Pésame, Señor

Llega a mis manos, no por casualidad, sino porque me lo envía Javi, mi incesante ayudante (rima voluntaria y, a la vez, forzosa, por ser de justicia), el decálogo del buen bloguero escrito por un tal David Cantone, del que nada puedo decir ni a su favor ni en su contra. ¿Quién será ese Yavé que no se materializa en el Sinaí, sino en algo tan desprovisto de materia como lo es la Red?

¡Atiza! (hipócrita manifestación de sorpresa, porque ya me lo maliciaba yo): soy un pésimo bloguero. Peor, diría don David, imposible. De sus diez mandamientos sólo cumplo uno: el que me conmina a “ser transparente”, esto es, a “no tratar de aparentar quien no soy”.

No lo hago, ciertamente, pero la cosa carece de mérito, porque nunca he sido capaz de ser opaco (en el sentido que el señor Cantone asigna al término). Ignoro cómo se consigue eso ni acierto a entender, por más que me esfuerce, para qué diablos sirve fingir que se es lo que no se es, decir lo que no se piensa o hacer lo que no se dice.

El décimo mandamiento obliga a “participar activamente en las redes sociales”.

Es el que más me sorprende. La verdad: no le veo el chiste.

Asegura Cantone que “no estar en las redes sociales es no estar donde la gente está”.

¡Pues precisamente por eso! No se me ocurre argumento de mayor enjundia para desobedecer a don David. ¿A quién que esté en su sano juicio puede tentarle la idea de ir adonde va Vicente? ¡Pero si he escogido para vivir un pueblo de diez almas y ya me parecen muchas!

Lo único malo que tiene el Sáhara es que en él, cuando menos lo esperas, aparece alguien que quiere venderte una lasca prehistórica o pedirte que lo lleves en la baca del jeep a Tombuctú.

Yo, cuando veo una cara conocida, me cambio de acera o me enfrasco en la contemplación de un escaparate cuyo contenido me importa lo mismo que el vuelo de las musarañas, los discursos de los políticos o los consejos de quienes escriben libros de autoayuda.

Hablar… ¡Qué aburrimiento! Escuchar… ¡Qué tedio!

A no ser que sean conversaciones de desconocidos. Eso me divierte. Me gusta ir solo al restaurante y escuchar lo que dicen en la mesa de al lado. También me agrada hacer lo que hace James Stewart en “La ventana indiscreta”.

Soy como Patricia Highsmith, aunque mejor persona: todo lo humano me es ajeno. Lo gatuno, en cambio, no, y lo lobuno, tampoco.

Eso dice de ella su biógrafa, Joan Schenkar, en el duro, despiadado libro que estoy leyendo. Me apasiona. Con él me acuesto, con él me levanto. ¡Menuda hija de ! Lo edita Circe. Ese sello nunca falla. Devoro cuanto publican.

Y, sin embargo, nunca he leído nada de la Highsmith. Empecé una vez un libro suyo y lo dejé enseguida. Me aburren los crímenes. Nunca leo novelas policiacas, aunque de niño sí que lo hacía. ¿Excepción? Las de Sherlock Holmes, que son acertijos para que la inteligencia se afile y relampaguee.

Sé, de oídas, que existen Facebook y Twitter, pero no sé en qué consisten. Nunca he entrado ni entraré en corralas de ese tipo, a no ser que me lleven esposado. ¡Qué horror! Tampoco, caso de querer, podría hacerlo, porque no sé por dónde se va ni cómo se llega a tales sitios.

Cantone también aconseja que se responda a algunos de los mensajes dejados por los lectores del blog. ¡Pero cómo voy a hacer eso si no tengo su dirección!

En el cole me enseñaron a no hablar con desconocidos.

Además, ¡menudo trabajo! ¡Con lo poco que me pagan!

Confieso que una vez, sólo una, lo intenté. Mi incesante ayudante me avisó de que una bloguera se ofrecía a ponerse medias con liguero para mí. No hubo forma. Sólo sé contestar a cartas con remite. Los comentarios, por lo poco que de ellos se me alcanza, no lo llevan.

¿Ven como soy transparente?

Bueno, transparente del todo, no. Dejémoslo en translúcido.

POSDATA – El décimo mandamiento de Cantone dice que el diseño del blog debe ser “de categoría”. ¿La tendrá el mío? No soy yo el llamado a opinar, pero, si la tuviese, el mérito sería de mi incesante ayudante. Es él quien escoge las fotos y quien envía el texto al periódico. Ni eso sé hacer yo. Más cavernícola, imposible. Me habría gustado, de hecho, nacer en la prehistoria, pero no en la de los metales, sino en la de la piedra. ¿Tallada o pulimentada? Cualquiera de las dos. Altamira, donde he entrado en un par de ocasiones, me parece un hotel de siete estrellas. Palabra.

http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/dragolandia/2011/01/30/pesame-senor.html

Share
Enlace para bookmark : Enlace permanente.

Comentarios en FaceBook:

2 comentarios

  1. El Sr. Dragó para mi perdió su interés cuando terminé de leer «Gárgoris y Habidis», una trilogía muy interesante pero que le debió dejar «sequito» para todo lo que dijo/escribió después.
    Por eso lo que diga o deje de decir me deja más frío que una pescadilla del Gran Sol, primero porque el respeto a los demás desapareció hace miles de lunas, segundo porque se cree en posesión de la verdad absoluta -si lo escuchasteis en TM seguro que sabeis de que hablo- y tercero, porque no me gusta ni vestido de largarterana.
    Por cierto, P. Highsmith escribe muy buena novela negra y lo curioso es que le dió para pagarse el agujero que le dejó en el bolsillo el divorcio de su marido.

  2. Hace mucho que no leo a Highsmith, pero durante un tiempo, hace ya años, me divertía.
    No todos los libros sirven para aprender, algunos sólo pretenden entretener y los de Patricia cumplían a la perfección.
    De este escritor, el tal Sánchez Dragó, tal y como él cita a David Cantone, ni tengo ni tendré nunca un libro. Mi dinero lo gasto con mesura, atención y cerebro. Ah, ¡y buen gusto!

Deja un comentario