Soledad tiene 19 años y una larga historia de violencia sexual. Nació en Santiago del Estero, una provincia del noroeste de Argentina, y fue abusada por su padrastro, quien le contagió sífilis y la dejó embarazada cuando tenía apenas 14.
Apenas dio a luz a una niña, viajó a Buenos Aires para tratarse y para escapar.
Sin casa, empleo ni parientes que le dieran la bienvenida en la ciudad, Soledad cargó a su hija por hogares de menores y centros de asistencia. Hasta que un día vio el aviso en el periódico: una agencia ofrecía empleo temporario de limpieza en sitios como hoteles, hospitales, cines y bingos.
En la entrevista de selección descubrió la verdad: allí funcionaba un prostíbulo. La golpearon y la encerraron, para llevarla unas horas más tarde a un “privado” en pleno centro porteño, donde con otra decena de chicas -paraguayas, dominicanas, bolivianas y argentinas- bajo los efectos de las drogas y el alcohol, recibía un desfile incesante de clientes en jornadas de más de 20 horas.
De un “privado” –como llaman aquí a los prostíbulos- pasó a varios más, todos de los mismos dueños. A Soledad y a sus compañeras las trasladaban para que los clientes no se encariñaran y ellas no pudieran revelarles entre sábanas su peor secreto: que estaban allí secuestradas.
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Huida y temor
Estuvo así casi un año, moviéndose entre cinco prostíbulos de la zona comercial y financiera de la capital argentina.
A su hija la vio recién después de 8 meses: sus captores la habían llevaron a cargo de una niñera, contratada por los mismos proxenetas para cuidar a los menores y para que las madres pudieran trabajar a tiempo completo.
Con afiches como éste de Soledad promocionan a las chicas.
A Soledad la dejaban ir a verla a veces durante las horas del día, siempre acompañada por un custodio de la red para que no pudiera escapar.
El 1 de diciembre de 2009 logró salir, aprovechando que la recepcionista del lugar esteba recién llegada y todavía no entendía bien las reglas del encierro. La convenció de que tenía permiso para ir a ver a su hija, a la que raudamente fue a buscar a casa de la cuidadora y, con ella en brazos, huyó.
Hoy está escondida en un comedor comunitario donde le ofrecieron albergue, su hija se inscribió por primera vez en un jardín de infantes y ambas esperan ayuda económica y psicológica para volver a empezar.








