Padre Putas

El hornazo saca al campo a miles de salmantinos

El hornazo saca al campo a miles de salmantinos

 

 El Lunes de Aguas revive una tradición que hunde sus raíces en el siglo XVI

A pesar de la amenaza del cielo encapotado y de algunas rachas de viento que llegaron a ser molestas, miles de salmantinos no quisieron pasar por alto la tradición del Lunes de Aguas, y volvieron a salir al campo para degustar el hornazo y disfrutar de una jornada de convivencia en la que espacios como La Aldehuela y Valcuevo fueron los puntos de afluencia masiva en la capital de una fiesta que también tuvo un importante reflejo en otras localidades de la provincia.
En familia o en grupos de amigos, multitud de salmantinos y de estudiantes de distintas procedencias, participaron de una tradicional merienda en la que según marcan los cánones, el hornazo, el producto panadero de fuerte masa y abundante embutido, volvió a ocupar un lugar destacado en todos los corrillos y manteles.
La asociación que agrupa a los principales productores de hornazo, calcula que ayer se vendieron en la capital casi 25.000 kilos de hornazo, lo que supone cerca de un tercio de la cantidad total de ventas de todo un año.
Con hornazo o sin él, el Lunes de Aguas está considerado por los etnógrafos como la única fiesta puramente salmantina de cuantas jalonan hoy el calendario de celebraciones en la capital y su origen es tan sorprendente como venéreo.
Salamanca cuenta con una de las cuatro universidades más antiguas del mundo y desde 1218 y especialmente desde que en 1255 una bula del papa Alejandro IV otorgó validez universal a sus títulos, atrajo a estudiantes llegados desde todos los puntos del viejo continente.
Muy pronto, lo que apenas unas décadas antes era apenas tierra de nadie, se convierte en un amplio catálogo de perdiciones para la masa estudiantil que llega. Tabernas, timbas y prostitución (en la época clásica de la Universidad, según los registros, hasta uno de cada cuatro niños que nacía en la ciudad era abandonado y de padre desconocido). Tanto, que en 1497 Juan de Albarrategui solicita al señor de la ciudad, el Príncipe Don Juan, hijo de los Reyes Católicos, permiso para abrir oficialmente la Casa de Mancebía de Salamanca para regular la prostitución de la ciudad.
Y ese es el remoto origen de esta fiesta, ya que pronto, esa alegría de vivir se ve matizada por la austeridad recia que trata de imponer Felipe II en sus dominios, que si bien no cierra la casa, sí prohíbe su funcionamiento durante la Semana Santa, según un edicto promulgado en 1543 después de conocer in situ los excesos del estudiantazgo tras su estancia en la ciudad con motivo de su boda con María de Portugal.
Según el edicto, las ‘mujeres públicas’ debían trasladarse desde la cuaresma al otro lado del río Tormes y bajo la férrea custodia de un guardián, el llamado “Padre ”, para evitar las tentaciones. Allí, en Tejares, permanecían hasta que los estudiantes cruzaban el lunes después del primer domingo de Pascua el Tormes con barcas llenas de ramas y adornos florales para traer de nuevo a las al otro lado de la ciudad.
Y esto era “pasar las aguas”. Un rito en el que participó al menos tres años Girolamo da Sommaia, un disoluto estudiante italiano hijo de un senador que anotó en su diario en 1605 los pormenores de esta fiesta en lo que es el más antiguo reflejo documental que se conserva, recogido en la obra ‘De fiesta y muy salmantina’ por el periodista José Luis Yuste.
Participar entonces en el Lunes de Aguas era pues, poco recomendable salvo para los estudiantes de paso en una ciudad cosmopolita o para aquellas mujeres que ya habían perdido su reputación. Pero fuera el recio espíritu de la contrarreforma o por otras cuestiones, lo cierto es que el tono de este paso de las aguas debió irse suavizando y, con el tiempo fue congregando la presencia de “público” en la ribera.
Y en algún momento de ese proceso, debió introducirse el hornazo como elemento fundamental, sustituyendo el ir y venir de las barcas ya en desuso. Tampoco se sabe a ciencia cierta por qué y para qué y aunque algunos etnógrafos hablan de un simbólico producto que serviría a los estudiantes paganos para adorar a la luna nueva de abril, otros señalan que su creación se debe a la mentalidad práctica de quien debía salir de merienda al campo y encontró una fórmula para llevar en un solo producto numerosos ingredientes.
De esta forma, sin estudiantes en barcas, sin prostitutas que regresen y sin Casa de Mancebía, el hornazo fue de nuevo el rey de una fiesta que ha ido cambiando de configuración pero que mantiene vivo un fuerte carácter de celebración popular.
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Un comentario

  1. El quinto cielo

    Mmmmmmm.

    Mis padres son charros, salmantinos.

    El lunes de aguas y la candelaria, son posiblemente las fiestas tradicionales más arraigadas en esas tierras bravas, de dehesas y castaños. De sombras pardar y carnes prietas,

    Salamanca capital, es posiblemente de las noches más largas, más intensa y compartida… en nuestro territorio. Caldos, juergas, juventud que aprende en las magnas aulas y en las calles estrechas se distrae en los detalles de los espejos… carne magra y alguaciles entre adoquines y la casa de las Conchas, configuran un idílico paseo por las raíces profundas de la Castilla más añeja.

    Huele distinta. Salamanca, huele de forma embaucadora, parecida a Madrid, pero quizás más ancestral aún. Más pura. Más vírgen.

    De todas formas, el misterio y el magnestismo de esas tierras para mí roza lo místico en la zona de la Peña de Francia, lindando con Portugal, a unos cien kms. de Salamanca, capital.

    Buffffffff. Aquellos veranos de los ochenta. Tres meses correteando y nadando por el Alagón, trasteando por La Alberca, buceando cerca de La Regajera, las murallas de Miranda y la gloria de Béjar. Las Hurdes raciales y los pueblos fantasma…. la Escocia castellana. La adolescencia colgada de una higuera y los ochenta, de ala ancha.

    Paula, leer el artículo me dió una punzada entre el vientre y el corazón, coqueteamos con los recuerdos y por arte de magia, zasca, abracadabra leer cuatro líneas te arranca una sonrisa de cuajo, y la mente cinéfila empedernida rebobina «patrás» y la película de la adolescencia se pierde entre los bosques de castaños y las alturas de cabañas en las ramas, cementerios camastros y moscas y más moscas jugueteando con las cabras aún pastoreadas…. mmmmm, delicioso.

    El hornazo.

    Ahora es casi un exclusivo y carísimo producto alimenticio, de gourmeti. Seguro que en los pueblos y aldeas, tras la matanza lo deben seguir preparando.

    Recuerdo que mi bisabuela, y mi abuela lo hacían ellas mismas.

    Era todo un arte.

    Imaginad, un gran pan de payés. Pero su costra, brillante, barnizada de yema de huevo y tostado, y con ribetes y adornos a lo «mona» todo decorado con aquel pan que años a envuelto en un paño podía durar incluso diez días, tierno y humeantemente seductor. Qué aroma. Pues bien el hornazo, por dentro llevaba un huevo duro, en el centro, chorizo ibérico de Sotoserrano, jamón ibérico de Guijuelo, lomo ibérico, al cabo de los días, la masa prieta, cogía el regusto y la textura del embutido, recuerdo que lo que más me gustaba era abrirlo, y sacar las piezas…. quedaba un delicioso molde, que sabía a gloria.

    Luego, estaban los «penitentes» que eran hornazos pequeñitos (como un panecillo de viena) que se le daba a los crios.

    Canela.

    Me has tumbado veinticino años hacía atrás, y ahora que ando tumbado, quieto y amarrado, unos minutos huyendo allá donde los sueños no olvidan, siempre nos trae una cómplice y serena paz.

    Gracias,

    Un fuerte abrazo.

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