Por: Carmen Pérez-Lanzac
Así que al adalid de la transparencia informativa no le gusta usar preservativo. Llámenme ilusa pero a mí la actitud en el lecho de Julian Assange me ha sorprendido. Que un adulto con una vida sexual tan activa como la que se deduce que tiene el líder de Wikileaks -estuvo diez días en Suecia y miren laque lió – insista de una forma tan machacona en no usar condón me resulta incoherente. ¿O me estoy liando?
¿Es lógico esperar un determinado comportamiento en el lecho por parte de nuestro ‘partenaire’ en función de su ideología o de sus supuestos valores? Una muy poco científica encuesta entre un nutrido grupo de treinteañeras, conduce a una misma respuesta: naranjas de la china.
Una vez entrados en materia, para ciertas personas no hay enfermedad ni temor a embarazos indeseados que valgan. Una de mi amigas lo resume muy claramente: “Al 99’9% de los tíos que conozco, ya sean de izquierdas, derechas, ecologistas o de centro, perroflautas, gafipastis, horteras, musulmanes, yidish, tibetanos o frikis, no le gusta usar condón y si pueden colártela sin, te la cuelan. Puede que haya tenido mala suerte pero no lo creo. Me da que esa es la puñetera realidad”. De hecho, según me escribe otra amiga, lo raro es precisamente lo contrario: “Hay que darle un premio al chico que te dice: ‘Espera un momento, que me lo pongo…”.
“No tiene que ver con ideología política o estilo de vida, hasta el más maduro o razonable te la intenta “colar” alguna vez, pensando que aquí el único peligro lo tiene el que no sabe hacer bien una marcha atrás”, me escribe una tercera voluntaria, que no le echa la culpa del asunto a los hombres: “Nosotras tampoco somos tan maduras porque también tenemos la boca para decir que no y, a pecho descubierto, que tire la primera piedra la que nunca ha practicado sexo de riesgo y de motu proprio
”. Así piensa también otra de las generosas participantes, que se suma a los mea culpas: “Creo que en general a nadie le gusta usar condón. No creo que el quid sea la inclinación política del dueño del pene, ni siquiera de si el que no quiere usar condón tiene pene”.
Según se recoge en el estudio La interrupción voluntaria del embarazo y los métodos anticonceptivos en jóvenes, del Ministerio de Sanidad, cuando el hombre no quiere usar preservativo, cuatro de cada diez inmigrantes, y dos de cada diez españolas, transige “obligada”. El dato es de un estudio de la Clínica Dátor en mujeres que abortaron, que concluye: “un 42% de las mujeres extranjeras encuestadas y un 22% de las españolas afirma que su pareja le obliga a tener relaciones sexuales sin preservativo”. Así mismo, según una encuesta de 2002 del Consejo de la Juventud entre jóvenes de 13 a 29 años entre el 27% y el 46,5% afirmaron “no haber utilizado el preservativo en ninguna ocasión en sus tres últimas relaciones sexuales con penetración”, aunque en este caso no se especifica el motivo.
Quien se haya visto en la tesitura, sabe que es una situación desagradable: estamos ya en materia y nuestro ligue remolonea, evita, se hace el loco, o directamente se niega a ponerse el condón. ¿Qué hacer? ¿Ceder o convertirnos en una mujer (u hombre) ninja? “Que solo la meto un poquito…” ¡Iii-á! (léase como si de una película de artes marciales se tratara y visualícese al susodicho haciendo una llave de kárate). “Pero de verdad que controlo…” ¡Iii-á! “Es que si no, se me baja…”. ¡Iii-á!
Pero volvamos a Assange y los (supuestos) malos ratos que hizo pasar a la señorita A y la señorita B, las dos mujeres que le acusan de hacer malabares para acabar ’colándola’ sin condón. Al australiano, que no destaca por ser un tipo discreto, la denuncia no le ha hecho ninguna gracia y ha dicho frases como “Suecia es la Arabia Saudí del feminismo” o “He caído en uno de los avisperos del feminismo revolucionario”. ¿El revolucionario criticando a las revolucionarias?
El ‘caso Assange’, además de haber puesto al enemigo de EE UU en un feo aprieto, le está haciendo un flaco favor a una de las legislaciones más avanzadas en esta materia, sin olvidar que se trata del país europeo con la tasa más alta de denuncias por violación (53 casos por cada 100.000 habitantes, según el Archivo Europeo de Estadísticas de la Justicia Penal; el doble que el segundo país de la lista, Reino Unido).
¿Qué habría pasado si en lugar de en Suecia Assange hubiese hecho lo mismo en España? Como ya explicó mi compañero José Yoldi, bastante poco. La abogada Carmen Carcelén, experta en abusos sexuales, explica el por qué: “El caso sería denunciable, pero ¿prosperaría? Mi larga trayectoria me dice que no. Por la actuación de las mujeres existe la posibilidad de que en su denuncia haya un posible ánimo espurio. Una de ellas le dio una fiesta, ambas reincidieron… En los casos de violación lo único con lo que contamos es con el testimonio de la víctima y se protege la presunción de inocencia. Este caso sería un archivo como un piano”.
http://blogs.elpais.com/mujeres/2011/02/assange-los-preservativos-y-las-mujeres-ninja.html








