La familia de Robador

Las prostitutas del Raval trabajan en cooperativa y exigen “el derecho y la dignidad de ser putas”

“Nosotras decididimos nuestras vidas y elegimos a qué nos queremos dedicar”, se defienden

La familia de Robador

ALBERT BERTRAN

Dos prostitutas, en la calle de Robador, este martes.

CARLOS MÁRQUEZ DANIEL

Subieron al piso y mientras ella colgaba el bolso, él cayó desplomado. Escuchó el estruendoso pum y se giró pasmada. Yacía en el suelo. Tieso. Entre varias compañeras lo colocaron sobre la cama y llamaron a una ambulancia, pero los servicios médicos solo pudieron certificar su muerte. Era cliente suyo desde hacía ocho años, siempre los viernes, así que ella, porque el roce hace el cariño, se vino abajo. “No llore, porque ni se llama Juan ni está viudo”, le dijeron los Mossos, que pasaron por el trance de notificar a la familia el contexto del deceso. Ahora recuerda aquel episodio con sorna: “Todo el mundo cuenta mentiras…”. La historia del falso viudo que cuenta Janet es uno más de los relatos de Robador, la calle del Raval donde laprostitución se hace carne cada día, durante todo el día.

En la charla están también Paula, Maria José y Ana; todas putas y a mucha honra. Llevan más de 20 años en la calle y no vienen a reivindicarse ni a pedir respeto ni a hacerse las víctimas. “Nosotrasdecidimos nuestras propias vidas y elegimos a qué nos queremos dedicar”. Responden así al debate más político que social sobre la denominada profesión más antigua del mundo. La polémica les resulta “oportunista e interesada“; tanto, que dedican más tiempo a las anécdotas y al recuerdo que a la defensa de unos derechos que no permiten que nadie les discuta.

“TERMINA LA CERVEZA Y VAMOS”

Robador es un pequeño continente dentro del planeta Raval. Cuatro bares, locutorios, un par de supermercados y una quincena de prostitutas. A pocos metros, una zona infantil, separada por un edificio de protección oficial con todos los bajos en alquiler. “Esta esuna pequeña familia, todos nos conocemos”, aporta Paula. Bastan un par de días para darse cuenta. El del bar Filmax bromea con una joven latinoamericana; el chico que sirve la terraza del Indiana Gate charla con una dama que apoya su hombro en la persiana. “Venga, Antonio, termina la cerveza y nos vamos”, le dice una de ellas a un chico que bebe en la Bodega d’en Ruben. Ella le busca. Él remolonea. “Vale que estés trabajando, ¿pero no tienes tiempo para follar?”, le dice una prostituta rusa a un joven que pasa por ahí en horario laboral. Sonríe, descolocado.

Ana es brasileña y tiene 55 años. “Soy puta desde los 14 y si volviera a nacer, haría lo mismo”. Estremece la seguridad con la que tanto ella como sus compañeras hablan de su rutina. Disponen de tres o cuatro pisos en Robador para realizar los servicios, por los que cobran entre 20 y 25 euros. Son viviendas convertidas en prostíbulos ilegales, por eso no concretan el número ni permiten visitarlos si no es para un servicio. Junto al resto de mujeres que ejercen en este enclave de Ciutat Vella, forman una especie de cooperativa. “Nosotras nos encargamos de todo”, detalla Paula. Pagan unos cinco euros a la compañera que cada mes abona el alquiler. Si un día una de ellas no trabaja, se puede dedicar a la limpieza. Y así van pasando los días. Janet lo resume así: “Somos como los barcos de pescadores: salimos con nuestra barca y tiramos las redes en busca de pescado”.

Cuenta María José que el lunes la Guardia Urbana precintó el piso en el que vivía desde 1999. Era una de las viviendas de Robador que las prostitutas usaban para sus labores, y esa es la razón argumentada por la policía para echar el cerrojo. Lo más probable es que al propietario le caiga una buena sanción. Ella se encontró los muebles en la calle y ahora se arregla de aquí para allá, en casas de amigas. Por suerte, todas viven en la zona.

VÍCTIMAS DE LA GENTRIFICACIÓN

Janet, a la que le cerraron dos pisos pequeños el año pasado, habla de “manipulación” y pone sobre la mesa un concepto muy vinculado al distrito más canalla de Barcelona, la gentrificación, esto es, la transformación urbana que desplaza a la población local para dejar sitio a otra de mayor nivel adquisitivo. En resumen: “Los lateros, los manteros, las putas…, nos quieren fuera porque molestamos a laBarcelona clasista“. “No somos un problema -sostiene Janet-, somos una realidad de la sociedad, y ni por ética ni por estética se nos puede dejar de lado”.

Preguntadas sobre sus familias, sobre si saben a qué se dedican, expresan cierto malestar. Janet tiene dos hijos y no saben nada. María José tiene uno, de 32 años, que es consciente de la actividad de su madre desde los 12. “Estuvo una semana durmiendo conmigo y diciendo ‘mamá, tú no’, pero al final lo entendió”. “¿Pero por qué tenemos que dar explicaciones?”, se queja Paula. “Lo único que deben saber es que llegamos a fin de mes, no si follo o dejo de follar”, exclama Janet. Coinciden en que nadie entra en esto por afición, sino “por urgencia económica”, pero hoy se ha convertido en su sustento, paga carreras universitarias y les permite vivir con dignidad. Y dignidad es precisamente, y quizás lo único, que reivindican. “La dignidad y el derecho de ser putas”.

VECINOS CONTRARIADOS

¿Y los vecinos? En el parque infantil, una pareja joven que vive en Hospital quita hierro al asunto. “Es como irse a Vallvidrera y quejarse de los jabalís. Si vienes a vivir aquí, debes adaptarte a lo que hay”. Son de mente abierta. No lo es tanto un matrimonio chino que reside cerca por cuestiones de trabajo. Tardaron algunos días en caer en la cuenta de que aquellas mujeres eran prostitutas. No se piensan ir, pero no, no les hace ninguna gracia. Paula, Janet, Ana y María José dicen que la relación con los vecinos de los edificios donde ejercen es “muy buena”, y que ellas se encargan de todos los gastos de la comunidad, incluida la limpieza de la escalera. En algunos balcones, sin embargo, carteles que simulan que la vivienda está en venta exhiben un evidente malestar. “Razón: ayuntamiento de Barcelona”, rezan los letreros, con toda la intención.

Sobre la trata de mujeres, explican que es una lacra que no es habitual en la calle. “Eso es más de los clubs, que sí son legales. Nosotros estamos fuera de la ley y somos libres, pero los locales con licencia tienen chicas obligadas a prostituirse y aquí no pasa nada. ¿Por qué la toman con nosotras?”.

Se marchan. Janet y Ana comparten una duda. ¿Qué habrá sido del señor Francisco? Es un hombre de 89 años que ha dejado de venir. “Quizás se haya muerto”, coinciden. A pesar de su avanzada edad, todavía tenía cuerpo para repetir dos y tres veces en un solo día. Es otra de las historias de Robador.

http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/las-prostitutas-calle-robador-forman-involuntaria-cooperativa-para-poder-trabajar-5011873

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