Locos por el sexo

Figura de marfil de una pareja copulando, de la China del siglo XIX. WELLCOME COLLECTION

Sir Henry Wellcome fue un farmacéutico «incurablemente curioso» que amasó una fortuna en el siglo XIX y se dedicó a coleccionar en tiempo libre los objetos más indescriptibles de «interés médico». Entre ellos, una llamativa serie de amuletos descaradamente fálicos que demuestran cómo el culto al príapo «protector» ha estado presente en casi todas las civilizaciones, de los romanos a los egipcios, pasando por las culturas precolombinas y las asiáticas.

Hubo que esperar, sin embargo, al siglo XIX para que la ciencia le hincara el diente a nuestras partes más íntimas, y allí estaba Sir Henry Wellcome, testigo excepcional del nacimiento de eso que con el tiempo se ha dado en llamar Sexología.

Instituto de Sexología da precisamente título a la exposición que indaga en todo lo que se sabe (y lo que aún se ignora) del comportamiento humano en su manifestación más cruda. Desnuda tu Mente es el lema con el que la Colección Wellcome (en honor al ilustre y curioso fundador) invita a los londinenses a explorar durante los próximos diez meses los confines de la imaginación hecha carne.

El título de la exposición es un homenaje al sexólogo Magnus Hirschfeld, que cometió el triple pecado de ser judío, socialista y gay en la antesala de la Alemania nazi. Todo el trabajo acumulado por Hinchsfeld en su Instituto de Sexología de Berlín acabó reducido a cenizas cuando las llamas de la represión y la barbarie arrasaron Europa.

Otro alemán, Richard von Kraft-Ebing, se adelantó a los tiempos y está considerado como el padre de la «criatura» (la Sexología, se entiende). Pero Von Kraft-Ebing, autor de Psychopatia Sexualis(1886), no era mi mucho menos una mente «liberada». El suyo fue más bien el primer estudio moralista y clínico del fetichismo, el sadismo, el masoquismo y otras «conductas desviadas» que ya por entonces mostraba el animal humano.

Otro libro, Married Love, de la escocesa Marie Stopes, causó convulsión en 1918 por asegurar que el «buen sexo» es un factor clave en la felicidad de los matrimonios. Stopes, fundadora de la primera clínica de control de la natalidad en el Reino Unido, tuvo también la osadía de reivindicar para la mujer el derecho al voto y el derecho al placer. Los ingleses «decentes» le mandaron incontables cartas de protesta por sus sugerencias «perversas», que coincidieron en el tiempo con las ideas de Sigmund Freud: el sexo en el diván.

De todo esto nos vamos enterando por capítulos históricos enInstituto de Sexología, orquestado al alimón por dos mujeres, Kate Forde y Honor Beddard, que reconocen el morbo despertado entre los londinenses pero advierten: «No se trata de una exposición sobre el sexo, sino sobre algo más sesudo: el estudio del sexo. Aún así esperamos largas colas».

La ‘máquina’ de la libido

Hasta aquí, y quitando los amuletos fálicos del señor Wellcome que nos dieron la bienvenida a la entrada, todo es más teórico que práctico en la disección del sexo. Las primeras imágenes de cuerpos más o menos desnudos nos llegan de la mano de los pioneros de la antropología, Bronislaw Malinkwski y Margaret Mead. Entre los dos revolucionaron la ciencia del hombre y contrapusieron la represión de la era victoriana con la «naturalidad» con la que se tomaban el sexo las culturas indígenas.

Llegamos así a la «clase» del profesor Alfred Kinsey, ejerciendo de entomólogo y demostrando que «así como no hay dos moscas iguales», tampoco dos humanos iguales en lo que a comportamiento sexual se refiere.

Las imágenes explícitas de las rarezas humanas, cedidas por el Instituto Kinsey, se exponen en comparación con la agitada vida sexual de los animales: de la lluvia dorada de los puercoespines a la homosexualidad de las cobayas, pasando por el épico apareamiento de los elefantes.

Las investigaciones del Doctor Sexo allanaron el camino a William Masters y Virginia Johnson, los primeros en medir la presión arterial y la estimulación cerebral en pleno orgasmo. Entre unos y otros, como punta de lanza de la revolución sexual, tuvimos a otro judío incorregible con sangre austriaca.

Wilhem Reich fue el controvertido inventor del orgone accumulator, una caja de metal y madera a modo de pequeña sauna que tiene la virtud de levantar la libido por pura concentración energética. Aquí tenemos una reproducción exacta de las cajas de Reich, perseguido en su día, que sirvió de inspiración a Woody Allen para el famoso orgasmatrón de su película El Dormilón.

Llegamos así a la penúltima parada, bautizada como home, donde los británicos se sienten como en casa escuchando a sus padres y sus madres mientras hablan sin pudor sobre el sexo ante las cámaras (gentileza de la Encuesta Nacional sobre Actitudes Sexuales).

La mención obligada al sexo seguro en la era del sida da paso a una sala abierta a la imaginación de los visitantes, que contribuirán a su manera a escribir el último capítulo de este libro abierto que podría titularse Todo lo que usted siempre quiso preguntar sobre el sexo… Se admiten respuestas.

http://www.elmundo.es/ciencia/2014/11/24/54722b3b268e3ee56d8b4576.html

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