia. Alba nació en la Villa del Adelantado y Carmen es ecuatoriana. Nunca se han visto las caras. Tampoco se han hablado. Son competencia como trabajadoras del sexo y las dos ejercen en Avilés por el mismo motivo: la crisis les ha llevado a camas ajenas para hacer frente a deudas acumuladas. Alba decidió prostituirse hace tan sólo dos meses, Carmen lleva más de siete años recibiendo a clientes en su piso próximo al teatro Palacio Valdés.
Las dos mujeres accedieron a relatar su historia a LA NUEVA ESPAÑA, pero ocultan su identidad por razones diferentes. «Mi marido no sabe que soy prostituta», explica Alba. Su colega ecuatoriana argumenta: «Escapé de las mafias». Alba se publicita como una avilesina casada con problemas económicos. «Un día me desesperé, me sentía ahogada económicamente y la única solución que encontré fue prostituirme», explica la mujer, que tiene un hijo, trabaja días alternos siempre con la luz del sol y duerme con su pareja. «Tengo demasiado que callar, nadie sabe que soy prostituta», sentencia. Añade con la voz ahogada: «Es muy difícil compaginar mi vida como mujer y como madre con la de puta». Su teléfono nunca deja de sonar. «Me llaman muchos hombres, pero no hago más de cuatro servicios a la semana», asegura. Cobra cien euros por hora.
«Casi todos mis clientes son gente mayor, hombres entrados en años que me han pedido de todo. Muchas veces he tenido que hacer de tripas corazón», subraya Alba. Se inició en el mundo de la prostitución el pasado mes de diciembre. En dos meses, relata, ya ha visto de casi todo. Acude generalmente a hoteles. «Los clientes son exigentes», dice, y los cuenta por decenas. Las prostitutas españolas, según distintos colectivos, cotizan de nuevo al alza en los prostíbulos y también en pisos particulares tras el fin del «boom» de la prostitución extranjera. Incluso en los anuncios publicitarios las mujeres escriben en mayúscula su nacionalidad. Los clientes las prefieren, pagan más por ellas.
La situación económica de Alba ha mejorado en dos meses considerablemente -gana alrededor de 1.600 euros al mes como trabajadora del sexo-, pero tiene claro que lo suyo es pasajero. «Quiero dejar este mundo cuanto antes», confiesa. Y es que en el mundo de la prostitución, como explica una «madame» avilesina, hay además de mafias un mundo peligroso de competencia entre mujeres, clientes vejatorios… «Sólo puede describir qué es la prostitución alguien que ha sido puta. Muchas veces las mujeres somos malas entre nosotras. Tampoco es lo mismo trabajar en un club que en un piso», recalca la «mami», como se conoce ahora a estas mujeres que hacen de puente entre la prostituta y el cliente.
Carmen sueña precisamente con ganarse el título de «madame». Ya lo tiene todo encarrilado para que su sueño se convierta en realidad: en unos días le llegarán al piso tres jóvenes prostitutas de Paraguay y ella abandonará el oficio para dedicarse al arte de recibir a los clientes, presentarles a las mujeres y cobrar por los servicios que éstas realicen. El pasado jueves fue su último día como prostituta. Estaba de enhorabuena. Esta ecuatoriana llegó a España hace ocho años engañada por una mafia. «Me vendieron y tuve que trabajar en un club de León. Pasé mucho miedo. Un día me escapé con tres chicas más y así llegué a Asturias», explica. Por este motivo no quiere que se le reconozca en la fotografía. «Ya en Avilés necesitaba comer y me arriesgué a entrar en otro club donde hice amistades. Luego, me independicé», añade. Para describir su paso por los clubes de alterne, Carmen concluye: «Es arriesgado y sacrificado».
Carmen siguió ejerciendo como meretriz ya en un piso propio a cambio de cuarenta euros por veinte minutos y cien por una hora. Hace todos los servicios que le piden los clientes, sobre todo si éstos acuden con la cartera llena. «Mis clientes son de todas las edades, desde jovencitos a mayores. No hay un perfil claro», recalca esta mujer. Carmen atiende a una media de tres clientes en un día malo y a siete en uno bueno. Para esta ecuatoriana, la prostitución es un negocio como otro cualquiera, sólo que aquí se comercia con sexo. Por este motivo le gustaría que existiera un sindicato que agrupara y arropara a las prostitutas. «Nos buscamos la vida en clubes y en pisos porque no tenemos otra forma de trabajar y estamos arriesgando nuestras vidas. Las revisiones médicas, en mi caso, me las costeo yo: nadie hace nada realmente por nosotras», subraya.
http://www.lne.es/aviles/2010/02/28/cuerpos-alquiler-necesidad/879452.html








