Es una de las escort más exclusivas del mundo. Esta es su vida de lujos, sexo y viajes exóticos

Por Javiera Irarrázaval

Cobra 600 dólares cada una hora y media.

 

En la presentación de su página web, dice que se considera una “estudiante, viajera, escritora y profesora de yoga”. Lo cierto es que a veces se transforma en una mujer sumamente sensual, donde se reúne con personas a conversar sobre arte, filosofía, literatura y después tienen sexo. Pero antes debe pagarle los 600 dólares que cobra cada hora y media. 

Ava Hudson es una chica de California, una de las escort más exitosas y exclusivas del mundo. Pero esto no es un trabajo cualquiera; antes de tomar un ‘cliente’ ella los estudia detalladamente con una asistente que ve todas sus referencias.

 
Autor Desconocido, ayúdanos a encontrarlo

Ella solamente atiende a clientes súper estudiados previamente. Obviamente todos deben poder pagar los 600 dólares por la hora y media de cita. 

Su historia

Quizás la gran diferencia de esta prostituta con el resto de las mujeres que se dedica al comercio sexual, es su nivel económico; según explica, fue a la universidad y eso le permite cobrar mucho más caro que otras. Eso ha permitido que valorice lo que hace y le pide al resto que lo haga, de hecho, al comienzo, trabajó en un burdel clandestino en Toronto, en Canadá, y la despidieron después que intentara crear un sindicato de trabajadoras para hacer respetar sus derechos. 

 

Trás su paso por varios clubs en Canadá, Hudson logró entrar a la agencia de prostitutas más prestigiosa del país: las Cupid’s Escorts.

“Contaba con chofer propio que me transportaba a cualquier sitio de la ciudad y atendía a mis clientes en las viviendas y los hoteles más elegantes” declaró a Mel Magazine.

Después de un tiempo, decidió emprender y seguir el camino sola con una cartera de clientes exclusivos. Volvió a California y concentra la mayoría de sus encuentros en San Francisco.

Ava Hudson

Desde allí cuenta que sus citas han cambiado mucho:

“Usualmente al inicio del encuentro disfruto de una buena comida y de una amena charla con los clientes. Arte, filosofía, literatura… casi de todo menos política. El cerebro es el mayor órgano sexual, si logras estimular mi mente, entonces cautivas mi cuerpo”.

Entre los lujos y las excentricidades que le ha tocado vivir, está viajar por el mundo en jets privados, gozar masajes eróticos en los mejores clubs de sexo en Barcelona y muuuuchas orgías en todas partes de la orbe.

Finalmente en su entrevista, Ava reflexionó acerca de su trabajo, diciendo que El trabajo sexual añade transparencia y permite un intercambio distinto de intimidad”. 

¿Qué opinas sobre la vida de Ava?

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El teólogo que puso un burdel en Nueva York

El prostíbulo de John Allen estaba decorado con Biblias y estampas religiosas. Su historia la cuenta Luc Sante en ‘Bajos fondos’.

Dos prostitutas en Nueva York.

Dos prostitutas en Nueva York.

En el siglo XIX, un joven nacido en el seno de una familia pobre, quizá llegado a Nueva York como inmigrante, podía alimentar ambiciones de riqueza y de estatus. Una chica pobre con semejantes ambiciones normalmente sólo tenía un camino: la prostitución.

Las jóvenes se convertían en prostitutas de diferentes maneras y por distintas razones. La prostitución se asociaba a las posiciones más bajas en el teatro; era uno de los pocos medios de los que disponían las mujeres de clase baja para conocer a hombres de una posición superior; parecía una manera de evitar el fastidioso trabajo doméstico o las fábricas explotadoras; alimentaba la ilusión de permitir a las mujeres el emprendimiento independiente; estaba relacionada con las manifestaciones exteriores de una vida mejor, como las joyas y la ropa sofisticada; se asociaba en el imaginario popular con el terreno del esparcimiento, con la búsqueda del placer.

Dado que Nueva York era una ciudad portuaria, la prostitución probablemente estuvo ahí desde el principio, en las bodegas de los muelles y en las pensiones para marineros, y en los salones de baile y en los colmados que surgieron alrededor de Collect Pond y luego de Five Points.

Cuando los primeros reporteros hablan de “inmoralidad”, como en la inmoralidad de las habitaciones compartidas, están usando un eufemismo de prostitución, ya que las menciones explícitas eran un tabú en la prensa respetable; asumían que las formas de convivencia poco convencionales eran el producto o el semillero de la prostitución.

Las resistencias a mencionar la prostitución y a abordarla desde una dimensión social y económica, que en algunos sectores perduraron durante ese siglo y hasta el siguiente, intranquilizaron mucho a la gente. La veían en todos lados. Y estaba en todos lados. Pero no por las razones que imaginaban ni en las formas que creían.

Es revelador, por ejemplo, que en esta época, cuando la prostitución podía verse en cualquier lado y estaba en boca de todos, nadie pareciese ver, o al menos comentarlo por escrito, el comercio sexual inherente al fenómeno de las vendedoras de maíz.

Cuando menos en sentido figurado, eran las niñas y no el maíz lo que estaba a la venta. Como en la prostitución literal, el sustento de las niñas dependía de su juventud, de su atractivo y de su condición novedosa; entregaban sus ganancias a su patrocinador; deambulaban por la calle ante hombres de una clase social superior. Pero las vendedoras de maíz podían ser idealizadas, y por eso mantenerse libres de mancha. Representaban la promesa del sexo sin su consumación.

Unas prostitutas en Nueva York.

Unas prostitutas en Nueva York.

REZAR ENTRE PROSTITUTAS

Antes de la Guerra de Secesión, los burdeles –llamados bagnios, disorderly houses o free-and-easys– se limitaban en su mayoría al muelle y a los arrabales, a las calles Cherry y Water, a Five Points y al Bowery. Los salones de baile, en cambio, eran establecimientos multiusos en esos mismos distritos que reunían bajo el mismo techo un saloon, un hotel y un burdel, con servicios, clientes y empleados que coincidían en parte.

El local más famoso y prominente de este tipo fue el de John Allen, en el número 304 de la calle Water. Allen venía de una familia de teólogos; dos de sus hermanos eran ministros presbíteros, y un tercero era predicador bautista. Él mismo había sido estudiante de teología en el Union Theological Seminary, pero de algún modo dio un giro a su carrera, y abrió un prostíbulo con su esposa alrededor de 1850.

El sitio, pese a que contaba con una clientela de marineros a quienes trataban casi como lo hacían sus violentos reclutadores, tenía una apariencia ostentosa, y se dice que proporcionó a sus dueños unos 100 000 dólares en una década. El personal estaba compuesto por veinte mujeres con corpiños negros de satén, faldas y medias de color escarlata, y botas con el borde rojo y adornadas con pequeñas campanas.

La casa contaba además con una baza extra que le añadía picante: Allen había decorado sus instalaciones con motivos religiosos. Tres días a la semana, justo a mediodía, antes de abrir el negocio, llevaba a las prostitutas y a los camareros a una lectura de la biblia, e incluso en su horario de apertura algunas veces reunía a sus empleados y los dirigía en el canto de unos himnos procedentes de una colección llamada The Little Wanderers’ Friend.

Las cabinas de este bagnio incluían biblias; las mesas del saloon tenían periódicos cristianos y revistas devotas; las paredes estaban decoradas con estampas religiosas; en ocasiones especiales, Allen regalaba Nuevos Testamentos a sus clientes. Nada de esto impedía que la prensa popular calificara a Allen como el “hombre más perverso de Nueva York”.

La afición de Allen por lo sagrado desató su caída. En mayo de 1868 un clérigo llamado A. C. Arnold, dueño de la cercana misión Howard, visitó la casa de Allen y lo encontró como una cuba. Se aprovechó de la situación para convencerlo de que le dejara hacer reuniones para rezar en su local. Los servicios religiosos, al principio, eran una novedad graciosa para los clientes, pero pronto se cansaron y se fueron alejando.

En agosto, Arnold y otros predicadores anunciaron que el garito quedaba clausurado, que las Marías Magdalenas de Allen estaban disponibles para su contratación como empleadas domésticas en hogares cristianos, y que Allen se había convertido y reformado.

Mientras, los ministros empezaron a tener el mismo efecto mágico en otros locales del barrio, incluido el Rat Pit de Kit Burns. Durante un tiempo estos sitios atrajeron a los devotos de la ciudad, que acudían para escuchar el servicio religioso y de paso para admirar las huellas restantes del libertinaje (los reporteros que acudieron a las reuniones en el tugurio de Burns repararon en la pestilencia que emanaba de los cadáveres de perros y ratas enterrados en la tierra bajo la gradería).

Al final, el New York Times publicó una exclusiva en la que revelaba que la milagrosa reforma era un fraude, que los clérigos pagaban 350 dólares mensuales a Allen por el privilegio de convertir tanto a su local como a él mismo, y que se repartía un soborno similar al resto de propietarios, incluidos unos 150 dólares mensuales a Burns.

Además, se decía que los feligreses reunidos en aquellos servicios eran miembros respetables de la clase media, y que no había ningún vicioso –más allá de los dueños–, el tipo de seres descarriados que eran el objetivo de la reforma. Sin duda suena plausible, aunque la pregunta sigue siendo si 350 dólares mensuales eran suficientes para que Allen compensara la pérdida del negocio, o los 150 dólares para Burns. Quizá la zona había empezado su declive y vieron en esta treta publicitaria la única posibilidad de mantenerse en el negocio, aunque fuera por un tiempo breve.

En cualquier caso, el reportaje del Times tuvo el efecto de alejar a los predicadores, pero sin que volvieran los viejos clientes, así que Allen se quedó sin recursos. En diciembre del mismo año, su mujer y algunas de las chicas fueron acusadas de robar 15 dólares a un marinero. La última declaración pública de Allen antes de perderse en la oscuridad fue que le habían tendido una trampa.

Mujeres haciendo la calle en la ciudad.

Mujeres haciendo la calle en la ciudad. Getty

LA MANCHA SE EXTIENDE

Inmediatamente después de la Guerra de Secesión, la complexión moral de la ciudad cambió, y quizá ésa fue la verdadera explicación para los problemas de Allen: la prostitución se había extendido por toda la ciudad.

Los burdeles, ahora identificados por luces rojas en su entrada, brotaron con rapidez en las calles laterales del oeste de Broadway, en lo que entonces era la parte media de la ciudad, y pronto lo hicieron a lo largo del Tenderloin. En el distrito de Broadway había una progresión en precio y calidad conforme uno avanzaba hacia el norte, de las casas cercanas a la calle Canal, que atendían a marineros, a los lujosos establecimientos de Clinton Place (ahora llamada calle 8). Todos ellos, al margen de su estilo y su precio, eran esencialmente iguales: casas residenciales de ladrillo rojo, con nombres pintados en blanco sobre la puerta: the Gem, the Forget-Me-Not, Sinbad the Sailor, the Black Crook.

Las más elegantes, llamadas parlor houses, se distinguían por una atmósfera decorosa en sus salones, donde el licor se vendía y se consumía con control y sofisticación, y en las que un pianista, siempre llamado el Profesor, ponía la nota cultural. Flora’s y Lizzie’s se encontraban entre los locales más caros y famosos; el de Josephine Woods, en Clinton Place, entre Broadway y University, vendía botellas de champán por el entonces exorbitante precio de ocho dólares y era célebre por su fiesta anual de la gallina ciega, que se hacía la víspera de Año Nuevo, y porque abría todo el día de Año Nuevo.

Aún más elegante, en la calle 25, cerca de la Séptima Avenida, era Seven Sisters’ Row, donde siete mujeres procedentes de un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra y que decían ser hermanas –aunque también se comentaba que habían tomado su nombre de la revista musical de Laura Keane de 1860– dirigían siete locales adyacentes. Eran casas muy pulcras y caras, con salones donde las jóvenes, tan bien educadas como si hubieran crecido en un convento, que en cierto sentido lo habían hecho, tocaban la guitarra y practicaban el refinado arte de la conversación.

Atraían a clientes enviando invitaciones impresas a empresarios importantes que se alojaban en hoteles de la Quinta Avenida. Algunas noches sólo se admitía a los clientes que vistieran con traje de noche y llevaran un ramo de flores para las muchachas. Las ganancias de la Nochebuena se donaban a la caridad, y este hecho recibía mucha atención de la prensa.

Mientras tanto, en los estratos más bajos, un fenómeno curioso, que por lo menos duró 30 años, era el cigar store battery. En apariencia los locales eran estancos, pero un cliente no iniciado encontraría nada más entrar un surtido muy pobre de puros y a una tendera, generalmente mujer, que no mostraba mucho interés en venderlos. El cliente intencional, en cambio, sería conducido al burdel de la parte trasera o del piso superior. Estos negocios crecieron cerca de la calle Canal, sobre todo en la calle Greene, abrían durante el día, y la hora pico era la de la comida. No lejos de ahí estaban los salones de conciertos, con una clientela mayoritaria de marineros.

El primero de estos, el Melodeon, se inauguró en Broadway en 1860, y pronto aparecieron docenas, muchos con nombres como el Sailor’s Welcome Home, el Sailor’s Retreat, el Jolly Tar, el Flowing Sea Inn. Las empleadas femeninas, a veces en atuendos turcos, con pantalones harén, eran lo que ahora se conoce como alternadoras. Ocupaban casi todo su tiempo animando a los clientes a beber, por lo que recibían un tercio de los desorbitados precios, cinco dólares por una botella de vino, por ejemplo, y si querían llevar su interacción más allá, lo tenían que hacer fuera de las instalaciones y en su tiempo libre.

Más abajo en la escala estaban las prostitutas de calle, o las cruisers, que entonces solían trabajar en los parques (Washington Square, Union Square, Madison Square), pero que gradualmente se mudaron a las esquinas, y con el tiempo a Broadway. Y al mismo tiempo, ahí estaba el Tenderloin, donde podía encontrarse cualquier cosa.

Una mujer se prostituye en Manhattan.

Una mujer se prostituye en Manhattan. Getty

EL OBISPO METODISTA

En un discurso de 1866 en Cooper Union, el obispo metodista Matthew Simpson se quejó de que las prostitutas eran igual de numerosas en la ciudad que los metodistas. Un poco más tarde, en un sermón en la St. Paul’s Methodist Episcopal Church, mencionó cifras. Declaró que había 20.000 prostitutas: el equivalente a una cuadragésima parte de la población de la ciudad.

Las cifras causaron sensación cuando se recogieron en la prensa, pero la policía insistía en que eran una exageración. Según ellos, había apenas 2.670 prostitutas (o quizá 3.300, porque los informes diferían), 621 lupanares y 99 casas de citas.

A juzgar por los relatos de la época, esas cifras podían servir para ilustrar únicamente la situación en el Tenderloin. En las manzanas entre las calles 24 y 40, y entre las avenidas Quinta y Séptima —la zona conocida como Satan’s Circus—, se apiñaban abundantes y variadas encarnaciones del comercio del sexo, entre otras instituciones del vicio (en 1885 se estimaba que la mitad de los edificios de la zona se dedicaban a algún tipo de inmoralidad). En esta área, donde el territorio se dividía minuciosamente en especialidades –en la calle 28, por ejemplo, estaban las casas de apuestas de alto nivel, y en la calle 27, las salas de billar con apuestas–, las calles reservadas para los burdeles eran la 24, 25, 32 y 35, y eso sin contar las casas de citas que aparecían en cualquier lado. Los locales iban, en cuestión de estilo, desde las casas de las siete hermanas hasta los lugares donde el sexo era secundario y el robo era lo principal.

Estaban también las panel houses, por ejemplo, donde, una vez que el cliente estaba a lo suyo en alguna cama, un empleado de la casa, conocido como «enredadera», salía silenciosamente a través de un panel desmontable en la pared e iba directo a los bolsillos de los pantalones que apropiadamente colgaban de una silla cercana.

Todavía más sofisticado era el badger game. El gánster Shang Draper, por ejemplo, tenía un saloon en la Sexta Avenida con la calle 29 donde los clientes se emborrachaban por voluntad propia o a causa de su inocencia. Cuando un cliente estaba suficientemente alcoholizado, una de las 40 empleadas le atraía hacia un burdel en Prince y Wooster. Cerca del momento culminante de su encuentro con la chica, un hombre enfurecido derribaba la puerta. Era, según decía, el marido de la mujer.

Enfurecido por lo evidente del adulterio, amenazaba con dejar al cliente inconsciente, con matarlo, con llevarlo ante el juez. Pero quizá, dejaba entrever, podía apaciguarse a cambio de retribución monetaria significativa.

Escenas idénticas sucedían al mismo tiempo en cada uno de los cuartos del local. Otra de las casas de Draper empleaba a niñas de entre nueve y 14 años. En esta variante, eran los padres de la niña quienes entraban: la madre golpeaba tan fuerte a la niña en la cara que acababa sangrando por la nariz y el padre extorsionaba al incauto. Se calcula que cada mes caían en este engaño unos 100 hombres.

Quizá la campeona de este embuste fue una tipa del Tenderloin llamada Kate Phillips, quien en una noche engatusó a un comerciante de café y té de St. Louis. En el calor de su abrazo apareció un «policía», que «arrestó» al comerciante y lo llevó a un tribunal, donde un juez lo multó con 15 000 dólares por adulterio. Kate, de acuerdo con los relatos, recibió el dinero y nunca más se supo del hombre.

La demanda de chicas nuevas por parte de los dueños de los burdeles era tal que el negocio de las captadoras de mujeres se convirtió en algo muy lucrativo. En la década de 1870 las figuras más importantes en este campo eran Red Light Lizzie y Hester Jane Haskins (conocida como Jane the Grabber). Cada una de ellas controlaba a un grupo de cadetes que salía a los arrabales y al campo para seducir y engatusar a jóvenes y reclutarlas para el negocio de la prostitución en Nueva York.

Ambas mujeres regentaban lupanares, además de abastecer de trabajadoras a los demás, y tenían la reputación de conseguir únicamente hijas de buenas familias. Las procuradoras también reclutaban a menudo a niñas muy jóvenes, que vendían a personas que las empleaban vendiendo flores en los hoteles y en las avenidas. Otras niñas preadolescentes se acercaban a los hombres en la calle y les pedían un centavo. Y lo que es más, había locales en las calles cercanas al Bowery y a Chatham Square especializados en niñas, a las que tenían secuestradas en las trastiendas.

Unos jóvenes homosexuales en el Village.

Unos jóvenes homosexuales en el Village. Getty

LA DOBLE MORAL

Estas prácticas prosperaron durante el momento álgido de la moral victoriana, cuando cualquier indicio de obscenidad, por muy remoto y abstracto que fuese, en la literatura, en el vestuario y en los escenarios se condenaba enérgicamente desde los púlpitos y desde la prensa.

Los mismos periódicos que podían denunciar lo insinuante de los bailes de Lola Montez llevaban en sus páginas de anuncios por palabras, discretamente codificados, anuncios de casas de citas, de prostitutas independientes que se habían establecido en hoteles residenciales y de abortistas.

El aborto se consideraba algo inaceptable en la buena sociedad, que, paradójicamente, se encontraba relativamente a salvo y resguardada. Todo esto cambió en algún momento de la década de 1870, cuando la reputación de una abortista, madame Restell, fue conocida por todo el mundo. Nacida alrededor de 1820 como Ann Trow, emigró desde Inglaterra a Nueva York, y a sus 16 años se casó con un falso médico, el doctor Charles Loham, de quien aprendió los rudimentos de la medicina.

En 1850 ella regentaba su propio consultorio abortista, que promocionaba en los anuncios por palabras, en los cuales se mostraba como una “maestra de asistencia en el parto”, ofrecía “pastillas francesas infalibles para mujeres” y garantizaba “una cura en una sola consulta”. Empezó a llamarse a sí misma Madame Restell por la creencia popular de que en las cuestiones íntimas nadie sabía más que los franceses. Fue lo suficientemente astuta como para relacionarse con personalidades de [la organización política] Tammany Hall, a quienes pagaba un tributo.

Pronto estaba cobrando de 500 a 1000 dólares por consulta, especializándose en las amantes de los hombres prominentes, quienes le pagaban una cuota fija para que atendiese a sus cambiantes parejas sexuales. Su consultorio estaba tan afianzado como para adquirir una casa de cuatro plantas en la Quinta Avenida con la calle 52 (al haber presentado una oferta mejor que el arzobispo católico John Hughes, que la quería para convertirla en su residencia episcopal).

Mientras, mantenía sus oficinas en el distrito financiero de la intersección de Chambers y Greenwich. En algún momento, se filtró la existencia de su negocio y se rumoreó que había sido acusada de asesinato, pero que había aplacado la demanda con 100.000 dólares en sobornos.

Se informó de que los niños pequeños empezaron a correr al lado de su carruaje mientras se dirigía de su casa a su oficina, y le gritaban: “¡Oye! ¡Tu casa está construida sobre cráneos de bebés!”, y empezaron a llamarla, igual que sus padres, “Madame Asesina”.

Al final fue arrestada en 1878 por Anthony Comstock, el omnipresente y autónomo cruzado antivicio, que posiblemente había filtrado los primeros rumores, y que se había presentado en su consultorio fingiendo ser un esposo preocupado. Más adelante dijo que ella, de camino hacia la corte municipal de Jefferson Market, le había ofrecido un soborno de 40.000 dólares. Fue encarcelada en Las Tumbas, pero salió bajo fianza, regresó a su casa, se preparó un baño y se cortó el cuello.

James Gordon Bennett, el honrado editor del New York Herald, anunció que publicaría la lista de sus clientes en el periódico. Esto provocó un considerable pánico entre la gente de alcurnia y, sin mucha sorpresa, las listas desaparecieron antes de que pudieran imprimirse.

Después de aquello, el negocio del aborto pasó a ser más clandestino y se convirtió en algo mucho más peligroso para los implicados; en la década de 1890, se informó de que las mujeres habían recurrido al uso de calisaya, un extracto de la quinina disponible comercialmente, porque supuestamente tenía propiedades abortivas.

A comienzos de la década de 1880, el epicentro del entretenimiento sexual se había desplazado desde el burdel hacia un tipo de establecimiento que mezclaba el saloon y el salón de baile, y que invariablemente incluía cubículos privados y cortinados donde los clientes podían recibir la visita de las bailarinas y las camareras.

Es posible hacerse una idea clara de los distritos sórdidos de la ciudad en 1890 a partir de una curiosa publicación llamada Vices of a Big City, que vio la luz bajo los auspicios de la New York Press.

Como el libro de Howe y Hummel, este panfleto aparenta ser una advertencia, un índice de las áreas que evitar o redimir. Pero en realidad es claramente un vademécum para visitantes en busca de acción. Sus listados de burdeles, salones de conciertos, salones de baile y otros antros similares son exhaustivos y están extraordinariamente detallados. Las listas se organizan geográficamente y por especialidad.

En el número 207 del Bowery se encontraba, por ejemplo, el salón de conciertos de Bertrand Myer: “El local se llena cada noche con mujeres que fuman cigarrillos y beben ginebra”. Existen los «antros de ron» en la calle Baxter, las “casas de citas” de la calle Canal y Slide, de Frank Stephenson, en el número 157 de Bleecker, que se describe como el “sitio más bajo y desagradable. El lugar se llena cada noche con entre 100 y 300 personas, la mayoría hombres, pero indignos de llamarse así. Son afeminados, corruptos y adictos a vicios inhumanos y antinaturales”.

El turista homosexual de la época no debía de tomarse muy a pecho esa retórica. El más raro de los locales listados era el saloon de Catherine Vogt, en la calle 4 Oeste con la calle Thompson, con una clientela consistente casi por completo en mujeres maduras, de todas las razas y “degradadas”, por lo que quizá era un local para prostitutas retiradas. Al final hay un capítulo que pretende describir el “éxito de la cruzada”, el cual fue útil para poner sobre aviso a los clientes potenciales de los locales que ya habían cerrado. Lo más valioso de esta guía es que su afán reformista le lleva a representar, guste o no guste, todas las opciones y todos los grados del vicio, sin favoritismos.

EL OPIO ENTRA EN EL BURDEL

Unos años más tarde, las cosas se pusieron peor.

La adicción al opio se extendió entre las prostitutas, con resultados devastadores; en 1894, los esfuerzos del Comité Lexow llevaron a muchas mujeres a la cárcel con sentencias importantes, y las prisiones se llenaron de prostitutas con síndrome de abstinencia. Emma Goldman, que entonces era la reclusa encargada de la enfermería en la isla Blackwell, apuntó en sus memorias que casi todas las prostitutas que llegaban allí lo sufrían.

Unos cuantos años más tarde, la Ley Raines, que permitió a docenas de antros servir licor los domingos siempre que se presentaran como hoteles, también obligó al cierre de muchos burdeles. O no a cerrar exactamente sino a transformarlos en casas cuyas internas tenían que ofrecerse en las calles, bajo cualquier clima y llevarse a los clientes a lo que había sido el burdel para convencerlos de que se tomaran una copa de la que se llevarían una comisión. A las chicas no se les permitía subir a las habitaciones hasta que el cliente estaba completamente borracho.

Frente a estos estándares, el vicio que dominó el Tenderloin y el Bowery una década antes parecía positivamente arcádico. La prostitución callejera, la adicción a las drogas, el incontenible protagonismo de los proxenetas, los sobornos crecientes y su persecución y las sentencias de cárcel en nombre del reformismo se convirtieron en los principales caballos de batalla para las prostitutas en las décadas siguientes.

La prohibición, que relajó algunos de los valores morales, no les hizo la vida más sencilla, ya que supuso la llegada de sindicatos nuevos y más grandes que controlaban el negocio del sexo de una forma tan criminal e impersonal como lo hacían con el licor y el juego.

Luc Sante es un escritor belga afincado en el estado de Nueva York. Este texto es un extracto de su libro ‘Bajos fondos’, publicado en español por la editorial Libros del KO. En su página lo puedes comprar. 

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La paradoja de la prostitución

Eduardo Goligorsky

Amnistía Internacional (AI) aparca circunstancialmente su compromiso de denunciar las tropelías de las dictaduras de derecha e izquierda, algo que ya la convierte en la bestia negra de los adictos a ambos totalitarismos, y se mete en un campo minado cuando propone despenalizar la prostitución. La prostitución ejercida voluntariamente, por supuesto, a la que hay que proteger tanto de las mafias que la explotan al amparo de la clandestinidad como de la arbitrariedad del Estado, que se suma, mediante el cobro de multas, a la extorsión de los chulos. Esta es la paradoja de la prostitución criminalizada. La argumentación de Amnistía es rigurosa (LV, 13/8):

AI sostiene que las mujeres que se prostituyen (porque básicamente son mujeres) corren peligro y merecen protección legal para evitar abusos, como violaciones o violencia física. “Si tienen reconocidos sus derechos, si despenalizamos su trabajo, les damos un mayor control para actuar de manera independiente, autoorganizarse en cooperativas informales y controlar su propio entorno de trabajo”, defiende el documento de la organización. (…) Donde prostituirse es ilegal, insisten, las mujeres están “desprotegidas y no se atreven a denunciar delitos o pedir ayuda”. (…) “Condenamos la trata de personas”, añaden, y defienden que se luche jurídicamente contra ella. (…) “Cuando el trabajo sexual se despenaliza, los trabajadores y trabajadoras sexuales son más capaces de agruparse y reclamar sus derechos, para lograr mejores estándares y condiciones de trabajo y una mayor supervisión del sexo comercial y de la posible trata de personas”.

Balance aterrador

La trata de personas es la mayor lacra que se cierne sobre el ya de por sí sórdido mundo de la prostitución y, al mismo tiempo, es una consecuencia de la clandestinidad. Las víctimas son siempre las prostitutas, tanto voluntarias como forzadas. Aunque la ausencia de censos impide dar cifras precisas, se calcula que en España hay un total de 600.000 prostitutas, de las cuales el 80 por ciento –procedentes sobre todo de África, América Latina y Europa del Este– son víctimas de distintos sistemas de intimidación. El balance es aterrador, pero debería emplearse como argumento para hacer más visible esta actividad en el marco de la ley y no para perpetuar la marginalidad. A nadie se le ocurre pedir la ilegalización de la industria textil por el hecho de que existen talleres de confección clandestinos donde se esclaviza a inmigrantes indocumentados. La diferencia consiste en que toda actividad relacionada con el sexo es más vulnerable.

La policía se indigna

Enrique Gil Calvo traza una nítida línea divisoria entre la actividad sexual que debe estar amparada por la ley en la sociedad abierta y la actividad delictiva sobre la que debe caer todo el peso del Código Penal (“Contra la prostitución”, El País, 25/9/2014):

Por una parte tenemos los servicios sexuales voluntariamente ofrecidos por trabajadoras libres que no estén sometidas a ninguna coacción física ni moral, económica ni autoritaria. Llamemos a esa categoría “comercio sexual”. Y por otra parte aparecen las cautivas sexuales obligadas a someterse a los clientes cómplices de las redes criminales que las secuestran y las obligan. Llamemos a este otro contingente “explotación sexual”.

Es precisamente la policía la que se indigna porque, como informa un titular periodístico (LV, suplemento Vivir, 27/3),

Leyes caducas entorpecen la lucha contra la trata de mujeres – Policías que han sufrido reveses judiciales hablan de sus frustraciones y de sus esperanzas

Los especialistas de los Mossos d’Esquadra y de la Policía Nacional explican que “largas investigaciones con centenares de horas de escuchas telefónicas y seguimientos a veces durante años se han saldado con penas mínimas o absoluciones en bloque”. Los expertos recuerdan que sobre los 40 mafiosos chinos detenidos en la operación Turandot pesaban graves acusaciones por delitos de tráfico de seres humanos y explotación de prostitutas, a pesar de lo cual la mayor pena impuesta fue de tres años por un pequeño tráfico de drogas. En la operación Andrómeda, se archivaron las imputaciones a los 13 rumanos que explotaban mujeres en régimen de semiesclavitud en el club Dallas de Agullana y todos los acusados quedaron penalmente limpios.

Los policías atribuyen algunos de estos despropósitos a la obsolescencia del andamiaje legal que sustenta sus investigaciones: hay una Ley de Enjuiciamiento Criminal que data de 1882. Y, para colmo, la figura del testigo protegido es tan endeble que a veces se habla, en broma, de la “ley de desprotección de testigos”.

Un paso adelante

Un paso adelante es el que ha dado un juez en lo social de Barcelona al sentenciar, en una demanda laboral de prostitutas contra su empleadora (LV, 9/3):

“El marco regulador de la prostitución” se queda en “regulación administrativa y despenalización aplicativa”; y también considera que ha quedado “plenamente acreditado que las trabajadoras ejercían libremente, sin coacción y de manera no forzada, la prestación de servicios de prostitución por cuenta de la empresa demandada, bajo su dirección y dependencia”, por lo que sólo cabe declarar que “la relación existente” entre la propietaria del local y las mujeres “tiene un carácter laboral”. (…) La decisión judicial ha tenido su primera consecuencia: la Tesorería de la Seguridad Social ha reclamado a los propietarios del salón de masajes las cuotas que, en virtud de este fallo, deberían haber ingresado por tener a tres empleadas.

Como era previsible, las feministas y sus aliados progres, con la élite de Hollywood a la cabeza, arremetieron automáticamente contra la propuesta de AI y la sentencia del juez de Barcelona. Victoria Camps sube al púlpito y estigmatiza a las apóstatas (“Legalizar la prostitución”, El País, 14/4):

Pero la legislación no debe mirar a esa pequeña minoría de mujeres que se autodenominan libres, sino a la gran mayoría que no vacila en reconocer que vende su cuerpo porque es lo más lucrativo que tiene a su alcance.

Curioso y más que curioso, como dijo Alicia en el País de las Maravillas. La profesora Camps y sus cofrades lucharon durante muchos años para que la Ley de Igualdad Efectiva entre Mujeres y Hombres diga (LV, 9/7):

Se ha de reconocer el derecho de las mujeres a su propio cuerpo (…) los derechos sexuales y reproductivos, y garantizar la libre decisión de las personas a la hora de ejercerlos.

Hoy la mujer que desea actuar sobre su propio cuerpo puede modificarlo mediante la cirugía plástica, cambiar de sexo, alquilar su útero, ligar sus trompas. Pero la profesora Camps, evocando el relato de Nathaniel Hawthorne sobre los puritanos de antaño, le estampa la letra escarlata en la frente si se aparta de sus dogmas y si alquila (no vende), por necesidad o por vocación, “lo más lucrativo que tiene a su alcance”. También algunos intelectuales pervierten lo más lucrativo que tienen a su alcance y los felicitan.

Estamos ante un cúmulo de interrogantes peliagudos. ¿En qué categoría legal coloca este colectivo de flamantes puritanas a la mujer que se casa por interés pecuniario? ¿Y a las promiscuas que sólo buscan el placer pero aceptan un regalo de sus numerosos amantes? ¿Y a las fans de 50 sombras de Grey con su parafernalia sadomasoquista?

Cambio de piel

Lo cierto es que la polémica sobre la prostitución hace aflorar los sentimientos irracionales que incluso las personas presuntamente más evolucionadas exhuman para juzgar todo lo que se relaciona con el sexo. Ahí está la polígrafa hoy podemita Ángeles Caso, que escribió “343 asquerosos intelectuales” (LV, Magazine, 24/11/2013) para denigrar a sus colegas franceses que firmaron el manifiesto Touche pas à ma pute (“Deja en paz a mi puta”) contra la ley que las expulsaba de las calles. Caso confiesa no tener una solución para el problema, pero abomina de los firmantes y cita entre ellos a “el famoso escritor Frédéric Beigbeder, al que no pienso volver a leer”.

El criterio que emplea Caso para montar su peculiar sistema de represalias podría hacerle borrar de la memoria los cuadros de los puteros Henri Toulouse-Lautrec y Pablo Picasso, entre muchos otros; las novelas del putero Henry Miller, entre muchos otros; la filmografía de los actores puteros y las actrices venales que Kenneth Anger cita en Hollywood Babilonia (2 vols., Tusquets, 1994 y 1996), entre muchos otros; y los discursos del putero John F. Kennedy (que antes de pronunciarlos, para distenderse, se hacía practicar una felación por las chicas que le proporcionaba el clan Sinatra).

Hoy la prostitución cambia de piel. Para bien o para mal, la informática hará que todas estas controversias queden relegadas al desván de la memoria. Anuncia otro titular (LV, 22/6/2014):

Desembarca en España el mayor Ciberalcahuete – Una web busca universitarias “atractivas” y “benefactores”

Si se generaliza la moda de que los benefactores generosos satisfagan las expectativas de las atractivas mercenarias, pasando por la web, lostraficantes de seres humanos por un lado y las represoras de las meretrices por otro, lo tendrán crudo. Fin de la paradoja.

http://www.libertaddigital.com/opinion/eduardo-goligorsky/la-paradoja-de-la-prostitucion-76453/

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Amnistía Internacional apoya la despenalización de la prostitución

Tras una intensa controversia la Organización aprobó solicitar la despenalización de la prostitución y de todos los aspectos del comercio sexual, incluyendo el proxenetismo.

 En la mayoría de los otros países europeos, la prostitución está regulada, como en Alemania, Austria, Holanda o Bélgica, o tolerada.

El proyecto de resolución fue adoptado en una reunión en Dublín de 400 delegados de 70 secciones nacionales de Amnistía, y es el fruto de dos años de consultas.

“La resolución recomienda que Amnistía Internacional desarrolle una política que apoye la plena despenalización de todos los aspectos del comercio sexual consentido”, dijo la organización.

Su objetivo, insistió Thomas Schultz-Jagow, director de comunicación de Amnistía, en declaraciones a AFP, es “establecer un marco jurídico en el que todas las actividades del comercio sexual se despenalicen”.

Al mismo tiempo, la resolución insiste en que se persiga la prostitución infantil, el tráfico de personas y en general toda prostitución forzada, y que se garantice que quienes quieran abandonarla puedan hacerlo.

“Es un día histórico para Amnistía Internacional. No fue una decisión fácil de adoptar y damos las gracias a todos nuestros miembros de todo el mundo, así como a los grupos que hemos consultado”, dijo en un comunicado Salil Shetty, secretario general de la organización.

Convencidos de que “la criminalización del trabajo sexual consentido entre adultos puede resultar en un aumento de violaciones de las trabajadoras sexuales”, la ONG aboga por la despenalización de la prostitución.

La ONG hará a partir de ahora campaña para que no se persiga a las prostitutas, ni tampoco a los clientes o a los proxenetas y administradores de burdeles que no fuercen a las mujeres, en lo que es el punto que ha provocado más sorpresa.

En respuesta, la Coalición contra el tráfico de mujeres (CATW, en inglés), publicó una carta abierta firmada por actrices como Kate Winslet y Meryl Streep, y otras 8500 personas, afirmando que la imagen de Amnistía se vería “gravemente dañada” si aprueba la resolución.

Una resolución, agrega CATW, “que se pone más del lado de los explotadores que de los explotados”.

“No hay ninguna lógica detrás de la premisa de que para proteger a los explotados tengas que despenalizar a los explotadores. No tiene sentido”, dijo a la AFP la directora ejecutiva de CATW, Taina Bien Aime.

La organización Equality Now, que defiende los derechos de las mujeres, también está de acuerdo en despenalizar el trabajo de las prostitutas pero se opone firmemente a hacer lo mismo con clientes, proxenetas y administradores de burdeles.

“La legalización de los que explotan a las prostitutas no es el camino correcto a seguir”, dijo Esohe Aghatise, de Equality Now, ya que “la demanda comercial de sexo alimenta el tráfico” de personas.

La proliferación de legislación en Europa sobre la prostitución muestra que no hay consenso. Hace dos meses, Francia se unió a la minoría de países europeos que castigan a los clientes de prostitutas, que son Suecia, Noruega, Islandia, y el Reino Unido.

En la mayoría de los otros países europeos, la prostitución está regulada, como en Alemania, Austria, Holanda o Bélgica, o tolerada.

http://www.semana.com/mundo/articulo/amnistia-internacional-apoya-la-despenalizacion-de-la-prostitucion/438174-3#

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Un juez falla que las prostitutas tienen derechos laborales

Una sentencia pionera equipara a las trabajadoras del sexo con cualquier empleado| De consolidarse, las prostitutas tendrían derecho al paro y a seguridad social | La Tesorería de la Seguridad Social ha solicitado ya las cuotas atrasadas

Un juez falla que las prostitutas tienen derechos laborales

La prostitución no forzada y ejercida en un prostíbulo es un trabajo que tiene los mismos derechos laborales que cualquier otro. Este es el espíritu de la sentencia pionera que ha dictado un juez de lo social de Barcelona y que obligaría a los proxenetas a suscribir contratos con las mujeres que conllevarían, por ejemplo, derecho a paro y cotizaciones a la Seguridad Social. Esta sentencia aún no es firme, pues puede ser recurrida hasta el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJC), pero a buen seguro que causará polémica, pues incide en una problemática que aún no está resuelta y sobre la que existen dos tendencias contrapuestas, encarnadas por la prohibición total de la prostitución, al estilo de lo que pasa en Suecia, o su regularización, como ha ocurrido en Alemania.

Sentencia, además, pionera, pues fuentes jurídicas consultadas por La Vanguardia señalan que en las bases de datos no existen pronunciamientos de índole similar. Tan sólo hay jurisprudencia parecida en el ámbito del llamado alterne, cuando las mujeres reciben pagos de un local por estimular a la clientela a consumir alcohol, y luego si quieren alquilan una habitación en el mismo sitio para servicios sexuales por su cuenta, aunque la realidad es que esta frontera es muy porosa y muchas veces fraudulenta.

Y, además, esta sentencia se produce de oficio a consecuencia de la inspección llevada a cabo en un local donde se llevaba a cabo el comercio sexual. El 11 de octubre del 2012, inspectores de trabajo, acompañados de funcionarios de la Policía Nacional, entraron en un establecimiento de Barcelona que se presentaba como centro de masajes y que se anunciaba en una web con este reclamo: “Nuestro factor humano y de servicios está ampliamente capacitado, tanto en presencia, saber estar y educación, como también en poder otorgarles una dedicación plena, placentera, sexual y con mucha implicación femenina hacia la persona que reclama y recibe nuestras atenciones”.

De esta inspección se derivaron dos procesos. Uno, penal, que se archivó porque las mujeres que trabajaban en el establecimiento aseguraron que no lo hacían forzadas ni sometidas a presión alguna. Y otro meramente laboral, que se derivó en un acta de trabajo por falta de afiliación y alta en la Seguridad Social de las empleadas del local. Al ser recurrida por la propietaria del centro de masajes, originó un litigio en un juzgado social, que es donde se ha dictado esta sentencia.

Los datos objetivos que se recogen en el acta de la inspección de trabajo son que, en el momento de producirse la revisión, había tres trabajadoras del sexo en el establecimiento; una en una habitación dando un masaje a un cliente, y otras dos en otras estancias a la espera de parroquianos. Todas explicaron que llevaban a cabo un horario, entre las doce y las veinte horas. En cuanto al pago, las mujeres declararon que cobraban una comisión por cada servicio, y que tanto los clientes como las instalaciones y los materiales de trabajo, como aceites, eran proporcionados por la empresa. La propietaria argumentó que su licencia municipal era de centro de masajes, no de alquiler de habitaciones, y que las mujeres debían estar allí a una hora convenida, en espera de que llegaran los clientes que las elegían para los servicios sexuales que quisieran, y cuyo precio era pactado con una encargada, que cobraba bien en metálico o bien en tarjeta de crédito y que al final de la jornada entregaba a las empleadas la parte convenida de cada trabajo.

De hecho, sólo existía una discrepancia, pero que no era trivial: mientras que la propietaria del centro sostenía que las mujeres prestaban sus servicios sexuales por iniciativa y cuenta propia, la policía y los inspectores de trabajo mantenían que no. que lo hacían por encargo de la empresa, lo que daría lugar a una relación laboral.

Para el juez no hay muchas dudas. En primer lugar, si bien el local se anunciaba como un centro de masajes, se trataba en verdad de un prostíbulo. Y que entre las mujeres y la propietaria existía un vínculo profesional “no admite mucha discusión”, porque tiene “los rasgos esenciales de todo contrato laboral”, que son “prestación voluntaria de servicios, retribución y dependencia”.

De esta forma, la sentencia expone cómo “el marco regulador de la prostitución” se queda en “regulación administrativa y despenalización aplicativa”; y también considera que ha quedado “plenamente acreditado que las trabajadoras ejercían libremente, sin coacción y de manera no forzada, la prestación de servicios de prostitución por cuenta de la empresa demandada, bajo su dirección y dependencia”, por lo que sólo cabe declarar que “la relación existente” entre la propietaria del local y las mujeres “tiene un carácter laboral”.

¿Qué consecuencias tendría esta sentencia si se consolida en tribunales superiores? Pues que las prostitutas que ejercen sin coacción y en un prostíbulo con un empresario tendrían los mismos derechos que cualquier otro trabajador: tienen derecho a un contrato mediante el cual deberían ser dadas de alta en la Seguridad Social –con las ventajas que ello conlleva, como pensión o atención sanitaria– y opción de cobrar el paro.

De hecho, la decisión judicial ha tenido su primera consecuencia: la Tesorería de la Seguridad Social ha reclamado a los propietarios del salón de masajes las cuotas que, en virtud de este fallo, deberían haber ingresado por tener a tres empleadas; y está por ver si las mujeres también plantean reclamaciones laborales.
Leer más: http://www.lavanguardia.com/vida/20150309/54427992788/un-juez-falla-que-las-prostitutas-tienen-derechos-laborales.html#ixzz3TsfzhndB

 

Un jutge decideix que les prostitutes tenen drets laborals

Una sentència pionera equipara les treballadores del sexe amb qualsevol empleat | POSSIBLES CONSEQÜÈNCIES En cas que es consolidés, les prostitutes tindrien dret a l’atur | PRIMER RESULTAT La Tresoreria de la Seguretat Social ja ha sol·licitat les quotes endarrerides

La prostitució no forçada i exercida en un prostíbul és una feina que té els mateixos drets laborals que qualsevol altra. Aquest és l’esperit de la sentència pionera que ha dictat un jutge social de Barcelona i que obligaria els proxenetes a subscriure contractes amb les dones, que comportarien, per exemple, dret a l’atur i cotitzacions a la Seguretat Social.

Aquesta sentència encara no és ferma, ja que pot ser recorreguda fins al Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJC), però segur que causarà polèmica, ja que incideix en una problemàtica que encara no està resolta i sobre la qual existeixen dues tendències contraposades, encarnades per la prohibició total de la prostitució, a l’estil del que passa a Suècia, o per la regularització, com ha succeït a Alemanya.

Sentència. a més, pionera, ja que fonts jurídiques consultades per La Vanguardia assenyalen que en les bases de dades no hi ha pronunciaments d’índole semblant. Tan sols hi ha jurisprudència similar en l’àmbit dels bars de cites, quan les dones reben pagaments d’un local per estimular la clientela a consumir alcohol, i després si volen lloguen una habitació al mateix lloc per a serveis sexuals pel seu compte, encara que la realitat és que aquesta frontera és molt porosa i moltes vegades fraudulenta.

I, a més, aquesta sentència es produeix d’ofici a conseqüència de la inspecció feta en un local on es duia a terme el comerç sexual. L’11 d’octubre del 2012, inspectors de treball, acompanyats de funcionaris de la Policia Nacional, van entrar en un establiment de Barcelona que es presentava com a centre de massatges, i que s’anunciava en un web amb aquest reclam: “El nostre factor humà i de serveis està àmpliament capacitat, tant en presència, saber estar i educació, com també a poder atorgar-los una dedicació plena, agradable, sexual i amb molta implicació femenina cap a la persona que reclama i rep les nostres atencions”.

D’aquesta inspecció, en van derivar dos processos. Un, de penal, que es va arxivar perquè les dones que treballaven a l’establiment van assegurar que no ho feien forçades ni sotmeses a cap pressió. I un altre de merament laboral, que es va derivar en una acta de treball per falta d’afiliació i alta en la Seguretat Social de les empleades del local. Quan la propietària del centre de massatges la va recórrer, va originar un litigi en un jutjat social, que és on s’ha dictat aquesta sentència.

Les dades objectives que es recullen en l’acta de la inspecció de treball són que, en el moment que es va fer la revisió, hi havia tres treballadores del sexe a l’establiment; una en una habitació fent un massatge a un client, i dues més en altres estances en espera de parroquians. Totes van explicar que duien a terme un horari, entre les dotze i les vint hores. Quant al pagament, les dones van declarar que cobraven una comissió per cada servei, i que tant els clients com les instal·lacions i materials de feina, com ara olis, eren proporcionats per l’empresa. La propietària va argumentar que la seva llicència municipal era de centre de massatges, no de lloguer d’habitacions, i que les dones havien d’estar allà a una hora convinguda, en espera que arribessin els clients que les elegien per als serveis sexuals que volguessin, i el preu dels quals era pactat amb una encarregada, que cobrava o bé en metàl·lic o bé amb targeta de crèdit i que al final de la jornada lliurava a les empleades la part convinguda de cada feina.

De fet, només existia una discrepància, però que no era trivial: mentre que la propietària del centre sostenia que les dones prestaven els seus serveis sexuals per iniciativa i compte propis, la policia i els inspectors de treball mantenien que no. que ho feien per encàrrec de l’empresa, la qual cosa donaria lloc a una relació laboral.

Per al jutge no hi ha gaires dubtes. En primer lloc, si bé el local s’anunciava com un centre de massatges, es tractava en veritat d’un prostíbul. I que entre les dones i la propietària existís un vincle professional “no admet gaire discussió”, perquè té “els trets essencials de qualsevol contracte laboral”, que són “prestació voluntària de serveis, retribució i dependència”.

D’aquesta manera, la sentència exposa com “el marc regulador de la prostitució” queda en “regulació administrativa i despenalització aplicativa”; i també considera que ha quedat “plenament acreditat que les treballadores exercien lliurement, sense coacció i de manera no forçada, la prestació de serveis de prostitució per compte de l’empresa demandada, sota la seva direcció i dependència”, per la qual cosa només es pot declarar que “la relació existent” entre la propietària del local i les dones “té un caràcter laboral”.

Quines conseqüències tindria aquesta sentència si es consolida en tribunals superiors? Doncs que les prostitutes que exerceixen sense coacció i en un prostíbul amb un empresari tindrien els mateixos drets que qualsevol altre treballador: tenen dret a un contracte mitjançant el qual haurien de ser donades d’alta a la Seguretat Social -amb els avantatges que això comporta, com a pensió o atenció sanitària- i opció de cobrar l’atur.

De fet, la decisió judicial ha tingut la seva primera conseqüència: la Tresoreria de la Seguretat Social ha reclamat als propietaris del saló de massatges les quotes que, en virtut d’aquesta decisió, haurien d’haver ingressat per tenir tres empleades; i cal veure si les dones també presenten reclamacions laborals.

Leer más: http://www.lavanguardia.com/20150309/54427986720/jutge-prostitutes-drets-laborals.html#ixzz3Tsgcc5LI

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El paseante y la prostituta

Hasta el 25 de Mayo en el MNAC de Barcelona se muestra la obra de Joan Colom en la exposición Jo faig el Carrer, comisariada por David Balsells y Jorge Ribalta.

En la exposición ‘Jo faig el Carrer’ (Yo hago la Calle), un gran acierto de los comisarios ha sido mostrar los recortes de prensa de los años 60 que reconstruyen un episodio significativo tanto para el fotógrafo Joan Colom como para la historia social del trabajo sexual femenino en España: Eloísa Sánchez, una trabajadora sexual que aparece en el libro ‘Izas, Rabizas, Colipoterras’ (colección Palabra e Imagen, Lumen, 1964), denunció a Camilo José Cela, a Colom y a la editorial por haber publicado fotos de ella sin su consentimiento y con textos injuriosos. Exigía el pago de un millón de pesetas como compensación por los daños morales causados a su persona.

El libro, al mismo tiempo un ejercicio de investigación lingüística que identifica 52 maneras distintas de decir prostituta en español, y un auténtico adefesio literario lleno de menosprecio hacia la prostitución, supuso un éxito de ventas a pesar de su caro precio para la época. Uno de los efectos que se derivó del mismo fue la retirada durante más de 20 años del mundo de la fotografía de Joan Colom. El resultado, la combinación de texto e imagen, no le gustó nada y tampoco se sintió cómodo con la denuncia, aunque ésta no prosperase debido a que el día del juicio, por motivos desconocidos, la denunciante no se presentó.
Este artículo, nacido gracias a una mesa redonda en la que pude participar en torno a la exposición ‘Yo hago la calle’, junto a Dolores Juliano, Beatriz Preciado y Jorge Ribalta, aborda la cuestión del libro de Cela, que lleva por subtítulo ‘Drama con acompañamiento de cachondeo y dolor de corazón’, como una metáfora de la doble moral franquista, pero también, al mismo tiempo, como un contra imaginario de la España folklórica y proto turística de masas que comenzaba a gestarse en los tiempos del famoso baño de Fraga en Palomares.

¡Bienvenido Mr Marshall!

En 1955 España entró en la ONU. Esto fue posible porque en 1953 EE UU y Spain habían firmado un acuerdo por el cual se permitía a los barcos de la Sexta Flota norteamericana fondear en el puerto de Barcelona. En 1956, España aprobó del Decreto Abolicionista de la prostitución, que en Barcelona supuso el cierre de “98 casas de prostitución toleradas y 42 clandestinas” (Historia y Leyenda del Barrio Chino, Paco Villar, La Campana), así como la reconversión de muchas de las mismas en meublés o alquileres de habitaciones por horas. La España de Franco se adhería de esta manera al ‘Convenio Internacional para la represión de la trata de seres humanos y la explotación de la prostitución’. Lejos de ser un Decreto Abolicionista, de lo que se trata es de un Decreto Prohibicionista que tipifica el trabajo sexual como delito de escándalo público. Es importante hacer saber un inciso a los no navegantes: abolicionismo no es sinónimo de prohibicionismo. El abolicionismo no persigue y castiga, el prohibicionismo sí. En cualquier caso lo que confunde es que el abolicionismo funciona como una máscara pública que tapa conductas prohibicionistas. Ya fue así cuando el franquismo, y continúa siendo así hoy en el contexto de la Ordenanza del Civismo de Barcelona.

Las fotos de Joan Colom que aparecen en ‘Izas, Rabizas, Colipoterras’ fueron tomadas entre 1957 y 1961. Se trata del principal testimonio visual con el que contamos de los primeros años de aplicación del decreto. Las imágenes que aparecen constituyen la epidermis que ha quedado de uno de los territorios más altamente sexualizados del contexto español: el Barrio Chino. Paco Villar, “biógrafo oficial” del Barrio Chino, describe de la siguiente manera la llegada de los marines: “Las prostitutas creían estar asistiendo a un inesperado y maravilloso milagro. Las que iban por libre, lo más normal es que pidieran cinco dólares por ocupación, y eso significaba, pura y simplemente, nadar en la abundancia: todavía había mujeres que cobraban sólo quince pesetas. (…) Por las calles no se veían más que grupos de marines y prostitutas cogidos del brazo; entraban en una tienda, y salían, ellas llenas de paquetes, ellos mostrando una sonrisa ingenua y complaciente”.

Lejos de acabar con la prostitución, lo que trajo la llegada de la Sexta Flota y la entrada de España en la ONU fue su fomento en un marco de ilegalidad. De cara al afuera, España podía ofrecer una imagen de un país moderno, a la altura de las democracias contemporáneas en materia de prostitución. Las representaciones de revistas como Life en reportajes sobre la Sexta Flota muestran a los marines conviviendo alegremente y sin problema con la población local, nunca como clientes de prostitución; de cara adentro, el Decreto supuso por una parte la victoria de los grupos católicos que hicieron una campaña contra la regulación de la prostitución entre el 55 y el 56, y por otra parte eldesarrollo de un comercio sexual y de ocio nocturno, con las llamadas tiendas de “gomas y lavajes”, los meublés y una escena creciente de bares con nombres yanquis (como el todavía vivo Kentucky) orientados a facilitar el contacto entre las chicas y los marineros.

El verso infame de Cela

La pregunta llegados a este punto es: ¿por qué se permitió la publicación de un libro como ‘Izas, Rabizas, Colipoterras’ por parte de un gobierno censor y autoritario, en un momento en el que no interesaba nada que circulase esa imagen de España? La respuesta parece que señala al impresentable de Camilo José Cela. Era un escritor protegido por el régimen. No debió resultarle muy difícil conseguir el permiso para mostrar todo aquello que no salía en las primeras guías turísticas de la época, los bajos fondos, y que contrastaba con la imagen que el régimen quería dar a nivel internacional para atraer turismo. Sus vivencias personales de cliente confeso fueron toleradas para ser convertidas en un libro infame que, como dice Dolores Juliano, construye el trabajo sexual como una estética de la abyección.

El libro supone una metáfora de la doble moral franquista. Su aparición llega en el momento de elaboración de una cuidada imagen internacional de propaganda legitimadora del fascismo, promovida también por EE UU, una ley que satisfacía al catolicismo y creaba un contexto de persecución y violencia llenas de arbitrariedad. Se multaba y detenía a las (malas) mujeres cada vez que era necesario, mientras que el comercio sexual daba de comer a mucha gente de manera directa e indirecta y tenía en los marines a sus principales clientes ¡Viva España!

Espías o paseantes

Beatriz Preciado comenzó su ponencia en el ciclo citando a Walter Benjamin. Como se sabe, los vagabundeos del paseante o flâneur parisino son un objeto de gran interés para el escritor marxista. Los encuentros casuales con escenas metropolitanas que se topa mientras camina a la deriva, la contemplación de las mercancías que hay en los escaparates o, más importante para este texto, de las mercancías/cuerpos de mujer prostituta, son evaluados como una mutación de la subjetividad que hace del paseo un estilo de vida.

Más allá de la prostitución como forma de subsistencia para muchas, y como mercado derivado para tantos otros, cabe mencionar la figura del paseante/detective que extrae información para venderla al mejor postor que la publique. En este sentido, cabe romper una lanza ética en favor de Joan Colom. Él decía que, al igual que las prostitutas, el también “hacía la calle”. Y le podemos contestar, “como las prostitutas no, Joan, sino como los flâneur”.

Al igual que muchos hombres de la época, Colom bajó todos los fines de semana, sistemáticamente durante cuatro años, a fotografiar el Raval con su cámara oculta. Con ella captó parte de la vida de los bajos fondos mientras acontecía y, además de las mujeres, captó también la mirada masculina, objeto de atención en la estética fotográfica y cinematográfica italiana y española del momento. Comportándose como uno más, captó los ojos de deseo del hombre cliente que, en general, mentía en su casa poniendo cualquier excusa, existe un repertorio conocido, para ir a su personal “sábado sabadete”.

¿Espía o voyeur? Si tenemos en cuenta el episodio que hemos relatado en la introducción, la respuesta se acerca más a la segunda opción: voyeur de los bajos fondos. Si Colom hubiera querido hacer carrera de fotógrafo-espía, y no solamente fotografiar mientras hacía la calle, Colom la habría podido hacer. Pero su elección, vistas las consecuencias de su trabajo, fue otra. De alguna manera, y sin querer insinuar que Colom era cliente de prostitución, algo que ni sabemos ni nos importa, las fotos de Colom muestran a sus alter egos: hombres que bajaban de otras zonas de la ciudad para mirar el movimiento de la calle en una zona prohibida, considerada moralmente abyecta por el poder y por parte de la sociedad, con toda la carga morbosa que ello tiene, pero una zona de vida al fin y al cabo.

En un trabajo de investigación por hacer sobre las masculinidades del franquismo, la mirada de Colom y su enorme trabajo fotográfico serán un material imprescindible para documentarlas y pensarlas. Sin ir más lejos, muchos hombres de Barcelona todavía vivos hoy, perdieron su virginidad, acompañados por sus padres, en el territorio que Colom plasmó entonces.

https://www.diagonalperiodico.net/culturas/22687-paseante-y-la-prostituta.html

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Pompeya, la primera capital del sexo

Así reconstruyen los arqueólogos la omnipresencia del erotismo en la ciudad del Vesubio, más allá de la prostitución y los lupanares

ABC

El comercio sexual no se limitaba en Pompeya al célebre lupanar. La prostitución era moneda común en tiendas y tabernas, pero el sexo era una realidad omnipresente en la ciudad del Vesubio, una realidad que los romanos vivían sin complejos [aquí puedes ver una galería de imágenes del arte erótico de la ciudad romana]. Al excavar bajo las cenizas no solo podemos recomponer las imponentes bibliotecas de sus villas, sino que también rescatamos su manera de entender la vida y el tumultuoso universo de las relaciones íntimas.

Al dueño de la casa le pusieron verde con un grafiti

Y para muestra un botón: hay una ínsula en Pompeya que investigan arqueólogos e historiadores españoles, dirigidos por José María Luzón. No es una cervantina Barataria, sino una manzana de casas, en un barrio de gente acomodada: La ínsula VII-6. En el dintel de una de las grandes casas, la 28, según nos cuenta la estudiosa de los grafitos pompeyanos, Macarena Calderón, figura el nombre de su dueño, un tal Secundus. Pues en el interior, en una de las paredes, hay un grafiti que dice: «Secundus felator rarus». La traducción más correcta sería: «Secundus es un chupador poco frecuente». ¿Elogio? ¿Venganza?

«Restituta es casta», decían para distinguirla de otra que no lo era

La ínsula VII-6 es el lugar en el que José María Luzón ha dirigido proyectos tan vanguardistas como el de la Casa de la Diana Arcaizante, todo un alarde arqueológico y tecnológico que ha servido parareconstruir la vida en esta importante casa pompeyana. A pocos metros de allí alguien escribió en un muro «Restituta casta», es decir un elogio a la castidad de una matrona llamada Restituta que vivía en las inmediaciones. ¿Por qué? Para diferenciarla, seguramente, de otra Restituta muy popular en el barrio, la meretriz de guardia.

También allí mismo hay un grafiti que podría compararse con el inocente «tonto el que lo lea» que todos conocemos. Solo que en Pompeya incluso el «tonto el que lo lea» más común era una pintada decargado carácter sexual. Se dice así: «Et quiscripit felat», «el que escribió la chupa».

La ciudad, verdadera cápsula de tiempo, se abre en cada muro a las historias que los arqueólogos de medio mundo no han dejado de estudiar desde tiempos de Carlos III. Se cuenta que el mejor alcalde (y arqueólogo) de la época mandó parar una excavación cuando descubrieron que la maravillosa escultura de un fauno que habían encontrado terminaba más abajo en una impúdica coyunda con una cabra vieja.

Una visita al Lupanar

Sea como fuere, tal y como demuestra el libro de Mary Beard«Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana» (Crítica), la mujer era mucho más visible en Roma (compraba, cenaba con hombres, disponía de su fortuna) que en otras civilizaciones. Pero era un mundo de hombres en el que el estatus, el poder y la buena suerte se expresaban a través del miembro viril. Por eso hay falos dibujados, esculpidos y tallados sobre los dinteles, en los hornos de pan, tallados en la calzada, y miembros con campanillas que sonaban al abrirse la puerta o agitarse el viento. Incluso penes con alas. Este último icono, el ave pene es, para Mary Beard, mezcla de chiste y de celebración impúdica.

Los ricos se desahogaban con esclavas y los pobres con meretrices

La mujer era visible y sostenía, como ciudadana, la administración de la casa y la crianza de los hijos. Pero no controlaba su vida ni su sexualidad, máxime si era esclava. Lafidelidad a la esposa no era muy apreciada por los romanos, ni siquiera era ejemplar, una virtud digna de admiración. Aunque el acoso sexual a los hijos y mujeres de miembros de la clase alta sí estaba mal vista, la tensión sexual a menudo se liberaba gracias a la disponibilidad de esclavas y esclavos que los miembros eminentes de la sociedad mantenían accesible. Los pobres, eso sí, que no podían permitirse la sumisión de sus esclavos, recurrían a la prostitución.

La fidelidad poco valorada

A cambio de esa falta de valoración de la fidelidad, había pocos ciudadanos romanos de la época que no sintieran cierta angustia ante la cuestión de la comprobada paternidad de sus propios hijos. Lo que resultaba aberrante, incluso podía destruir una carrera política, era la mera extensión del rumor sobre la participación de un varón en el papel pasivo de una relación homosexual. No era poco frecuente la relación entre varones, pero solo resultaba reprobable quien«cambiaba de rol» en aquella sociedad que comenzó a llamar virtud a una cualidad pública cuya etimología procede de vir (raíz de viril).

Los hombres que se prostituían eran considerados mujeres

Hay muchos detalles interesantes sobre la imagen de los sexos. Para empezar, loshombres que se prostituían eran considerados mujeres en la lógica romana. Lasprostitutas debían llevar toga viril para diferenciarse de las mujeres respetables. Sin embargo muchas eran forzadas por rufianes a desempeñar el llamado oficio más antiguo del mundo. Incluso el teatro ha dejado constancia, como recuerda Mary Beard, de los peligros del amor con meretrices. Ningún padre podía soportar la idea del matrimonio de su hijo con una ramera, pero las comedias están llenas de casos en los que, al final, ese amor triunfaba porque se llegaba a descubrir la honrada, si no noble, cuna de la pobre muchacha explotada y salvada por el afecto de un ciudadano sensible.

Frontera desdibujada

Detrás de estos alardes sentimentales se esconde un matiz revelador: no era tan claro el meridiano que separaba la respetabilidad y la prostitución. Pero también es cierto que se vislumbra la existencia de afecto incluso en las relaciones de explotación. En el cadáver de una mujer hallado entre las ruinas se encontró una pulsera de oro muy costosa, con la inscripción «Del amo para su esclava»

Volviendo a las pintadas, no se limitan a los muros del Lupanar. Tabernas, tiendas y soluciones habitacionales con acceso directo a la calle eran escenarios habituales del comercio sexual que ha dejado registro arqueológico. Muchas habitaciones, incluso en casas respetables, albergaban pinturas de motivo erótico, como la Casa de los Vetios. Pero, a veces, en la fachada hay un grafito que ofrecía los servicios de Eutíquide por dos ases (precio más que popular).

Las pintadas del Lupanar

En el célebre Lupanar, las pintadas con más explícitas y se concentran en los primeros cubículos, que serían empleados como salitas de espera para los clientes. «Aquí f… yo». Pero había de todo. Un cliente puso en el Lupanar una cita de Virgilio. Muchos están firmados con el nombre, lo cual indica que no había problema social por reconocer esa actividad. Otro puso incluso su profesión, «vendedor de ungüentos». Y hablan de dinero, mucho más que los dos ases de Eutíquide: un hombre consigna que ha «echado un buen polvo por un denario», que equivale a 16 ases. Los dos ases parecen más un insulto que otra cosa. Pero el Lupanar era un lugar bastante siniestro.

El sexo a cambio de dinero estaba tan repartido como la comida

Nos hemos dejado engañar, en opinión de Mary Beard, por los intentos de los romanos de hacernos creer que todo estaba muy establecido y diferenciado. La verdad es quelas prostitutas eran de muy diversa condición: camareras, taberneras, floristas, porqueras y tejedoras, y en ocaciones el coito con los clientes podía considerarse parte del trato o del negocio que regentaban o en el que estaban empleadas. El sexo a cambio de dinero estaba tan repartido como la comida, la bebida o la vivienda, concluye la estudiosa en el fascinante libro publicado por Crítica. Y este es solo uno de sus capítulos. En él se puede entrar de lleno en todos los aspectos de la vida pompeyana.

http://www.abc.es/cultura/libros/20140411/abci-pompeya-ciudad-comercio-sexual-201404101734.html
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De sexo, burdeles y prostitutas

Si a los ciudadanos se les considera suficientemente racionales para poder elegir a sus gobernantes, no se comprende que el Estado los trate en el terreno íntimo como niños incapaces de saber lo que quieren

EDUARDO ESTRADA

De verdad estamos en el siglo XXI, un siglo invadido por la pornografía, donde un tercio del contenido de las páginas de Internet es porno? A juzgar por el éxito de ventas del libro Cásate y sé sumisa, auspiciado por el arzobispo de Granada, parece más bien que hubiéramos retrocedido al siglo XIX. Lo confirmarían los datos sobre la abstinencia sexual prematrimonial, que se dispara entre los jóvenes católicos, y el movimiento que promueve la renuncia al sexo como forma de vida, que empieza a dejarse oír. En un libro reciente, El arte de dormir sola, la autora, editora de la revista francesa Elle,califica de liberadora su experiencia de 12 años sin sexo. Y un sondeo de junio de 2004 de IPSOS desvela que el 25% de las mujeres y el 15% de los hombres encuestados no había tenido relaciones sexuales en los últimos meses y, lo que es más preocupante, al 26% de los varones no le importaba en absoluto. Según una encuesta de 2010 del Ministerio de Salud japonés, el 36% de los chicos y el 59% de las chicas entre 16 y 19 años no estaban interesados por el sexo. ¿Nos encaminamos hacia una sociedad puritana como reacción al hartazgo que produce el exceso de oferta sexual?

Las feministas cantan las bondades del modelo prohibicionista sueco que, supuestamente, ha logrado reducir el número de prostitutas entre un 30% y un 50%, y el de clientes entre un 75% y un 80%. Y han crucificado a los 343 intelectuales franceses alzados en armas contra la ley que penaliza a los clientes de la prostitución. Su provocador manifiesto No toques a mi puta ha sido el toque de rebato que ha unido a feministas y republicanos contra esos “desalmados” que pretenden “disponer del cuerpo de las putas como si fuera su propiedad”. Pero quienes se oponen a las multas critican, posiblemente con razón, la injerencia del Estado en el ámbito privado y su intento de moralizar la vida sexual de los ciudadanos. En China, donde la prostitución es ilegal, la última y recientísima gran redada ha clausurado 12 establecimientos de alterne y detenido a 67 prostitutas y clientes. El Gobierno chino no se anda con chiquitas: algunas prostitutas han sido expuestas públicamente como objeto de escarnio y otras, recluidas en campos de trabajo.

¿Estamos volviendo a los tiempos de la contrarreforma? Abordemos el tema de la prostitución con algo de perspectiva histórica. Incluso una sociedad tan religiosa como la medieval, donde la salvación era el objetivo supremo, toleró el comercio sexual para evitar males mayores como el adulterio y la violación. En España, durante la Edad Media y la edad moderna, se esgrimieron argumentos políticos, teológicos y económicos en favor y en contra de legalizar las mancebías. En el siglo XIII, los que estaban a favor apelaban a algunos textos de san Agustín y santo Tomás para reclamar tolerancia hacia los burdeles; aludían a su utilidad pública y defendían el derecho de las prostitutas a cobrar sus servicios.

Según María Isabel Pérez de Colosía, desde mediados del siglo XIV los concejos o asambleas de vecinos regulaban la prostitución y arrendaban los “meretricios” a los llamados padres de la mancebía, quienes controlaban férreamente a las prostitutas. Les exigían estar solteras, tener buena salud y someterse a periódicas inspecciones sanitarias y de higiene corporal. Eran atendidas por un médico y un sacerdote. A pesar de su sujeción, la mayoría de estas mujeres prefería los prostíbulos a ejercer la prostitución por libre. Las que decidían abandonar ese tipo de vida eran trasladadas a una casa de penitencia, donde permanecían recluidas en clausura a la espera de entrar en un convento o lograr la dote necesaria para contraer matrimonio. Los beneficios de los padres de la mancebía debían ser cuantiosos pues, al decir de Colosía, algunos caballeros de alto rango participaban en el negocio. En el Archivo de Trujillo he podido consultar contratos de tales arrendamientos. En el siglo XVI, con la contrarreforma, la tolerancia se esfumó y se ordenó cerrar los prostíbulos. Como consecuencia, las casas de recogida, cuyo objetivo era “limpiar esta República de gente tan perniciosa”, proliferaron.

En la Inglaterra del siglo XVII, Mandeville, de cuya Fábula de las abejasse conmemora este año el tricentenario, recomendaba establecer un sistema de burdeles para erradicar la prostitución sin control y poner freno al infanticidio y los hijos no deseados. Pero fueron los ilustrados radicales del siglo XVIII los que impulsaron una revolución erótica que podría compararse a la liberación sexual de los años sesenta del siglo pasado. En los salones de la alta sociedad parisiense, donde el matrimonio era un asunto de conveniencia y se desplegaban los rituales de galantería y seducción que reflejan Las amistades peligrosas, el sexo se libera de ataduras. Una nueva cultura del deseo y del erotismo acabó con la estigmatización del acto sexual, ridiculizó la castidad por antinatural, reclamó el divorcio y acogió la homosexualidad y las relaciones sexuales fuera del matrimonio. El máximo portavoz de esa revolución erótica, Diderot, reclamaba que el deseo sexual fuese reconocido como una de las necesidades vitales del ser humano. Pocos años más tarde, en 1792, un teólogo alemán, Carl Friedrich Bahrdt, reivindicaba que el derecho a la satisfacción sexual fuese catalogado como un derecho humano, algo que ni siquiera nuestras actuales declaraciones universales contemplan (John Christian Laursen).

Pero el siglo XIX cortó de raíz toda esa voluptuosidad. Fue, con algunas excepciones, un siglo esencialmente oscurantista que impuso la moral patriarcal y burguesa y el culto a la virginidad, y mantuvo a la mujer de clase media convencida de que el sexo tenía que ver únicamente con la procreación. Solo en aras de la necesaria misión de traer hijos al mundo aceptaba con resignación la mujer de los círculos conservadores el uso de su cuerpo. Porque, conforme al pensamiento platónico y medieval todavía en vigor, el cuerpo simbolizaba el mal, mientras el corazón era la morada de las excelsas cualidades “femeninas” (emoción, sensibilidad, altruismo y espíritu de sacrificio). Esta oposición corría paralela a la veneración del Sagrado Corazón de Jesús, que se propagó por entonces en los países católicos.

El rigor de la ética victoriana condujo al incremento de la prostitución, el infanticidio y la doble moral. Por poner un ejemplo, en Viena, el alarmante cuadro de la prostitución está confirmado por las estadísticas de la policía y de las autoridades sanitarias de la época. Según los datos de 1860, más del 50% de la población vienesa de más de veinte años permanecía soltera. Una gran parte de ese porcentaje eran mujeres que habían visto frustrados sus sueños de casarse y de tener hijos; pero otra parte eran hombres que recurrían a prostitutas, a relaciones con menores y al incesto. Las familias pudientes hacían frente al problema importando a exóticas y sufridas criadas georgianas que aliviaban los apetitos de sus retoños en edad fogosa.

Hasta comienzos del siglo XX, con Freud (y Schnitzler) la ciencia no se interesó por la sexualidad femenina ni por los problemas que su represión acarreaba, ni la mujer reivindicó su cuerpo como fuente de placer. La liberación del cuerpo femenino abrió la caja de los truenos, pues condujo no solo a la libertad sexual sino, más peligrosamente aún, al cuestionamiento del orden patriarcal, de la esfera de poder reservada al varón y de la maternidad, auténtico tabú de la época.

Hoy, a la vez que la Red ofrece la mayor oferta de sexo y pornografía nunca imaginada, se prohíbe paradójicamente o se penaliza la prostitución en la mayoría de los países, lo que da pie a un comercio del sexo opaco, insano y controlado por las mafias. Sería deseable, en aras de la transparencia y la salud pública, legalizar la prostitución lo mismo que se hizo en Estados Unidos con el alcohol y debería de hacerse con las drogas. En enero pasado, un grupo de prostitutas ibicencas dio el primer paso constituyendo una cooperativa que cotiza a la Seguridad Social. Si a los ciudadanos se les considera suficientemente racionales para poder elegir a sus gobernantes, no veo por qué el Estado debe tratarlos en el terreno íntimo como niños incapaces de saber lo que quieren y necesitados de tutela.

María José Villaverde es catedrática de la Universidad Complutense de Madrid.

http://elpais.com/elpais/2014/02/24/opinion/1393272081_727569.html

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Las mafias del sexo asiático captaban chicas por internet

Las captaban a través de páginas web o incluso a través de anuncios en los periódicos más leídos de una región de China, allí venía un móvil español y fue uno de los hilos de donde comenzaron a tirar los investigadores.

Les prometían sueldos mensuales por encima de los 4.000 euros por trabajar en centros de belleza o de masajes. Hacer eso con unas niñas de apenas 16 y 17 años era tener casi garantizado el éxito del engaño.

Querían captar a ciudadanos que quisieran viajar a Europa pero que carecieran de medios económicos para ello. La gente llamaba pero ellos seleccionaban sólo a mujeres. Es más, pedían fotos para valorar si cumplían el perfil. La investigación policial comenzó en 2010 en torno al famoso karaoke de Parla llamado El Cielo y El Mundo, que aglutina practicamente todos los hechos delictivos que comenten los chinos en Madrid: prostitución, drogas, apuestas ilegales, armas…

La demanda de chicas en el local abrió las puertas para ampliar el negocio de la prostitución y no sólo en el local de ocio, sino también en pisos para poder ofrecer a las mujeres asiáticas a cualquier hora del día. A partir de las diez de la noche estaban disponibles en el karaoke; el resto del tiempo, en los 15 chalés de esa zona de Parla. Y es que ése fue otro de los movimientos de la organización delictiva que alertaron a los investigadores: se produjo un alquiler masivo de chalés en las cercanías de El Cielo y El Mundo por parte de ciudadanos chinos. Allí era donde meterían después hacinadas y en condiciones casi infrahumanas –las habitaciones ni siquiera contaban con ventanas– a las jóvenes. Estaban obligadas a trabajar las 24 horas del día y debían dar el 40 por ciento del servicio a la organización. El control sobre ellas era tan férreo que incluso recibían insctrucciones muy concretas respecto a cuál debía ser su comportamiento, su vestimenta y su trato con los clientes, para que éstos quedasen satisfechos con el servicio prestado por esta organización criminal que trabajaba como una empresa –había captadores, falsificadores, madammes, cuidadores, conductores…–. Es más, si no cumplían las condiciones o algún cliente daba una queja de ellas, las mujeres eran sancionadas con multas económicas muy elevadas. Además, una vez que llegaban aquí estaban obligadas a ejercer la prostitución al menos durante un año. También tenían que saldar la deuda contraída con la organización por su traslado a España, de entre 12.000 y 14.000 euros. En ocasiones las víctimas llegaban a España por vía aérea, directamente desde China o haciendo escala en Italia. En este caso, bastaba con que éstas tuviesen su pasaporte original en vigor, mientras la organización que las habían captado se encargaba de tramitar sus visados Schengen fraudulentamente. El precio del traslado oscilaba en torno a los 14.000 euros, a abonar entre China y España. Otras veces lo hacían mediante una combinación de rutas aéreas y terrestres. En este caso, las víctimas salían de China en avión con destino a Turquía, portando su pasaporte original y visado de negocios turco. Una vez en Turquía, cruzaban ilegalmente la frontera con Grecia a pie y, desde este último país, viajaban en avión hasta España con documentación falsa o falsificada proporcionada por la organización. En este caso, el precio del traslado oscilaba en torno a los 12.000 euros.

Gracias a esta operación, la Brigada Central contra la Trata de Seres Humanos ha logrado acabar con dos redes de explotación sexual. El cabecilla de la trama fue detenido en un hotel de Zaragoza y entre las dos, que rivalizaban por el control del comercio sexual asiático en la zona sur de la región, poseían once fincas con un valor aproximado de 2.750.000 euros, lo que hace pensar que el volumen de negocio era elevado. En total se han practicado 27 detenciones (26 chinos y un español)–que ya se encuentran en prisión provisional– y se ha logrado liberar a 25 mujeres explotadas, ahora en manos de organizaciones como Apramp. Desde esta organización especializada en la acogida de prostitutas una vez que se deciden a denunciar y pasan a ser testigos protegidos, recordaban ayer que hace falta un centro específico para tratar a este tipo de mujeres por parte de las administraciones. «Hasta que sale el juicio no pueden regresar a su país, que en la mayoría de los casos es lo que quieren», asegura Rocío Nieto, de Apramp.

En los registros domicilarios practicados se han intervenido 35.000 euros y 15.000 yuanes (1.800 euros) en efectivo, sustancias estupefacientes en pequeñas dosis –«cristal», cocaína, hachís–, armas de fuego y munición, cócteles molotov preparados para uso, machetes, 18 teléfonos y cuatro vehículos de media y alta gama.

El director general de la Policía Nacional, Ignacio Cosidó, calificó esta operación como un «éxito completo» y recordó los satisfactorios resultados del Plan Policial contra la trata de seres humanos con fines de explotación sexual.

http://www.infanciahoy.com/despachos.asp?cod_des=10968&ID_Seccion=165

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El oficio más antiguo

Tito Reséndez Treviño

1°- ¿CUÁL ES?.- La prostitución se define como el acto de participar en actividades sexuales o hacer el sexo a cambio de dinero o bienes. Aunque esta actividad es llevada a cabo por miembros de ambos sexos, es más frecuente en mujeres, aunque también se aplica a hombres. La prostitución puede ser tanto heterosexual como homosexual, y puede involucrar a travestidos y transexuales. El término genérico empleado para referirse a quien la ejerce es prostituto/a.
2°- DEFINICIÓN COLOQUIAL.- Según el Diccionario de la Real Academia Española, la prostitución es la “actividad a la que se dedica quien mantiene relaciones sexuales con otras personas, a cambio de dinero”, aunque suele considerarse del mismo modo cualquier otro tipo de retribución.
Al hablar de prostitución, se sobreentiende que la persona que la ejerce no aplica más criterio en la elección del cliente que el de recibir el pago correspondiente, es decir, que no existe ningún tipo de emoción ni relación afectiva. De modo que, en un sentido más coloquial de la palabra, se dice también que se prostituye, por extensión, cualquier persona que “vende” sus servicios profesionales (no sexuales) por una causa que no le importa o incluso que considera indigna, con el único aliciente de recibir un pago.
Algunos sinónimos de prostitución son lenocinio, trabajo sexual, comercio sexual y trata de blancas…
3°- ACTIVIDAD ILÍCITA.- La prostitución es hoy día una práctica ilegal en muchos países, propia de ambientes marginales y relacionada con otras formas de delincuencia.
Muchas mujeres y niños son obligados a ejercerla por parte de individuos dedicados a este negocio, hasta el punto de que las Naciones Unidas, ya en 1949, promovieron una convención para el control de la prostitución y la lucha contra el tráfico de personas esclavizadas generado a su alrededor.
4°- CONDICIONES LABORALES.- En algunos países, principalmente en Europa Occidental (Holanda y Alemania), la prostitución es un oficio regulado en el que sus trabajadores y trabajadoras pagan sus impuestos y no arrastran una imagen social tan degradada; sus partidarios consideran a las personas que ejercen la prostitución un tipo más de trabajador sexual.
5°- MODELO ABOLICIONISTA.- Sin embargo, en otros países del mismo entorno, la situación jurídica y social es diferente: en Suecia, Noruega e Islandia, se persigue la prostitución, pero no la labor de las prostitutas (es el llamado «modelo abolicionista»): allí, la prostitución se considera una forma de violencia contra las mujeres, y se penaliza a los hombres que las contratan para comprar sus servicios sexuales; en la mayor parte de los casos, las prostitutas son víctimas que requieren ayuda, y se intenta educar al público masculino para evitar la compra venta sexual.
6°- PROXENETA.- El proxeneta es la persona que recibe un porcentaje de los beneficios conseguidos por la prostituta (en México se les conoce coloquialmente como “padrotes”)
7°- ETIMOLOGÍA.- El término prostitución proviene del latín “prostitutio”, que tiene el mismo significado que el actual y que a su vez proviene de otro término latino, “prostituere”, que significa literalmente ‘exhibir para la venta’.
Una versión ampliamente extendida sobre el origen del término, es la palabra “puta! que según los lingüísticos es aplicada incorrectamente toda vez que el término «puta» viene del verbo latino putare, que significa ‘pensar’.
En este contexto, «puta» es un vulgarismo relativamente moderno, desconocido para los romanos.
8°- OTRA TERMINOLOGÍA.- A lo largo de la historia ha existido una gran cantidad de términos tanto para referirse a la prostitución como a las personas que la practican, a los clientes, a los lugares y a las actividades relacionadas.
Los distintos países de habla hispana usan diferentes términos coloquiales como sinónimo de prostituta, con mayor o menor carga negativa, existiendo una gran cantidad de términos en cada variante del español.
El término coloquial más extendido en los países de habla hispana para referirse a una prostituta es puta, palabra que conlleva una fuerte dosis de desprecio…
9°- ADEJETIVOS.- Otros términos actuales para referirse a las prostitutas son, “dama de compañía”,” cortesana”, meretriz, cuero, loba, puta, pupila, mujerzuela, zorra, tacón dorado y ramera.
10°- Y PARA CERRAR.- A propósito de esta última palabra, ella nos recuerda el impío poema de Antonio Plaza que dice: “Es tu amor nada más lo que ambiciono, con tu imagen soñando me desvelo; de tu voz con el eco me emociono, y por darte la dicha que yo anhelo si fuera rey, te regalara un trono; si fuera Dios, te regalara un cielo. Y si Dios de ese Dios tan grande fuera, me arrojara a tus plantas ¡vil ramera!”.

http://eldiariodevictoria.com.mx/2013/05/01/el-oficio-mas-antiguo/

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