¿Por qué los orgasmos de mis amigas son mejores que los míos?

CLAVES PARA OBTENER EL SELLO ‘ISO’ DE CALIDAD

¿Por qué los orgasmos de mis amigas son mejores que los míos?

¿Por qué los orgasmos de Gloria son mejores que los de Ana Alegre, los de Ana Alegre mejores que los de Dolores y los de Dolores mejores que los tuyos, que extrañamente son, a su vez, mejores que los de Gloria?

Si alguna vez os habéis preguntado qué puntuación obtendríais en la clasificación orgásmica de vuestra urbanización, bloque, pandilla u oficina, os presentamos algunas claves para auto examinaros y obtener el sello de calidad ISO “sexual” individual y, si cabe, para vuestra pareja, apaño o contubernio de dos.

Para poder responder adecuadamente a tan delicado baremo, sin embargo, debemos resolver otras preguntas antes: ¿Es la anatomía el destino o lo es la bioquímica? ¿Existe un punto G determinado genéticamente en algunas mujeres y no en otras? ¿Hay hombres inexpertos o clítoris inconformistas?

Estudios recientes han encontrado que la capacidad orgásmica femenina se encuentra condicionada en buena parte por los genes (Dunn Spector2005). Entre los aspectos determinados por la genética, que tocarían de serie, los habría químicos (niveles de andrógenos, producción de óxido nítrico, funcionamiento de la oxitocina) y otros más discutibles y subjetivos de carácter anatómico (punto G o glándulas de Skene en la pared anterior de la vagina). Al respecto de esto último, aunque ninguna investigación científica consistente ha conseguido demostrar su existencia, hasta una de cada dos mujeres juran y perjuran “tenerlo” (el punto G).

En la tradición de la humana limitada a la función reproductiva, sigue siendo inevitable mencionar la perniciosa y caduca hipótesis de Baker yBellis (1995) por la que el sería un mecanismo evolutivo para la selección de un macho confiable y de un progenitor decente para la camada. Actualmente esta idea se considera no sólo reduccionista (¿cómo se explicarían los índices de mayor orgasmo con la auto estimulación o en mujeres no heterosexuales?) sino contraria a la comprensión del hecho sexual humano, pues entre otras cosas reiteraría las asociaciones de pasividad-feminidad y actividad-masculinidad que subyacen a múltiples dificultades comunes como el vaginismo o la dispareunia.  Mucho más probable parece que la reducción de ansiedad al estar “con la persona adecuada” (incluso uno mismo con su mecanismo) permita una respuesta placentera bloqueada en otro caso.

Cerca de la explicación de la selección de pareja en términos de supervivencia de la especie está aquella que la pone al servicio del éxito personal (aplicable tanto a mujeres como hombres). La competitividad sexual que Germaine Greer reflejase en La mujer eunuco sigue manteniendo su actualidad: conseguir un espécimen mejor es una demostración de feminidad y de éxito, y así podría considerarse que la fidelidad amatoria, la confiabilidad como educador y el triunfo social de la pareja elegida son una medida directa de la valía propia.

Clases sociales basadas en el sexo

En las últimas décadas este sistema de exigencias se ha complementado con un escalafón más de obligada referencia para la mujer: el “rendimiento” sexual se ha configurado como una categoría social que la estratifica todavía más. No basta por tanto con hacerse con un buen ‘objeto sexual’, además se trata de elegir entre autoproclamarse seres sexuados de primera división o resignarse a ser consideradas públicamente como negadas genitales. Estas últimas adoptan el papel de espectadoras y escuchantes de las ‘proezas’ ajenas, y de esa forma, al compararse con las ajenas, empiezan a creerse anorgásmicas irredentas, vaginistas aselectivas, de esas pobres que no ven ‘fuegos artificiales’ o a  las que ‘siempre les duele la cabeza’.

Por otro lado y como anticipábamos, la deseabilidad sexual del ‘partenaire’ ha venido a eclipsar como concepto comparativo y moneda de cambio al que fuese su propio origen, la autoestima basada en la posesión material. Si Pepita tiene un atractivo sexual de 5, entonces yo, por tener comparativamente 5+X, valgo más; si la pareja del otro vale Y y la mía Z, entonces yo, comparativamente, valgo ‘5+X más la resta de Z menos Y’.

Estas cuentas de la vieja, no obstante, tienen que traducirse en números contantes y sonantes, como lo hacen los ingresos económicos o la potencia de nuestro automóvil, de forma que puedan compararse científicamente con los de los vecinos. Procedemos así a un paso más allá de nuestra valoración narcisista individual y de pareja, para adentrarnos en la “matematización” de la amatoria.

Aunque suene a complicado, la fórmula algebraica del rendimiento sexual es sencilla: el número de orgasmos por semana multiplicado por la intensidad de los mismos nos da un valor comprendido entre +infinito y –infinito, pasando por 0, que por desgracia suele ser la norma. En los últimos años muchas mujeres ha aceptado la frialdad inmutable de esta cifra como correlato de su ‘satisfacción sexual’.

A esta rigurosa cifra se le aplican en la práctica del cotilleo diversos modificadores ‘subjetivos’ dependiendo de si se sabe mentir bien, de si la cifra se ha conseguido a solas,  con una o varias personas, de la edad, deseabilidad y estado de embriaguez de uno mismo, de esa o  de esas personas, o de si se han precisado suplementos de herbolario, farmacológicos o tóxicos para la hazaña.  Con este valor final, sencillamente calculado y registrado mediante una tabla Excel ya tenemos nuestra certificación ISO convalidada para el año en curso. Perfectamente se puede imprimir reducida y plastificar para portarla en la billetera.

Esclavas del orgasmo

Hasta aquí, todo ventajas del pitagorismo. Sin embargo, de convertir la vivencia en números se derivan también infinidad de insatisfacciones y servidumbres. Se puede llegar a ser tan esclavo de la propia función orgásmica como del dinero que nos posee. Hay, con todo, algo todavía más limitante: se puede llegar a ser esclavo de la sobredimensionada función orgásmica ajena. Por desgracia, esos números dependen de que distintas mujeres tienen distintas bioquímicas y anatomías, distintas parejas y distintas percepciones vitales, distintas personalidad y distintas biografías.

Cada fin de semana se pervierte pues en una contrarreloj, cada encuentro en una ascensión a lo que se ha acabado considerando el Everest, cada encamamiento en una expedición de dos que no se hallan, porque a diferencia de Stanley y Livingstone andan extraviados en busca del oasis ilusorio del orgasmo cósmico compartido.

Convendría recordar que finalmente, llegar es dejar de ir, culminar acabar de ascender, compararse olvidarse de ser.  Fomentar la obsesión de arribar a Ítaca o perecer sólo anulará el deseo de emprender el viaje. Y el viaje es tan delicioso…

Javier Sánchez* es psiquiatra y sexólogo.

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2011/09/22/por-que-los-orgasmos-de-mis-amigas-son-mejores-que-los-mios-84597/

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