Puttenham, capital británica del ‘dogging’, quiere acabar con el sexo en sus calles, que tienen hasta colchonetas. Los vecinos proponen vigilancia a caballo, pero las ‘quedadas’ eróticas crecen en Facebook
A los ingleses siempre les ha costado un gran esfuerzo quitarse los calcetines -lo mismo da que lleven sandalias y la temperatura ronde los 30 grados- pero curiosamente tienen una extraña debilidad por enseñar el trasero cuando tienen unas copas de más. Esto último, da igual que llueva, truene o haya caído una nevada de un metro. No se arrugan a la hora de bajarse los pantalones. Hasta los tobillos si hace falta.
Dicho lo cual, no debería extrañar que el sexo heterosexual en la vía pública sea una práctica relativamente extendida en Reino Unido desde los años 70. No es delito -sólo se considera un hecho punible cuando alguien, a la vista de las maniobras de una pareja o colectivo, se siente ofendido y acude a la Policía-, así que la mayor parte de las veces el asunto no llega a mayores. En definitiva, los mirones se quedan tan tranquilos y el ‘dogging’ (término anglosajón para denominar esta forma de exhibicionismo) campa por sus respetos, especialmente en el condado del Surrey, al sudeste de Inglaterra.
El origen de la palabra es ambiguo; los hay que piensan que alude a los ‘vouyeurs’ que suelen arremolinarse para no perder detalle -y, claro, lo hacen ‘doggedly’ (‘obstinadamente’)- pero también hay quien piensa que es un guiño a la excusa habitual de los adictos del sexo al aire libre: el paseo diario del perro.
Las zonas verdes son las preferidas y el chucho, buen amigo del hombre y testigo silencioso, actúa de ‘carabina’. Como hipótesis, cuadra bastante bien; y no le falta humor inglés. Ya se sabe, las apariencias engañan. Los compatriotas de Shakespeare y Benny Hill tienen más capas que una cebolla y, a fin de cuentas, les gusta echar imaginación a todo. La picardía es el deporte nacional en un país donde serán pocos los varones que no se hayan disfrazado en alguna ocasión de mujer; y ellas, cómo no, adoran a Colin Firth porque en los años 80 se tiró a un lago -vestido de la cabeza a los pies- en una adaptación de ‘Orgullo y prejuicio’ para la BBC. Salió chorreando agua y aquello marcó un hito erótico en la televisión británica. En fin, para que luego digan que son un pueblo frío…
Sólo en Surrey hay más de 100 puntos ‘calientes’ donde los aficionados al ‘dogging’ pueden ejercitar su pasión en entornos bucólicos, más o menos frondosos, y hasta -no es broma- se encuentran con mullidas colchonetas que pasan de mano en mano. Ahora bien, la comprensión y el ‘buen rollismo’ tienen su límite. Ese punto se ha alcanzado en el pueblo de Puttenham, a una hora en coche de Londres. Con menos de 2.500 habitantes, una iglesia que se remonta al siglo XII y un club de golf fundado en 1894, ya tienen ganas de quitarse el sambenito de ‘la capital del dogging’.
La mayoría quiere volver a los viejos tiempos, cuando lo más llamativo que podían encontrarse en la calle, después del desayuno, era una boda típicamente inglesa, con pamelas para echar a correr, escotes recatados, chalecos a rayas y flores en el ojal. Esos sí que son espectáculos para grandes y pequeños. Al menos, en la Gran Bretaña de toda la vida.
Cerca de una guardería
«¿Por qué tenemos que aguantar a esta gente a 300 metros de una guardería?», se preguntan los vecinos de Puttenham, cansados de estirar el cuello y aguzar el oído cuando pasean con los hijos, no vaya a ser que se encuentren de bruces con una estampa indeseada. Las medidas que se han barajado en el Consejo del condado de Surrey para poner freno a la fogosidad en la calle muy posiblemente no saldrán adelante -según el sentido común- pero tendrán cierto efecto disuasorio. El despliegue de guardas forestales a caballo y la cría de toros en el campo para poner en fuga a los amantes ‘in fraganti’ son propuestas que dicen bastante del carácter de los habitantes de Puttenham. Habrá que ver hasta dónde llega el malestar y el cambio de costumbres. ¿Se convertirá esta localidad en un ‘paraíso perdido’? De momento, Facebook y Twitter siguen anunciando ‘quedadas’ todas las semanas.
A los ingleses siempre les ha costado un gran esfuerzo quitarse los calcetines -lo mismo da que lleven sandalias y la temperatura ronde los 30 grados- pero curiosamente tienen una extraña debilidad por enseñar el trasero cuando tienen unas copas de más. Esto último, da igual que llueva, truene o haya caído una nevada de un metro. No se arrugan a la hora de bajarse los pantalones. Hasta los tobillos si hace falta.
Dicho lo cual, no debería extrañar que el sexo heterosexual en la vía pública sea una práctica relativamente extendida en Reino Unido desde los años 70. No es delito -sólo se considera un hecho punible cuando alguien, a la vista de las maniobras de una pareja o colectivo, se siente ofendido y acude a la Policía-, así que la mayor parte de las veces el asunto no llega a mayores. En definitiva, los mirones se quedan tan tranquilos y el ‘dogging’ (término anglosajón para denominar esta forma de exhibicionismo) campa por sus respetos, especialmente en el condado del Surrey, al sudeste de Inglaterra.
El origen de la palabra es ambiguo; los hay que piensan que alude a los ‘vouyeurs’ que suelen arremolinarse para no perder detalle -y, claro, lo hacen ‘doggedly’ (‘obstinadamente’)- pero también hay quien piensa que es un guiño a la excusa habitual de los adictos del sexo al aire libre: el paseo diario del perro.
Las zonas verdes son las preferidas y el chucho, buen amigo del hombre y testigo silencioso, actúa de ‘carabina’. Como hipótesis, cuadra bastante bien; y no le falta humor inglés. Ya se sabe, las apariencias engañan. Los compatriotas de Shakespeare y Benny Hill tienen más capas que una cebolla y, a fin de cuentas, les gusta echar imaginación a todo. La picardía es el deporte nacional en un país donde serán pocos los varones que no se hayan disfrazado en alguna ocasión de mujer; y ellas, cómo no, adoran a Colin Firth porque en los años 80 se tiró a un lago -vestido de la cabeza a los pies- en una adaptación de ‘Orgullo y prejuicio’ para la BBC. Salió chorreando agua y aquello marcó un hito erótico en la televisión británica. En fin, para que luego digan que son un pueblo frío…
Sólo en Surrey hay más de 100 puntos ‘calientes’ donde los aficionados al ‘dogging’ pueden ejercitar su pasión en entornos bucólicos, más o menos frondosos, y hasta -no es broma- se encuentran con mullidas colchonetas que pasan de mano en mano. Ahora bien, la comprensión y el ‘buen rollismo’ tienen su límite. Ese punto se ha alcanzado en el pueblo de Puttenham, a una hora en coche de Londres. Con menos de 2.500 habitantes, una iglesia que se remonta al siglo XII y un club de golf fundado en 1894, ya tienen ganas de quitarse el sambenito de ‘la capital del dogging’.
La mayoría quiere volver a los viejos tiempos, cuando lo más llamativo que podían encontrarse en la calle, después del desayuno, era una boda típicamente inglesa, con pamelas para echar a correr, escotes recatados, chalecos a rayas y flores en el ojal. Esos sí que son espectáculos para grandes y pequeños. Al menos, en la Gran Bretaña de toda la vida.
Cerca de una guardería
«¿Por qué tenemos que aguantar a esta gente a 300 metros de una guardería?», se preguntan los vecinos de Puttenham, cansados de estirar el cuello y aguzar el oído cuando pasean con los hijos, no vaya a ser que se encuentren de bruces con una estampa indeseada. Las medidas que se han barajado en el Consejo del condado de Surrey para poner freno a la fogosidad en la calle muy posiblemente no saldrán adelante -según el sentido común- pero tendrán cierto efecto disuasorio. El despliegue de guardas forestales a caballo y la cría de toros en el campo para poner en fuga a los amantes ‘in fraganti’ son propuestas que dicen bastante del carácter de los habitantes de Puttenham. Habrá que ver hasta dónde llega el malestar y el cambio de costumbres. ¿Se convertirá esta localidad en un ‘paraíso perdido’? De momento, Facebook y Twitter siguen anunciando ‘quedadas’ todas las semanas.








