LAMBAYEQUE | Tanto para Freud como para todos aquellos que han desarrollado sus teorías, las relaciones entre sexualidad y profesión son mucho más estrechas de lo que se piensa. De acuerdo con este criterio (no es una regla), todo cirujano, de niño, ha sido un sádico con fantasías sanguinarias. Este sadismo es luego sublimado y puesto al servicio de la humanidad. Lo mismo pasa con los místicos de todos los credos, quienes se refugian en una profunda religiosidad buscando protección contra sus malos instintos; pero, como se podrá comprobar por las miles de denuncias contra abusos de menores, el socorro divino no siempre funciona.
El terrorista -de palabra o de hecho- es un criminal nato que racionaliza sus tendencias sádicas apelando a una fraseología radical. De este modo, el odio puede manifestarse sin trabas. No se odia por motivos egoístas, se odia por el pueblo, por la clase social, por los principios que se profesa. Los hombres que son conocidos como muy bondadosos tampoco son de fiar. Decía uno de ellos: “Cuando me siento insatisfecho de mi vida, visito a los pobres que protejo.
El espectáculo de su miseria me recuerda que debo sentirme feliz”. Esta confesión nos revela el lado sombrío de la compasión. A estos enamorados de la misericordia, la gente normal y feliz les es indiferente, incluso los irrita. Su única pasión son los desvalidos y los enfermos. En estos ambientes se sienten imprescindibles como poderosos; pero, en verdad, la personalidad filantrópica sólo se ama a sí misma, pese a su pose de pródigo de amor.
De la misma manera, si alguien es fetichista de pies, de seguro es podólogo; si es masajista, es probable que sea un homosexual latente que ignora las raíces de su placer profesional; si es un químico que se ocupa principalmente de análisis fecales y de orina, podríamos estar ante un caso de misofilia. Tales sujetos tienen pasión por las mujeres sucias; cuanto más fuerte es su hedor, tanto mayor es su deseo (¡Si no hay pestilencia, no hay erección!). Los pedófilos, los voyeristas y los usufructuarios de las más de 460 perversiones sexuales catalogadas por la ciencia siempre buscan trabajos que los acerquen a sus objetivos. No hay que maravillarse, por tanto, de que las relaciones entre sexualidad y profesión nos den tantas pistas sobre la verdadera personalidad de nuestro prójimo.








