“¡Nunca he pagado por una mujer! Jamás entendí qué satisfacción puede existir sin el placer de una conquista”, dijo Silvio Berlusconi, desafiando la evidencia de fotos inequívocas de una corte de niñas de ropas escasas en los jardines de sus mansiones de Roma y de Cerdeña. ¿Cómo se atreve el Primer Ministro de Italia a negar también algo tan contundente como las declaraciones de una prostituta vip? Para el psicoanalista Juan Carlos Volnovich, autor de Ir de putas. Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución (editorial Topía), su negación es algo natural: “A los varones se nos educa para desmentir, aunque nos encuentren con una tanga en el bolsillo”. ¿El “no” de Berlusconi no es acaso el mismo “no” que cualquier varón se apura a pronunciar, cuando se le pregunta si alguna vez ha pagado por una mujer? “No, nunca”. O “Sólo la primera vez. Fui a un prostíbulo con amigos, pero nunca más”.
Pero, entonces, ¿quiénes son los clientes de las prostitutas, de las más pobres y de los “gatos vip”?
Hay un tabú histórico en este tema. Se habla de prostitutas, de cafishos, de redes de trata, pero hay muy pocos trabajos de investigación que hagan foco en el verdadero protagonista de la prostitución y el más invisible: el cliente. Pasaron años antes de que yo reparara en que la mayoría de mis pacientes varones tenían o habían tenido relaciones con prostitutas. Tal era el grado de naturalidad de esa práctica, que acepté un pacto de silencio implícito con mis pacientes, para no interpretar algo que pareciera pacatería o reprimenda moral. Algo así como “de eso no se habla”, porque hablar, profundizar en el significado de esa práctica, equivalía a la herejía de romper uno de los acuerdos más entrañables que los hombres podemos mantener entre nosotros.
¿Quiénes son los clientes?
Todo varón homo o heterosexual es un potencial cliente.
¿Por qué la mayoría de los hombres recurre a la prostitución?
Desde comienzos de la Historia, la prostitución es una práctica convalidada por las costumbres, que asegura el derecho de los hombres sobre los cuerpos de las mujeres, derechos de los poderosos sobre los cuerpos de los débiles.
¿Qué tiene de especial?
El pago garantiza que el deseo de la mujer quede en suspenso. Aún en los casos en que se aspira a que la prostituta llegue al orgasmo para sentirse el más hábil de los hombres (clientes). Siempre lo más temido para un varón es ser objeto del deseo de una mujer. En este sentido, la pasión sexual a precio fijo, y la condición de descartable, convierte a la prostituta en prima hermana de la esposa frígida. Ambas -frigidez y erotismo comprado- atenúan el temor del hombre al deseo de la mujer. Al pautar el horario, el lugar y el precio, la cita con el cuerpo de una mujer -vivido siempre como peligroso- no da miedo. Y se dan las condiciones para el despliegue de una escena ritualizada, que simula un encuentro sexual y parodia una relación pasional, de la que normalmente salen muy insatisfechos.
¿Insatisfechos pero poderosos?
Claro. Ejercer el poder sobre el más débil, tomar al otro como objeto. La prostitución es aún hoy una de las pruebas que un varón tiene que dar para ser incluido en el universo de la virilidad.
http://www.entremujeres.com/genero/violencia/prostitucion-cliente_0_229777029.html










¿? Vamos a ver… yo ya he asumido que si acudo a una prostituta es por necesidad de compañía, cariño, abrazos y sexo esporádico (esporádico porque si no, sería mi ruina). Cosas que ya he reconocido no puedo adquirir por mí mismo, por mis circunstancias, mi forma de ser, etc. y que están tan fuera de mi alcance como la Luna.
Entonces, ¿a qué narices viene esta persona a decirme que “temo ser objeto del deseo de una mujer” y otras lindezas por el estilo…? Es decir, ya fue lo suficientemente duro para mí asumir mi condición de forzado al no-sexo, como para encima cargar con tópicos sin ninguna base psicológica aplicada a mi situación… Más valdría que estudiaran el porqué hay muchas personas (creo que mayormente hombres y también creo que cada vez más) solitarias incapaces de entablar una simple relación que puede dar lugar a algo más… cada vez más indefinido. Sin pagar, por supuesto. E intentar poner remedio. ¿O es que los estudios sociales, estadísticas, etc., y las conclusiones que sacan sirven para algo más? Porque me da a mí que dichas conclusiones son del dominio público, sólo que presentadas con diferente lazo, para justificar el gasto del estudio.
Creo que es marear la perdiz, en vez de aportar soluciones o actuaciones prácticas del máximo calado social, sin ninguna rimbombancia ni estruendo social.
Pero… reflexionando con sinceridad, creo que esto último no interesa porque entonces se vendrían abajo todos los enormes tinglados montados alrededor de una necesidad tan básica como la compañía (sexual o no).
No te preocupes Arturo, los hombres no pagan por sexo.
Ninguno lo hace.
Como se dice en el artículo -”Reflexiones acerca de los clientes de la prostitución (editorial Topía), su negación es algo natural: “A los varones se nos educa para desmentir, aunque nos encuentren con una tanga en el bolsillo”-
Y digo yo, ¿no podría ser que a ese señor que le pillaron con el tanga en el bolsillo, resulta que le gusta ponérselo? Porque, que yo sepa, los clientes no suelen llevarse nuestra ropa íntima. Y repito, no suelen.
” ¿no podría ser que a ese señor que le pillaron con el tanga en el bolsillo, resulta que le gusta ponérselo? ”
Jajajajajajajajajaaaaa… muy bueno, Paula, mucho… No obstante, la idea me retuerce el estómago, imaginar al Berlusconi con tanga, y otros tíos igual de fondones, medio peludos y con las piernas raquíticas llevando un… un…. aaargh, es demasiadooo…
Es lo que tiene la imaginación…mucho poder!!!! jajajaja