La historiadora de la tecnología Rachel P. Maines publica un estudio sobre el vibrador
Anuncio de un vibrador en una revista estadounidense a comienzos del siglo XX. :: IDEAL
Durante milenios, los médicos han tratado la histeria de las mujeres con masajes vulvares hasta provocar un «paroxismo histérico». Tal trabajo les resultaba tedioso y buscaron ayudantes, humanos primero (matronas, sobre todo), y mecánicos después. Así se empleó la hidroterapia y más tarde, cuando la electricidad llegaba a todas las consultas, los vibradores. En el siglo XX estos aparatos empezaron a poder comprarse para su uso doméstico.
‘La tecnología del orgasmo’ es el producto de una investigación que combina un análisis de la histeria en la tradición médica occidental con un examen detallado de los dispositivos utilizados para tratar la ‘enfermedad’. La investigación de la historiadora estadounidense de la tecnología Rachel P. Maines es exhaustiva, basada en textos de Hipócrates hasta nuestros días, que demuestran que la sexualidad de las mujeres sigue siendo percibida como misteriosa y problemática por muchos sectores.
El primer artilugio para aliviar lo que Maines llama ‘histeria’, o sea insatisfacción sexual femenina o ausencia de orgasmos, fue la mano. Los médicos eran los encargados de usar este método ‘manual’ que consistía en frotar los genitales femeninos. La histeria, un mal que los doctores diagnosticaban a las viudas y demás mujeres que no tenían hombre que las cubriera, era la enfermedad. La tecnóloga del orgasmo señala que en el antiguo Egipto ya se abordó la cuestión, pero no fue hasta Hipócrates, el galeno creador del ‘juramento hipocrático’, cuando se consideró enfermedad aquel mal. El tratamiento, para este padre de la medicina, estaba claro: la tecnología ‘digital’, o sea un dedo untado de diversas hierbas y ungüentos que hurgara en la vagina.
En palabras de la especialista estadounidense, la mayoría de las mujeres pueden alcanzar un orgasmo en tres minutos. Pero el hombre se encargó a lo largo de la historia de exculparse de toda responsabilidad en la ausencia de orgasmos de algunas mujeres, su incapacidad para ofrecerles el clímax sexual. En este sentido, la experta asegura que «eso que llamaban histeria no era más que la insatisfacción sexual de muchas mujeres, casadas y solteras». En este punto, y siguiendo con el predominio machista, a la que estaba casada e iba al médico, se le recetaba que copulara más. A la que estaba soltera o viuda, se le ofrecían unos masajes en los que el médico o la matrona sustituían la mano de la paciente, que no debía tocar sus órganos sexuales si no quería la ‘condenación eterna’.
Vibradores
La aparición de los vibradores libró a los médicos de caer en la tentación, o lo que es lo mismo, de tocar las vaginas y clítoris de las ‘enfermas’, aquellas mujeres aquejadas de histeria, neurastenia y furor uterino. La masturbación fue el remedio de los doctores, desde tiempos de Hipócrates, para acabar con aquellos males, especialmente el furor uterino.
El legendario doctor Sigmund Freud fue de los pocos especialistas que se opuso al método manual o vibratorio para ‘apagar’ los calores sexuales femeninos. En opinión de Freud todo se encuentra en el pensamiento, en el cerebro, en los traumas instalados en el subconsciente y no en la ausencia de buen sexo.
Tras la mano llegó el agua, los masajes hidráulicos y la invención de todo tipo de artilugios para lograr la satisfacción sexual de las ‘histéricas’. Maines recoge todo tipo de técnicas y aparatajes diseñados por los doctores del XIX, como las duchas diseñadas especialmente para masajear la vulva y el clítoris, como las que había en Saratoga a finales del siglo XIX. Consistían en una especia de asiento redondo con un agujero en el centro del que salía un chorro de agua que se podía regular a voluntad.
La explosión a comienzos del siglo XX de la era electrónica y su aplicación a la medicina desplazó los ‘masturbadores hidráulicos’ y dio paso a toda una serie de artilugios electrónicos para, en principio, uso de médicos y matronas en las pacientes, pero posteriormente ellas se los pudieron llevar a casa, y de esta manera la vibración entró en los hogares.
Los aparatos se lucían en las páginas de las revistas médicas y también en aquellas publicaciones destinadas al público femenino. Más allá de la anécdota y el dato curioso, Maines pone en entredicho la historia de la sexualidad escrita por los hombres y analiza cómo el vibrador supuso una liberación sexual para la mujer.
http://www.ideal.es/granada/20120122/local/granada/orgasmo-electronico-201201212112.html









Asombra la Historia. Muy interesante y bien narrado el devenir de algo tan ignorado socialmente desde la noche de los tiempos como el placer sexual femenino.
Un saludo muy fuerte.