Nuestra pequeña Ana

Llevo muchos días dándole vueltas a la historia de nuestra pequeña Ana.

Ana llevaba ya algún tiempo trabajando en un piso, estaba a gusto con sus compañeras de trabajo y según cuenta ella, también con las encargadas.

Bien. Una historia como tantas otras.

A Ana comienza a visitarla un cliente habitual de la casa. Un cliente casi diario.

Al principio pedía por ella a razón de una vez por semana. Luego, pasados algunos días, dos veces por semana “-porque tú eres la más guapa-“.

Pasado algún tiempo tres veces por semana, y finalmente cada vez que acude al piso, pide ya siempre por ella. “Estoy contigo tan a gusto…”

Ana encantada porque tener un cliente fijo prácticamente a diario en un piso, debe ser bastante inusual, era un logro. Además, esas visitas, le aseguraban unos ingresos más o menos fijos. Estaba encantada.  A diferencia de sus compañeras, claro. Porque este cliente repartía sus visitas con todas ellas. Ahora las demás creían que, de alguna manera Ana le ofrecía “algo” a ese cliente que las demás no le daban. Empezaba a haber un mal rollo más que patente. Empezó a sufrir un pequeño boicot. Nada grave, pero que a diario, puede acabar resultando exasperante.

Zapatos que se desvanecían unos días, para volver a su sitio, días después.

Un neceser de maquillaje que desaparecía misteriosamente, y ninguna de sus antiguas amigas quería compartir sus potingues con ella.

Ropa interior que de repente no estaba en su lugar o aparecía bien guardada tras haber pasado por unas tijeras de “gran calibre”.

Nada grave, pero desesperante y Ana se sentía alejada del grupo. Ya  no tenía amigas. Y las encargadas no la apoyaban. Sabían o intuían el final de la historia.

Ana le cuenta a su cliente una tarde lo mal que lo está pasando, llora con él, se desahoga. Él la consuela y la mima. Le dice que, las cosas volverán a la normalidad porque volverá a estar con otras chicas. Y se acabará ese vacío y sabotaje.

Pero claro, esa solución no gusta a Ana que, ve peligrar sus ingresos.

Así pues, él le dice que lo único que él puede hacer por ella, ya que la primera solución que le aporta no le gusta es, quedar fuera del trabajo. O mejor aún, que se independice. Que él no se lo ha dicho nunca pero que, siente algo intenso por ella, que él está soltero, que podrían vivir muy bien porque él, “-como habrás podido ver-“ maneja dinero y no tendría problema en ayudarla.

La semilla está sembrada.

Ana, que todo cuanto  gana, lo manda a su casa, allén de los mares, ve una posibilidad real, muy real, de poder dar a su vida un giro de ciento ochenta grados.

Pero aún, apeteciéndole mucho el cambio, Ana está asustada. Porque no conoce a su cliente, aunque haga meses que se ven a diario. Claro que, a base de insistir, a eso se le pone solución. “-Esta noche te invito a cenar pequeña-“

Buen restaurante, la llaman señorita, y Ana se siente por primera vez en su vida una princesa. Él es tan atento, tan apuesto, un hombre de treinta y tantos, barbita recortada, bonitos ojos azules, la llama siempre “-mi pequeña-“ (curiosamente alguien aquí, también la llamó pequeña, lo cual me hizo sonreír. Ana tiene algo que hace que salgan cosas buenas de uno, inspira ternura).

Poco a poco Ana se deja llevar. La casa que él posee es un buen piso en una magnífica zona. Tiene pocos muebles, pero es “-porque, no ha tenido tiempo de ponerse con ello. Aunque, ahora se alegra, puesto que podrán amueblarla juntos-“

No olvidemos que la pequeña Ana sólo tiene veintiséis años.

Finalmente, él la convence para que deje el trabajo y vaya a vivir con él. Ella trabajará en la empresa que él tiene y serán felices para siempre.

No os aburriré contándoos detalles de mal gusto y peor talante.

Desgraciadamente, los negocios de él ya no funcionan tan bien. Como empresario que es, la demanda de sus servicios ha bajado mucho y deja de ingresar el dinero que tanto lucía sólo unos días atrás. Ana ya no tiene dinero que mandarle a su familia.

El apuesto y encantador príncipe se da a la bebida. Así, de repente. Aunque cuando Ana confraterniza con algunas vecinas le cuentan que, su novio es un tipo problemático, borrachuzo, que está de alquiler y son más los meses que no paga que los que atiende a sus deberes. A la comunidad de propietarios tampoco les paga los recibos y los está cubriendo el dueño del piso. Ana no da crédito. “-Qué mala es alguna gente-“.

La historia termina en un final poco feliz, desgraciadamente. Él la agobia tanto con sus problemas económicos, hasta el punto de responsabilizarla a ella de sus escasos recursos. “-Estar cada día contigo, en aquella casucha en la que trabajabas, me ha arruinado. Y ahora, además, me toca alimentarte y pagarte todo-“. Ella intenta en vano buscar trabajo, pero su poca formación, su situación como extranjera sin documentación, la crisis, el paro, hacen que a Ana no le resulte sencillo encontrar ni siquiera un trabajo como limpiadora. Ahora hay muchas españolas en crisis que, han vuelto al servicio doméstico y trabajan como limpiadoras. Las autóctonas ganan.

Ella lo ve desmoronarse día a día y se siente culpable. Sabe que no lo es, pero no puede evitar sentirse como se siente.  Y finalmente, no sin que haya sido previamente coaccionada, con suavidad y cariño, eso sí, pero coaccionada, a ejercer de nuevo la prostitución. Pero esta vez no serán para ella y su familia los beneficios, si no para él.

“-Me lo debes-“.

Ahora Ana trabaja como “independiente” (tiene guasa la cosa) y él le hace las fotos y la promoción en foros, gestiona su publicidad en los distintos directorios. Genera un buen dinero pero, si tiene que ir a comprar unos tampax, le tiene que pedir el dinero a él.

Su status como profesional es “Full Time”. 24 horas, 7 días a la semana.

Ya conocemos un poco más a Ana y su historia, ya que ella deseaba que fuese contada.

Teníamos una joven que tenía un trabajo estable, sin SS., claro, pero un trabajo que le generaba unos ingresos fijos. Una joven trabajadora, responsable puesto que sus padres y hermanos dependen del dinero que ella les envía. Una joven sociable y bien integrada en la sociedad. Con sus amigas y compañeras de trabajo. Con sus ratos de trabajo y ocio. Con una vida como tantas otras.

¿Y ahora qué queda? Una joven sometida a un tirano maltratador y vividor. Un sinvergüenza que vive de prestado, conducía un coche que no era suyo, y ni es empresario, ni tiene dinero, ni es un hombre viajado, ni ná de ná. Y lo peor, no la quería, ni la quiere, ni la quiso nunca. Aunque le había jurado ese amor en innumerables ocasiones.

Ahora resulta más entendible que, Ana busque aquello que, durante muchos meses, casi un año, un hombre le ha estado susurrando al oído sin cesar a diario. 

Ahora comprendo que Ana no es una aprovechada, si no una víctima de, aquello que le han hecho creer, es una meta. Un marido rico. “-Yo haré que vivas como la princesa que eres, en realidad-“.

Y vosotros, amigos, ¿qué opináis? ¿Acaso no educamos a nuestros jóvenes para que sean unos triunfadores y ganen mucha pasta? ¿Para sentirnos orgullosos de ellos ante nuestros amigos y conocidos? Deben sacar notas excelentes para terminar obteniendo un buen trabajo con “posibilidades de mejorar”, a ser posible en una empresa conocida y reconocida, que eso da mucho nivel. Queremos que posean dotes de mando y organización, que hable tres idiomas como mínimo, y que sea dócil y tierno en casa.

Pero hemos sembrado en ellos esa semilla peligrosa que es: “Éste tipo es un triunfador porque gana millones al año”.

Nos estamos olvidando de algo importante, básico.

Los valores de nuestros hijos. Sólo valoran su vida por aquellas cosas que tienen, por aquellas que sus amigos tienen. Se sienten miembros de la manada y son aceptados, si tienen tal o cual  juego de la Play y de la XBox. Si la muñeca de moda de turno está bien arropada con todos sus accesorios. Si puede ir a las mismas clases extraescolares que sus amigos que, por supuesto van al mejor cole posible. Inglés y alemán, indispensables, natación, piano, violín, ballet… ya sabéis de lo que os hablo.

No es malo pretender que los hijos mejoren su situación, tanto educativa, como en conocimientos y económicamente, por supuesto. Pero, algo hacemos mal. Nos hemos dejado algo importante en el camino. A muchos de nuestros  jóvenes, muchos, sólo les interesa el dinero que ganarán. En mi puesto de trabajo, cuando hago entrevistas para cubrir algún puesto como aprendiz o ayudante, es habitual que, cuando les dices el sueldo, cosa que les interesa más saber que el cometido del propio trabajo en sí, te respondan que “-para ganar esa mierda de dinero me quedo en mi casa jugando con la Play-“. Ahora ya estoy curtida, aunque al principio se me ponían los pelos como escarpias, cuando escuchaba esas respuestas.

¿Qué hacemos mal? ¿Por qué valoran más el dinero que la propia formación?

¿En qué nos equivocamos? Les llenos la cabeza, nosotros, la televisión, la sociedad. Y cuando tenemos máquinas de conseguir dinero, les recriminamos que no tienen moral. Que el dinero no lo es todo. Pero les enseñamos que es así. Tanto tienes, tanto vales, reza el refrán.

Hemos recriminado a Ana por su actitud frente a la vida. Pero un tipo de mala calaña, le susurró al oído día tras día que, sólo vale la pasta. Gracias a ella, Ana dejaría de ser puta, sería una señorita (je), viviría en un edifico aparente, en un barrio de personas con posibles. Tendría un trabajo del que no se avergonzaría y se casaría con un tipo atractivo que, además, se había convertido en “su héroe”.

Ana pecó de ingenua. Pero quién la hizo ambiciosa y la puso sobre una pista equivocada fue un adulto parásito.

¿Culpables o inocentes? ¿Las Anas del mundo merecen desprecio o lo merecemos los adultos? ¿Por qué nuestros papis consiguieron inculcarnos unos valores que, a nosotros nos cuesta tanto transmitir a nuestros vástagos?

Nosotros crecimos con Barrio Sésamo, ellos con Shin-Chan.

Paula

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