En Badajoz no hay proxenetas. Y menos si las prostitutas objeto de explotación están en la calle. A esta contundente conclusión han llegado los responsables policiales de Badajoz pero no después de realizar una ardua y larga investigación, sino tras preguntar a las mujeres que ejercen la profesión más antigua del mundo en la calle Joaquín Costa si están presionadas y explotadas o, por el contrario, hacen su trabajo libremente.
Para ese viaje no hacían falta alforjas. Es evidente que una víctima objeto de un delito de explotación sexual jamás denuncia a su explotador; si habla se juega la vida o una paliza de marca mayor. Se echa en falta una investigación policial de nivel. Acudir a un lugar ante el reclamo vecinal está muy bien, pero no basta con pedirles los papeles a las pobres mujeres que están en la calle y recomendarles de forma paternal que «se comporten de forma civilizada».
De esta manera, el problema seguirá ahí fuera. Y los proxenetas camparán a sus anchas a sabiendas de que la Policía no les persigue y sus víctimas callan.








