Por Remedios Morales
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Amables copulantes: Hubo un tiempo en que el orgasmo femenino era una rara y escandalosa exquisitez. Muchas eran las mujeres llamadas y pocas las escogidas. |
Algunas damas curiosas, aficionadas a la literatura francesa, se enteraban de que había una cosa que se llamaba le petit mal y que no era una epilepsia sino una especie de trepidación o espeluzno paradisíaco que algunas mujeres lascivas que se dedicaban al fornicio habían aprendido a experimentar.
Como nadie en sus cabales quiere esperar a morirse para explorar el paraíso, empezaron a maliciarse que se estaban perdiendo algo. Sin embargo, como el tema era tabú, le petit mal parecía algo que dependía de la buena voluntad del marido porque tenía más experiencia. Pero, a veces, los maridos no estaban por la labor de despertar a sus esposas –que eso podía traer problemas– o eran unos ignorante pavisosos. Pobres abuelitas, que a lo mejor pensaban en cómo cebar al gorrino mientras sus maridos se abrían paso entre las sayas. Las más recalentadas acabaron cometiendo una imprudencia; las más listas tuvieron cuidado de que su marido no se enterase.
Los curas prohibían la complacencia sexual, incluso dentro del matrimonio, y el orgasmo femenino, caso de presentarse por generación espontánea, sólo era tolerado como resultado del coito porque, supuestamente, mejoraba la fertilidad. Todavía existe la creencia, incluso entre algunos científicos, de que las mujeres son más fértiles si tienen orgasmos durante el coito porque el útero se contrae varias veces y succiona y retiene mejor el esperma. Tonterías. No vayáis a creer, como se hacía antes, que si se evitaba el orgasmo se evitaba el embarazo. Tanto si el útero succiona como si no succiona, quedar insatisfecha no evita el embarazo, pero puede cabrear.
La verdad pura y dura es que el orgasmo femenino no sirve para nada. Sí, lo sé, a mí también me jeringa, porque mientras todos y cada uno de nosotros –el papa también– hemos sido engendrados merced a un orgasmo masculino, ninguno de nosotros hemos nacido gracias a un orgasmo femenino. Si la presión cultural, o cualquier otro problema, incapacitara a la totalidad de las mujeres para tener orgasmos, la humanidad no se extinguiría por ello. De hecho, en muchas sociedades se practica la ablación del clítoris y se recortan y cosen casi completamente los labios menores. El coito causa, entonces, un dolor de narices –de narices pero de vulva–, y sin embargo la tasa de natalidad no baja, aunque no vendría mal que bajase, la verdad sea dicha.
La conclusión lógica es que, si el orgasmo femenino no sirve para nada, no tiene base evolutiva alguna. Las hembras de los animales no tienen orgasmos, y quizá eso incluso las hace más fértiles. Las pobres, cuando están en celo, dejan agotados a los machos pero quedan invariablemente insatisfechas. El celo dura muy poco y la naturaleza, que es desalmada, presiona para que la hembra no desperdicie ninguna posibilidad de fecundar su óvulo. Los orgasmos reducen la tensión sexual.
Antes se pensaba que, a diferencia de la hembra humana, las otras hembras no eran capaces de tener orgasmos. Ahora se ha comprobado que en cautividad los tienen, pero el sistema es diferente del que emplea el macho para montarlas y se parece más al humano. Por ejemplo, una perra, si está en celo, le hace ofrenda de su trasero al macho, que la toma por detrás una y otra vez, dejándola insatisfecha. Pero, aunque no esté en celo, busca su muñeco de peluche, lo abraza, se frota con él en posición frontal y eso la satisface realmente.
El orgasmo femenino depende de la capacidad de una cultura para trasmitir esa posibilidad. El sexo puede ser vivido por las mujeres de un pueblo como una obligación odiosa. Existen sociedades enteras, como la de los arapesh, de los Mares del Sur, en las que no existe ni la noción de orgasmo femenino. Hay culturas en las que está prohibido calentar motores, desnudarse o mostrar afecto. Y los modales también influyen. Mientras los orientales decían: “Loto dorado, permite que mi nardo pruebe la miel de tu pequeña cueva”, en la España profunda se podían decir: “Alzate el refajo, Obdulia, que tengo una necesidad”.
Es muy curiosa la naturaleza de la mujer, porque, si bien es capaz de tener orgasmos múltiples, en muchas sociedades vive literalmente al margen de toda satisfacción sexual. Margaret Mead hace constar que la ausencia de orgasmo no es sentida, necesariamente, como una frustración por las mujeres. Por otro lado, hay pueblos que atribuyen a las mujeres las mismas expectativas sexuales que a los hombres. Las nativas de Mangaya, una isla al sur de las islas Cook, en la Polinesia central, tenían fama de ser las más avanzadas en esto del orgasmo. Los hombres tenían que aprender a proporcionarlos. Los rituales masculinos de iniciación incluían instrucciones sobre cómo estimular a las futuras esposas. Una mujer mayor y experimentada adiestraba a los jóvenes y un marido que no consiguiera satisfacer a su esposa perdía su estatus.
El orgasmo femenino provocado exclusivamente por el coito… no es que no exista, sino que resulta uno de los reflejos que más entrenamiento físico requiere.Las estadísticas confirman que, en las primeras relaciones sexuales, apenas el 10 % de las mujeres disfrutan de él, contra el 70% que lo consigue al final de su vida sexual. Un entrenamiento que puede durar 30 o 40 años.
En muchas sociedades las mujeres aprenden con penes artificiales. Cuando los españoles desembarcaron en Filipinas, comprobaron que el uso de falos artificiales estaba generalizado. Las balinesas tenían penes de cera. En Europa, hasta que se inventó el caucho, se fabricaban de vidrio, de cuero o de marfil, aunque no eran muy comunes.
Me queda rollo para rato, así que esto seguirá la próxima semana. Besos.
http://findesemana.libertaddigital.com/le-petit-mal-1276237546.html










Dolor de disentimiento, Remedios. Morales dolores de barriga o moralina de ricino barnizando con tan fina pluma la magistral clase de historia de localización vulvarespiritual donde el súmmum parece pecar de retortijones XX y a regañadientes XY.
Nada es perfecto, ni siquiera un egoísta y vagabundo orgasmo. Estremece, contrae, escupe, dignifica, humaniza, aplaca y retrotrae al vahido, el fugaz éxtasis que de vez en cuando el placebo de nuestras míseras vidas nos otorga y encima le pretendemos coartar su endemoniado poder: en ambos casos, en ambas direcciones empapa las tierras de barbecho.
Yo sería incapaz de afirmar, que un orgasmo femenino no sirve para nada. Soy hombre, muy a mi pesar, el maldito libro de cabecera que cada noche se columpia en mi camastro es: “Ser mujer y no morir en el intento”. Y con la ignorancia supina de no conocer ni a la madre que me parió, reconozco que tal aseveración descoloca mis principios ascetas de como un arañazo ciego, un ceño encogido y fruncido, una tez en flor de mador, un valle contraido e hinchado, unos poros abiertos, unos senos tibios y sonrosados..sonrientes, un aguijón umbilicar y lumbar, una nuca ofrecida, unas sienes díscolas y un gaznate estremecido… armonizan el poder de un momentum mágicamente efímero en el nirvana de cualquier mujer que se precie de sentir todo eso que la naturaleza de los sentidos conjuga en unos instantes, en un flash… pero que el recuerdo del deseo empírico siempre lo anhelará en un próximo juego orgasmal… todo ello, además, bien uncido con un poco de eso que llaman (si cae la breva) de amor no puede sino endulzar la existencia de todo bicho viviente. Se llame mujer, o se calle el hombre.
El petit mal, no deja de ser la contracultura de aquello de que no por correr más… llegas antes. Vences. Disfrutas y compartes.
La prueba, fehaciente, es que en toda época, en todos los status sociales, en todas las mentes, tanto antes, como hoy, como mañana…. aquell@s que no orgasmeen con el privilegio de reconocerse en el nirvana de su propio placer, sustituirán, ahondarán y perseverarán en descubrir nuevas sensaciones, nuevos placeres… incluso en la lejanía de un cuerpo a cuerpo.
Artilugios, fantasías, orgasmos cerebrales, dildos de compañía y mucho, muchísimo amor propio para descubrir, sostener o evolucionar en eso que de vez en cuando nos deja a todo humano con un agradable sabor de boca…. y es que un beso, un abrazo o un sentimiento ayudan a que la exquisitez no sea un rara avis, sino el primer pasito para que los amables copulantes alcancen lo que deseen alcanzar.
Hola quinto cielo
Me quedo con este párrafo:
“Las nativas de Mangaya, una isla al sur de las islas Cook, en la Polinesia central, tenían fama de ser las más avanzadas en esto del orgasmo. Los hombres tenían que aprender a proporcionarlos. Los rituales masculinos de iniciación incluían instrucciones sobre cómo estimular a las futuras esposas. Una mujer mayor y experimentada adiestraba a los jóvenes y un marido que no consiguiera satisfacer a su esposa perdía su estatus”.
Es complicado el cuerpo femenino en lo que a obtención de orgasmos se refiere, sin una “mano experta” resulta muy difícil, aprender a obtenerlo en pareja.
Quizá un día, cuando sea mayor, me plantee la posibilidad de abrir una escuela de adiestramiento para jóvenes…¡seguro que me divierto!
Un abrazo Quinto
Hola profesora,
En mi paupérrima singladura por Venus, llegué a una atroz (para aquellos, que desean el fin sin perseverancia, dedicación y altruismo) conclusión:
Habitualmente XY se dedica más a jugar con su propia autogestión y placebo que XX, y por ende el resultado del juego sexual siempre es más corto y aburrido, ególatra e insatisfactorio para una de la parte de los copulantes, si entre dos XX idénticas y dos XY iguales la ternura, la compenetración y el darse forma parte del rol habitual de sus partidas amatorias hasta alcanzar una catarsis, ¿porqué cuando se entrelazan, en una inmensa mayoría de oportunidades, esas leyes de la dedicación se pierden en el preciso instante en qué el orgasmo es alcanzado por uno de ellos?
Simple, vivimos para alcanzar un objetivo, cuando habría que vivir intensamente cada segundo que compartimos con aquellos que amamos y no existirían objetivos prioritarios, sino simples momentos y sentimientos que nos harían a todos un poquito más felices.
Perdone mi intromisión, pero, insisto, en Venus, el monte también florece en orégano.
Un placer sentir un abrazo Paula.
Son cosas de dos, los abrazos.
Claro, resulta altamente interesante lo que comentas.
Alcanzar ese momento, porque dura un momento, en que dos personas pueden ser capaces de dejarse llevar por el sexo, la lujuria y la pasión y llegar juntos al éxtasis puede conllevar un largo camino de aprendizaje. O puede resultar perfecto casi por “generación espontánea”.
Siempre hay que conocerse. y reconocerse. Saber aguantar, no es sólo tarea masculina, en ocasiones también nosotras queremos, o tenemos la posibilidad de retardar ese momento.
Los hombres, en general, tienen mayor facilidad para llegar al orgasmo con una mujer, sea o no, su pareja.
Nosotras tenemos más resortes, para nosotras el sexo es más cerebral, más de “sensaciones” (y no hablo de sentimientos). Hablo de un beso que sepa excitarnos, de una caricia que nos ponga el vello de punta, de una mirada de deseo que nos haga sentir el centro del universo; esas sensaciones también las experimentan los hombres, pero no le son necesarias, por lo general, para alcanzar un orgasmo, aunque sí puede hacerlo mucho más intenso.
El sexo es un juego, y cuanto más hayas jugado, más sabio eres, más y mejor sabes dónde y cuándo rozar o apretar, morder o arañar, sorber o lamer.
A jugar…