Presentación del libro de prostitución masculina “La difícil vida fácil”

La difícil vida fácil

Este jueves es la presentación de “La difícil vida fácil“, el primer libro de Iván Zaro. Historias de un tema presente en nuestra sociedad, pero tan invisible, que parece no estar ahí: la prostitución masculina. Es la primera vez que un tema así se trata en un libro publicado en España.

Iván Zaro, autor del libro, lleva más de doce años como trabajador social y ha conseguido, de priemra mano, testimonios de hombres que se dedican a la prostitución, para contarnos en “La difícil vida fácil” lo que ocurre en este mundo. Contactos a través de webs, pisos, saunas, bares de ambiente o la calle son los escenarios de estos 12 testimonios.

El sexo (sin caer en el sensacionalismo), la droga, la noche, los clientes o lo complicaso en ocasiones de tener pareja que entienda la prostitución como un trabajo son algunos de los temas que Iván ha plasmado en el libro (del que os haremos review en breves). La presentación del libro La Difícil Vida Fácil
tendrá lugar este jueves 19, a las 19’30 horas, en el Café Figueroa, en pleno centro de Chueca, en Madrid.

Presentación del libro de prostitución masculina “La difícil vida fácil”

 

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Los juegos sexuales que trajeron los Borbones

El ‘impávido’, el dildo y la práctica de nuevas posturas. El arte amatorio importado por Felipe V.

Doritorio real de Felipe V e Isabel de Farnesio en el Palacio de La Granja.

Doritorio real de Felipe V e Isabel de Farnesio en el Palacio de La Granja.

MARI PAU DOMÍNGUEZ

Mari Pau Domínguez, autora de La corona maldita (Grijalbo), novela que sale a la venta el próximo jueves 5 de mayo, extrae de su investigación los relatos sexuales más llamativos. Varios han perdurado hasta nuestros días.

La influencia francesa en la corte española durante el reinado del primer Borbón, Felipe V (1700-1746), se coló escandalosamente bajo las sábanas. El exagerado culto a la belleza y, sobre todo, a los placeres mundanos, importaron de Versalles juegos sexuales procaces y libertinos. Unas prácticas en las que el morbo y el pecado lo invade todo hasta alcanzar el ámbito clandestino del placer humano. El universo más íntimo, donde no caben leyes ni límites.

EL IMPÁVIDO

Impávido se debió de quedar más de uno al conocer el juego sexual del mismo nombre que hacía furor en los salones de reyes y nobles en Versalles pero que, en la España de costumbres austeras heredadas de los Austria, supuso un escándalo histórico. Así se describe el juego delImpávido en La corona maldita:

En un pequeño salón se había dispuesto una amplia mesa redonda cubierta con un elegante mantel blanco que llegaba hasta el suelo. Una sala adyacente albergaba varios percheros donde dejaron sus calzas y ropa íntima los seis varones invitados a la fiesta privada organizada por los monarcas. Después fueron ocupando sus asientos alrededor de la mesa desnudos de cintura para abajo. Cuando todos estaban colocados, se entreabrió sigilosamente la puerta del salón para permitir la entrada de una elegante dama, claramente aristócrata por su porte, que llevaba los ojos cubiertos por un antifaz y vestía un ligero déshabillé bajo el que no llevaba ropa interior.

Con agilidad se inclinó para colarse debajo de la mesa. El espectáculo allá abajo era verdaderamente curioso y también obsceno: los genitales de los seis hombres se ofrecían procaces a los deseos e insanas intenciones de la dama. Comenzaba así el libertino juego de El Impávido, una invención de la corte versallesca que estaba haciendo furor en lo salones de la aristocracia en el país vecino.

Felipe V e Isabel de Farnesio retratados por Louis-Michel van Loo.

Felipe V e Isabel de Farnesio retratados por Louis-Michel van Loo.

Eligió un miembro al azar, sin reparar demasiado en cómo era. Cerró los ojos, lo tomó suavemente con una mano y acercó su boca hasta acertar a introducirlo en ella, y comenzó a succionar con la delicadeza de la ingravidez. El caballero no tardó en perder la compostura, por lo que quedó eliminado y tuvo que retirarse ya que el juego consistía en aguantar impávido mientras la dama se empleaba a fondo en el reto de la excitación. Ganaba aquel a quien no se le notara que estaba siendo el elegido de la lujuria desatada bajo la mesa.

(…) a través de una doble y oculta mirilla estratégicamente colocada, (Isabel de Farnesio y Felipe V) espiaban el juego sin perderse ni uno solo de los movimientos.

La mujer fue realizando una felación tras otra, e iban cayendo eliminados los hombres. Cuando el triunfo se dirimía ya sólo entre dos de los participantes, a cada cual con más férrea fuerza de voluntad, lo que hacía el juego más intenso y excitante, el rey se colocó detrás de la reina, le subió las faldas (…).

EL DILDO

Juguetes sexuales del siglo XVIII.

Juguetes sexuales del siglo XVIII.

En la libertina Francia del s. XVIII se impuso clandestinamente a modo de consolador un objeto al que llamaban dildo. Su forma fálica y el extraordinario pulido de la superficie de madera hacían las delicias de las nobles damas parisinas.

Le separó las piernas. Emitió un grito ahogado al tiempo que su cuerpo se arqueó al sentir cómo era penetrada por un objeto extraño y frío, que parecía tener forma de cuerno… de falo terso y duro, que el rey comenzó a mover en cadencias cortas una vez y otra, y fue llegando hasta lo más hondo de Isabel.

Felipe se aproximó otra vez a su rostro sin dejar descansar la mano que mecía el artilugio mientras le susurraba con lenta cadencia:

-Es un dildo… un juguete que despierta la fantasía… ¿pero a que sentís como si yo mismo os estuviera horadando en lo más profundo de vos…? Os lo enseñaré cuando acabéis, no antes… A esto se le llama también bijoux de religieuse… alhaja de religiosa… a ver si adivináis por qué…

En la parte superior del artilugio solía colocarse una especie de camafeo en el que guardar la imagen del amante. ¡Cuántos enredos no se producirían intercambiando retratos según el caballero de turno!

Con el tiempo se fueron perfeccionando y adoptaron las formas más variopintas. La palabra dildo, que no aparece en el diccionario de la RAE, procede etimológicamente de la italiana diletto, que significa deleite, goce.

NUEVAS POSTURAS

A la segunda esposa, Isabel de Farnesio, le sorprendió el catálogo de posturas y de prácticas amatorias de su esposo. Isabel pudo comprobar lo que ya vislumbró durante la noche de bodas en Guadalajara, la afición desmedida de su esposo por el sexo y sus inusuales destrezas amatorias, de las que en todos los rincones de la corte se hablaba como un gran secreto a voces.

Felipe V ya venía experimentado de su primer matrimonio con la joven María Luisa Gabriela de Saboya, a cuya muerte temprana contribuyeron –según las maledicencias- los excesos sexuales a los que la sometía su esposo hasta el último de sus días. El primer encuentro sexual del matrimonio fue de antología: gritos, llantos, golpes y forcejeos, al parecer debido al miedo de ella y a la ansiedad de él.

La postura ortodoxa para el coito, en aquella época, era la tradicional “cara a cara”, el hombre arriba y la mujer abajo. Pero el primer Borbón nunca fue muy dado a la ortodoxia, al menos la sexual. Los confesores permitían que dicha postura se invirtiera siempre y cuando el hombre acabara polucionando en lo que la Iglesia llamaba el “vaso natural” de la mujer cuya finalidad era la procreación.

MORBOSO EMPEDERNIDO

Nada más poner un pie por primera vez en el Palacio del Buen Retiro, la residencia de la familia real, Isabel de Farnesio fue conducida directamente a la alcoba en la que había fallecido su predecesora. La habitación, oscura y asfixiante, llevaba sin ventilarse los diez meses transcurridos desde la muerte de María Luisa Gabriela. Felipe cumplió con el capricho morboso de yacer por con su segunda esposa por primera vez en palacio en el mismo tálamo en el que había agonizado la primera.

El duque de Saint-Simon –embajador especial de Francia para asuntos relacionados con Luisa Isabel de Orléans- contó que, unos días antes, en la noche de bodas en Guadalajara, “la real pareja permaneció encerrada a cal y canto veinticuatro horas ininterrumpidas…” .

EL REY ONANISTA

Durante toda su vida, Felipe V tuvo una descarada adicción al orgasmo múltiple, considerado por él como una de las razones fundamentales de la existencia. No sólo impuso a sus sucesivas esposas la práctica del coito diario, sino que él mismo se entregaba siempre que podía al onanismo. En la adolescencia le causaba grandes torturas morales que cubría acudiendo al confesor tras cada masturbación.

Durante una separación de su primera esposa, en lugar de requerir los servicios de prostitutas prefería practicar el placer solitario, por más que le torturara. De hecho le preguntó al clérigo si podría ser perdonado por ello en caso de haberlo hecho con el pensamiento puesto en su esposa. La respuesta fue que por supuesto contaría con la comprensión de Dios.

PRIMERA REINA LESBIANA

Retrato de Luisa Isabel de Orleans, por Jean Ranc.

Retrato de Luisa Isabel de Orleans, por Jean Ranc.

La desvergonzada Luisa Isabel de Orléans tenía catorce años cuando se convirtió en reina consorte del rey Luis I al abdicar el padre de éste, Felipe V, y también en la primera reina en España con inclinaciones lésbicas. La primera y la única, que se sepa. Llegó a sufrir un encierro ordenado por su esposo harto de los permanentes escándalos. La gota que colmó el vaso fue cuando una mañana, paseando por los jardines de palacio vestida solo con un camisón transparente, sin ropa interior, se subió a una pequeña escalera y pidió ayuda a un jardinero para no caerse. Al ir al sujetarla el hombre se encontró con las intimidades de la reina en toda su cara.

Aunque peor para la rígida moral española eran los juegos lésbicos que tenían lugar en la alcoba privada de la reina, en la que se encerraba en compañía de sus más distinguidas criadas. Completamente desnudas, las jóvenes, incluida Luisa Isabel, se entregaban a los más mundanos placeres.

Todo ello tenía cabida en una corte en la que la máxima autoridad, Felipe V, era el primero en salirse de las normas establecidas para los comportamientos íntimos. En los círculos cortesanos no se hablaba de otra cosa que no fuera el desenfreno sexual del rey, puede leerse en La corona maldita, novela en la que se muestra la desenfrenada lucha que mantenía el primer Borbón contra la muerte a través del sexo. ¿Vida o perdición?

Portada del libro La corona maldita.

Portada del libro La corona maldita.

http://www.elespanol.com/reportajes/20160427/120488268_0.html

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Chuck Palahniuk y la industria del perfecto orgasmo femenino

Chuck Palahniuk y la industria del perfecto orgasmo femenino

orgasmo femenino

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Chuck Palahniuk, en Madrid, en 2010. GONZALO ARROYO

‘Eres hermosa’, la última novela del autor de ‘El club de la lucha’ se dirige a las mujeres feministas que promueven un completo empoderamiento de la sexualidad de la mujer y tiene un mensaje: “Cuidado con lo que deseas”

  • JAVIER BLÁNQUEZ
  • Barcelona

Snuff comenzaba con una actriz porno que estaba intentando batir el récord mundial de gang bang -o sea, sexo con varios hombres a la vez, en este caso contándose por centenares-, y Pigmeo nos presentaba a un terrorista que debía esconder sus intenciones reales a una familia americana que, muy amablemente, le había acogido en su casa. Los comienzos en las novelas de Chuck Palahniuk son importantes, no sólo porque proponen ideas escandalosas o delirantes que enganchan, sino porque en ellas está el germen de una literatura que, a partir del entretenimiento y la sátira, aborda casi siempre cuestiones que preocupan a la sociedad moderna. El sexo, la seguridad, el consumo, la pérdida de valores e ideales: se ha dicho de Palahniuk que es un nihilista, o un provocador, pero en realidad lo que hace es observar su mundo a través de una lente de aumento tan poderosa que termina por mostrarnos algo que no es la realidad en sí. Es una sección fea, incompleta, deformada. En cierto modo, Palahniuk se ha convertido en el gran maestro de lo grotesco.

Su literatura quiere ser, ante todo, venenosa, y aunque no mata, casi siempre irrita. Su última novela, Eres hermosa (Mondadori, 2016), no es una excepción: esta vez le toca recibir a la mujer. Bajo la apariencia de lo de siempre desde que debutó con El club de la lucha (1996) -o sea, una sátira del consumismo aborregado y la obsesión por satisfacer todos nuestros deseos hedonistas-, Eres hermosa es un artefacto pensado para mofarse de la moda reciente de la literatura erótica para señoras insatisfechas, pero también de los discursos feministas, hoy tan en boga, que hablan de ‘empoderamiento’, derecho al uso y disfrute del propio cuerpo para explorar los límites de la sexualidad y, como consecuencia de todo esto, un rechazo al hombre en tanto que representación de los males de la sociedad patriarcal.

Imaginemos que todo ocurrió así: un día, cae en las manos de Palahniuk un ejemplar de 50 sombras de Grey y su mente sucia empieza a maquinar una respuesta a esa aberración literaria y al boom de la literatura erótica que trae consigo. Si en el best seller de E. L. James tenemos a una chica insatisfecha que un día se cruza con un macho alfa con aspecto de follador excepcional, pero que en realidad es un aficionado a los latigazos y otras prácticas sádicas, en Eres hermosatenemos a Penny Harrigan, una joven que trabaja de becaria en el bufete de abogados más importante de Nueva York y que, lejos de trepar, lo que prefiere es sumergirse en la lectura del periodismo gonzo de Gloria Steinem o los ensayos feministas de Susan Sontag. Un día traba conocimiento accidental -y humillante: derrama varios litros de café de Starbuck’s sobre una moqueta carísma, lo que la deja con el culo al aire frente a sus jefes- con el hombre más rico del mundo: C. Linus Maxwell.

Podrían haberla despedido en ese momento, pero Maxwell decide invitarla a cenar. Ha visto algo excepcional en ella y no sabemos qué. A Maxwell la prensa le conoce como C.LiMax porque, cuenta la leyenda, es la bestia sexual más codiciada del planeta. Sus antiguas amantes -la reina de Inglaterra, la presidenta de Estados Unidos, la actriz más laureada del mundo- nunca superaron sus respectivos abandonos. No hay mujer que no esté obsesionada con Maxwell, pero Maxwell se fija en la becaria torpe y mal depilada que ha arrojado café hirviendo sobre sus zapatos. Podría ser el comienzo de una bella historia de amor, la reactivación del cuento de Cenicienta en la opulenta Manhattan.

También podría ser un episodio de Sexo en Nueva York, o una novela de la serie deBridget Jones, pero esto es Chuck Palahniuk, el tipo obsesionado con la asfixia, las reuniones de alcohólicos anónimos, las explosiones de edificios y los sedantes, o sea, un enfermo. Rápidamente la novela se transforma en algo más perturbador. No se trata ya de juegos sexuales al límite, como en la chick-lit con azotainas de E. L. James, sino de algo más retorcido: el perfeccionamiento del juguete sexual. Maxwell, después de haber hecho una fortuna en la informática, planea revolucionar el mercado de los geles estimulantes, las bolas vaginales, la estimulación clitoriana y los vibradores de última generación, de modo que Penny no se convierte en su amante, sino que es de facto su cobaya. Según Maxwell, ella tiene un sexo anatómicamente perfecto, ideal para experimentar la ducha vaginal -algo así como una presión palpitante de champán con sabor a frutas en la cavidad del útero-, la libélula y las bolas peruanas, unidas por un imán y que operan simultáneamente en la pared que separa el ano de la vagina. Parecen esos típicos objetos que aparecen en las películas japonesas hentai -dibujos animados eróticos-, donde se penetra a las mujeres con aparatos estrambóticos y tentáculos viscosos. Los orgasmos, pues, son prolongados, constantes y escandalosos, hasta el punto de que los juguetes de Maxwell crean una adicción poderosa en quien los prueba.

La línea de productos se llama Eres Hermosa (Beautiful You, en el original), y en el momento en el que salen al mercado provocan lo inevitable: millones de mujeres en todo el mundo deciden que ya no necesitan a los hombres para proporcionarse placer, y hay tal variedad de orgasmos, de tantas intensidades y duraciones, que el 98% de la población femenina acaba enganchada a Eres Hermosa y ven reducidas sus vidas al nivel Whitney Houston, o sea, el de adictas al crack, siempre tiradas en la cama o en un rincón sin hacer nada, sin hambre ni ganas de moverse, convertidas en desechos, en yonquis del orgasmo. El sueño feminista más radical -un mundo en el que los hombres no sean necesarios ni para procrear ni para complementar las relaciones sexuales- acaba, en manos de Palahniuk, ridiculizado por la vía esperpéntica e imagina una distopía al estilo Un mundo feliz, de Aldous Huxley, pero en el que la droga que controla a la población no es el soma, sino una diabólica gama de objetos para el placer íntimo.

Como en casi todas las novelas de Palahniuk, y Eres hermosa no es una excepción, se da una mezcla entre un punto de partida espectacular -tras varias novelas dedicadas a los fantasmas y lo sobrenatural, apetecía un regreso al Chuck pornográfico- y una escritura delirante, además de rica en tecnicismos anatómicos, con un desarrollo argumental cada vez más disparatado. Eres hermosa va de más a menos, la segunda parte de la novela es sencillamente un despiporre sin sentido -en el que aparece la única persona, una legendaria gurú sexual de más de 100 años (hoy la llamaríamos coach), que puede detener al malévolo Maxwell, tirano del mundo gracias a los orgasmos que provoca a distancia-. Nada que nos deba sorprender: Palahniuk siempre ha sido irregular en las culminaciones de sus novelas, pero extremadamente divertido de leer si aplicamos aquello que los ingleses llaman la “suspensión de la incredulidad”. Y en un momento de extremadamente corrección en el lenguaje y las ideas, está ese atrevimiento -que quizá sólo podría practicar él, porque está loco y porque, ya se sabe, es un escritor homosexual dicharachero al que se le puede tolerar la misoginia- al ridiculizar buena parte del dogma feminista, convirtiendo una de las aspiraciones revolucionarias del movimiento -la autonomía sexual, un mundo de placeres sin hombres- en una distopía descacharrante.

http://www.elmundo.es/cultura/2016/04/19/5715de88468aeb714d8b45cc.html

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El teólogo que puso un burdel en Nueva York

El prostíbulo de John Allen estaba decorado con Biblias y estampas religiosas. Su historia la cuenta Luc Sante en ‘Bajos fondos’.

Dos prostitutas en Nueva York.

Dos prostitutas en Nueva York.

En el siglo XIX, un joven nacido en el seno de una familia pobre, quizá llegado a Nueva York como inmigrante, podía alimentar ambiciones de riqueza y de estatus. Una chica pobre con semejantes ambiciones normalmente sólo tenía un camino: la prostitución.

Las jóvenes se convertían en prostitutas de diferentes maneras y por distintas razones. La prostitución se asociaba a las posiciones más bajas en el teatro; era uno de los pocos medios de los que disponían las mujeres de clase baja para conocer a hombres de una posición superior; parecía una manera de evitar el fastidioso trabajo doméstico o las fábricas explotadoras; alimentaba la ilusión de permitir a las mujeres el emprendimiento independiente; estaba relacionada con las manifestaciones exteriores de una vida mejor, como las joyas y la ropa sofisticada; se asociaba en el imaginario popular con el terreno del esparcimiento, con la búsqueda del placer.

Dado que Nueva York era una ciudad portuaria, la prostitución probablemente estuvo ahí desde el principio, en las bodegas de los muelles y en las pensiones para marineros, y en los salones de baile y en los colmados que surgieron alrededor de Collect Pond y luego de Five Points.

Cuando los primeros reporteros hablan de “inmoralidad”, como en la inmoralidad de las habitaciones compartidas, están usando un eufemismo de prostitución, ya que las menciones explícitas eran un tabú en la prensa respetable; asumían que las formas de convivencia poco convencionales eran el producto o el semillero de la prostitución.

Las resistencias a mencionar la prostitución y a abordarla desde una dimensión social y económica, que en algunos sectores perduraron durante ese siglo y hasta el siguiente, intranquilizaron mucho a la gente. La veían en todos lados. Y estaba en todos lados. Pero no por las razones que imaginaban ni en las formas que creían.

Es revelador, por ejemplo, que en esta época, cuando la prostitución podía verse en cualquier lado y estaba en boca de todos, nadie pareciese ver, o al menos comentarlo por escrito, el comercio sexual inherente al fenómeno de las vendedoras de maíz.

Cuando menos en sentido figurado, eran las niñas y no el maíz lo que estaba a la venta. Como en la prostitución literal, el sustento de las niñas dependía de su juventud, de su atractivo y de su condición novedosa; entregaban sus ganancias a su patrocinador; deambulaban por la calle ante hombres de una clase social superior. Pero las vendedoras de maíz podían ser idealizadas, y por eso mantenerse libres de mancha. Representaban la promesa del sexo sin su consumación.

Unas prostitutas en Nueva York.

Unas prostitutas en Nueva York.

REZAR ENTRE PROSTITUTAS

Antes de la Guerra de Secesión, los burdeles –llamados bagnios, disorderly houses o free-and-easys– se limitaban en su mayoría al muelle y a los arrabales, a las calles Cherry y Water, a Five Points y al Bowery. Los salones de baile, en cambio, eran establecimientos multiusos en esos mismos distritos que reunían bajo el mismo techo un saloon, un hotel y un burdel, con servicios, clientes y empleados que coincidían en parte.

El local más famoso y prominente de este tipo fue el de John Allen, en el número 304 de la calle Water. Allen venía de una familia de teólogos; dos de sus hermanos eran ministros presbíteros, y un tercero era predicador bautista. Él mismo había sido estudiante de teología en el Union Theological Seminary, pero de algún modo dio un giro a su carrera, y abrió un prostíbulo con su esposa alrededor de 1850.

El sitio, pese a que contaba con una clientela de marineros a quienes trataban casi como lo hacían sus violentos reclutadores, tenía una apariencia ostentosa, y se dice que proporcionó a sus dueños unos 100 000 dólares en una década. El personal estaba compuesto por veinte mujeres con corpiños negros de satén, faldas y medias de color escarlata, y botas con el borde rojo y adornadas con pequeñas campanas.

La casa contaba además con una baza extra que le añadía picante: Allen había decorado sus instalaciones con motivos religiosos. Tres días a la semana, justo a mediodía, antes de abrir el negocio, llevaba a las prostitutas y a los camareros a una lectura de la biblia, e incluso en su horario de apertura algunas veces reunía a sus empleados y los dirigía en el canto de unos himnos procedentes de una colección llamada The Little Wanderers’ Friend.

Las cabinas de este bagnio incluían biblias; las mesas del saloon tenían periódicos cristianos y revistas devotas; las paredes estaban decoradas con estampas religiosas; en ocasiones especiales, Allen regalaba Nuevos Testamentos a sus clientes. Nada de esto impedía que la prensa popular calificara a Allen como el “hombre más perverso de Nueva York”.

La afición de Allen por lo sagrado desató su caída. En mayo de 1868 un clérigo llamado A. C. Arnold, dueño de la cercana misión Howard, visitó la casa de Allen y lo encontró como una cuba. Se aprovechó de la situación para convencerlo de que le dejara hacer reuniones para rezar en su local. Los servicios religiosos, al principio, eran una novedad graciosa para los clientes, pero pronto se cansaron y se fueron alejando.

En agosto, Arnold y otros predicadores anunciaron que el garito quedaba clausurado, que las Marías Magdalenas de Allen estaban disponibles para su contratación como empleadas domésticas en hogares cristianos, y que Allen se había convertido y reformado.

Mientras, los ministros empezaron a tener el mismo efecto mágico en otros locales del barrio, incluido el Rat Pit de Kit Burns. Durante un tiempo estos sitios atrajeron a los devotos de la ciudad, que acudían para escuchar el servicio religioso y de paso para admirar las huellas restantes del libertinaje (los reporteros que acudieron a las reuniones en el tugurio de Burns repararon en la pestilencia que emanaba de los cadáveres de perros y ratas enterrados en la tierra bajo la gradería).

Al final, el New York Times publicó una exclusiva en la que revelaba que la milagrosa reforma era un fraude, que los clérigos pagaban 350 dólares mensuales a Allen por el privilegio de convertir tanto a su local como a él mismo, y que se repartía un soborno similar al resto de propietarios, incluidos unos 150 dólares mensuales a Burns.

Además, se decía que los feligreses reunidos en aquellos servicios eran miembros respetables de la clase media, y que no había ningún vicioso –más allá de los dueños–, el tipo de seres descarriados que eran el objetivo de la reforma. Sin duda suena plausible, aunque la pregunta sigue siendo si 350 dólares mensuales eran suficientes para que Allen compensara la pérdida del negocio, o los 150 dólares para Burns. Quizá la zona había empezado su declive y vieron en esta treta publicitaria la única posibilidad de mantenerse en el negocio, aunque fuera por un tiempo breve.

En cualquier caso, el reportaje del Times tuvo el efecto de alejar a los predicadores, pero sin que volvieran los viejos clientes, así que Allen se quedó sin recursos. En diciembre del mismo año, su mujer y algunas de las chicas fueron acusadas de robar 15 dólares a un marinero. La última declaración pública de Allen antes de perderse en la oscuridad fue que le habían tendido una trampa.

Mujeres haciendo la calle en la ciudad.

Mujeres haciendo la calle en la ciudad. Getty

LA MANCHA SE EXTIENDE

Inmediatamente después de la Guerra de Secesión, la complexión moral de la ciudad cambió, y quizá ésa fue la verdadera explicación para los problemas de Allen: la prostitución se había extendido por toda la ciudad.

Los burdeles, ahora identificados por luces rojas en su entrada, brotaron con rapidez en las calles laterales del oeste de Broadway, en lo que entonces era la parte media de la ciudad, y pronto lo hicieron a lo largo del Tenderloin. En el distrito de Broadway había una progresión en precio y calidad conforme uno avanzaba hacia el norte, de las casas cercanas a la calle Canal, que atendían a marineros, a los lujosos establecimientos de Clinton Place (ahora llamada calle 8). Todos ellos, al margen de su estilo y su precio, eran esencialmente iguales: casas residenciales de ladrillo rojo, con nombres pintados en blanco sobre la puerta: the Gem, the Forget-Me-Not, Sinbad the Sailor, the Black Crook.

Las más elegantes, llamadas parlor houses, se distinguían por una atmósfera decorosa en sus salones, donde el licor se vendía y se consumía con control y sofisticación, y en las que un pianista, siempre llamado el Profesor, ponía la nota cultural. Flora’s y Lizzie’s se encontraban entre los locales más caros y famosos; el de Josephine Woods, en Clinton Place, entre Broadway y University, vendía botellas de champán por el entonces exorbitante precio de ocho dólares y era célebre por su fiesta anual de la gallina ciega, que se hacía la víspera de Año Nuevo, y porque abría todo el día de Año Nuevo.

Aún más elegante, en la calle 25, cerca de la Séptima Avenida, era Seven Sisters’ Row, donde siete mujeres procedentes de un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra y que decían ser hermanas –aunque también se comentaba que habían tomado su nombre de la revista musical de Laura Keane de 1860– dirigían siete locales adyacentes. Eran casas muy pulcras y caras, con salones donde las jóvenes, tan bien educadas como si hubieran crecido en un convento, que en cierto sentido lo habían hecho, tocaban la guitarra y practicaban el refinado arte de la conversación.

Atraían a clientes enviando invitaciones impresas a empresarios importantes que se alojaban en hoteles de la Quinta Avenida. Algunas noches sólo se admitía a los clientes que vistieran con traje de noche y llevaran un ramo de flores para las muchachas. Las ganancias de la Nochebuena se donaban a la caridad, y este hecho recibía mucha atención de la prensa.

Mientras tanto, en los estratos más bajos, un fenómeno curioso, que por lo menos duró 30 años, era el cigar store battery. En apariencia los locales eran estancos, pero un cliente no iniciado encontraría nada más entrar un surtido muy pobre de puros y a una tendera, generalmente mujer, que no mostraba mucho interés en venderlos. El cliente intencional, en cambio, sería conducido al burdel de la parte trasera o del piso superior. Estos negocios crecieron cerca de la calle Canal, sobre todo en la calle Greene, abrían durante el día, y la hora pico era la de la comida. No lejos de ahí estaban los salones de conciertos, con una clientela mayoritaria de marineros.

El primero de estos, el Melodeon, se inauguró en Broadway en 1860, y pronto aparecieron docenas, muchos con nombres como el Sailor’s Welcome Home, el Sailor’s Retreat, el Jolly Tar, el Flowing Sea Inn. Las empleadas femeninas, a veces en atuendos turcos, con pantalones harén, eran lo que ahora se conoce como alternadoras. Ocupaban casi todo su tiempo animando a los clientes a beber, por lo que recibían un tercio de los desorbitados precios, cinco dólares por una botella de vino, por ejemplo, y si querían llevar su interacción más allá, lo tenían que hacer fuera de las instalaciones y en su tiempo libre.

Más abajo en la escala estaban las prostitutas de calle, o las cruisers, que entonces solían trabajar en los parques (Washington Square, Union Square, Madison Square), pero que gradualmente se mudaron a las esquinas, y con el tiempo a Broadway. Y al mismo tiempo, ahí estaba el Tenderloin, donde podía encontrarse cualquier cosa.

Una mujer se prostituye en Manhattan.

Una mujer se prostituye en Manhattan. Getty

EL OBISPO METODISTA

En un discurso de 1866 en Cooper Union, el obispo metodista Matthew Simpson se quejó de que las prostitutas eran igual de numerosas en la ciudad que los metodistas. Un poco más tarde, en un sermón en la St. Paul’s Methodist Episcopal Church, mencionó cifras. Declaró que había 20.000 prostitutas: el equivalente a una cuadragésima parte de la población de la ciudad.

Las cifras causaron sensación cuando se recogieron en la prensa, pero la policía insistía en que eran una exageración. Según ellos, había apenas 2.670 prostitutas (o quizá 3.300, porque los informes diferían), 621 lupanares y 99 casas de citas.

A juzgar por los relatos de la época, esas cifras podían servir para ilustrar únicamente la situación en el Tenderloin. En las manzanas entre las calles 24 y 40, y entre las avenidas Quinta y Séptima —la zona conocida como Satan’s Circus—, se apiñaban abundantes y variadas encarnaciones del comercio del sexo, entre otras instituciones del vicio (en 1885 se estimaba que la mitad de los edificios de la zona se dedicaban a algún tipo de inmoralidad). En esta área, donde el territorio se dividía minuciosamente en especialidades –en la calle 28, por ejemplo, estaban las casas de apuestas de alto nivel, y en la calle 27, las salas de billar con apuestas–, las calles reservadas para los burdeles eran la 24, 25, 32 y 35, y eso sin contar las casas de citas que aparecían en cualquier lado. Los locales iban, en cuestión de estilo, desde las casas de las siete hermanas hasta los lugares donde el sexo era secundario y el robo era lo principal.

Estaban también las panel houses, por ejemplo, donde, una vez que el cliente estaba a lo suyo en alguna cama, un empleado de la casa, conocido como «enredadera», salía silenciosamente a través de un panel desmontable en la pared e iba directo a los bolsillos de los pantalones que apropiadamente colgaban de una silla cercana.

Todavía más sofisticado era el badger game. El gánster Shang Draper, por ejemplo, tenía un saloon en la Sexta Avenida con la calle 29 donde los clientes se emborrachaban por voluntad propia o a causa de su inocencia. Cuando un cliente estaba suficientemente alcoholizado, una de las 40 empleadas le atraía hacia un burdel en Prince y Wooster. Cerca del momento culminante de su encuentro con la chica, un hombre enfurecido derribaba la puerta. Era, según decía, el marido de la mujer.

Enfurecido por lo evidente del adulterio, amenazaba con dejar al cliente inconsciente, con matarlo, con llevarlo ante el juez. Pero quizá, dejaba entrever, podía apaciguarse a cambio de retribución monetaria significativa.

Escenas idénticas sucedían al mismo tiempo en cada uno de los cuartos del local. Otra de las casas de Draper empleaba a niñas de entre nueve y 14 años. En esta variante, eran los padres de la niña quienes entraban: la madre golpeaba tan fuerte a la niña en la cara que acababa sangrando por la nariz y el padre extorsionaba al incauto. Se calcula que cada mes caían en este engaño unos 100 hombres.

Quizá la campeona de este embuste fue una tipa del Tenderloin llamada Kate Phillips, quien en una noche engatusó a un comerciante de café y té de St. Louis. En el calor de su abrazo apareció un «policía», que «arrestó» al comerciante y lo llevó a un tribunal, donde un juez lo multó con 15 000 dólares por adulterio. Kate, de acuerdo con los relatos, recibió el dinero y nunca más se supo del hombre.

La demanda de chicas nuevas por parte de los dueños de los burdeles era tal que el negocio de las captadoras de mujeres se convirtió en algo muy lucrativo. En la década de 1870 las figuras más importantes en este campo eran Red Light Lizzie y Hester Jane Haskins (conocida como Jane the Grabber). Cada una de ellas controlaba a un grupo de cadetes que salía a los arrabales y al campo para seducir y engatusar a jóvenes y reclutarlas para el negocio de la prostitución en Nueva York.

Ambas mujeres regentaban lupanares, además de abastecer de trabajadoras a los demás, y tenían la reputación de conseguir únicamente hijas de buenas familias. Las procuradoras también reclutaban a menudo a niñas muy jóvenes, que vendían a personas que las empleaban vendiendo flores en los hoteles y en las avenidas. Otras niñas preadolescentes se acercaban a los hombres en la calle y les pedían un centavo. Y lo que es más, había locales en las calles cercanas al Bowery y a Chatham Square especializados en niñas, a las que tenían secuestradas en las trastiendas.

Unos jóvenes homosexuales en el Village.

Unos jóvenes homosexuales en el Village. Getty

LA DOBLE MORAL

Estas prácticas prosperaron durante el momento álgido de la moral victoriana, cuando cualquier indicio de obscenidad, por muy remoto y abstracto que fuese, en la literatura, en el vestuario y en los escenarios se condenaba enérgicamente desde los púlpitos y desde la prensa.

Los mismos periódicos que podían denunciar lo insinuante de los bailes de Lola Montez llevaban en sus páginas de anuncios por palabras, discretamente codificados, anuncios de casas de citas, de prostitutas independientes que se habían establecido en hoteles residenciales y de abortistas.

El aborto se consideraba algo inaceptable en la buena sociedad, que, paradójicamente, se encontraba relativamente a salvo y resguardada. Todo esto cambió en algún momento de la década de 1870, cuando la reputación de una abortista, madame Restell, fue conocida por todo el mundo. Nacida alrededor de 1820 como Ann Trow, emigró desde Inglaterra a Nueva York, y a sus 16 años se casó con un falso médico, el doctor Charles Loham, de quien aprendió los rudimentos de la medicina.

En 1850 ella regentaba su propio consultorio abortista, que promocionaba en los anuncios por palabras, en los cuales se mostraba como una “maestra de asistencia en el parto”, ofrecía “pastillas francesas infalibles para mujeres” y garantizaba “una cura en una sola consulta”. Empezó a llamarse a sí misma Madame Restell por la creencia popular de que en las cuestiones íntimas nadie sabía más que los franceses. Fue lo suficientemente astuta como para relacionarse con personalidades de [la organización política] Tammany Hall, a quienes pagaba un tributo.

Pronto estaba cobrando de 500 a 1000 dólares por consulta, especializándose en las amantes de los hombres prominentes, quienes le pagaban una cuota fija para que atendiese a sus cambiantes parejas sexuales. Su consultorio estaba tan afianzado como para adquirir una casa de cuatro plantas en la Quinta Avenida con la calle 52 (al haber presentado una oferta mejor que el arzobispo católico John Hughes, que la quería para convertirla en su residencia episcopal).

Mientras, mantenía sus oficinas en el distrito financiero de la intersección de Chambers y Greenwich. En algún momento, se filtró la existencia de su negocio y se rumoreó que había sido acusada de asesinato, pero que había aplacado la demanda con 100.000 dólares en sobornos.

Se informó de que los niños pequeños empezaron a correr al lado de su carruaje mientras se dirigía de su casa a su oficina, y le gritaban: “¡Oye! ¡Tu casa está construida sobre cráneos de bebés!”, y empezaron a llamarla, igual que sus padres, “Madame Asesina”.

Al final fue arrestada en 1878 por Anthony Comstock, el omnipresente y autónomo cruzado antivicio, que posiblemente había filtrado los primeros rumores, y que se había presentado en su consultorio fingiendo ser un esposo preocupado. Más adelante dijo que ella, de camino hacia la corte municipal de Jefferson Market, le había ofrecido un soborno de 40.000 dólares. Fue encarcelada en Las Tumbas, pero salió bajo fianza, regresó a su casa, se preparó un baño y se cortó el cuello.

James Gordon Bennett, el honrado editor del New York Herald, anunció que publicaría la lista de sus clientes en el periódico. Esto provocó un considerable pánico entre la gente de alcurnia y, sin mucha sorpresa, las listas desaparecieron antes de que pudieran imprimirse.

Después de aquello, el negocio del aborto pasó a ser más clandestino y se convirtió en algo mucho más peligroso para los implicados; en la década de 1890, se informó de que las mujeres habían recurrido al uso de calisaya, un extracto de la quinina disponible comercialmente, porque supuestamente tenía propiedades abortivas.

A comienzos de la década de 1880, el epicentro del entretenimiento sexual se había desplazado desde el burdel hacia un tipo de establecimiento que mezclaba el saloon y el salón de baile, y que invariablemente incluía cubículos privados y cortinados donde los clientes podían recibir la visita de las bailarinas y las camareras.

Es posible hacerse una idea clara de los distritos sórdidos de la ciudad en 1890 a partir de una curiosa publicación llamada Vices of a Big City, que vio la luz bajo los auspicios de la New York Press.

Como el libro de Howe y Hummel, este panfleto aparenta ser una advertencia, un índice de las áreas que evitar o redimir. Pero en realidad es claramente un vademécum para visitantes en busca de acción. Sus listados de burdeles, salones de conciertos, salones de baile y otros antros similares son exhaustivos y están extraordinariamente detallados. Las listas se organizan geográficamente y por especialidad.

En el número 207 del Bowery se encontraba, por ejemplo, el salón de conciertos de Bertrand Myer: “El local se llena cada noche con mujeres que fuman cigarrillos y beben ginebra”. Existen los «antros de ron» en la calle Baxter, las “casas de citas” de la calle Canal y Slide, de Frank Stephenson, en el número 157 de Bleecker, que se describe como el “sitio más bajo y desagradable. El lugar se llena cada noche con entre 100 y 300 personas, la mayoría hombres, pero indignos de llamarse así. Son afeminados, corruptos y adictos a vicios inhumanos y antinaturales”.

El turista homosexual de la época no debía de tomarse muy a pecho esa retórica. El más raro de los locales listados era el saloon de Catherine Vogt, en la calle 4 Oeste con la calle Thompson, con una clientela consistente casi por completo en mujeres maduras, de todas las razas y “degradadas”, por lo que quizá era un local para prostitutas retiradas. Al final hay un capítulo que pretende describir el “éxito de la cruzada”, el cual fue útil para poner sobre aviso a los clientes potenciales de los locales que ya habían cerrado. Lo más valioso de esta guía es que su afán reformista le lleva a representar, guste o no guste, todas las opciones y todos los grados del vicio, sin favoritismos.

EL OPIO ENTRA EN EL BURDEL

Unos años más tarde, las cosas se pusieron peor.

La adicción al opio se extendió entre las prostitutas, con resultados devastadores; en 1894, los esfuerzos del Comité Lexow llevaron a muchas mujeres a la cárcel con sentencias importantes, y las prisiones se llenaron de prostitutas con síndrome de abstinencia. Emma Goldman, que entonces era la reclusa encargada de la enfermería en la isla Blackwell, apuntó en sus memorias que casi todas las prostitutas que llegaban allí lo sufrían.

Unos cuantos años más tarde, la Ley Raines, que permitió a docenas de antros servir licor los domingos siempre que se presentaran como hoteles, también obligó al cierre de muchos burdeles. O no a cerrar exactamente sino a transformarlos en casas cuyas internas tenían que ofrecerse en las calles, bajo cualquier clima y llevarse a los clientes a lo que había sido el burdel para convencerlos de que se tomaran una copa de la que se llevarían una comisión. A las chicas no se les permitía subir a las habitaciones hasta que el cliente estaba completamente borracho.

Frente a estos estándares, el vicio que dominó el Tenderloin y el Bowery una década antes parecía positivamente arcádico. La prostitución callejera, la adicción a las drogas, el incontenible protagonismo de los proxenetas, los sobornos crecientes y su persecución y las sentencias de cárcel en nombre del reformismo se convirtieron en los principales caballos de batalla para las prostitutas en las décadas siguientes.

La prohibición, que relajó algunos de los valores morales, no les hizo la vida más sencilla, ya que supuso la llegada de sindicatos nuevos y más grandes que controlaban el negocio del sexo de una forma tan criminal e impersonal como lo hacían con el licor y el juego.

Luc Sante es un escritor belga afincado en el estado de Nueva York. Este texto es un extracto de su libro ‘Bajos fondos’, publicado en español por la editorial Libros del KO. En su página lo puedes comprar. 

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La eyaculación femenina: todo lo que debemos saber explicado por una experta: EL ‘SQUIRTING’ SEGÚN RAINE LEIGH

A pesar de la división de opiniones, son muchos los que defienden que la eyaculación femenina existe, y que no es ningún montaje de la industria pornográfica

Uno de los aspectos de la sexualidad humana en los que hay un mayor desacuerdo todavía es la eyaculación femenina. Para muchos, no existe; para otros tantos, sí, y la diferencia entre ambos depende de las fuentes en las que se apoyan. Los que aseguran que las mujeres no pueden eyacular, y que el líquido que expelen no es otra cosa que orina, suelen basarse en investigaciones como la que fue publicada este año en el Journal of Sexual Medicine. Los que abogan por la existencia del squirting suelen recurrir a una fuente primaria: su propia experiencia entre las sábanas.

Una de las mujeres que se han manifestado de forma más rotunda a favor de la tesis positiva es la periodista especializada en sexología Raine Leigh. Para ella, defender la existencia de este fluido que surge durante el orgasmo es una forma de contribuir a la emancipación sexual femenina. Como explicaba en un artículo publicado en Thought Catalog, el hecho de que su composición sea muy parecida a la de la orina no lo convierte necesariamente en “pis”, puesto que la forma de producir un líquido y otro son muy diferentes. Sugerir que orinar y eyacular son lo mismo puede perjudicar el disfrute de la mujer, porque “un orgasmo con eyaculación es uno de los mejores queuna mujer puede experimentar”.

“Cuando un orgasmo sea espectacular, y ello provoque que se expulsen fluidos, ella sentirá vergüenza, culpa y pensará que simplemente está orinando, provocando que se retraiga la próxima vez que el sentimiento emerja”, lamentaba. Para evitar que ello ocurra, Leigh ha escrito dos ensayos sobre la eyaculación femenina: Squirting it’s easier than you think! A Holistic Guide to Female Pleasure, una breve guía para conseguir la eyaculación femenina, y Squirt Stories: Tales of Real Life Squirters, que recoge los testimonios de diversas mujeres eyaculadoras para demostrar que, efectivamente, sí se puede.

El sentimiento más profundo

¿Qué clase de mujeres eyaculan? Como explica la autora en una entrevista con Alternet, los perfiles son muy variados: jóvenes o mayores, bisexuales o heterosexuales, promiscuas o solteras, cualquier mujer puede conseguirlo. Eso sí, todas ellas tienen algo en común: una vida sexual madura a la que se enfrentan de manera relajada y con confianza. Muchas, de hecho, han superado los 30 años. Leigh considera que eso no se debe a los cambios fisiológicos que se producen en el cuerpo con la edad sino, más bien, a la forma en que afrontan las relaciones sexuales: “Creo que a medida que te sientes más a gusto con tu sexualidad, estas cosas empiezan a ocurrir”.

Leigh eyacula gracias al sexo oral practicado por su pareja unido a la estimulación de sus dedos, que se encuentran dentro de la vagina

No son muchas las mujeres que se prestan a contar sus experiencias eyaculatorias ya que “era complicado para unas cuantas de ellas”. ¿Es elsquirting uno de los grandes tabúes del sexo actual, de la misma manera que pudo serlo en un pasado el sexo anal? Leigh recuerda que no hay muchos libros (ni artículos) sobre el tema en el mercado y que, sin embargo, preocupa enormemente a las mujeres… Y a muchos hombres que quieren saber de qué manera funciona la sexualidad del sexo opuesto con el objetivo de mejorar su rendimiento.

La eyaculación femenina es, por lo tanto, un potente arma de igualdad: “Cuando estamos con un hombre y eyaculan, sentimos que algo ha terminado”, explica Leigh en la entrevista de Alternet. “Es una especie de logro. Los hombres no siempre lo pillan, porque no siempre llegamos al orgasmo o no pueden notarlo”. Para el hombre, por lo tanto, la eyaculación femenina ya no es algo que debería causar asco (‘argh, se ha meado’), sino entenderse como un éxito (‘bien, ¡lo he conseguido!’).

Parece que va a llover

La propia Leigh es una eyaculadora habitual. La forma en que suele conseguirlo es a través del sexo oral practicado por su pareja unido a la estimulación de sus dedos, que se encuentran dentro de la vagina. Si quieres eyacular, explica la autora, vas a tener que dedicarle tiempo y un poco de esfuerzo. La primera vez que lo consiguió fue después de una larguísima sesión de sexo. Ahora es capaz de eyacular siempre, eso sí, a través de su propia estimulación.

La autora recuerda que, por mucho que en la mayor parte de casos vayan asociados, la eyaculación y el placer no son siempre equivalentes

De hecho, Leigh recuerda que frente a lo que se piensa –que sólo el sexo vaginal puede provocar la eyaculación femenina–, la masturbación es la mejor herramienta para ser conscientes del funcionamiento del propio cuerpo. En su caso es al contrario, ya que sólo eyacula a través de la estimulación del clítoris. Lo más importante, no obstante, es “no sentirse presionada si no surge fácilmente”.

La autora recuerda que, por mucho que en la mayor parte de casos vayan asociados, la eyaculación y el placer no son siempre equivalentes. Muchos actores pornográficos son capaces de hacer eyacular fácil y rápidamente a sus compañeras, pero se trata de una cuestión meramente mecánica. Leigh explica cómo uno de los hombres que la hizo eyacular le dio al mismo tiempo una de sus peores experiencias sexuales de su vida: “Es cuestión de técnica, pero no das ningún placer a la mujer”. La mejor moraleja, por lo tanto, es intentar que las cosas se desarrollen relajadamente y si ha de llegar, la eyaculación llegará.

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-09-20/libro-squirting-femenino-eyaculacion-raine-leigh_1017984/

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Samanta Villar: “Si algún día me va mal, me prostituiré”

SAMANTA VILLAR / ESCRITORA

“Si algún día me va mal, me prostituiré”

CTXT entrevista a la periodista Samanta Villar, que publica ‘Nadie avisa a una puta’ en la editorial independiente Libros del K.O.
DAVID GRANDA

<p>La periodista, Samanta Villar.</p>

La periodista, Samanta Villar.

LAFOTOGRÀFICA

17 DE JUNIO DE 2015

No lo duda: podría dedicarse a la prostitución. Lo dice con los ojos azules de Elizabeth Taylor y las ganas de polémica de Edna Buchanan, la mítica corresponsal de sucesos americana. Samanta Villar (Barcelona, 1975) se pone en la acera de las prostitutas para subrayar la idea que acompaña su primer libro, la necesidad de normalizar el oficio.

En Nadie avisa a una puta (Libros del K.O.) desinfecta de estereotipos groseros la cultura subterránea de la prostitución. Lo hace en un ejemplo de periodismo narrativo muy alejado del docudrama televisivo a tiempo real. En cada una de las historias de siete prostitutas hay un inteligente distanciamiento donde su voz no es un selfie de cámara sino el testigo de primera mano que vertebra el relato.

Así aparecen la joven que rota por pisos de citas en donde nunca entra la luz, la anciana del barrio chino de Barcelona que aún ejerce porque la administración no reconoce su trabajo o la emigrante nigeriana capturada por las redes de trata de personas. También la escort especializada en personas con discapacidad que defiende su profesión y que lamenta, como cuando falleció uno de sus clientes con los que sumaba casi 800 encuentros, que nadie avisa a una puta.

La entrevista tiene lugar en un café de La Latina. Samanta Villar viene de grabar un reportaje de la nueva temporada de Conexión Samanta, que se estrenará en septiembre. Llueve en Madrid.

¿Has avisado ya a la puta de que publicas su historia?

(Risas) Sí, claro, además es la única que aparece con su nombre real. Pidió que no saliera su apellido, pero es bastante conocida.

Es Montse Neira –prostituta, activista, politóloga–, ¿por qué no quiso mostrar su apellido?

Cuando empecé a preparar el libro, hace cinco años, Montse no estaba tan afianzada en su idea de proyectarse públicamente como ahora. Es que no es fácil, ¿eh? Hay mucha lucha detrás.

“Este es el primer libro que escribe en su vida”, se lee en la cubierta. Parece una sentencia epitáfica.

Es verdad, muy solemne, como si fueran a venir 25 más. 

¿A tus editores en Libros del K.O., que siguen una línea muy independiente de literatura de no ficción, les preocupa cómo se va a reaccionar ante una figura mediática, televisiva, en su catálogo?

A mí me preocupa más lo que les pueda pasar a ellos que lo que me pueda pasar a mí por haber publicado en una editorial indie. Cuando rechacé la oferta de una casa importante y me puse en contacto con ellos lo hice por dos motivos: porque admiro su trabajo y porque ellos, precisamente, lo primero que me dijeron fue: “Nosotros no publicamos estrellas porque sean estrellas”. Y esto me gustó. Me propusieron un trabajo de edición con el que he aprendido mucho. Una editorial más grande perseguiría más el tirón comercial del nombre, que si sales en la tele… Sí que es verdad que tengo miedo a que gente muy fiel a Libros del K.O. diga Ahora estos tíos se han vendido y publican una mierda de esta chica que hace esos reportajes en televisión.

Pero no dudaron cuando leyeron el libro.

Fue lo que me convenció de que iba por el buen camino. Sí que es verdad que tenemos prejuicios. También es una prevención. ¿Nos va a contaminar esto la marca? Hay muchos autores mediáticos que les publican cualquier cosa porque son mediáticos.

¿Pensaste en prostituirte?

Cuando hacíamos 21 días uno de los temas que enseguida nos planteamos fue el de la prostitución. Éramos muy puristas, la vivencia tenía que ser una vivencia real. No puedes vestirte como una prostituta pero no prostituirte. Ese no es el pacto con el espectador. Sin embargo, no me lo llegué a plantear porque el estigma tiene mucho peso. Conociendo este mundo como lo he conocido y una vez que lo he desmitificado –he visto clientes bastante normales y relaciones muy dignas y humanas y exquisitas: esto es, que me podría sentir cómoda–, sigo rechazando esa posibilidad por un estigma que me habría obligado a justificarme el resto de mi vida profesional. Pero te digo una cosa, si algún día me van mal las cosas en la vida, yo sé que tengo esas habilidades sexuales y que con eso me puedo ganar la vida. Y lo defenderé a muerte.

¿Pero para escribir el libro era necesario ejercer la prostitución?

Sí que tiene sentido periodístico hacer un gonzo. Es un punto de vista único. Esa vivencia solo la tienen ellas. He recreado situaciones por lo que ellas me han descrito, pero cuando eres tú quien lo hace, lo que voy a contar tiene otros matices. ¿En una corrida de toros te interesa el punto de vista del toro?

En el libro hablan las prostitutas. Después de leerlo, ¿los abolicionistas seguirán pensando que la prostitución debería desaparecer? ¿Los regulacionistas seguirán pensando que la prostitución debería reglamentarse?

Sin duda. Los abolicionistas, por ejemplo, ya conocen estas historias. No parten de la ignorancia. Las que llegan desde el feminismo consideran que aunque tú quieras hacer este trabajo de forma voluntaria, te estás sumando al concepto patriarcal de sumisión.

También es la manera de dinamitar ese patriarcado: mi sexualidad es mía.

Claro. Si tu ves el mundo como un sistema de sumisión y consideras que todo el género femenino está sumiso, pues no entiendes que una mujer se empodere y domine la escena sexual y elija a sus clientes. Para una abolicionista eso será una ilusión de empoderamiento porque en el fondo estarás contribuyendo a ese sistema patriarcal.

Resulta curiosa esta coalición entre conservadores religiosos y algunos sectores del feminismo.

Creo que las feministas radicales deben de sentirse muy incómodas cuando coinciden con las ultracatólicas en esto. 

¿Y las prostitutas qué opinan? Porque muchas también rechazan la legalización.

Tienen más cara que espalda. Yo muchas veces se lo digo. “¿Tendrías que pagar impuestos?”, me responden muchas de ellas; “¿sí?, entonces prefiero que no se legalice. ¿Que el Estado sea mi chulo? No, gracias”. 

Una juez se dio de alta como prostituta en la Seguridad Social para demostrar que el proceso para legalizar la prostitución existe.

Sí, el problema es que la inmensa mayoría se ahorra los impuestos. ¿Tú sabes lo que es ganar tres mil euros al mes libres de impuestos?

La ONU afirma que una de cada siete mujeres de las que trabajan en la prostitución es víctima de las redes de trata de personas. El libro sigue ese esquema: siete capítulos y uno de ellos describe la trata de mujeres. Esas estadísticas son globales, ¿se mantienen también en España?

Es imposible saberlo. No hay un censo regulado y las cifras son muy dispares. Todo es muy opaco. Incluso el INE, que ha incluido el sector de la prostitución para calcular el PIB, trabaja con números ficticios. A mí me contaban las prostitutas que las llamaban para preguntarles cuánto ingresaban al mes. Todas declaraban la cuarta parte de lo que ingresan, por si acaso. No vaya a ser que si daban cifras altas, tres o cuatro mil euros, les pasaba factura. 

La economía sumergida debe ser enorme.

Lo más desconocido son los pisos. Quizá se sepa dónde se encuentra uno por el botón rojo del portero automático, pero no lo que se mueve dentro. Sin orden judicial no puede entrar la policía. Y solo bajo sospecha de un delito flagrante, lo que no suele ocurrir. El gran proxenetismo se da en los pisos, donde la tarifa se reparte al 50 por ciento entre la prostituta y el proxeneta, que normalmente es una ex prostituta. El gran problema está ahí y nadie habla de eso. Los clubes están tan a la vista que no se pueden permitir el riesgo. Los dueños saben que no pueden cobrar el servicio sexual. Saben que irían directamente a la cárcel.

Hay una marcada ambigüedad legal en torno al proxenetismo.

Sí, una inseguridad jurídica tremenda. El dueño de un prostíbulo sabe que no puede cobrar de una prostituta, por lo tanto no la puede contratar ni pagar su Seguridad Social. Muchas prostitutas, cuando se enfadan con el dueño de un club o tienen un problema, les denuncian en magistratura. Trabajaban para él y han sido despedidas sin finiquito ni nada, denuncian. Las sentencias han acabado diferenciando la actividad de prostitución de la de alterne (unaalternadora es la que capta clientes para que consuman copas, como una relaciones públicas: su trabajo sí que tiene que estar cubierto por la Seguridad Social). Pero no me extrañaría que alguna vez un empresario contrate a las chicas como relaciones públicas y acabe en la cárcel por proxeneta.

¿Qué va a pasar en Barcelona con la prostitución? Ada Colau se ha mostrado cercana a la Asamblea de Activistas Pro-Derechos sobre el Trabajo Sexual de Cataluña.

Yo no soy optimista. Animé a las prostitutas que conozco a que se unieran a Barcelona en Comú desde que se gestó la plataforma, desde Guanyem, para que se escucharan sus reivindicaciones ya en el origen. La experiencia no ha sido buena. A alguna de las prostitutas le han pedido que no siga yendo a las charlas de la plataforma porque “tienen un debate interno que está por solucionar”. Como los círculos de género no se ponen de acuerdo –que si el feminismo es esto o lo otro–, las han vuelto a excluir. Estoy muy defraudada.

Describes las rutinas de un club, la cotidianidad de un apartamento. ¿Salías de allí con sensación de alivio?

No, mi perspectiva es diferente. Si me quedo es porque cada día se me ocurren ideas nuevas, tengo nuevas experiencias, la vivencia se enriquece. Y cuando tienes una alternativa todo cambia. 

El ciclo de muchas prostitutas en un club es curiosamente de 21 días. Lo tuviste en bandeja.

(Risas) Tengo la intuición, sin fundamento alguno, de que el 21 es un número cabalístico. Responde al ciclo menstrual de las prostitutas. También está el asunto de las rotaciones. Muchos clubes quieren cambiar de chicas continuamente para tener nuevo género. Y a ellas les parece bien este sistema. Cuando una es nueva en un sitio, trabaja más. La clientela busca la novedad. 

¿La plena regularización ayudaría a mitigar el estigma?

Qué duda cabe. Uno de los títulos que barajaba para el libro era De profesión, puta. Pero son varios flancos. Uno es el legal, pero el más importante es el mediático. Cuanto más conozcamos la normalidad de sus vidas, más fácil será normalizar su situación.

Los medios de comunicación tienden a mezclar prostitución y trata de mujeres.

Es un problema. Está ligado porque es la misma actividad, pero seguir uniéndolos solo cimienta la confusión. Cuando hablamos de industria textil no lo emparejamos con la esclavitud de un taller de chinos en Badalona. Con la prostitución no ocurre lo mismo. La única presencia mediática de la prostitución es en el contexto de la explotación sexual. La prostitución voluntaria se cubre con pinceladas anecdóticas. De vez en cuando se leen historias como la de la prostituta que estudia una carrera universitaria… ¡Pues claro! Como cualquier otra mujer.

La antropóloga Dolores Juliano destaca que la prostitución es el único trabajo que no se considera una estrategia de supervivencia. Tú puedes ser temporera y estar mal pagada y será una estrategia de supervivencia hasta que encuentres algo mejor. En cambio, con la prostitución nunca se maneja la misma interpretación.

Retratas con crudeza la trata de esclavas sexuales en la historia de la emigrante nigeriana.

Lo que más me duele de ese episodio es que ella, voluntariamente, porque no le queda más remedio, ya con papeles en regla, tiene que volver a la prostitución. Esa es la gran derrota. Ella intenta permanentemente salir de allí. A pesar de la explotación, de la violación y del secuestro, cuando consigue salir de todo eso se queda sin trabajo por la crisis y tiene que volver a la calle para subsistir. Deberíamos tener un sistema que protegiera a las mujeres que no quieren prostituirse, a aquellas que se ven obligadas a hacerlo por razones económicas. Yo creo que la prostitución no es para todas las mujeres. Es muy duro. Tienes que estar preparada psicológicamente y que te guste el sexo.

Para luchar contra la trata de mujeres, ¿no se debería incidir en la regularización de las prostitutas al mismo tiempo que se penaliza a los clientes que tratan con prostitutas sin papeles?

Si se regulasen los prostíbulos tendrían unos controles administrativos que garantizarían al cliente que en el local no hay explotación sexual. Pero luego está el estigma: imagínate que se expiden licencias de prostituta. El problema es que muchas de ellas no quieren que conste en su vida laboral. Simplemente lo consideran una estrategia de supervivencia y no quieren que deje huella. Tenemos que acabar con el estigma. A veces me dan explicaciones contradictorias y yo lo explico por el estigma.

-“Yo quiero dejar este trabajo”, me cuentan.

-“¿Y por qué no lo dejas”, les pregunto.

-“Porque si me voy de camarera cobro 30€ al día y con esto cobro 30€ en media hora”. Entonces no debe de estar tan mal. Hay un ejercicio de cálculo por su parte.

-“¿Por qué lo quieres dejar, entonces, por los clientes?”

-“No, si los clientes son majos”, me responden.

Lo quieren dejar porque viven en la clandestinidad. No lo pueden compartir ni sentirse orgullosas de su trabajo. Viven en un continuo rechazo social. 

¿Cómo lo lleva Brenda, la escort de lujo que gana 2.000€ en una noche en Madrid?

A escondidas. Ella, que es una tía que lo disfruta a lo bestia, que es puro sexo, que flirtea hasta con los vecinos de mesa en un restaurante, que le encanta su trabajo, ella, Brenda, lo lleva en secreto. Se metió porque tenía amigas que conocían el mundillo, vio que se ganaba muchísimo dinero y lo hizo sin obligación alguna. ¿Por qué lo lleva en secreto? Por la presión social.

Si la prostitución fuera una profesión mayoritariamente masculina, ¿estaría regularizada?

Seguro. Y no habría estigma. La prueba está en los gigolós.

¿De qué va a tratar tu próximo libro?

Me gustaría escribir uno sobre el tráfico de speed. Con la crisis ha subido mogollón su consumo, que es más barato. Pero es solo una idea muy loca porque tengo un contacto que es narco de speed y debería contar su vida. Veremos. Si me ha costado este cinco años de trabajo, no sé lo que me puede suponer otro.

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El putero español: Identifican cuatro perfiles diferentes entre los clientes de la prostitución

Las autoras del libro «El putero español» distinguen entre «misóginos, amigos, mercantilistas y críticos»

Acudir a un club de alterne para mantener relaciones sexuales con una mujer previo pago es para los hombres un gesto mucho más frecuente de lo que pudiera parecer, pero no todos los que lo hacen son iguales o, al menos, tienen las mismas motivaciones. Así se asegura en el libro El putero español que acaba de publicar la editorial Catarata, en el que tres investigadoras gallegas analizan cómo es el mercado del sexo a nivel nacional.

Después de tres años indagando en prostíbulos de todo el país -gracias a la financiación del Instituto de la Mujer- y manteniendo entrevistas con clientes, las autoras han llegado a la conclusión de que España es uno de los países de su entorno en el que más sexo de pago se consume y han encontrado cuatro perfiles de «prostituidores». «Los dividimos en misóginos, amigos, mercantilistas y críticos», explica Águeda Gómez, profesora de la facultad de Ciencias de la Educación del campus de Ourense. «A nosotras el que más nos llamó la atención fue el del mercantilista, porque se trata de jóvenes con estudios universitarios, guapos, que no tendrían ningún problema para ligar y, sin embargo, van a un club de alterne buscando prácticas sexuales nuevas o mujeres exóticas. Son personas educadas en la igualdad que, sin embargo, no identifican que se trata de una explotación», explica la autora.

Menos sorprendente les resultó el perfil de misógino, «que declara animadversión por la mujer», o el del amigo, aquel que «desarrolla sus actividades sociales en los clubes de alterne», explica la autora, que constata que, en general, entre los clientes hay «gente mayor, jóvenes, médicos, profesores o fontaneros y todos son gente normal». En cuanto a los críticos, «son aquellos que lo probaron alguna vez, pero fueron capaces de empatizar y de darse cuenta de que era un abuso», cuenta Águeda, que, junto con las investigadoras Silvia Pérez y Rosa María Verdugo, apuestan por la educación afectivo-sexual para conseguir poner fin a la prostitución.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/sociedad/2015/03/24/identifican-cuatro-perfiles-diferentes-clientes-prostitucion/0003_201503G24P26991.htm

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«Nunca he estado más feliz en mi vida afectiva como desde que soy poliamorosa»

SEXO / LIBRO «THE MOAN CLUB»

Una periodista madrileña descubre en un libro de profunda carga erótica la transformación integral que ha obrado en su vida el descubrimiento de las relaciones múltiples

«Nunca he estado más feliz en mi vida afectiva como desde que soy poliamorosa»

ABC
Portada del libro «The Moan Club»

Karen Moan ha cumplido 42 años. Buena parte de ellos, al menos la mitad, los ha dedicado a buscar la felicidad. Como a la mayoría, desde pequeña le dieron ciertas pistas para encontrarla: debía tener forma de príncipe azul, ser educado, atento, bueno en la cama, mejor padre, sensible, trabajador… y, muy importante, ser solo para ella. Miró, probó… incluso creyó haberla encontrado varias veces, pero una y otra vez se desvaneció. Hasta que hace dos años descubrió que la felicidad nunca tiene una sola cara. Sino dos, tres… A saber cuántas. Se cruzó con dos DJ y descubrió que «se puede querer a más de una persona». Que el elixir del bienestar, la plenitud y la dicha es el poliamor.

«Todo fue de casualidad. Cuando los conocí no me planteé que esto sucedería. Pero en el minuto uno en que estuve en la habitación de los dos me di cuenta. Me planteé una relación con ellos dos, empezamos a pensar en hacer cosas juntos. En ese momento todo era maravilloso. Nunca he sido tan feliz como desde entonces», asegura Karen, que además de poliamorosa es periodista y residente en Madrid. Arrollada por esa catarsis interior y sexual, dejó su trabajo hace un año paraconvertir su convulsa experiencia vital en novela y ayudar al resto de la gente, «también a los monógamos», a mejorar su vida. Ilustrada por Álvaro Coax, se titula «The Moan Club» y constituye una mezcla torrencial de relato erótico, libro de autoayuda, autobiografía, fantasía y provocación. Una publicación valiente y polémica sobre las relaciones múltiples, en la que la autora se somete a un desnudo integral de su cuerpo y de su alma.

-¿The Moan Club es un libro autobiográfico? El personaje protagonista se llama como usted y escribe un relato como la novela misma.

-Es una mezcla. Karen es un alter ego mío y algunos personajes del libro sí tienen base real. Lo que le ocurre a ella tiene parte de imaginación y realidad, pero no quiero decir cuánto. Ni siquiera yo puedo decir cuánto de Karen hay en mí y cuánto es ficticio. Ni siquiera lo sé yo. Creo, además, que ese misterio es parte del morbo de la historia.

-¿Cómo se pasa de ser monógamo a poliamoroso?

-Yo no conocía el término como tal, pero ahora sé cómo funciona y puedo decir que lo entiendo, lo respeto y me parece una opción muy buena. Toda mi vida había tenido relaciones monógamas sucesivas con un final en desamor. Pensaba que era un problema mío, pero hoy he aprendido que el amor no es lo que yo pensaba. El problema está en el concepto que tenemos del amor como compromiso, exclusividad; nos hacen creer que solo se puede querer a una persona, y ahora sé que no es cierto. También se da una visión muy negativa del sexo en muchos ambientes como algo sucio, cuando yo pienso que el sexo es maravilloso, desestresante, buenísimo para la salud física y mental. En cuanto lo practicas con más de una persona o tienes mucho sexo, te censuran. En la vida puedes querer a muchas personas sin sexo, pero si te acuestas con ellas ya está mal. Lo que he aprendido ahora con mi experiencia y los cursos que he hecho es que lo que estaba mal en mí sistema era cómo yo entendía el amor.

-¿Realmente se puede amar a más de una persona? ¿Todo el mundo puede o está capacitado para ello? ¿El poliamor existe en la vida real?

-Sí, pero si cambias el concepto de amor. Si el amor no es exclusivo. El hecho de estar con una persona no quiere decir que no puedas sentir atracción hacia otras. Todo se fastidia cuando metemos el sexo en la ecuación, insisto. Puedes tener un montón de amigos y familia a la que quieres, pero no un montón de personas a las que quieres y con las que tienes sexo. ¿Por qué? Porque tienes sexo. No lo entiendo.

-¿El ser humano no es monógamo entonces?

-Yo no me atrevería a decir tanto. Hay algunas personas para las que la monogamia es una opción buena. Pero también mucha gente para la que no lo es. La prueba es el montón de rupturas e infidelidades que existen.

-¿El poliamor es compatible con formar una familia?

-Considero que si quieres procrear, la monogamia es innecesaria pero sí muy natural. Una pareja cría a unos niños que necesitan dedicación especial. Durante un tiempo sí es cómoda la monogamia. Es difícil querer como unos padres a sus hijos, pero también hay muchas parejas de poliamorosos con niños que crecen superfelices. Es una multiplicidad de amor.

-¿El límite es el trío o en el poliamor se puede querer a un número indefinido de personas? ¿Hasta cuántas personas es posible amar a la vez?

-Esto es muy «sui generis». En primer lugar, depende del tiempo, es un factor muy importante. En el poliamor debe haber una relación sentimental, amor. Puedes tener una relación habitual, y luego amantes. O establecer un acuerdo con tu pareja para tener otros encuentros sexuales solo en las fiestas que se organizan. O incluso hacer negocios. Los poliamorosos prefieren llegar a acuerdos con ellos mismos que salir fuera.

-¿No es perjudicial para el cerebro y el estado anímico? El propio personaje de su libro, Karen, vive atormentado por sus pensamientos y dudas interiores. Parece una mujer obsesionada por el sexo, que dice que le encanta, pero en realidad lo que mandan en ella son los sentimientos.

-Karen viene de una educación religiosa y una moral que le cuesta mucho saltar. Tardas un tiempo en entender el poliamor, en reeducarte y creerte que funciona. Relaciones abiertas ha habido siempre, y nunca han sido fáciles. Tampoco hoy. Pero, a cambio, obtienes gran crecimiento personal porque, para poder llegar al poliamor, debes tenerte un cariño a ti misma y un convencimiento de ti misma bastante importantes.

-¿Y no surgen los celos al saber que, igual que tú estás con varias personas a la vez, también los están tus parejas?

-Los celos son constantes porque somos seres celosos. El tránsito de ser monógama a decir que no va conmigo no es fácil, pero llega un momento en que te parece todo lógico, en que ves que es lo que querías. Sufres más o menos según de dónde vengas. Karen no entiende sus sentimientos, se siente sucia, mal.

-¿Lo que le atormenta son los remordimientos o las dudas?

-Primero sufres pensando que no es normal lo que te pasa, «nadie lo hace», «soy un bicho raro», «voy a cargarme mi amistad con tal o cual persona»… Pero conozco a muchas chicas jóvenes a las que no les importa lo que piense nadie. Tienen claro que la sexualidad es vital para ellas, no se plantean una relación monógama, y yo las veo muy fuertes.

-¿Y los celos?

-No se superan, pero se aprenden a gestionar de otra manera. Has de analizar qué problema tienes, qué miedos sientes, a perderle a él o a qué. Los celos los tienes que solucionar contigo mismo y hablar mucho con la otra persona de cada situación en que se producen celos. A veces le dices: «Me ha puesto muy celosa que le des la mano pero no me importa que le des besos». O «no me importa que tengas citas con otras chicas pero sí que pases la noche fuera». Hay un montón de preguntas que te planteas a medida que avanzan las relaciones abiertas, que nunca surgen en las relaciones cerradas. Has de ir analizando en cada momento por qué eso te ha dolido, gestionarlo contigo porque es una inseguridad tuya. Si tú admites que puedes querer a dos personas, tu pareja puede querer a dos personas y eso no significa que te vaya a dejar. El problema es que piensas que eres menos que el otro.

-Pero si no siento celos igual es porque me da igual. Que si no me enrollo con esa persona ya vendrá otra…

-Esa es la forma que tenemos todos de pensar. Pero si empiezas a pensar que puedes querer a dos personas, si quitas la barrera de la exclusividad, ya no entran los celos.

-¿Se quiere igual a todas las parejas dentro del poliamor, o una persona te puede gustar más que otra?

-No, no. Siempre quieres que te quieran más que a nadie. Es una inseguridad. Yo he sido muy celosa, y lo soy, pero lo que hago es identificar de dónde viene ese sentimiento. Lo que hago es hablarlo, y casi siempre descubres que son celos imaginarios. Han estado en mi cabeza situaciones no reales.

-Será inevitable comparar… Quién es mejor en qué…

-Claro, claro. O esta persona me gusta para esto u otro. El problema es cuando pensamos que una persona sirve para todo y le exigimos un montón. Que te haga feliz, que sea bueno en la cama, que sea buen padre, que no le gusten otras mujeres… es como imposible. Conozco solo una pareja así. Llevan veinte años juntos, tienen mucha comunicación entre sí, e incluso han hablado en un futuro de venir a alguna fiesta y tontear con el poliamor. Pero el resto se pone los cuernos, están fatal, no se conocen, se pelean por gilipolleces… En fin, el poliamor no es la solución, pero hablar, comunicarse, administrar los celos, dejar libre a la persona… es un alivio. Que te cases y vaya con ello la familia política, que tengas que dejar hobbies, compromisos… esa falta de libertad, de «ya no somos uno sino dos» se carga muchísimo las relaciones. Hay unos pilares que no están bien planteados en la relación monógama.

-Cuando empiezas a estar con una persona y le dices que quieres una relación abierta, con todas estas licencias, ¿te entienden?

-Imagina la cara que te ponen en el minuto uno. Pero la gran mayoría lo prueba, no sale corriendo. La curiosidad está ahí. El morbo. De todos modos, las personas que yo conozco hoy por hoy saben perfectamente por dónde voy; solo me muevo en ambientes de gente con mentalidad abierta. Pero es verdad que mis conversaciones son superdivertidas. Yo soy muy amorosa, me puedo enamorar de una persona que acabo de conocer, tengo una capacidad increíble de amar porque no busco el hombre perfecto. Puede ocurrir que conozca a un chico que me gusta mucho por ejemplo para ir a ver conciertos, tengamos una buena relación sexual y a las tres veces de estar con él le diga «te quiero». Pero no le quiero como antes, yo quiero a ese chico de la manera que sé querer ahora.

-¿Cómo sabes que es amor y no un amigo más?

-Porque lo experimento. Esto ha sido un cambio muy importante para mí. Alucinante. Ahora mismo conozco a un chico de Barcelona y no me importa lo que haga en su vida privada, no estoy pendiente de dónde está, pero le pregunto continuamente porque quiero experimentar celos para ir lidiando con ellos, sensaciones. Cuando estamos juntos lo vivo como si fuese la primera vez, es una relación reciente, mi tiempo es para él y estoy absolutamente enamorada. Y cuando nos separamos, le echo de menos, pero llevo esas emociones a la parte positiva. No es una relación idílica, es cierto. A veces lo echo de menos más de lo que me gustaría o me rebelo porque quiero estar con él y no puedo, pues como digo es de Barcelona. Pero tengo otro chico de Madrid, que hay veces que me dice que está con otras chicas. Tenemos que cuadrar las agendas, pero cuando encontramos hueco nos vemos. Mientras no estamos juntos no siento celos. Y si me dan un poco, pues se lo digo: «Eso me ha molestado».

-¿No hay un poco de masoquismo en esto?

-No sé, considero que son relaciones muchísimo más sanas que las que tuve nunca. Considero que ninguno de ellos es responsable de mi felicidad.

-Entonces, quizá sea una huida, un modo de evitar sufrir por amor…

-No, porque… creo que eso no. El poliamor no es solución para todo el mundo, pero sí es un paso a tener en cuenta, y muchas de sus prácticas deberían conocerse y aplicarse a las relaciones monógamas. La falta de libertad y honestidad son dos pilares que se cargan muchas relaciones, es lo que a mí me había pasado hasta ahora. Los principios de las relaciones poliamorosas son muy divertidos. En el minuto uno has hablado de cosas que en las monógamas no dices hasta que llevas un año. En el caso del chico de Barcelona, nos echamos de menos, y cuando nos vemos parece que queremos aprovechar cada minuto juntos. Este chico venía de monógamo, ha conocido relaciones abiertas gracias a mí. No se cree poder hablar conmigo de las relaciones con otras mujeres. El que yo le diga: «Pues, joe, con esta chica de la foto me ha dado un pelín de cosa…». Y él me responde: «¿Pero por qué? Si yo no voy a dejar de quererte a ti por estar con otras mujeres». Cuando lo asimilas, es como si encajara todo.

-¿En el poliamor la base es el sexo? Quedo con tal o cual para meterme en la cama…

-Nosotros hacemos de todo. El tiempo juntos es como el de una pareja normal. Vamos a restaurantes, conciertos, salimos… El fin de semana vas de compras, das una vuelta, pasas el tiempo en casa… Lo que haces con parejas normales.

-¿Son parejas estables o hay relevos continuamente? ¿Dejas de ver a unos e incorporas otros…?

-Hay de todo. Mantener una pareja poliamorosa en el tiempo es complicado. No es la panacea, pero las que consiguen un alto nivel de comunicación y madurez son muy estables. Conozco a varias que llevan muchos años juntos y se han ramificado a su vez en otras relaciones de varios años. Me muevo en un universo de unas trescientas personas en este mundo, y no parece que se rompan más que las tradicionales.

-Y si se rompen, igual sufres menos… Como te quedan otros varios con los que consolarte…

-Depende de cómo sea de importante esta persona para mí. Yo he tenido rupturas que me han dolido tanto como las monógamas.

-¿Se rompe formalmente? Con el típico «tenemos que hablar»…

-El momento de «mejor no nos seguimos viendo» es fatal. A veces lo puedes ir previendo. En estas relaciones se habla y trabaja muchísimo. Hay charlas y talleres mensuales. Siempre estás aprendiendo.

-¿Dónde os encontráis esas trescientas personas del círculo que hablas?

-Hay unos bares en Madrid donde sabes que te los vas a encontrar. O en las fiestas que se organizan de vez en cuando. Últimamente yo solo me relaciono con este grupo, pero también me gusta mucho expandir la palabra poliamor, aunque es difícil. En cuanto sales de estos círculos, conoces a un chico que no esté metido en este mundillo y le cuesta entenderlo. Aunque también es verdad que se suelen interesar mucho, que despierta mucha curiosidad. Cierto morbo.

-¿Cada una de esas trescientas personas tiene sus parejas o se van cambiando?

-Ahí están los «kinker», que engloban toda sexualidad no convencional: el colectivo de gais, lesbianas, cualquier persona, incluso gente con determinadas perversiones como las que les gusta el sexo con muñecas, gente con una sexualidad más abierta. Y luego está el poliamor, que va más por la relación afectiva, sentimental. Las actividades de los poliamorosos puros son más de crecimiento personal, hablar, pero no hay tanto sexo. En Cataluña se organizan fines de semana de convivencia para conocerse, hablar de estos temas, ver cómo se llevan a la práctica, cómo sales del armario o lo dices a la familia, cómo se vive en sociedad… Estoy intentando organizarlo en Madrid.

-¿Cómo se sale del armario?

-Mi familia más cercana, mis padres, lo llevan muy bien. No tienen ningún problema con lo que cuento o hago.

-¿Cómo se enteraron?

-Cuando les dije que iba a publicar el libro. No quieren saber cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en el libro. Pero estuvieron en la presentación con los «kinker» haciendo de las suyas. Mi padre dijo que se iba rápido pero mi madre aguantó hasta el final. Luego hay gente más mayor que ha hecho mutis por el foro, que no sé si han leído el libro. Y la familia más cercana y joven, tan tranquila. Entre mis amigos, al principio, hubo todo tipo de posturas pero hoy por hoy están muy abiertos a todo: no se ha alejado nadie de mí por este libro. Ha sido una reacción bastante positiva de gente que se acerca a hablar de cosas que necesitaba contar. Y estoy deseando empezar las charlas, primero con las mujeres, pero espero que también con hombres. Contarles mi experiencia para que la pongan en práctica en sus relaciones aunque nunca sean poliamorosos.

-¿El poliamor existe solo para la mujer y en el caso de los hombres es polisexo? Los personajes masculinos de su libro huyen del compromiso, de sus sentimientos. Ni siquiera se paran a pensar en ellos, no vaya a ser que se enamoren. Cuando Karen dice «te quiero», se produce una espantada masculina.

-Los hombres parece que vienen con el chip para el poliamor, pero tampoco. Se tienen que quitar el afán de posesión, del «esta mujer es mía». Tampoco todo el mundo vale para esto. Tengo amigos que no son capaces de compartir a su mujer. Otros sí lo ven porque entienden que, si ellos quieren estar con otras personas, es lógico que ella también lo esté. Conozco muchos hombres con una capacidad de enamorarse brutal, que son un encanto, que no solo buscan sexo. Y, como afrontan las relaciones desde el punto de vista del poliamor, no son nada machistas, se preocupan por ti, te miman, pero no solo a ti. De hecho, cuando salga de esta entrevista tengo a tres personas a las que tengo que escribir para contarles.

-Pero eso son amigos…

-Pero tienes sexo con ellos, y te quieren. O llámalos amigos con los que tienes sexo.

-Amigos con derecho a roce, entonces…

-Digamos que son el famoso «follamigo»… Puede ser… A lo mejor este basado en todo esto, pero llevado a un nivel de compromiso, de convivencia. Amigo con derecho a sexo, pero que se preocupa por ti y tienes varios. La definición me da igual, el cómo lo llames. Es alguien que se preocupa por ti, es un amigo, pero si además tienes sexo, te cuenta lo que hace con otras parejas…

-¿El interés por saber lo que hace con otras parejas es por morbo…?

-Depende de tu necesidad. Hay parejas que prefieren no saberlo, pero otras sí quieren conocer dónde están, situarse. Y en otras, sí, es morbo. Hombres y mujeres que quieren enterarse con pelos y señales porque les da mucho morbo. En mi caso, prefiero saber, pero no entrando en detalles sexuales; solo pregunto si ha tenido sexo esta semana.

-¿Y no duele saberlo?

-No. Me gusta saberlo. El tema del sexo creo que lo llevo bastante bien.

-¿El poliamor es heterosexual o también incluye parejas del mismo sexo?

-La gran mayoría de personas del círculo «kinker» tiende más a la bisexualidad que a la heterosexualidad. Has saltado barreras tan importantes, nada fáciles, tienes tantas cosas en común con las personas de ese grupo, que enseguida hay posibilidad de establecer vínculos afectivos o sexuales sin tener en cuenta el género.

-¿Y las parejas poliamorosas discuten tanto como las monógamas?

-Se discute menos porque se habla mucho más de sentimientos. Vas plantando la semilla de la comunicación desde el principio, y eso hace que discutas menos. No te puedo decir qué hay debajo de cada pareja poliamorosa, pero a mí me parece lógico que surjan menos roces. Si te cultivas como persona, te quieres, idealizas de otra manera, no guardas tantas cosas dentro. Se trivializa menos.

-¿No te da miedo que un día te enamores de alguien?

-Miedo, no. Porque, cuando me ocurre, no lo vivo como antes, porque no me veo capaz de engañar a alguien prometiendo amor eterno. Lo hice una vez de verdad, pero no salió bien. Luego he tenido relaciones consecutivas, una detrás de otra, pero tampoco funcionaron. Después de siete años, me di cuenta de que no era feliz, como me había ocurrido en todas las anteriores. Fue falta de libertad, sobre todo de libertad, porque en este caso teníamos muy buena comunicación, pero me había absorbido de forma absoluta.

-¿No te gustaría tener para ti sola a ese chico de Barcelona con el que lo pasas tan bien?

-Al chico de Barcelona le digo que en cuanto esté con alguien de forma continua me lo diga. No estoy ahí, no lo veo. Necesito estar preparada. Desde que conocí este mundo quiero saber si voy a volver a sentir los celos como los sentía, quiero volver a saber si voy a enamorarme como me enamoraba antes de, y es que no me ocurre. Empiezo a pensar que este cambio se ha producido en mí de verdad. No es que me lo esté creyendo, sino que lo entiendo. Asimilo que mi forma anterior de querer no era la adecuada. Nunca he estado más feliz en mi vida amorosa que desde que cambié el chip.

-¿No temes que te señalen con el dedo tras escribir este libro? Que te encasillen en este género.

-Pues sí, hombre, lo tengo claro. Pero no tenía otra opción. Me he estado escondiendo toda mi vida. Hace dos años que encontré respuesta a mi vida. Desde niña he sido una chica a la que le gustaba la sexualidad. Me habían llamado guarra muchas veces y me lo creía. Hasta que me di cuenta de que el problema no era yo, sino la sociedad. Además, era incapaz de desarrollar sentimientos, de decirle a un hombre que quiero seguir viéndole, pero no de la manera que él piensa. Si yo le digo a una persona «tengo sentimientos hacia ti», esa persona si no me conoce ya piensa que estoy buscando pareja. Pero no, o sí, pero varias. Ahora querer a alguien me resulta supersencillo y me encanta.

El libro

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¿’Sexing’ para quemar calorías?

Shutterstock.

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En el libro The Dieter’s Guide to Weight Loss During Sex, la guía sobre cómo perder peso mediante el sexo, el escritor norteamericanoRichard Smith defiende esta práctica como ejercicio eficaz para adelgazar. Según unas investigaciones realizadas por él, va detallando las calorías que se queman antes, durante y después del acto sexual.

¿Puede convertirse el ‘sexing‘ en el nuevo arma contra la obesidad? El escritor asegura que no solo sirve como ejercicio, sino que además tener sexo ayuda a calmar la ansiedad, siendo el estrés una de las principales causas del sobrepeso.

Eso sí, Smith puntualiza que para que las relaciones tengan el efecto deseado es necesario que sean satisfactorias, o pueden producirse el temido efecto rebote.

El escritor no es el único que defiende el sexo como arma contra los kilos de más, también la sexóloga española Carmen Vijandepromueve la ‘dieta del sexo’ como recurso para mantenerse en forma. ¿Pero qué tiene todo esto de cierto?

Un estudio publicado en la revista científica PlosOne concluyó que se queman aproximadamente 85 calorías durante el acto sexual. También advierte de que los hombres queman más que las mujeres, (aunque para esto no han encontrado una explicación exacta).

Eso sí, el estudio considera que, dependiendo de la intensidad y de la duración duración del coito, si puede considerarse una forma más de hacer ejercicio.

http://www.elmundo.es/yodona/2014/09/01/53fda7d0268e3e86238b456e.html

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Gwyneth Montenegro, la mujer que ha tenido sexo con más de 10.000 hombres

Esta australina de 36 años afirma en su nuevo libro que ha trabajado como prostituta de lujo en burdeles donde cobraba 1.500 euros la noche

Gwyneth Montenegro, la mujer que ha tenido sexo con más de 10.000 hombres

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Sin tapujos ni moderación. El nuevo libro autobiográfico de la prostituta de lujo Gwyneth Montenegro carece de cualquier elemento que dulcifique una historia llena de excesos y una vida plagada de drogas, despilfarro y, sobretodo, sexo. Y es que, según afirma la autora australiana de 36 años –prostituta de lujo desde su adolescencia-,se ha acostado de momento con 10.000 hombres que, en su mayoría, ya estaban casados.

En palabras de Montenegro, el devenir de su vida estuvo marcado por su infancia. «En la escuela me intimidaban porque era muy tímida, introvertida y tenía muy baja la autoestima. Era un blanco fácil y era la típica chica que nunca pensarías que pudiera llegar a ser trabajadora del sexo», afirma la prostituta de lujo en declaraciones recogidas por el «Daily Mirror». Esta actitud se agravó cuando perdió su inocencia a manos de varios hombres que la violaron. Sin embargo, todo cambió cuando creció y se dio cuenta de que podía transformar su cuerpo en una herramienta de trabajo.

Deseando ganar dinero, se sintió atraída por los burdeles de lujo, donde comenzó a trabajar desde su adolescencia y donde se acostaba con hombres «conocidos» y de «alto standing», un «90% de elloscasados». Si alguno de estos notables quería pasar una noche con ella,debía abonar nada menos que 1.500 euros.

«No me siento culpable por haberlo hecho, los hombres no acudirían a mi si recibieran todo el sexo que quieren de sus mujeres. Son hombres y no pueden apagar su deseo biológico, por eso recurren a mis servicios. En una ocasión uno de mis clientes me dijo: “Yo amo a mi esposa, estoy enamorado de ella,pero sólo tengo sexo tres veces al año y soy un hombre que no puede lidiar con eso”», destaca Montenegro

A su vez, viendo que no paraba de trabajar, decidió llevar la cuenta de aquellos sujetos que disfrutaban de sus servicios. Según parece, llenó varios cuadernos pues, a día de hoy, la cifra asciende a 10.091. Posteriormente, el dinero provocó que se enganchara a lasdrogas y alcohol. «Empezó como una broma, pero la cocaína y el champán son muy adictivos. Así se fueron 12 años de mi vida». Con el paso del tiempo, Montenegro afirma que se dio cuenta de que su vida merecía ser conocida, por lo que escribió un libro que rompiera moldes y hablara de una situación socialmente mal vista, pero real.

http://www.abc.es/sociedad/20140701/abci-mujer-mantiene-sexo-10000hombres-201407011013.html?ns_campaign=APPWA&ns_source=BT&ns_linkname=Bottom&ns_fee=0&ns_mchannel=EM

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