En las putipensiones de montera

Este es un reportaje inédito, de agosto de 2008, sobre las pensiones ilegales que funcionan como «picaderos» en el entorno de la calle de la Montera.

«Cuatro de la tarde de un domingo en la calle de la Montera. Una vez más, pese a lo

tempranero de la hora, la zona es un hervidero de prostitutas del Este de Europa y de África. La rutina de siempre: a un lado de la acera, las ; al otro, los «chulos», y aun tiro de piedra, en las calles de los Jardines y del Caballero de Gracia, un ir y venir de chicas con sus clientes, en las pensiones ilegales que funcionan como lupanares del rápido y barato.

Nos acercamos a un grupo de chicas rumanas y albaneses que nos explican que, por 25 euros, nos ofrecen un servicio completo en una de las habitaciones. «Veinte euros para nosotras y cinco para la dueña. Y es un cuarto de hora», especifican.

Con este información, nos acercamos a la pensión ilegal de Jardines, una de las que fueron objetivo de las «web cams» de algunos vecinos del barrio, que colgaron las imágenes del ir y venir de meretrices con sus clientes en el portal YouTube. No hay problemas para franquear la puerta del bloque. Nos cruzamos con unas prostitutas. Una vez dentro del inmueble, desvencijado, subimos al primer piso, donde está instalado el negocio.

Un hombre suramericano se encuentra justo delante de la puerta, abierta, del domicilio. Está desenrollando servilletas industriales que servirán a los clientes como papel higiénico una vez finalizado el servicio. Nos recibe con una sonrisa cuando le preguntamos cuánto cuesta la habitación: «Sin chicas, son 5 euros por 15 minutos, pero tendría que consultárselo a la dueña», aclara.

Y no se equivoca. En el momento en que nos disponemos a abandonar el bloque, una voz de anciana se deja oír por el rellano de la escalera: «¡Fuera de aquí! ¡Fuera! ¡Son periodistas!», grita, a la calle desde la ventana.

Otra nos presta asesoramiento: «Id a la de Caballero de Gracia, que allí no pondrán problemas». La operación es similar. Pasamos al interior del bloque de viviendas y nos cruzamos con una rumana que nos pregunta con un elocuente gesto con los dedos si vamos a practicar sexo.

Ya, ante la puerta del domicilio, llamamos. Nos abre el dueño de la vivienda, suramericano, que reside alllí mismo con su familia, que hace la vida tranquilamente en un salón a la derecha del recibidor.

«Anda, que no te dé corte», afirma amablemente, a la vez que especifica el precio: 15 minutos, 5 euros; media hora, 10 euros. Nos dan papel para «asearnos». Atravesamos la vivienda, algo amplia, cuyo pasillo está lleno de pilas y pilas de papel higiénico y servilletas. Nos facilitan una habitación interior junto a un cuarto donde dos lavadoras trabajan a pleno rendimiento para adecentar sábanas.

Por primer vez, un medio de comunicación entra en estas habitaciones. El cuarto tiene lo indispensable: una cama con la ropa un tanto pegajosa, dos pequeñas mesitas de noche (una de ellas, con los cajones llenos de envoltorios de preservativos usados), una papelera y un bidé: «Por favor, no peguen chicles en las habitaciones. Muy amables. Gracias».

Pasado el cuarto de hora, como es lógico, no ha habido sexo, pero sí unamplio reportaje fotográfico.

 

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Un comentario

  1. Hay que joderse, y encima creerán que han descubierto el Mediterráneo.

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