La paradoja de la prostitución

Eduardo Goligorsky

Amnistía Internacional (AI) aparca circunstancialmente su compromiso de denunciar las tropelías de las dictaduras de derecha e izquierda, algo que ya la convierte en la bestia negra de los adictos a ambos totalitarismos, y se mete en un campo minado cuando propone despenalizar la . La ejercida voluntariamente, por supuesto, a la que hay que proteger tanto de las mafias que la explotan al amparo de la clandestinidad como de la arbitrariedad del Estado, que se suma, mediante el cobro de multas, a la extorsión de los chulos. Esta es la paradoja de la prostitución criminalizada. La argumentación de Amnistía es rigurosa (LV, 13/8):

AI sostiene que las mujeres que se prostituyen (porque básicamente son mujeres) corren peligro y merecen protección legal para evitar abusos, como violaciones o violencia física. “Si tienen reconocidos sus derechos, si despenalizamos su trabajo, les damos un mayor control para actuar de manera independiente, autoorganizarse en cooperativas informales y controlar su propio entorno de trabajo”, defiende el documento de la organización. (…) Donde es ilegal, insisten, las mujeres están “desprotegidas y no se atreven a denunciar delitos o pedir ayuda”. (…) “Condenamos la trata de personas”, añaden, y defienden que se luche jurídicamente contra ella. (…) “Cuando el trabajo se despenaliza, los trabajadores y trabajadoras son más capaces de agruparse y reclamar sus derechos, para lograr mejores estándares y condiciones de trabajo y una mayor supervisión del comercial y de la posible trata de personas”.

Balance aterrador

La trata de personas es la mayor lacra que se cierne sobre el ya de por sí sórdido mundo de la prostitución y, al mismo tiempo, es una consecuencia de la clandestinidad. Las víctimas son siempre las , tanto voluntarias como forzadas. Aunque la ausencia de censos impide dar cifras precisas, se calcula que en España hay un total de 600.000 , de las cuales el 80 por ciento –procedentes sobre todo de África, América Latina y Europa del Este– son víctimas de distintos sistemas de intimidación. El balance es aterrador, pero debería emplearse como argumento para hacer más visible esta actividad en el marco de la ley y no para perpetuar la marginalidad. A nadie se le ocurre pedir la ilegalización de la industria textil por el hecho de que existen talleres de confección clandestinos donde se esclaviza a inmigrantes indocumentados. La diferencia consiste en que toda actividad relacionada con el sexo es más vulnerable.

La policía se indigna

Enrique Gil Calvo traza una nítida línea divisoria entre la actividad sexual que debe estar amparada por la ley en la sociedad abierta y la actividad delictiva sobre la que debe caer todo el peso del Código Penal (“Contra la prostitución”, El País, 25/9/2014):

Por una parte tenemos los voluntariamente ofrecidos por trabajadoras libres que no estén sometidas a ninguna coacción física ni moral, económica ni autoritaria. Llamemos a esa categoría “”. Y por otra parte aparecen las cautivas sexuales obligadas a someterse a los clientes cómplices de las redes criminales que las secuestran y las obligan. Llamemos a este otro contingente “explotación sexual”.

Es precisamente la policía la que se indigna porque, como informa un titular periodístico (LV, suplemento Vivir, 27/3),

Leyes caducas entorpecen la lucha contra la trata de mujeres – Policías que han sufrido reveses judiciales hablan de sus frustraciones y de sus esperanzas

Los especialistas de los Mossos d’Esquadra y de la Policía Nacional explican que “largas investigaciones con centenares de horas de escuchas telefónicas y seguimientos a veces durante años se han saldado con penas mínimas o absoluciones en bloque”. Los expertos recuerdan que sobre los 40 mafiosos chinos detenidos en la operación Turandot pesaban graves acusaciones por delitos de tráfico de seres humanos y explotación de prostitutas, a pesar de lo cual la mayor pena impuesta fue de tres años por un pequeño tráfico de drogas. En la operación Andrómeda, se archivaron las imputaciones a los 13 rumanos que explotaban mujeres en régimen de semiesclavitud en el club Dallas de Agullana y todos los acusados quedaron penalmente limpios.

Los policías atribuyen algunos de estos despropósitos a la obsolescencia del andamiaje legal que sustenta sus investigaciones: hay una Ley de Enjuiciamiento Criminal que data de 1882. Y, para colmo, la figura del testigo protegido es tan endeble que a veces se habla, en broma, de la “ley de desprotección de testigos”.

Un paso adelante

Un paso adelante es el que ha dado un juez en lo social de Barcelona al sentenciar, en una demanda laboral de prostitutas contra su empleadora (LV, 9/3):

“El marco regulador de la prostitución” se queda en “regulación administrativa y despenalización aplicativa”; y también considera que ha quedado “plenamente acreditado que las trabajadoras ejercían libremente, sin coacción y de manera no forzada, la prestación de servicios de prostitución por cuenta de la empresa demandada, bajo su dirección y dependencia”, por lo que sólo cabe declarar que “la relación existente” entre la propietaria del local y las mujeres “tiene un carácter laboral”. (…) La decisión judicial ha tenido su primera consecuencia: la Tesorería de la Seguridad Social ha reclamado a los propietarios del salón de masajes las cuotas que, en virtud de este fallo, deberían haber ingresado por tener a tres empleadas.

Como era previsible, las feministas y sus aliados progres, con la élite de Hollywood a la cabeza, arremetieron automáticamente contra la propuesta de AI y la sentencia del juez de Barcelona. Victoria Camps sube al púlpito y estigmatiza a las apóstatas (“Legalizar la prostitución”, El País, 14/4):

Pero la legislación no debe mirar a esa pequeña minoría de mujeres que se autodenominan libres, sino a la gran mayoría que no vacila en reconocer que vende su cuerpo porque es lo más lucrativo que tiene a su alcance.

Curioso y más que curioso, como dijo Alicia en el País de las Maravillas. La profesora Camps y sus cofrades lucharon durante muchos años para que la Ley de Igualdad Efectiva entre Mujeres y Hombres diga (LV, 9/7):

Se ha de reconocer el derecho de las mujeres a su propio cuerpo (…) los derechos sexuales y reproductivos, y garantizar la libre decisión de las personas a la hora de ejercerlos.

Hoy la mujer que desea actuar sobre su propio cuerpo puede modificarlo mediante la cirugía plástica, cambiar de sexo, alquilar su útero, ligar sus trompas. Pero la profesora Camps, evocando el relato de Nathaniel Hawthorne sobre los puritanos de antaño, le estampa la letra escarlata en la frente si se aparta de sus dogmas y si alquila (no vende), por necesidad o por vocación, “lo más lucrativo que tiene a su alcance”. También algunos intelectuales pervierten lo más lucrativo que tienen a su alcance y los felicitan.

Estamos ante un cúmulo de interrogantes peliagudos. ¿En qué categoría legal coloca este colectivo de flamantes puritanas a la mujer que se casa por interés pecuniario? ¿Y a las promiscuas que sólo buscan el placer pero aceptan un regalo de sus numerosos amantes? ¿Y a las fans de 50 sombras de Grey con su parafernalia sadomasoquista?

Cambio de piel

Lo cierto es que la polémica sobre la prostitución hace aflorar los sentimientos irracionales que incluso las personas presuntamente más evolucionadas exhuman para juzgar todo lo que se relaciona con el sexo. Ahí está la polígrafa hoy podemita Ángeles Caso, que escribió “343 asquerosos intelectuales” (LV, Magazine, 24/11/2013) para denigrar a sus colegas franceses que firmaron el manifiesto Touche pas à ma pute (“Deja en paz a mi ”) contra la ley que las expulsaba de las calles. Caso confiesa no tener una solución para el problema, pero abomina de los firmantes y cita entre ellos a “el famoso escritor Frédéric Beigbeder, al que no pienso volver a leer”.

El criterio que emplea Caso para montar su peculiar sistema de represalias podría hacerle borrar de la memoria los cuadros de los puteros Henri Toulouse-Lautrec y Pablo Picasso, entre muchos otros; las novelas del putero Henry Miller, entre muchos otros; la filmografía de los actores puteros y las actrices venales que Kenneth Anger cita en Hollywood Babilonia (2 vols., Tusquets, 1994 y 1996), entre muchos otros; y los discursos del putero John F. Kennedy (que antes de pronunciarlos, para distenderse, se hacía practicar una felación por las chicas que le proporcionaba el clan Sinatra).

Hoy la prostitución cambia de piel. Para bien o para mal, la informática hará que todas estas controversias queden relegadas al desván de la memoria. Anuncia otro titular (LV, 22/6/2014):

Desembarca en España el mayor Ciberalcahuete – Una web busca universitarias “atractivas” y “benefactores”

Si se generaliza la moda de que los benefactores generosos satisfagan las expectativas de las atractivas mercenarias, pasando por la web, lostraficantes de seres humanos por un lado y las represoras de las por otro, lo tendrán crudo. Fin de la paradoja.

http://www.libertaddigital.com/opinion/eduardo-goligorsky/la-paradoja-de-la-prostitucion-76453/

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