Así pasé una hora con una muñeca por 80 euros en el prostíbulo de las sex dolls de Barcelona

Un club de Barcelona es el pionero en Europa. Oferta 4 figuras para practicar sexo: una caucásica, una africana, una asiática y un personaje manga. Son de silicona y pesan 40 kilos. Un reportero de EL ESPAÑOL acudió el día de la inauguración.

Lily, asiática, 1,61 de altura y 40 kilos de peso, es una sex doll.

Lily, asiática, 1,61 de altura y 40 kilos de peso, es una sex doll.

 

Me cuentan en la redacción que está a punto de abrir en Barcelona el primer burdel de Europa de muñecas hinchables. En efecto, aún no lo habíamos visto todo en esta vida. Llamo al teléfono que sale en la web para pedir un reportaje y me atiende Gina, la chica de prensa. “No daremos entrevistas hasta que pase un mes. Ya hay un par de medios más interesados”, se disculpa. 

Se lo explico a mi jefe y le advierto de que, si esperamos, se nos pueden adelantar otros medios, pero que lo que yo no pienso hacer es ir de cliente y zumbarme a una muñeca de plástico. “Yo nunca me he metido en la vida sexual de mis redactores. Tú sabrás qué haces con ella. Pero vas, te haces pasar un cliente y lo cuentas”, me contesta.

De izquierda a derecha: Aki, personaje de manga, Niky, la muñeca caucásica y Lily, la asiática

De izquierda a derecha: Aki, personaje de manga, Niky, la muñeca caucásica y Lily, la asiática

Lumidolls es el nombre del club en cuestión. El nombre ya lo resume todo: lumi (prostituta) y doll (muñeca). Para ir hace falta pedir cita previa con una de las 4 figuras disponibles: Niky, la caucásica, Leyza, la africana, Lily, la asiática estándar y Aki, la asiática de pelo verde que imita a un personaje de manga. En realidad no son muñecas hinchables, sino réplicas humanas hiperrealistas de silicona. Una especie de maniquís articulados con rasgos muy exuberantes. El precio de cada unidad ronda los 5.000 euros. Pasar una hora con una de ellas en Lumidolls, 120 euros.80 estos días, por la promoción inaugural.

CONCERTAR UNA CITA

Escribo un mail pidiendo cita con Aki, porque dado lo bizarro del reportaje, prefiero elegir a la más rara. Me contestan a los pocos minutos. Vuelve a ser Gina, la chica de prensa, que también se encarga de concertar las citas y no sabe que soy yo. Ahora también se disculpa: la única muñeca disponible para el fin de semana es Lily, la asiática estándar. Inauguran el viernes y ya tienen el fin de semana completo. Me maravilla que, sin haber hecho publicidad, ya haya tantísima gente esperando a pagar 80 euros por tirarse a un muñeco.

Leiza es la muñeca africana de Lumidolls

Leiza es la muñeca africana de Lumidolls

Contesto que Lily estará bien. Total, no voy a tener sexo con ella. Mi decisión me enfrenta a las presiones de los sectores más radicales de la redacción de EL ESPAÑOL, que consideran que tengo que consumar por el bien del periodismo. El tema provoca debate, cachondeo y muchas preguntas: ¿Cómo la limpian? ¿Sexo con una muñeca son cuernos?, ¿Cómo desinfectan los orificios?, ¿Hemos tocado fondo como especie?, ¿Seguro que los desinfectan?

PRIMER PERCANCE

Me dan hora con Lily el viernes a las 7 de la tarde. Los problemas empiezan a las 6. Gina me escribe un Whatsapp para decirme que hay un contratiempo y que tendremos que suspender la cita. La llamo para que me lo aclare: “El anterior cliente se ha debido de emocionar mucho, porque le ha roto una teta. Y mira que esta silicona es dura, eh. Pero la ha agujereado. Igual le ha pegado un bocado”, se disculpa. Es la tercera vez que tiene que disculparse y aún no he llegado. Yo no me lo puedo creer y le contesto: “¿Cómo que le han agujereado una teta? ¿Pero me va a poder recibir o no? ¡Porque yo he venido desde Madrid sólo para estar con ella!”. Todo eso lo digo casi a voces en mitad de la calle Ferran de Barcelona, un eje comercial muy transitado. No he medido bien.

El cliente puede elegir con qué ropa y en qué posición espera la muñeca

El cliente puede elegir con qué ropa y en qué posición espera la muñeca

Gina me asegura que sus jefes la están reparando, y que si estoy dispuesto a esperar un ratito más, podré pasar una hora con mi muñeca asiática. Yo doy el OK y llego a Lumidolls con media hora de retraso. El club está en el entresuelo de un viejo edificio, en una callejuela estrecha del centro de Barcelona, muy cerca de la Rambla. Comparte planta con un hostal. Me abre la puerta Gina, que además de atender a la prensa y concertar citas, también se encarga de recibir, cobrar, vestir a la muñeca y proporcionar al cliente preservativos y lubricante.

LILY Y LA GANGRENA

El club en realidad es una casa compuesta por un comedor y varias estancias aparte. Llegamos a la habitación y ahí está Lily. Me espera sentada en la cama y vestida con un camisón rosa. En realidad, el parecido con un ser humano es asombroso. Tanto, que creo ver gangrena en sus brazos. “Oh no, eso es porque el anterior cliente ha pedido que se la vistan de negro y parece que la ropa ha desteñido”, se disculpa (de nuevo) Gina. “¿Y la teta rota?”, le pregunto yo. Ella me la enseña: “Nada, como nueva. Tiene como una pequeña cicatriz. Era un cliente muy alto y muy grande. Creo que le ha pegado una paliza”. También me fijo que cuando la construyeron no calibraron bien las retinas y es estrábica.

El vestido negro que pidió el cliente anterior destiñó en la piel de Lily

El vestido negro que pidió el cliente anterior destiñó en la piel de Lily

Gina me pregunta cómo he conocido Lumidolls. Yo no sé muy bien qué contestarle e improviso que ya está viendo mi barba y mi camisa de cuadros; que soy un hípster, y como somos medio idiotas, nos gusta hacer cosas que no hace el resto de la gente, comprarnos el Iphone el día que sale y esas tonterías. Que yo en realidad esto lo hago para fardar luego. Y que por eso me gustaría que me explicase más cosas sobre las muñecas. Es la única forma que encuentro de sacarle información sin que sepa que soy el periodista que la llamó el día anterior. Y ella me lo cuenta.

ORIFICIOS DE 17 CENTÍMETROS

Las sex dolls son, como su propio nombre indica, muñecas diseñadas para practicar sexo. Están hechas de silicona quirúrgica. Son piezas únicas y no se fabrican en serie. Miden entre 1,60 y 1,70 metros, pesan 40 kilos y sus rasgos son hiperreales. El esqueleto contiene unas varillas metálicas flexibles que le permiten articularse y ponerse en posturas realmente curiosas. Cada muñeca tiene 3 orificios de 17 centímetros de profundidad:boca, vagina y ano. Cuatro en el caso de Lily, que tiene un seno agujereado. Son juguetes que tienen mucho éxito en Japón, la meca de este tipo de fetiches sexuales, aunque estas en concreto están fabricadas en Estados Unidos. El pelo no es natural, pero en Lumidolls ya han programado la compra de pelucas para customizarlas.

“¿Y esto es higiénico?”. Gina, que también es (cómo no) la persona encargada de limpiarlas, me responde que las lavan antes y después de cada uso “con un jabón que se usa en los hospitales. Para los orificios uso una de esas pistolas de presión, tipo Karcher”. Con eso se asegura, me dice, que queden totalmente desinfectadas. No obstante, siempre recomiendan al cliente utilizar un condón; ella misma lo facilita junto al lubricante.

Aunque es una muñeca de silicona, Lily celebra los goles haciendo el arquero, como Kiko Narváez.

Aunque es una muñeca de silicona, Lily celebra los goles haciendo el arquero, como Kiko Narváez.

En la habitación también hay unas velitas para ambientar, toallas, una (sola) copa de cava (no han tenido el detalle de ponerle una a Lily), un bol con fresas, un hilo musical en el que suena algo muy romántico que me recuerda a Michael Bolton y una televisión en la que sólo ponen porno. Elementos más que suficientes para tener el mejor polvo de tu vida con un objeto inanimado.

Gina cierra la puerta y me deja a solas con la muñeca. “Pobre Lily. Qué te han hecho”, le pregunto. Lily no me responde. Tampoco se queja cuando le aprieto la teta, pero la cicatriz se abre y sale una burbuja; como una pompa de chicle de fresa. Eso provoca un desequilibrio dentro del seno y se le queda un agujero encima del pezón, como si la hubiesen apuñalado. Casi tengo el reflejo de pedirle disculpas.

El anterior cliente no controló su fuerza y le destrozó un pecho a Lily

EL ANTERIOR CLIENTE NO CONTROLÓ SU FUERZA Y LE DESTROZÓ UN PECHO A LILY

Lily huele muy bien porque además de lavarla le han puesto colonia. El tacto es bastante curioso. Es mullida pero firme, como esas pelotas antiestrés que se aprietan fuerte con las manos. Está bastante más fría que un ser humano y, sobre todo, pesa mucho. Muchísimo. Me doy cuenta al levantarla para examinarla. Aunque es la más bajita de las cuatro muñecas (mide 1,61), es difícil maniobrar con ella. En uno de esos meneos se le cae la peluca. Lo que le faltaba a Lily. Por detrás se le da un aire a Iván De la Peña. Yo ya había tomado la decisión de respetarla como muñeca y no tener sexo, pero así ya es imposible. Con el brazo engangrenado, la teta pinchada, calva y con un ojo mirando a Tokio, no puede haber nada de libido y sí mucho de compasión.

Lily, contrariada porque es calva y no le gusta que le hagan fotos sin peluca

Lily, contrariada porque es calva y no le gusta que le hagan fotos sin peluca

Como he decidido no probarla sexualmente, paso un buen rato colocándola en posiciones graciosas. La pongo a hacer el saludo surfero de Ronaldinho, o la celebración del arquero de Kiko Narváez. Cuando me canso de símiles futbolísticos la pongo a imitar a un egipcio, a un italiano gesticulando, a un heavy y a Chiquito de la Calzada. Sus 40 kilos de peso me desgastan mucho la espalda y su gangrena me pringa las manos. En cada movimiento, ella queda más maltrecha. El pecho empeora por momentos y cada vez es más difícil recolocarle la peluca, porque los cabellos se le enganchan al cuerpo. Ella me observa impasible con su ojo a la virulé.

SAYONARA LILY

Gina me dijo que me avisaría cuando hubiese pasado una hora. No da lugar. Cuando me he cansado de hacer el imbécil abandono la habitación, advirtiendo de que la buena de Lily ha tenido un debut muy duro y la van a tener que retirar un tiempo, porque está muy lesionada. El seno izquierdo está destrozado. Gina me cobra los 80 euros y se la lleva a lavar con la Karcher, que Lumidolls abre de 10 de la mañana a 10 de la noche (como un Carrefour) y seguro que ya hay otros clientes esperando.

Apretando el pecho de Lily le sale la silicona quirúrgica por la herida

Apretando el pecho de Lily le sale la silicona quirúrgica por la herida

Yo me despido y me marcho repasando las fotos que le he hecho con el teléfono móvil. No es un ser vivo, pero me genera compasión. Eso me permite comprender que haya gente a la que le suscite otro tipo de sentimientos y pague por pasar una hora con estas muñecas. Vuelvo a mirar la foto de la teta pinchada. Pobre muñeca. Qué debut más duro. Sayonara Lily; mañana será otro día.

http://www.elespanol.com/reportajes/grandes-historias/20170225/196480602_0.html

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Marconi, a carne y fuego

  • El polígono del sur de Madrid es el mayor prostíbulo a cielo abierto de España

  • Allí trabajan día y noche, a veinte euros el servicio, 400 mujeres. Muchas son esclavas sexuales de las mafias

Una prostituta se calienta junto a una hoguera apostada en una esquina del polígono Marconi, en la zona sur de Madrid, a la espera de clientes.

Una prostituta se calienta junto a una hoguera apostada en una esquina del polígono Marconi, en la zona sur de Madrid, a la espera de clientes. / Alberto Ferreras

FRANCISCO APAOLAZA

Sobre la acera en la que se ofrece, la mujer ha pergeñado un humilde fuego en el que arden las astillas de un palé de madera roto. Desde un cielo nublado y naranja, industrial y descarnado, desciende, tenaz y cansada, una lluvia que todo lo empapa. La Venus de Milo del Sur de Madrid ha colocado sobre la hoguerita dos tablas de contrachapado que se sujetan una con la otra como un tejado y cubren su lumbre para que el agua y la noche no la apaguen. Posa casi desnuda. Viste un tanga y unos tacones de charol blanco. Todo lo demás es piel erizada y mojada, y sus dos pezones se han contraído por el frío y el agua. El paraguas claro descansa sobre el hombro derecho y ella ladea sobre él la cabeza y suspende la mirada en el vacío, como esas chicas de los jardines de Renoir. Para aprovechar el calor, ha doblado su cuerpo en cuclillas encima del fuego y, sentada sobre los talones, ha abierto las piernas sobre la llama que calienta sus muslos y su sexo, de manera que parece que la mujer está pariendo un puñado de brasas. Desde el otro lado de la calle se puede sentir su perfume mareante de canelas, melocotones y pachulíes que sube de nota conforme uno se acerca a ella. «¿Qué quieres, guapo?», pregunta con amabilidad aunque sin excesiva cercanía. Aleksandra nació en Rumanía, tiene 23 años y ofrece sus servicios de puta en Madrid en el supermercado de la carne, el mayor prostíbulo a cielo abierto de España, un mar de esclavas y de kleenex usados que se conoce como Marconi.

Siete de la tarde. Unas manzanas más allá, aún recorren las calles chavales con mochila y bocadillo de chocolate que se desfogan en brincos y carreras después del colegio. Una calle separa dos galaxias distintas. A un lado, la inocencia familiar de cualquier urbanización de Madrid a esa hora, el terreno de la indignación vecinal. Al otro, chisporrotea el fueguito de Aleksandra, que es uno entre cincuenta como los faros de una costa desconocida, oscura, atroz y amenazante. Cada pocos metros se eleva una hoguera en mitad de la noche. Cada fuego alumbra el cuerpo de una mujer. En las calles del polígono no hay fábricas, pero sí coches. Circulan despacio porque allí siempre es hora punta. Son cientos. Reducen la marcha para ver de cerca la mercancía, lanzan un grito desde la ventanilla, negocian el precio y, poco después, paran a un lado de la carretera. A través de las ventanillas se adivinan siluetas en diversas posturas, un porno de sombras. Después, ellas bajan y caminan de nuevo sobre una acera tapizada de pañuelos de papel y los coches vuelven a circular.

El mapamundi del sexo

Se calcula que 400 chicas hacen la calle en Marconi, que es como se conoce al polígono de Villaverde y al de El Gato. Esta es una selva antigua, crecida después de que se desmantelara la Casa de Campo, el tradicional caladero de la prostitución madrileña. El mapa del sexo está dividido por países. El corazón de esa geografía es la zona de las hogueras, pero el reino del sexo va mucho más allá. En las afueras de esa ciudad sin ropa, otras chicas remiten a placeres más furtivos. Casi no se las ve. En el extrarradio de Marconi, en un rincón sin luz aguardan los rostros hipermaquillados, fecundos y casi selváticos de las transexuales y la belleza furtiva, discreta y frágil de media docena de muñequitas de porcelana oriental. Allá están las chinas. Más acá, el suelo lo ocupan las rumanas, algo más lejos las ecuatorianas, nigerianas… Cada esquina y cada trozo de acera tiene un dueño, un color de piel y un acento distinto. El producto está ordenado y mapeado en los foros puteros de internet donde aparece el color de piel, el aspecto, el nombre y hasta los servicios que ofrece cada una de ellas. «Aquella acepta no usar preservativo…».

Cada palmo de terreno es un bien codiciado que tiene dueño. Lo controlan las mafias. En cada puesto se relevan las chicas, que pagan un canon de sus beneficios a los señores feudales de ese asfalto. Ellas mismas están controladas en su mayor parte por las mafias y las vigilan otras veteranas. Algunas mujeres pasean entre ellas, les llevan tabaco y por supuesto, cuentan los clientes y las ganancias. Su gesto es servil, pero en realidad son la cadena en el tobillo. Los chulos no se dejan ver. Algunos controlan desde las atalayas de los edificios, en habitaciones calientes lejos del frío y de la lluvia. También vigilan a los reporteros desde furgonetas blancas. Uno de ellos, de pronto, recorre la acera a pie camino de ninguna parte para dar su mensaje a las chicas y al periodista: os estamos vigilando.

Ninguna quiere hablar. Caderas anchas, pechos asomando tras una red de encaje, pongamos que se llama María. Se excusa -«estoy trabajando»-, pero acepta llamar al reportero más tarde. La conversación tiene lugar al día siguiente camino de la farmacia: «No quiero hablar. Tengo mucho miedo». La mayor parte de las chicas no pasa del anuncio de su tarifa. Cuesta creer que aquella veinteañera de metro ochenta de las piernas largas y los ojos de hierbabuena, esa mujer que podría estar en una pasarela o bailando de gogó en una discoteca, esa diosa eslava esté allí pasando frío y haciendo sexo dentro de un coche por veinte euros. Se calcula que son 400. A cuarenta servicios por cabeza, cada día en Marconi sale a 16.000 polvos. A estas alturas del reportaje se habrán imaginado que en esas calles hay más ley que la de la oferta y la demanda.

Sobre cada par de tacones se erige un edificio quebrado, una historia que salió mal. A Lis se le torció la vida el día en el que la echaron de su trabajo de secretaria en un despacho de abogados de Sao Paulo, en Brasil, y de un golpe se le acabó el dinero para pagarse la carrera de Derecho. En esa mala hora conoció a una chica que le ofreció una solución: viajar a Europa a trabajar de camarera y a cuidar niños y viejos. «El plan era ganar en un par de años lo que le costaría después acabar la carrera». Aquella chica fue trabando relaciones de amistad con la gente de Lis y alrededor de ella tejió la tela de araña de la confianza. Pasó un par de meses sopesando la decisión. No suponía entonces que unos años más tarde terminaría esnifando cocaína con un cliente en una cuneta de Villaverde.

Quizás podría haberlo sospechado cuando a las siete chicas del grupo les dieron las instrucciones del viaje: llevar 500 euros encima para justificar ante la Policía de Extranjería que viajaban a Europa de vacaciones, disimular y no dar señales de que conocían a otras chicas. Brasil, Italia, Portugal… Comenzaron a moverlas. «La primera semana nos trataron como reinas». Vivían juntas en un piso, pero el trabajo prometido no llegaba. Entonces, la chica no fue tan simpática. Las reunió en un salón del chalet y, rodeada de cuatro matones, les confesó que ese viaje no era el que habían pensado: «Nos dijo que allí no habíamos venido a cuidar ancianos, sino a ejercer la prostitución». Les quitaron el pasaporte. En ese mismo instante de desconcierto comenzaron las amenazas y las palizas. También les dieron otra noticia: debían 5.800 euros. Entonces Lis ya podría añadir a su currículum un trabajo de esclava sexual en una red de trata de blancas. Pese a todo el dinero que ganaría en adelante, nunca darían esa deuda por satisfecha, así que viviría atrapada por las redes criminales.

El peaje que las mafias reclaman a las africanas es mucho mayor: hasta 50.000 euros por traerlas a España, en la mayor parte de los casos en condiciones infrahumanas y jugándose la vida. Diversas organizaciones han llegado al consenso de que ocho de cada diez prostitutas de las que trabajan en España (se calcula que son 300.000) no lo hace por su propia voluntad y está en manos de los proxenetas y de las mafias, sobre todo rumanas, brasileñas y españolas. No son todas. En 2015 nació en Madrid la Asociación Feminista de Trabajadoras del Sexo que reclama el papel de las mujeres que ejercen libremente.

Drogas por fuerza

«Antes que a Marconi nos llevaron a Sevilla, a una casa. Nos enseñaron a beber mucho alcohol y a usar drogas, porque así los clientes gastaban mucho más. Salvo pincharnos, nos obligaron a tomar todas las drogas». Las adicciones son comunes entre las mujeres. En agosto encontraron a una de ellas muerta por una sobredosis en el polígono. Llevaba dos días cadáver. Ese mismo mes, la Policía encontró el cuerpo de un hombre de 70 años que había fallecido al parecer de un infarto mientras se encontraba consumiendo drogas con una prostituta.

Cuando estaban ‘formadas’, las trajeron a Madrid y anduvieron de aquí allá. «Cada veinte días cambiábamos de ubicación porque los clientes quieren siempre carne fresca». Hay que mover la mercancía, así que cada cierto tiempo cambian. Rocío Mora, de la Asociación para la Prevención, Reinserción y Ayuda a la Mujer Prostituida (APRAMP), admite que un gran porcentaje de las chicas «no sabe ni en qué ciudad está».

Al cabo del tiempo, Lis llegó a Marconi y se vio junto a una de esas hogueras. «Pareces muy libre porque enseñas las tetas, pero en realidad allí no hay libertad ninguna», explica. En esa ciénaga de asfalto, se sentía vigilada constantemente por las chicas y también por los proxenetas que observan la maquinaria tras los cristales de un asador cercano. Cada día tenía una misión: cuatrocientos, quinientos, seiscientos euros. Un servicio son 20 euros, pero no siempre. «Hay mujeres deterioradas física y psicológicamente que lo hacen por cinco. Hasta que tenías el dinero no podías volver a casa, así que podías pasar allí el tiempo que fuera. Si volvías sin el dinero, te acusaban de haberlo robado y te pegaban». En casa, las amenazas eran constantes. Muchas de las mujeres prostituidas están advertidas de que, si no siguen con el juego, van a atacar a sus seres queridos en sus países de origen. Llamar a la Policía es, para ellas, un absurdo, pues creen que son cuerpos corruptos y que las van a delatar a las mafias. «Nos hacen creer que la Policía es como la de nuestros países. Nos tienen encadenadas mentalmente». A las nigerianas las controlan con santeros de vudú. Al llegar a casa, si se quejaba, recibía una paliza. «Nos pegaban, pero no en la cara, porque perdíamos valor en la calle». Además de los golpes le ofrecían la excusa: «Cuando los clientes preguntaban, teníamos que decirles que nos habíamos caído o que a otro cliente le gustaba el sado».

Las condiciones en la calle son infrahumanas. Catorce horas trabajando sin comida a base de café, cigarros, alcohol y drogas. El frío siempre termina por hacer mella, así que las chicas enferman. El mensaje es claro: «Tienes que seguir trabajando». A los pocos meses, casi todas arrastran enfermedades, pero la deuda nunca se cubrió. Lis tocó fondo después de pasar una semana con un cliente teniendo sexo y consumiendo cocaína. Facturó 16.000 euros y reclamó que la mafia reconociera que cancelaban su deuda. Se negaron y ella se dio cuenta de que nunca saldría de ese agujero. «Pensé: o me escapo, o me matan». Y voló. La brasileña aceptó por fin la ayuda de APRAMP, que se esfuerza en ofrecer salidas reales a las mujeres. Lis denunció a los que la habían explotado y vivió tres años en un piso de protección. Pasó años rehabilitándose de su adicción a las drogas, aprendiendo oficios y asistiendo a terapia para reconstruir los escombros en los que se había convertido su vida. Meses después, sufrió una trombosis coronaria con la que pagó por todos sus excesos con los clientes. La prostitución estuvo a punto de matarla. «Estaba destruida». Hoy es agente social y patrulla las mismas calles de Marconi en una unidad de rescate de APRAMP que ofrece ayuda a las mujeres que están en su situación.

En Villaverde siguen entrando coches. Abren las ventanillas, negocian el precio de la carne, siguen adelante, vuelven a negociar, se detienen, se van… El servicio no para ni un minuto. «Es una forma más de ocio -admite Lis-, pero la gente no se da cuenta lo que hay detrás. O quizás no quiere verlo. Dicen que el de puta es el oficio más antiguo del mundo, pero yo creo que el más antiguo es el de mirar a otro lado».

En Marconi, a simple vista, los clientes no son más que siluetas. No hay un perfil definido, aunque cada vez son más jóvenes. El mito del putero sesentón se desvanece. Cada vez son más jóvenes y abundan las cuadrillas de adolescentes de hasta 14 años que han integrado las fiestas sexuales en Marconi en su rutina de ocio. Se sabe, según datos de Eurostat, que en España el 33% de los hombres ha ido de putas al menos una vez en su vida.

JOVEN, EXTRANJERA Y CON HIJOS

La prostitución es el segundo negocio que más ingresos genera en el mercado negro internacional, una lista encabezada por la falsificación de medicamentos. El perfil de la prostituta en España es el de una mujer extranjera, de menos de 35 años y con hijos a su cargo. Según un informe de Cáritas, la crisis ha llevado a muchas mujeres españolas a vender su cuerpo para sacar un dinero con el que subsistir; en la mayoría de los casos, sin conocimiento de su entorno familiar. Muchas inmigrantes afincadas en nuestro país que habían abandonado esta forma de vida se han visto obligadas a retomarla a causa de la precariedad económica.

SEXO BARATO

Por zonas: Las prostitutas se distribuyen según su raza y procedencia.

Los clientes: Cada vez más jóvenes, los hay incluso de 14 años.

400 mujeres ofrecen servicios de prostitución en el polígono Marconi, en Villaverde, a las afueras de Madrid.

40 servicios sexuales puede llevar a cabo una mujer en un día. Gran parte de estos ingresos son para los proxenetas.

20 euros es el precio medio de un ‘servicio’ en el polígono Marconi. Las más deterioradas lo hacen por cinco euros.

300.000 prostitutas se ganan la vida en España ofreciendo servicios sexuales a cambio de dinero. La mayoría son extranjeras.

80 de cada cien mujeres que ejercen la prostitución no lo hacen por su propia voluntad. Son controladas por proxenetas y mafias que las trajeron de sus países de origen.

33 de cada cien hombres españoles confiesan haber contratado en alguna ocasión servicios de prostitutas.

http://www.laverdad.es/murcia/sociedad/201701/15/marconi-carne-fuego-20170115005909-v.html

 
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Pagar por sexo, normal entre los jóvenes

Los chicos han integrado ir de prostitutas en grupo como parte del ocio

Lo hacen más por una satisfacción emocional que sexual y no sienten ningún dilema ético

Dos chicos jóvenes conversan con una prostituta en Madrid. Reportaje Gráfico: JAVIER BARBANCHO

  • IRENE HDEZ. VELASCO

Lucas y Javier son dos amigos universitarios de 21 años. Cuando llega el sábado y no tienen nada mejor que hacer, cuando no cuentan con un plan más apetecible, se suben en el Ford Focus gris de Lucas y ponen rumbo a la colonia Marconi, en Madrid sur. Dan vueltas, observan divertidos a las mujeres que allí ofrecen sus servicios sexuales a cambio de dinero, hacen comentarios obscenos sobre el cuerpo de ésta o aquella y deciden qué chica les gusta más. Entonces, detienen el vehículo y comienzan a negociar. Cuando han cerrado el precio, uno de ellos sale del coche mientras el otro recibe en el interior el servicio sexual que haya contratado. Y luego, lo mismo con el otro. “Depende de la chica, claro, pero hemos echado polvos de película por sólo 15 euros”, asegura Javier.

No les gusta ir por ahí aireando que van de putas. “Sobre todo entre las chicas, muchas se lo toman mal”. Pero tampoco tienen conciencia de estar haciendo nada malo. “Estoy en contra de las mafias que explotan a mujeres, eso sí, pero éste es el oficio más antiguo del mundo, siempre existirá y las que quieran ejercerlo libremente tienen derecho a hacerlo“, dice Lucas.

Cambiamos de escenario. Un sábado reciente en el café espectáculo (léase puticlub) Flowers, en la carretera Madrid-A Coruña. A la 1.30 horas un grupo de cinco ruidosos veinteañeros sube la escalera de mármol rematada con columnas de estilo romano por la que se accede al local. Saludan a los gorilas vestidos con traje negro que vigilan el acceso, entran, se piden una copas (12 euros el cubata, 10 euros el refresco) y se acodan en la barra ovalada mientras una treintena de mujeres dan vueltas a su alrededor, en plan pasarela, y se van parando sucesivamente junto a ellos para que comprueben el material. Los chavales las observan con deseo y las toquetean entre risas mientras apuran sus cigarros, que como el resto de clientes apagan sin contemplaciones pisándolos contra el suelo. Tienen que elegir una mujer para uno de ellos porque, aunque han hecho un fondo común, esta vez el dinero no les alcanza para todos. Lo han echado a suertes y el ganador tendrá como premio acceder al cuerpo de una mujer a cambio de billetes.

España, ya se sabe, es el tercer país del mundo con mayor demanda de sexo de pago y el primero de Europa, como ya recogía en 2008 un informe de la ONU. Pero la novedad es que cada vez más son chavales los que recurren a él. Representantes policiales llevan algún tiempo alertando de la “bajada escandalosa” de la edad media de quienes pagan a mujeres a cambio de sexo. “Nos imaginamos al señor de corbata de 50 o 60 años, pero la realidad es que el cliente es mucho más joven, de 19 o 20“, señalaba ya en 2015 el inspector jefe José Nieto, al frente del Centro de Inteligencia de Análisis de Riesgo de la Policía Nacional.

“Están cambiando mucho y muy rápidamente los hábitos de los jóvenes. Cada vez es más común que grupos de chavales recurran a prostitutas como mero entretenimiento. Para ellos, el sexo de pago es algo normal. Igual que consumen alcohol y marihuana, la prostitución es una diversión más”, cuenta Luis Mariano García Vicente, profesor de Trabajo Social en la Universidad Complutense y coautor, entre otros, del estudio Una aproximación al perfil del cliente de prostitución femenina en la Comunidad de Madrid, en el que mostraba cómo muchos jóvenes salen en grupo en busca de meretrices con el mero objetivo de divertirse.

Ningún conflicto ni ético ni de ningún tipo

Ya arrojó datos sorprendentes el estudio sobre prostitución que en 2014 García Vicente y otros investigadores realizaron entre estudiantes universitarios masculinos de hasta 25 años de Económicas, Derecho, Trabajo Social y Psicología (eligieron Económicas y Derecho porque de esas carreras suelen salir quienes luego ocupan puestos de poder, y Trabajo Social y Psicología porque son dos disciplinas que se ocupan de la prostitución). Alrededor del 20% de los encuestados declaró que no tendría absolutamente ningún problema en recurrir a los servicios de meretrices y que estaría dispuesto a hacerlo, por lo que el equipo dedujo que muchos ya lo habían hecho.

Los estudiantes de Derecho fueron los que se llevaron la palma. “Para la inmensa mayoría de los que cursaban esa carrera no había conflicto ni religioso ni político ni de ningún tipo con el hecho de recurrir a prostitutas. Para ellos era algo completamente banalizado, que hacían por pura diversión”, asegura María José Barahona, otra de las autoras de la investigación. Según ese mismo estudio, el 89% de los chavales se declaraba a favor de que se regularice la prostitución.

“La prostitución implica violencia de género, una mujer que realiza prácticas sexuales a 10 hombres a cambio de dinero es obvio que es víctima de esta violencia. En mi opinión no se puede regular algo que conlleva violencia de género”, sentencia García Vicente, quien no duda en cargar buena parte de la responsabilidad en la propia sociedad. “Todos los esfuerzos se han concentrado en penalizar el tráfico de seres humanos relacionado con la prostitución y eso ha contribuido a que los jóvenes sean cada vez más permisivos con la prostitución entendida como servicio”.

“Los jóvenes incluyen los clubes de prostitución en su ruta de ocio”, asegura María José Barahona, profesora asimismo de Trabajo Social en la Universidad Complutense de Madrid y, con sus más de 20 años de experiencia a las espaldas, una de las mayores expertas en el estudio de la prostitución de España. “Los chavales van a los puticlubs a tomar unas copas y acaban muchas veces juntos en una misma habitación con una prostituta a la que se intercambian. Y, si no tienen dinero para eso, echan a suertes quién se va con ella”.

Barahona ha visto con sus propios ojos a menores de edad en la Casa de Campo de Madrid, chavales de 14 y 15 años que sorteaban entre ellos quién se ganaba que una prostituta le hiciera sexo oral. “Se trata de un comportamiento que tienen muy normalizado, así que no les provoca ninguna reflexión o debate ético. Lo consideran una diversión, no lo ven como lo que es: un acto de crueldad hacia otro ser humano. En ese sentido, por ejemplo, prefieren no saber si las mujeres a las que pagan son víctimas del tráfico de personas o no“.

Cada vez más jóvenes adictos al sexo

También Fernando Botana, terapeuta y director de Sinadic, un centro de Madrid que lleva 25 años tratando adicciones, ha advertido un gran incremento en el número de chavales que llegan a su consulta. “Antes apenas teníamos pacientes jóvenes, lo primeros nos llegaron hace tres años y ahora alrededor del 30-40% de todas las personas a las que tratamos por adicción al sexo tiene entre 22 y 24 años, por lo que empezaron con 16 o 17 años. Por lo general son chavales adictos a la pornografía y a las citas sexuales, que disponen de unos 600 euros al mes y que se lo gastan todo en prostitutas”.

Este psicólogo también ha constatado que ir de putas se ha convertido en una moda juvenil. “La adolescencia es un periodo en la que el joven adquiere su identidad, y esa identidad se la da el grupo. Ir a prostíbulos se ha convertido en una seña de identidad. Van en grupo, muchos por no querer diferenciarse de los demás”. Según advierte Botana: “Acudir a un prostíbulo con amigos puede parecer que no es grave, pero a esas edades puede desequilibrar enormemente”.

El Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha realizado en total tres encuestas en las que ha abordado el tema de la prostitución -en 1986, 1994 y 2008-, y que revelan cómo la actitud de los españoles respecto al sexo de pago se ha ido suavizando paulatinamente con el paso de los años, hasta el punto de que en la última, cerca del 80% se mostraba “muy o bastante de acuerdo” con que la prostitución es algo inevitable que debe, por tanto, legalizarse. En 2013, un sondeo realizado por la Fundación Atenea también ponía sobre el tapete cómo los jóvenes madrileños entre 16 y 24 años ya tenían una visión bastante particular sobre la prostitución. Sentían profunda indiferencia hacia las mujeres en esa situación y consideraban que la práctica debería legalizarse porque forma parte de la libertad del individual.

La pregunta es: ¿Por qué va a recurrir un joven a una prostituta en una sociedad hipersexualizada en la que existen aplicaciones que te ponen en contacto con personas cercanas que buscan mantener relaciones íntimas? “Los chavales que recurren a prostitutas suelen tener un déficit de habilidad emocional, que no social. Si pagan 20 euros se ahorran todos los prolegómenos. Muchos tienen problemas para contactar con el otro y pagar les permite ir al grano. Además pagar te hace sentir valorado, hace crecer tu autoestima y tu sentimiento de valía, porque al pagar tienes a una mujer que se pone a tu servicio”, resume Fernando Botana.

Barahona comparte esa opinión: “Los chavales no lo hacen tanto por gratificación sexual como psicológica. Ellas les sonríen, les halagan, les hacen sentirse estupendos… Y a ellos les gusta eso y saber que tienen las riendas del poder en esa relación, porque el que paga exige, y luego alardean ante el grupo. Por no hablar de que además así se evitan el cortejo, el tener que salir a cenar con a una chica, ir al cine…” “Con las putas ahorras tiempo y dinero”, reconocen muchos jóvenes entrevistados para este reportaje.

Para esta profesora de Trabajo Social esto “deja en evidencia que hemos avanzado poco en igualdad de género. Porque la prostitución es lo que más descarnadamente muestra el lugar social que ocupa la mujer”.

http://www.elmundo.es/sociedad/2016/09/17/57dc397ae2704ed66e8b4627.html

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Así fue la macroredada al mayor burdel de Berlín

Hasta 900 agentes participaron en una operación contra la trata de personas, impagos a la seguridad social y evasión fiscal en el mayor burdel de Berlín.

Imagen promocional del club Artemis en Berlín

Imagen promocional del club Artemis en Berlín E. E.

Una ingente operación policial en Berlín contra el crimen organizado movilizó anoche cerca 1.000 agentes en el Artemis, el mayor burdel de la capital de Alemania y uno de los más grandes del país. Rondaban las ocho de la tarde del miércoles cuando irrumpieron varios centenares de policías en este edificio de tres alturas situado al este de la ciudad y bautizado en honor a la diosa griega de la caza y la virginidad. Las instalaciones quedaron rodeadas por numerosas furgonetas y vehículos de policía, que contribuyeron a terminar de llenar el parking del burdel.

En el interior del Artemis, los agentes encontraron a algo más de 200 personas. Hasta 118 eran prostitutas, pero también se encontraban en el lugar numerosos clientes potenciales. Casi un centenar de trabajadoras del sexo tuvieron que responder a las preguntas de la policía, in situ, al igual que algunos de los clientes presentes en el lugar. Más de la mitad de las prostitutas que allí trabajan son originarias de Europa del este y de países árabes.

En la operación también se incautó una importante cantidad de dinero en metálico y se analizaron documentos y ordenadores de este este macro-prostíbulo de 3.000 metros cuadrados. El Artemis está dotado, según describen quienes lo han visitado, de hasta tres saunas, un par salas en las que se proyectan películas pornográficas, cantina, bares y hasta un gimnasio. La entrada cuesta 80 euros.

En la noche del miércoles seis personas fueron detenidas, dos hombres responsables del lugar y cuatro mujeres. Éstas habrían ayudado a hacer posible el esquema de prácticas irregulares que se sospecha habrían desarrollado sus responsables. Y es que, si bien la prostitución es legal en Alemania desde 2002, no parece que lo sean las condiciones en las que se practica esta actividad en el Artemis, un prostíbulo que abrió sus puertas en 2005 y que es capaz de recibir a unos 11.000 clientes al año.

UNA MAFIA COMO LA DE AL CAPONE

La magnitud de esta operación policial, que implicó a movilización de 900 agentes, entre miembros de la policía, de la fiscalía, inspectores de hacienda y de aduanas, se justifica en la medida en que el burdel es uno de los más grandes del país y porque se le está relacionando con la filial alemana de la banda de motoristas de los Ángeles del Infierno. El fiscal jefe de Berlín, Andreas Brehm, ha apuntado a la existencia de un “sistema ilegal” en el que las mujeres eran hechas “dependientes”. Desde la fiscalía se ha comparado a las actividades investigadas con las del mafioso estadounidense Al Capone en los años veinte del siglo pasado.

Para Brehm, la vinculación directa entre el Artemis y las actividades ilegales de los Ángeles del Infierno parecen claras. Se tiene constancia de que una de las chicas del macroburdel berlinés denunció a la policía haber sido maltratada en contactos con miembros de la banda de motoristas, unos encuentros que no estarían “libres de violencia”, según los términos de Sjors Kamstra, otro de los fiscales que trabaja en el caso. Que esta joven, ahora ex pareja de uno de los Ángeles del Infierno y bajo protección, acudiera a las autoridades, fue decisivo para que se lanzara la operación.

Más allá de la explotación y la violencia, las autoridades también han dado cuenta de que la operación de la noche del miércoles incluye posibles delitos de trata de personas, impagos a la seguridad social y evasión fiscal. Se ha estimado en que los daños por impago a la seguridad social ascienden a unos 17,5 millones de euros, mientras que Hacienda está detrás de hasta 6 millones de euros no pagados.

En el marco de la operación cuyo grueso se desarrolló en el Artemis, también se registraron, paralelamente, una quincena de apartamientos y oficinas de asesorías fiscales. Estas intervenciones tuvieron lugar en Berlín y en otros Länder del país. A saber, Baviera (sur), Baden-Wurtemberg (sureste) y Hesse (centro). La macroredada del miércoles, de la que el jueves se esclarecieron buena parte de los detalles a gracias a las sucesivas declaraciones de autoridades movilizadas en la operación, es el resultado de varios meses de trabajo. Las investigaciones comenzaron el pasado verano.

http://www.elespanol.com/mundo/20160414/117238631_0.html

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El teólogo que puso un burdel en Nueva York

El prostíbulo de John Allen estaba decorado con Biblias y estampas religiosas. Su historia la cuenta Luc Sante en ‘Bajos fondos’.

Dos prostitutas en Nueva York.

Dos prostitutas en Nueva York.

En el siglo XIX, un joven nacido en el seno de una familia pobre, quizá llegado a Nueva York como inmigrante, podía alimentar ambiciones de riqueza y de estatus. Una chica pobre con semejantes ambiciones normalmente sólo tenía un camino: la prostitución.

Las jóvenes se convertían en prostitutas de diferentes maneras y por distintas razones. La prostitución se asociaba a las posiciones más bajas en el teatro; era uno de los pocos medios de los que disponían las mujeres de clase baja para conocer a hombres de una posición superior; parecía una manera de evitar el fastidioso trabajo doméstico o las fábricas explotadoras; alimentaba la ilusión de permitir a las mujeres el emprendimiento independiente; estaba relacionada con las manifestaciones exteriores de una vida mejor, como las joyas y la ropa sofisticada; se asociaba en el imaginario popular con el terreno del esparcimiento, con la búsqueda del placer.

Dado que Nueva York era una ciudad portuaria, la prostitución probablemente estuvo ahí desde el principio, en las bodegas de los muelles y en las pensiones para marineros, y en los salones de baile y en los colmados que surgieron alrededor de Collect Pond y luego de Five Points.

Cuando los primeros reporteros hablan de “inmoralidad”, como en la inmoralidad de las habitaciones compartidas, están usando un eufemismo de prostitución, ya que las menciones explícitas eran un tabú en la prensa respetable; asumían que las formas de convivencia poco convencionales eran el producto o el semillero de la prostitución.

Las resistencias a mencionar la prostitución y a abordarla desde una dimensión social y económica, que en algunos sectores perduraron durante ese siglo y hasta el siguiente, intranquilizaron mucho a la gente. La veían en todos lados. Y estaba en todos lados. Pero no por las razones que imaginaban ni en las formas que creían.

Es revelador, por ejemplo, que en esta época, cuando la prostitución podía verse en cualquier lado y estaba en boca de todos, nadie pareciese ver, o al menos comentarlo por escrito, el comercio sexual inherente al fenómeno de las vendedoras de maíz.

Cuando menos en sentido figurado, eran las niñas y no el maíz lo que estaba a la venta. Como en la prostitución literal, el sustento de las niñas dependía de su juventud, de su atractivo y de su condición novedosa; entregaban sus ganancias a su patrocinador; deambulaban por la calle ante hombres de una clase social superior. Pero las vendedoras de maíz podían ser idealizadas, y por eso mantenerse libres de mancha. Representaban la promesa del sexo sin su consumación.

Unas prostitutas en Nueva York.

Unas prostitutas en Nueva York.

REZAR ENTRE PROSTITUTAS

Antes de la Guerra de Secesión, los burdeles –llamados bagnios, disorderly houses o free-and-easys– se limitaban en su mayoría al muelle y a los arrabales, a las calles Cherry y Water, a Five Points y al Bowery. Los salones de baile, en cambio, eran establecimientos multiusos en esos mismos distritos que reunían bajo el mismo techo un saloon, un hotel y un burdel, con servicios, clientes y empleados que coincidían en parte.

El local más famoso y prominente de este tipo fue el de John Allen, en el número 304 de la calle Water. Allen venía de una familia de teólogos; dos de sus hermanos eran ministros presbíteros, y un tercero era predicador bautista. Él mismo había sido estudiante de teología en el Union Theological Seminary, pero de algún modo dio un giro a su carrera, y abrió un prostíbulo con su esposa alrededor de 1850.

El sitio, pese a que contaba con una clientela de marineros a quienes trataban casi como lo hacían sus violentos reclutadores, tenía una apariencia ostentosa, y se dice que proporcionó a sus dueños unos 100 000 dólares en una década. El personal estaba compuesto por veinte mujeres con corpiños negros de satén, faldas y medias de color escarlata, y botas con el borde rojo y adornadas con pequeñas campanas.

La casa contaba además con una baza extra que le añadía picante: Allen había decorado sus instalaciones con motivos religiosos. Tres días a la semana, justo a mediodía, antes de abrir el negocio, llevaba a las prostitutas y a los camareros a una lectura de la biblia, e incluso en su horario de apertura algunas veces reunía a sus empleados y los dirigía en el canto de unos himnos procedentes de una colección llamada The Little Wanderers’ Friend.

Las cabinas de este bagnio incluían biblias; las mesas del saloon tenían periódicos cristianos y revistas devotas; las paredes estaban decoradas con estampas religiosas; en ocasiones especiales, Allen regalaba Nuevos Testamentos a sus clientes. Nada de esto impedía que la prensa popular calificara a Allen como el “hombre más perverso de Nueva York”.

La afición de Allen por lo sagrado desató su caída. En mayo de 1868 un clérigo llamado A. C. Arnold, dueño de la cercana misión Howard, visitó la casa de Allen y lo encontró como una cuba. Se aprovechó de la situación para convencerlo de que le dejara hacer reuniones para rezar en su local. Los servicios religiosos, al principio, eran una novedad graciosa para los clientes, pero pronto se cansaron y se fueron alejando.

En agosto, Arnold y otros predicadores anunciaron que el garito quedaba clausurado, que las Marías Magdalenas de Allen estaban disponibles para su contratación como empleadas domésticas en hogares cristianos, y que Allen se había convertido y reformado.

Mientras, los ministros empezaron a tener el mismo efecto mágico en otros locales del barrio, incluido el Rat Pit de Kit Burns. Durante un tiempo estos sitios atrajeron a los devotos de la ciudad, que acudían para escuchar el servicio religioso y de paso para admirar las huellas restantes del libertinaje (los reporteros que acudieron a las reuniones en el tugurio de Burns repararon en la pestilencia que emanaba de los cadáveres de perros y ratas enterrados en la tierra bajo la gradería).

Al final, el New York Times publicó una exclusiva en la que revelaba que la milagrosa reforma era un fraude, que los clérigos pagaban 350 dólares mensuales a Allen por el privilegio de convertir tanto a su local como a él mismo, y que se repartía un soborno similar al resto de propietarios, incluidos unos 150 dólares mensuales a Burns.

Además, se decía que los feligreses reunidos en aquellos servicios eran miembros respetables de la clase media, y que no había ningún vicioso –más allá de los dueños–, el tipo de seres descarriados que eran el objetivo de la reforma. Sin duda suena plausible, aunque la pregunta sigue siendo si 350 dólares mensuales eran suficientes para que Allen compensara la pérdida del negocio, o los 150 dólares para Burns. Quizá la zona había empezado su declive y vieron en esta treta publicitaria la única posibilidad de mantenerse en el negocio, aunque fuera por un tiempo breve.

En cualquier caso, el reportaje del Times tuvo el efecto de alejar a los predicadores, pero sin que volvieran los viejos clientes, así que Allen se quedó sin recursos. En diciembre del mismo año, su mujer y algunas de las chicas fueron acusadas de robar 15 dólares a un marinero. La última declaración pública de Allen antes de perderse en la oscuridad fue que le habían tendido una trampa.

Mujeres haciendo la calle en la ciudad.

Mujeres haciendo la calle en la ciudad. Getty

LA MANCHA SE EXTIENDE

Inmediatamente después de la Guerra de Secesión, la complexión moral de la ciudad cambió, y quizá ésa fue la verdadera explicación para los problemas de Allen: la prostitución se había extendido por toda la ciudad.

Los burdeles, ahora identificados por luces rojas en su entrada, brotaron con rapidez en las calles laterales del oeste de Broadway, en lo que entonces era la parte media de la ciudad, y pronto lo hicieron a lo largo del Tenderloin. En el distrito de Broadway había una progresión en precio y calidad conforme uno avanzaba hacia el norte, de las casas cercanas a la calle Canal, que atendían a marineros, a los lujosos establecimientos de Clinton Place (ahora llamada calle 8). Todos ellos, al margen de su estilo y su precio, eran esencialmente iguales: casas residenciales de ladrillo rojo, con nombres pintados en blanco sobre la puerta: the Gem, the Forget-Me-Not, Sinbad the Sailor, the Black Crook.

Las más elegantes, llamadas parlor houses, se distinguían por una atmósfera decorosa en sus salones, donde el licor se vendía y se consumía con control y sofisticación, y en las que un pianista, siempre llamado el Profesor, ponía la nota cultural. Flora’s y Lizzie’s se encontraban entre los locales más caros y famosos; el de Josephine Woods, en Clinton Place, entre Broadway y University, vendía botellas de champán por el entonces exorbitante precio de ocho dólares y era célebre por su fiesta anual de la gallina ciega, que se hacía la víspera de Año Nuevo, y porque abría todo el día de Año Nuevo.

Aún más elegante, en la calle 25, cerca de la Séptima Avenida, era Seven Sisters’ Row, donde siete mujeres procedentes de un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra y que decían ser hermanas –aunque también se comentaba que habían tomado su nombre de la revista musical de Laura Keane de 1860– dirigían siete locales adyacentes. Eran casas muy pulcras y caras, con salones donde las jóvenes, tan bien educadas como si hubieran crecido en un convento, que en cierto sentido lo habían hecho, tocaban la guitarra y practicaban el refinado arte de la conversación.

Atraían a clientes enviando invitaciones impresas a empresarios importantes que se alojaban en hoteles de la Quinta Avenida. Algunas noches sólo se admitía a los clientes que vistieran con traje de noche y llevaran un ramo de flores para las muchachas. Las ganancias de la Nochebuena se donaban a la caridad, y este hecho recibía mucha atención de la prensa.

Mientras tanto, en los estratos más bajos, un fenómeno curioso, que por lo menos duró 30 años, era el cigar store battery. En apariencia los locales eran estancos, pero un cliente no iniciado encontraría nada más entrar un surtido muy pobre de puros y a una tendera, generalmente mujer, que no mostraba mucho interés en venderlos. El cliente intencional, en cambio, sería conducido al burdel de la parte trasera o del piso superior. Estos negocios crecieron cerca de la calle Canal, sobre todo en la calle Greene, abrían durante el día, y la hora pico era la de la comida. No lejos de ahí estaban los salones de conciertos, con una clientela mayoritaria de marineros.

El primero de estos, el Melodeon, se inauguró en Broadway en 1860, y pronto aparecieron docenas, muchos con nombres como el Sailor’s Welcome Home, el Sailor’s Retreat, el Jolly Tar, el Flowing Sea Inn. Las empleadas femeninas, a veces en atuendos turcos, con pantalones harén, eran lo que ahora se conoce como alternadoras. Ocupaban casi todo su tiempo animando a los clientes a beber, por lo que recibían un tercio de los desorbitados precios, cinco dólares por una botella de vino, por ejemplo, y si querían llevar su interacción más allá, lo tenían que hacer fuera de las instalaciones y en su tiempo libre.

Más abajo en la escala estaban las prostitutas de calle, o las cruisers, que entonces solían trabajar en los parques (Washington Square, Union Square, Madison Square), pero que gradualmente se mudaron a las esquinas, y con el tiempo a Broadway. Y al mismo tiempo, ahí estaba el Tenderloin, donde podía encontrarse cualquier cosa.

Una mujer se prostituye en Manhattan.

Una mujer se prostituye en Manhattan. Getty

EL OBISPO METODISTA

En un discurso de 1866 en Cooper Union, el obispo metodista Matthew Simpson se quejó de que las prostitutas eran igual de numerosas en la ciudad que los metodistas. Un poco más tarde, en un sermón en la St. Paul’s Methodist Episcopal Church, mencionó cifras. Declaró que había 20.000 prostitutas: el equivalente a una cuadragésima parte de la población de la ciudad.

Las cifras causaron sensación cuando se recogieron en la prensa, pero la policía insistía en que eran una exageración. Según ellos, había apenas 2.670 prostitutas (o quizá 3.300, porque los informes diferían), 621 lupanares y 99 casas de citas.

A juzgar por los relatos de la época, esas cifras podían servir para ilustrar únicamente la situación en el Tenderloin. En las manzanas entre las calles 24 y 40, y entre las avenidas Quinta y Séptima —la zona conocida como Satan’s Circus—, se apiñaban abundantes y variadas encarnaciones del comercio del sexo, entre otras instituciones del vicio (en 1885 se estimaba que la mitad de los edificios de la zona se dedicaban a algún tipo de inmoralidad). En esta área, donde el territorio se dividía minuciosamente en especialidades –en la calle 28, por ejemplo, estaban las casas de apuestas de alto nivel, y en la calle 27, las salas de billar con apuestas–, las calles reservadas para los burdeles eran la 24, 25, 32 y 35, y eso sin contar las casas de citas que aparecían en cualquier lado. Los locales iban, en cuestión de estilo, desde las casas de las siete hermanas hasta los lugares donde el sexo era secundario y el robo era lo principal.

Estaban también las panel houses, por ejemplo, donde, una vez que el cliente estaba a lo suyo en alguna cama, un empleado de la casa, conocido como «enredadera», salía silenciosamente a través de un panel desmontable en la pared e iba directo a los bolsillos de los pantalones que apropiadamente colgaban de una silla cercana.

Todavía más sofisticado era el badger game. El gánster Shang Draper, por ejemplo, tenía un saloon en la Sexta Avenida con la calle 29 donde los clientes se emborrachaban por voluntad propia o a causa de su inocencia. Cuando un cliente estaba suficientemente alcoholizado, una de las 40 empleadas le atraía hacia un burdel en Prince y Wooster. Cerca del momento culminante de su encuentro con la chica, un hombre enfurecido derribaba la puerta. Era, según decía, el marido de la mujer.

Enfurecido por lo evidente del adulterio, amenazaba con dejar al cliente inconsciente, con matarlo, con llevarlo ante el juez. Pero quizá, dejaba entrever, podía apaciguarse a cambio de retribución monetaria significativa.

Escenas idénticas sucedían al mismo tiempo en cada uno de los cuartos del local. Otra de las casas de Draper empleaba a niñas de entre nueve y 14 años. En esta variante, eran los padres de la niña quienes entraban: la madre golpeaba tan fuerte a la niña en la cara que acababa sangrando por la nariz y el padre extorsionaba al incauto. Se calcula que cada mes caían en este engaño unos 100 hombres.

Quizá la campeona de este embuste fue una tipa del Tenderloin llamada Kate Phillips, quien en una noche engatusó a un comerciante de café y té de St. Louis. En el calor de su abrazo apareció un «policía», que «arrestó» al comerciante y lo llevó a un tribunal, donde un juez lo multó con 15 000 dólares por adulterio. Kate, de acuerdo con los relatos, recibió el dinero y nunca más se supo del hombre.

La demanda de chicas nuevas por parte de los dueños de los burdeles era tal que el negocio de las captadoras de mujeres se convirtió en algo muy lucrativo. En la década de 1870 las figuras más importantes en este campo eran Red Light Lizzie y Hester Jane Haskins (conocida como Jane the Grabber). Cada una de ellas controlaba a un grupo de cadetes que salía a los arrabales y al campo para seducir y engatusar a jóvenes y reclutarlas para el negocio de la prostitución en Nueva York.

Ambas mujeres regentaban lupanares, además de abastecer de trabajadoras a los demás, y tenían la reputación de conseguir únicamente hijas de buenas familias. Las procuradoras también reclutaban a menudo a niñas muy jóvenes, que vendían a personas que las empleaban vendiendo flores en los hoteles y en las avenidas. Otras niñas preadolescentes se acercaban a los hombres en la calle y les pedían un centavo. Y lo que es más, había locales en las calles cercanas al Bowery y a Chatham Square especializados en niñas, a las que tenían secuestradas en las trastiendas.

Unos jóvenes homosexuales en el Village.

Unos jóvenes homosexuales en el Village. Getty

LA DOBLE MORAL

Estas prácticas prosperaron durante el momento álgido de la moral victoriana, cuando cualquier indicio de obscenidad, por muy remoto y abstracto que fuese, en la literatura, en el vestuario y en los escenarios se condenaba enérgicamente desde los púlpitos y desde la prensa.

Los mismos periódicos que podían denunciar lo insinuante de los bailes de Lola Montez llevaban en sus páginas de anuncios por palabras, discretamente codificados, anuncios de casas de citas, de prostitutas independientes que se habían establecido en hoteles residenciales y de abortistas.

El aborto se consideraba algo inaceptable en la buena sociedad, que, paradójicamente, se encontraba relativamente a salvo y resguardada. Todo esto cambió en algún momento de la década de 1870, cuando la reputación de una abortista, madame Restell, fue conocida por todo el mundo. Nacida alrededor de 1820 como Ann Trow, emigró desde Inglaterra a Nueva York, y a sus 16 años se casó con un falso médico, el doctor Charles Loham, de quien aprendió los rudimentos de la medicina.

En 1850 ella regentaba su propio consultorio abortista, que promocionaba en los anuncios por palabras, en los cuales se mostraba como una “maestra de asistencia en el parto”, ofrecía “pastillas francesas infalibles para mujeres” y garantizaba “una cura en una sola consulta”. Empezó a llamarse a sí misma Madame Restell por la creencia popular de que en las cuestiones íntimas nadie sabía más que los franceses. Fue lo suficientemente astuta como para relacionarse con personalidades de [la organización política] Tammany Hall, a quienes pagaba un tributo.

Pronto estaba cobrando de 500 a 1000 dólares por consulta, especializándose en las amantes de los hombres prominentes, quienes le pagaban una cuota fija para que atendiese a sus cambiantes parejas sexuales. Su consultorio estaba tan afianzado como para adquirir una casa de cuatro plantas en la Quinta Avenida con la calle 52 (al haber presentado una oferta mejor que el arzobispo católico John Hughes, que la quería para convertirla en su residencia episcopal).

Mientras, mantenía sus oficinas en el distrito financiero de la intersección de Chambers y Greenwich. En algún momento, se filtró la existencia de su negocio y se rumoreó que había sido acusada de asesinato, pero que había aplacado la demanda con 100.000 dólares en sobornos.

Se informó de que los niños pequeños empezaron a correr al lado de su carruaje mientras se dirigía de su casa a su oficina, y le gritaban: “¡Oye! ¡Tu casa está construida sobre cráneos de bebés!”, y empezaron a llamarla, igual que sus padres, “Madame Asesina”.

Al final fue arrestada en 1878 por Anthony Comstock, el omnipresente y autónomo cruzado antivicio, que posiblemente había filtrado los primeros rumores, y que se había presentado en su consultorio fingiendo ser un esposo preocupado. Más adelante dijo que ella, de camino hacia la corte municipal de Jefferson Market, le había ofrecido un soborno de 40.000 dólares. Fue encarcelada en Las Tumbas, pero salió bajo fianza, regresó a su casa, se preparó un baño y se cortó el cuello.

James Gordon Bennett, el honrado editor del New York Herald, anunció que publicaría la lista de sus clientes en el periódico. Esto provocó un considerable pánico entre la gente de alcurnia y, sin mucha sorpresa, las listas desaparecieron antes de que pudieran imprimirse.

Después de aquello, el negocio del aborto pasó a ser más clandestino y se convirtió en algo mucho más peligroso para los implicados; en la década de 1890, se informó de que las mujeres habían recurrido al uso de calisaya, un extracto de la quinina disponible comercialmente, porque supuestamente tenía propiedades abortivas.

A comienzos de la década de 1880, el epicentro del entretenimiento sexual se había desplazado desde el burdel hacia un tipo de establecimiento que mezclaba el saloon y el salón de baile, y que invariablemente incluía cubículos privados y cortinados donde los clientes podían recibir la visita de las bailarinas y las camareras.

Es posible hacerse una idea clara de los distritos sórdidos de la ciudad en 1890 a partir de una curiosa publicación llamada Vices of a Big City, que vio la luz bajo los auspicios de la New York Press.

Como el libro de Howe y Hummel, este panfleto aparenta ser una advertencia, un índice de las áreas que evitar o redimir. Pero en realidad es claramente un vademécum para visitantes en busca de acción. Sus listados de burdeles, salones de conciertos, salones de baile y otros antros similares son exhaustivos y están extraordinariamente detallados. Las listas se organizan geográficamente y por especialidad.

En el número 207 del Bowery se encontraba, por ejemplo, el salón de conciertos de Bertrand Myer: “El local se llena cada noche con mujeres que fuman cigarrillos y beben ginebra”. Existen los «antros de ron» en la calle Baxter, las “casas de citas” de la calle Canal y Slide, de Frank Stephenson, en el número 157 de Bleecker, que se describe como el “sitio más bajo y desagradable. El lugar se llena cada noche con entre 100 y 300 personas, la mayoría hombres, pero indignos de llamarse así. Son afeminados, corruptos y adictos a vicios inhumanos y antinaturales”.

El turista homosexual de la época no debía de tomarse muy a pecho esa retórica. El más raro de los locales listados era el saloon de Catherine Vogt, en la calle 4 Oeste con la calle Thompson, con una clientela consistente casi por completo en mujeres maduras, de todas las razas y “degradadas”, por lo que quizá era un local para prostitutas retiradas. Al final hay un capítulo que pretende describir el “éxito de la cruzada”, el cual fue útil para poner sobre aviso a los clientes potenciales de los locales que ya habían cerrado. Lo más valioso de esta guía es que su afán reformista le lleva a representar, guste o no guste, todas las opciones y todos los grados del vicio, sin favoritismos.

EL OPIO ENTRA EN EL BURDEL

Unos años más tarde, las cosas se pusieron peor.

La adicción al opio se extendió entre las prostitutas, con resultados devastadores; en 1894, los esfuerzos del Comité Lexow llevaron a muchas mujeres a la cárcel con sentencias importantes, y las prisiones se llenaron de prostitutas con síndrome de abstinencia. Emma Goldman, que entonces era la reclusa encargada de la enfermería en la isla Blackwell, apuntó en sus memorias que casi todas las prostitutas que llegaban allí lo sufrían.

Unos cuantos años más tarde, la Ley Raines, que permitió a docenas de antros servir licor los domingos siempre que se presentaran como hoteles, también obligó al cierre de muchos burdeles. O no a cerrar exactamente sino a transformarlos en casas cuyas internas tenían que ofrecerse en las calles, bajo cualquier clima y llevarse a los clientes a lo que había sido el burdel para convencerlos de que se tomaran una copa de la que se llevarían una comisión. A las chicas no se les permitía subir a las habitaciones hasta que el cliente estaba completamente borracho.

Frente a estos estándares, el vicio que dominó el Tenderloin y el Bowery una década antes parecía positivamente arcádico. La prostitución callejera, la adicción a las drogas, el incontenible protagonismo de los proxenetas, los sobornos crecientes y su persecución y las sentencias de cárcel en nombre del reformismo se convirtieron en los principales caballos de batalla para las prostitutas en las décadas siguientes.

La prohibición, que relajó algunos de los valores morales, no les hizo la vida más sencilla, ya que supuso la llegada de sindicatos nuevos y más grandes que controlaban el negocio del sexo de una forma tan criminal e impersonal como lo hacían con el licor y el juego.

Luc Sante es un escritor belga afincado en el estado de Nueva York. Este texto es un extracto de su libro ‘Bajos fondos’, publicado en español por la editorial Libros del KO. En su página lo puedes comprar. 

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Polémica por el anuncio de un prostíbulo en la SER: “Si comes setas te pones burro”

El Instituto de la Mujer denunciará a un puticlub de Aranda de Duero que promociona sus servicios en la radio con «soeces» comparaciones micológicas

Seteros y puteros: una publicidad conflictiva

ANTONIO CORBILLÓN

Semana de las setas en el club Mississippi. Boletus peluda, amanita jamona, lepista desnuda. ¡Todas comestibles! Sube y participa con tu champiñón morado… Y recuerda, quien de setas se alimenta, ¡se pone burro sin darse cuenta!». Es la cuña que suena esta temporada en la cadena SER de Aranda de Duero (Burgos) para promocionar los servicios de un club de alterne de la localidad. Desde que arrancaron hace tres años, los anuncios de esta emisora se han convertido en un clásico, la «comidilla de las tertulias» de este municipio de la ribera del Duero. Ahora ya son virales y las redes sociales han disparado su radio de acción.

Con cada evento, ya sea carnaval o la cosecha, las ondas locales prometen una nueva batería de cuñas. «La crisis nos hizo afinar», reconoce el director de SER Aranda, Fernando Berzosa. Ellos se encargan de los textos y de las grabaciones, que realizan los redactores de los informativos. Empezaron en 2012 incluyendo a los cuatro o cinco prostíbulos de los alrededores en su lista de posibles clientes. «Al principio nos incomodaba un poco –continúa Berzosa–. Pero, tras analizar los textos, llegamos a la conclusión de que no pueden herir a nadie. Es lo más parecido al Club de la Comedia. Nos gusta hacerlos picantones». Puestos a ser cáusticos, los guionistas podían haberse acordado de otras setas que existen en la naturaleza, como la phallus impudicus o la phallus rubicundus. Ambas comestibles, por cierto.

«Las cuñas las sometemos a la sensibilidad de nuestro equipo –diez personas–. Hay varias chicas y nadie se ha quejado», remacha su argumentario Fernando Berzosa, que reconoce que la campaña de este otoño «roza el límite. Le dimos varias vueltas. Las anteriores eran más suaves». Mejor que juzgue cada cual. Ahí van un par de ejemplos de promociones previas:

– Otoño es la mejor época para hacer el amor porque se abre la castaña y crece el nabo. Sube al club Mississippi y comienza el nuevo ciclo limpio de polvo y paja.

– ¿Te has enterado? En Valdocondes (pueblo cerca de Aranda) han vuelvo a abrir el… Donde te limpian el sable, donde te tocan la flauta, donde te pelan el mimbre … Ven a conocer Plan B. Y recuerda: lo mejor para combatir el frío es un trío. (La cuña trata de imitar la voz de ‘Torrente’, el poli cutre de las películas de Santiago Segura).

El caso es que esta publicidad tiene éxito y cumple su objetivo: aumentar la afluencia al Mississippi, el prostíbulo que más éxito tiene en la zona, según confirman en el pueblo. Ubicado a mitad de camino de la conocida ‘ruta del amor’ –la N-1 entre Madrid e Irún–, Aranda ha gozado desde siempre de una amplia oferta de puticlubs, esos escenarios de neón que rompen la monotonía de las cunetas. «Siempre hay ‘bocas malas’. Pero los que hablan mal son los que más vienen por aquí», confirma una de las responsables del Mississippi, con acento inequívocamente foráneo. «Se han multiplicado las llamadas» gracias a las cuñas y, por eso, van a mantenerlas «al menos hasta Navidad».

«Vejatoria para la mujer»

Salvo que el Instituto de la Mujer del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad disponga lo contrario. «Esos anuncios son impresionantemente soeces y vamos a actuar desde la Ley de Violencia de Género por publicidad ilícita, dado su carácter sexista», avanza su directora, Rosa Urbón. Desde esta institución insisten en que no cuestionan los servicios sexuales, «sino su fórmula para promocionarlos». La ley les permite actuar cuando alguna campaña «daña la imagen o es vejatoria para las mujeres». Urbón reflexiona incluso sobre si «no se está produciendo un daño sobre la propia imagen de la ciudad».

Llama la atención el linaje del propietario de la emisora. Fernando Berzosa pertenece a una de las familias más poderosas y conservadoras de Aranda. Su hermano, Raúl, es obispo de Ciudad Rodrigo y su hermana, María José (sor Verónica), ha creado en la cercana Lerma la Iesu Communio, la mayor comunidad religiosa de España, con hilo directo con el Vaticano.

El Mississippi no es el primer puticlub que recurre a la publicidad. El Model’s de Asturias anuncia que «desde que amanece apetece» y el Don Pepe y Don José de Granada ofreció la segunda copa gratis al que apoyara la candidatura de la Alhambra como Patrimonio de la Humanidad. Algunas de sus prostitutas hasta posaron para los medios de comunicación.

guasa popular

¿La inspiración del anuncio de setas?

Las redes sociales, atentas a las campañas de promoción del Mississippi, también convirtieron en viral el año pasado una foto que algún gracioso clavó delante del club: muestra uno de los muchos carteles que pueden leerse en otoño en los bosques y pinares y que advierten de los ‘aprovechamientos de setas’ en los cotos micológicos. ¿Fue la inspiración de la campaña que se escucha estos días?

http://www.ideal.es/sociedad/201510/19/seteros-puteros-20151018185123.html

 

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MARC MCANDREWS SE METE EN LA INTIMIDAD DE LAS PROSTITUTAS DE LOS BURDELES DE NEVADA

Fotógrafo capta el lado más humano de la prostitución (FOTOS)

MARC MCANDREWS SE METE EN LA INTIMIDAD DE LAS PROSTITUTAS DE LOS BURDELES DE NEVADA PARA CAPTURAR SU ESENCIA MÁS ÍNTIMA

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“En un principio imaginé que los burdeles de Nevada serían remolques sucios en medio del desierto”, dice el fotógrafo Marc McAndrews para la revista Mic. “Creo que la mejor manera de describir el tipo de persona que yo esperaba encontrar aquí sería como en una canción de Nick Cave: vagabundos perdidos e inadaptados sociales”.

5 años y 33 burdeles de Nevada después, no sólo McAndrews probó como erróneas sus propias suposiciones, sino que en el proyecto de fotografía que salió de sus viajes se puede ver un paisaje sexual pocas veces observado.

En una entrevista en Mic, McAndrews habló de lo que lo motivó para documentar los burdeles de Estados Unidos, un esfuerzo publicado en el libro Nevada Rose: Inside the American Brothel. Partiendo en 2005 y viviendo en 23 de los 33 burdeles durante el tiempo que duró el proyecto, las fotografías de McAndrews “retratan las relaciones y dinámicas sociales entre las mujeres que trabajan en los burdeles y sus clientes”. Las fotografías captan una vida mucho más auténtica y, en última instancia, mucho más mundana.

Sus retratos también ofrecen una visión de la humanidad de las mujeres a pesar de sus profesiones no convencionales. Estas mujeres no son objetos que se compran y venden; más bien, como McAndrews descubrió, son a menudo las mujeres fuertes, emprendedoras, con sus propios objetivos y motivaciones las que son trabajadoras sexuales. “Ser capaz de interactuar con las mujeres como lo que son, no como un personaje que estaba retratando, realmente ayudó al proyecto”, dijo.

“Las niñas que trabajan” en cada prostíbulo que McAndrews visitó tienen un sistema de jerarquías, con una serie de nombres y designaciones que indican la posición de cada niña dentro de cada burdel. Las mujeres, dice McAndrews, tenían edades comprendidas entre los 18 años de edad y hasta mediados de los 60 años.

“Big Sister” es a menudo el nombre dado a “la mujer con más experiencia, o la que ha estado en cada prostíbulo durante más largo tiempo”, explica McAndrews. “Ella funcionaría como una representante de las demás mujeres”: la Big Sister, con la ayuda de la “matrona” o el gerente, tiene la tarea de manejar las quejas de las mujeres y el trabajo, así como cualquier problema que puedan tener.

Como es de imaginar, tomó algún tiempo para que McAndrews obtuviera el acceso a las comunidades más unidas. Después de ser rechazado en el famoso Bunny Ranch viajó a Elko, Nevada, y se le permitió permanecer en el Rancho de Mona. A partir de entonces quedó “conmocionado” por el acceso que tiene ahora en todos los burdeles.

“Después de que fotografié en el Rancho de Mona, tuve Polaroids para mostrar a los otros propietarios exactamente lo que quería hacer”, explicó. “De vez en cuando me gustaría ver a algunas de las mismas mujeres que había conocido en otros burdeles, ya que serían capaces de responder por mí y lo que estaba haciendo en ese momento. Una vez que me dieron permiso, establecieron algunas reglas básicas acerca de cuándo podía y no podía disparar la cámara, pidiendo permiso previo a las mujeres y a los clientes”.

A través de sus entrevistas y sus fotografías, McAndrews fue capaz de desentrañar las historias y motivaciones de cada mujer.

“Las razones por las que las mujeres trabajaban allí son tan variadas como cada una de ellas”, dice McAndrews a Mic. “Los burdeles ofrecen una alternativa segura para el negocio ilegal”.

 

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http://pijamasurf.com/2015/09/un-fotografo-capta-el-lado-mas-humano-de-las-prostitucion-fotos/

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Samanta Villar: “Si algún día me va mal, me prostituiré”

SAMANTA VILLAR / ESCRITORA

“Si algún día me va mal, me prostituiré”

CTXT entrevista a la periodista Samanta Villar, que publica ‘Nadie avisa a una puta’ en la editorial independiente Libros del K.O.
DAVID GRANDA

<p>La periodista, Samanta Villar.</p>

La periodista, Samanta Villar.

LAFOTOGRÀFICA

17 DE JUNIO DE 2015

No lo duda: podría dedicarse a la prostitución. Lo dice con los ojos azules de Elizabeth Taylor y las ganas de polémica de Edna Buchanan, la mítica corresponsal de sucesos americana. Samanta Villar (Barcelona, 1975) se pone en la acera de las prostitutas para subrayar la idea que acompaña su primer libro, la necesidad de normalizar el oficio.

En Nadie avisa a una puta (Libros del K.O.) desinfecta de estereotipos groseros la cultura subterránea de la prostitución. Lo hace en un ejemplo de periodismo narrativo muy alejado del docudrama televisivo a tiempo real. En cada una de las historias de siete prostitutas hay un inteligente distanciamiento donde su voz no es un selfie de cámara sino el testigo de primera mano que vertebra el relato.

Así aparecen la joven que rota por pisos de citas en donde nunca entra la luz, la anciana del barrio chino de Barcelona que aún ejerce porque la administración no reconoce su trabajo o la emigrante nigeriana capturada por las redes de trata de personas. También la escort especializada en personas con discapacidad que defiende su profesión y que lamenta, como cuando falleció uno de sus clientes con los que sumaba casi 800 encuentros, que nadie avisa a una puta.

La entrevista tiene lugar en un café de La Latina. Samanta Villar viene de grabar un reportaje de la nueva temporada de Conexión Samanta, que se estrenará en septiembre. Llueve en Madrid.

¿Has avisado ya a la puta de que publicas su historia?

(Risas) Sí, claro, además es la única que aparece con su nombre real. Pidió que no saliera su apellido, pero es bastante conocida.

Es Montse Neira –prostituta, activista, politóloga–, ¿por qué no quiso mostrar su apellido?

Cuando empecé a preparar el libro, hace cinco años, Montse no estaba tan afianzada en su idea de proyectarse públicamente como ahora. Es que no es fácil, ¿eh? Hay mucha lucha detrás.

“Este es el primer libro que escribe en su vida”, se lee en la cubierta. Parece una sentencia epitáfica.

Es verdad, muy solemne, como si fueran a venir 25 más. 

¿A tus editores en Libros del K.O., que siguen una línea muy independiente de literatura de no ficción, les preocupa cómo se va a reaccionar ante una figura mediática, televisiva, en su catálogo?

A mí me preocupa más lo que les pueda pasar a ellos que lo que me pueda pasar a mí por haber publicado en una editorial indie. Cuando rechacé la oferta de una casa importante y me puse en contacto con ellos lo hice por dos motivos: porque admiro su trabajo y porque ellos, precisamente, lo primero que me dijeron fue: “Nosotros no publicamos estrellas porque sean estrellas”. Y esto me gustó. Me propusieron un trabajo de edición con el que he aprendido mucho. Una editorial más grande perseguiría más el tirón comercial del nombre, que si sales en la tele… Sí que es verdad que tengo miedo a que gente muy fiel a Libros del K.O. diga Ahora estos tíos se han vendido y publican una mierda de esta chica que hace esos reportajes en televisión.

Pero no dudaron cuando leyeron el libro.

Fue lo que me convenció de que iba por el buen camino. Sí que es verdad que tenemos prejuicios. También es una prevención. ¿Nos va a contaminar esto la marca? Hay muchos autores mediáticos que les publican cualquier cosa porque son mediáticos.

¿Pensaste en prostituirte?

Cuando hacíamos 21 días uno de los temas que enseguida nos planteamos fue el de la prostitución. Éramos muy puristas, la vivencia tenía que ser una vivencia real. No puedes vestirte como una prostituta pero no prostituirte. Ese no es el pacto con el espectador. Sin embargo, no me lo llegué a plantear porque el estigma tiene mucho peso. Conociendo este mundo como lo he conocido y una vez que lo he desmitificado –he visto clientes bastante normales y relaciones muy dignas y humanas y exquisitas: esto es, que me podría sentir cómoda–, sigo rechazando esa posibilidad por un estigma que me habría obligado a justificarme el resto de mi vida profesional. Pero te digo una cosa, si algún día me van mal las cosas en la vida, yo sé que tengo esas habilidades sexuales y que con eso me puedo ganar la vida. Y lo defenderé a muerte.

¿Pero para escribir el libro era necesario ejercer la prostitución?

Sí que tiene sentido periodístico hacer un gonzo. Es un punto de vista único. Esa vivencia solo la tienen ellas. He recreado situaciones por lo que ellas me han descrito, pero cuando eres tú quien lo hace, lo que voy a contar tiene otros matices. ¿En una corrida de toros te interesa el punto de vista del toro?

En el libro hablan las prostitutas. Después de leerlo, ¿los abolicionistas seguirán pensando que la prostitución debería desaparecer? ¿Los regulacionistas seguirán pensando que la prostitución debería reglamentarse?

Sin duda. Los abolicionistas, por ejemplo, ya conocen estas historias. No parten de la ignorancia. Las que llegan desde el feminismo consideran que aunque tú quieras hacer este trabajo de forma voluntaria, te estás sumando al concepto patriarcal de sumisión.

También es la manera de dinamitar ese patriarcado: mi sexualidad es mía.

Claro. Si tu ves el mundo como un sistema de sumisión y consideras que todo el género femenino está sumiso, pues no entiendes que una mujer se empodere y domine la escena sexual y elija a sus clientes. Para una abolicionista eso será una ilusión de empoderamiento porque en el fondo estarás contribuyendo a ese sistema patriarcal.

Resulta curiosa esta coalición entre conservadores religiosos y algunos sectores del feminismo.

Creo que las feministas radicales deben de sentirse muy incómodas cuando coinciden con las ultracatólicas en esto. 

¿Y las prostitutas qué opinan? Porque muchas también rechazan la legalización.

Tienen más cara que espalda. Yo muchas veces se lo digo. “¿Tendrías que pagar impuestos?”, me responden muchas de ellas; “¿sí?, entonces prefiero que no se legalice. ¿Que el Estado sea mi chulo? No, gracias”. 

Una juez se dio de alta como prostituta en la Seguridad Social para demostrar que el proceso para legalizar la prostitución existe.

Sí, el problema es que la inmensa mayoría se ahorra los impuestos. ¿Tú sabes lo que es ganar tres mil euros al mes libres de impuestos?

La ONU afirma que una de cada siete mujeres de las que trabajan en la prostitución es víctima de las redes de trata de personas. El libro sigue ese esquema: siete capítulos y uno de ellos describe la trata de mujeres. Esas estadísticas son globales, ¿se mantienen también en España?

Es imposible saberlo. No hay un censo regulado y las cifras son muy dispares. Todo es muy opaco. Incluso el INE, que ha incluido el sector de la prostitución para calcular el PIB, trabaja con números ficticios. A mí me contaban las prostitutas que las llamaban para preguntarles cuánto ingresaban al mes. Todas declaraban la cuarta parte de lo que ingresan, por si acaso. No vaya a ser que si daban cifras altas, tres o cuatro mil euros, les pasaba factura. 

La economía sumergida debe ser enorme.

Lo más desconocido son los pisos. Quizá se sepa dónde se encuentra uno por el botón rojo del portero automático, pero no lo que se mueve dentro. Sin orden judicial no puede entrar la policía. Y solo bajo sospecha de un delito flagrante, lo que no suele ocurrir. El gran proxenetismo se da en los pisos, donde la tarifa se reparte al 50 por ciento entre la prostituta y el proxeneta, que normalmente es una ex prostituta. El gran problema está ahí y nadie habla de eso. Los clubes están tan a la vista que no se pueden permitir el riesgo. Los dueños saben que no pueden cobrar el servicio sexual. Saben que irían directamente a la cárcel.

Hay una marcada ambigüedad legal en torno al proxenetismo.

Sí, una inseguridad jurídica tremenda. El dueño de un prostíbulo sabe que no puede cobrar de una prostituta, por lo tanto no la puede contratar ni pagar su Seguridad Social. Muchas prostitutas, cuando se enfadan con el dueño de un club o tienen un problema, les denuncian en magistratura. Trabajaban para él y han sido despedidas sin finiquito ni nada, denuncian. Las sentencias han acabado diferenciando la actividad de prostitución de la de alterne (unaalternadora es la que capta clientes para que consuman copas, como una relaciones públicas: su trabajo sí que tiene que estar cubierto por la Seguridad Social). Pero no me extrañaría que alguna vez un empresario contrate a las chicas como relaciones públicas y acabe en la cárcel por proxeneta.

¿Qué va a pasar en Barcelona con la prostitución? Ada Colau se ha mostrado cercana a la Asamblea de Activistas Pro-Derechos sobre el Trabajo Sexual de Cataluña.

Yo no soy optimista. Animé a las prostitutas que conozco a que se unieran a Barcelona en Comú desde que se gestó la plataforma, desde Guanyem, para que se escucharan sus reivindicaciones ya en el origen. La experiencia no ha sido buena. A alguna de las prostitutas le han pedido que no siga yendo a las charlas de la plataforma porque “tienen un debate interno que está por solucionar”. Como los círculos de género no se ponen de acuerdo –que si el feminismo es esto o lo otro–, las han vuelto a excluir. Estoy muy defraudada.

Describes las rutinas de un club, la cotidianidad de un apartamento. ¿Salías de allí con sensación de alivio?

No, mi perspectiva es diferente. Si me quedo es porque cada día se me ocurren ideas nuevas, tengo nuevas experiencias, la vivencia se enriquece. Y cuando tienes una alternativa todo cambia. 

El ciclo de muchas prostitutas en un club es curiosamente de 21 días. Lo tuviste en bandeja.

(Risas) Tengo la intuición, sin fundamento alguno, de que el 21 es un número cabalístico. Responde al ciclo menstrual de las prostitutas. También está el asunto de las rotaciones. Muchos clubes quieren cambiar de chicas continuamente para tener nuevo género. Y a ellas les parece bien este sistema. Cuando una es nueva en un sitio, trabaja más. La clientela busca la novedad. 

¿La plena regularización ayudaría a mitigar el estigma?

Qué duda cabe. Uno de los títulos que barajaba para el libro era De profesión, puta. Pero son varios flancos. Uno es el legal, pero el más importante es el mediático. Cuanto más conozcamos la normalidad de sus vidas, más fácil será normalizar su situación.

Los medios de comunicación tienden a mezclar prostitución y trata de mujeres.

Es un problema. Está ligado porque es la misma actividad, pero seguir uniéndolos solo cimienta la confusión. Cuando hablamos de industria textil no lo emparejamos con la esclavitud de un taller de chinos en Badalona. Con la prostitución no ocurre lo mismo. La única presencia mediática de la prostitución es en el contexto de la explotación sexual. La prostitución voluntaria se cubre con pinceladas anecdóticas. De vez en cuando se leen historias como la de la prostituta que estudia una carrera universitaria… ¡Pues claro! Como cualquier otra mujer.

La antropóloga Dolores Juliano destaca que la prostitución es el único trabajo que no se considera una estrategia de supervivencia. Tú puedes ser temporera y estar mal pagada y será una estrategia de supervivencia hasta que encuentres algo mejor. En cambio, con la prostitución nunca se maneja la misma interpretación.

Retratas con crudeza la trata de esclavas sexuales en la historia de la emigrante nigeriana.

Lo que más me duele de ese episodio es que ella, voluntariamente, porque no le queda más remedio, ya con papeles en regla, tiene que volver a la prostitución. Esa es la gran derrota. Ella intenta permanentemente salir de allí. A pesar de la explotación, de la violación y del secuestro, cuando consigue salir de todo eso se queda sin trabajo por la crisis y tiene que volver a la calle para subsistir. Deberíamos tener un sistema que protegiera a las mujeres que no quieren prostituirse, a aquellas que se ven obligadas a hacerlo por razones económicas. Yo creo que la prostitución no es para todas las mujeres. Es muy duro. Tienes que estar preparada psicológicamente y que te guste el sexo.

Para luchar contra la trata de mujeres, ¿no se debería incidir en la regularización de las prostitutas al mismo tiempo que se penaliza a los clientes que tratan con prostitutas sin papeles?

Si se regulasen los prostíbulos tendrían unos controles administrativos que garantizarían al cliente que en el local no hay explotación sexual. Pero luego está el estigma: imagínate que se expiden licencias de prostituta. El problema es que muchas de ellas no quieren que conste en su vida laboral. Simplemente lo consideran una estrategia de supervivencia y no quieren que deje huella. Tenemos que acabar con el estigma. A veces me dan explicaciones contradictorias y yo lo explico por el estigma.

-“Yo quiero dejar este trabajo”, me cuentan.

-“¿Y por qué no lo dejas”, les pregunto.

-“Porque si me voy de camarera cobro 30€ al día y con esto cobro 30€ en media hora”. Entonces no debe de estar tan mal. Hay un ejercicio de cálculo por su parte.

-“¿Por qué lo quieres dejar, entonces, por los clientes?”

-“No, si los clientes son majos”, me responden.

Lo quieren dejar porque viven en la clandestinidad. No lo pueden compartir ni sentirse orgullosas de su trabajo. Viven en un continuo rechazo social. 

¿Cómo lo lleva Brenda, la escort de lujo que gana 2.000€ en una noche en Madrid?

A escondidas. Ella, que es una tía que lo disfruta a lo bestia, que es puro sexo, que flirtea hasta con los vecinos de mesa en un restaurante, que le encanta su trabajo, ella, Brenda, lo lleva en secreto. Se metió porque tenía amigas que conocían el mundillo, vio que se ganaba muchísimo dinero y lo hizo sin obligación alguna. ¿Por qué lo lleva en secreto? Por la presión social.

Si la prostitución fuera una profesión mayoritariamente masculina, ¿estaría regularizada?

Seguro. Y no habría estigma. La prueba está en los gigolós.

¿De qué va a tratar tu próximo libro?

Me gustaría escribir uno sobre el tráfico de speed. Con la crisis ha subido mogollón su consumo, que es más barato. Pero es solo una idea muy loca porque tengo un contacto que es narco de speed y debería contar su vida. Veremos. Si me ha costado este cinco años de trabajo, no sé lo que me puede suponer otro.

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Un juez falla que las prostitutas tienen derechos laborales

Una sentencia pionera equipara a las trabajadoras del sexo con cualquier empleado| De consolidarse, las prostitutas tendrían derecho al paro y a seguridad social | La Tesorería de la Seguridad Social ha solicitado ya las cuotas atrasadas

Un juez falla que las prostitutas tienen derechos laborales

La prostitución no forzada y ejercida en un prostíbulo es un trabajo que tiene los mismos derechos laborales que cualquier otro. Este es el espíritu de la sentencia pionera que ha dictado un juez de lo social de Barcelona y que obligaría a los proxenetas a suscribir contratos con las mujeres que conllevarían, por ejemplo, derecho a paro y cotizaciones a la Seguridad Social. Esta sentencia aún no es firme, pues puede ser recurrida hasta el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJC), pero a buen seguro que causará polémica, pues incide en una problemática que aún no está resuelta y sobre la que existen dos tendencias contrapuestas, encarnadas por la prohibición total de la prostitución, al estilo de lo que pasa en Suecia, o su regularización, como ha ocurrido en Alemania.

Sentencia, además, pionera, pues fuentes jurídicas consultadas por La Vanguardia señalan que en las bases de datos no existen pronunciamientos de índole similar. Tan sólo hay jurisprudencia parecida en el ámbito del llamado alterne, cuando las mujeres reciben pagos de un local por estimular a la clientela a consumir alcohol, y luego si quieren alquilan una habitación en el mismo sitio para servicios sexuales por su cuenta, aunque la realidad es que esta frontera es muy porosa y muchas veces fraudulenta.

Y, además, esta sentencia se produce de oficio a consecuencia de la inspección llevada a cabo en un local donde se llevaba a cabo el comercio sexual. El 11 de octubre del 2012, inspectores de trabajo, acompañados de funcionarios de la Policía Nacional, entraron en un establecimiento de Barcelona que se presentaba como centro de masajes y que se anunciaba en una web con este reclamo: “Nuestro factor humano y de servicios está ampliamente capacitado, tanto en presencia, saber estar y educación, como también en poder otorgarles una dedicación plena, placentera, sexual y con mucha implicación femenina hacia la persona que reclama y recibe nuestras atenciones”.

De esta inspección se derivaron dos procesos. Uno, penal, que se archivó porque las mujeres que trabajaban en el establecimiento aseguraron que no lo hacían forzadas ni sometidas a presión alguna. Y otro meramente laboral, que se derivó en un acta de trabajo por falta de afiliación y alta en la Seguridad Social de las empleadas del local. Al ser recurrida por la propietaria del centro de masajes, originó un litigio en un juzgado social, que es donde se ha dictado esta sentencia.

Los datos objetivos que se recogen en el acta de la inspección de trabajo son que, en el momento de producirse la revisión, había tres trabajadoras del sexo en el establecimiento; una en una habitación dando un masaje a un cliente, y otras dos en otras estancias a la espera de parroquianos. Todas explicaron que llevaban a cabo un horario, entre las doce y las veinte horas. En cuanto al pago, las mujeres declararon que cobraban una comisión por cada servicio, y que tanto los clientes como las instalaciones y los materiales de trabajo, como aceites, eran proporcionados por la empresa. La propietaria argumentó que su licencia municipal era de centro de masajes, no de alquiler de habitaciones, y que las mujeres debían estar allí a una hora convenida, en espera de que llegaran los clientes que las elegían para los servicios sexuales que quisieran, y cuyo precio era pactado con una encargada, que cobraba bien en metálico o bien en tarjeta de crédito y que al final de la jornada entregaba a las empleadas la parte convenida de cada trabajo.

De hecho, sólo existía una discrepancia, pero que no era trivial: mientras que la propietaria del centro sostenía que las mujeres prestaban sus servicios sexuales por iniciativa y cuenta propia, la policía y los inspectores de trabajo mantenían que no. que lo hacían por encargo de la empresa, lo que daría lugar a una relación laboral.

Para el juez no hay muchas dudas. En primer lugar, si bien el local se anunciaba como un centro de masajes, se trataba en verdad de un prostíbulo. Y que entre las mujeres y la propietaria existía un vínculo profesional “no admite mucha discusión”, porque tiene “los rasgos esenciales de todo contrato laboral”, que son “prestación voluntaria de servicios, retribución y dependencia”.

De esta forma, la sentencia expone cómo “el marco regulador de la prostitución” se queda en “regulación administrativa y despenalización aplicativa”; y también considera que ha quedado “plenamente acreditado que las trabajadoras ejercían libremente, sin coacción y de manera no forzada, la prestación de servicios de prostitución por cuenta de la empresa demandada, bajo su dirección y dependencia”, por lo que sólo cabe declarar que “la relación existente” entre la propietaria del local y las mujeres “tiene un carácter laboral”.

¿Qué consecuencias tendría esta sentencia si se consolida en tribunales superiores? Pues que las prostitutas que ejercen sin coacción y en un prostíbulo con un empresario tendrían los mismos derechos que cualquier otro trabajador: tienen derecho a un contrato mediante el cual deberían ser dadas de alta en la Seguridad Social –con las ventajas que ello conlleva, como pensión o atención sanitaria– y opción de cobrar el paro.

De hecho, la decisión judicial ha tenido su primera consecuencia: la Tesorería de la Seguridad Social ha reclamado a los propietarios del salón de masajes las cuotas que, en virtud de este fallo, deberían haber ingresado por tener a tres empleadas; y está por ver si las mujeres también plantean reclamaciones laborales.
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Un jutge decideix que les prostitutes tenen drets laborals

Una sentència pionera equipara les treballadores del sexe amb qualsevol empleat | POSSIBLES CONSEQÜÈNCIES En cas que es consolidés, les prostitutes tindrien dret a l’atur | PRIMER RESULTAT La Tresoreria de la Seguretat Social ja ha sol·licitat les quotes endarrerides

La prostitució no forçada i exercida en un prostíbul és una feina que té els mateixos drets laborals que qualsevol altra. Aquest és l’esperit de la sentència pionera que ha dictat un jutge social de Barcelona i que obligaria els proxenetes a subscriure contractes amb les dones, que comportarien, per exemple, dret a l’atur i cotitzacions a la Seguretat Social.

Aquesta sentència encara no és ferma, ja que pot ser recorreguda fins al Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJC), però segur que causarà polèmica, ja que incideix en una problemàtica que encara no està resolta i sobre la qual existeixen dues tendències contraposades, encarnades per la prohibició total de la prostitució, a l’estil del que passa a Suècia, o per la regularització, com ha succeït a Alemanya.

Sentència. a més, pionera, ja que fonts jurídiques consultades per La Vanguardia assenyalen que en les bases de dades no hi ha pronunciaments d’índole semblant. Tan sols hi ha jurisprudència similar en l’àmbit dels bars de cites, quan les dones reben pagaments d’un local per estimular la clientela a consumir alcohol, i després si volen lloguen una habitació al mateix lloc per a serveis sexuals pel seu compte, encara que la realitat és que aquesta frontera és molt porosa i moltes vegades fraudulenta.

I, a més, aquesta sentència es produeix d’ofici a conseqüència de la inspecció feta en un local on es duia a terme el comerç sexual. L’11 d’octubre del 2012, inspectors de treball, acompanyats de funcionaris de la Policia Nacional, van entrar en un establiment de Barcelona que es presentava com a centre de massatges, i que s’anunciava en un web amb aquest reclam: “El nostre factor humà i de serveis està àmpliament capacitat, tant en presència, saber estar i educació, com també a poder atorgar-los una dedicació plena, agradable, sexual i amb molta implicació femenina cap a la persona que reclama i rep les nostres atencions”.

D’aquesta inspecció, en van derivar dos processos. Un, de penal, que es va arxivar perquè les dones que treballaven a l’establiment van assegurar que no ho feien forçades ni sotmeses a cap pressió. I un altre de merament laboral, que es va derivar en una acta de treball per falta d’afiliació i alta en la Seguretat Social de les empleades del local. Quan la propietària del centre de massatges la va recórrer, va originar un litigi en un jutjat social, que és on s’ha dictat aquesta sentència.

Les dades objectives que es recullen en l’acta de la inspecció de treball són que, en el moment que es va fer la revisió, hi havia tres treballadores del sexe a l’establiment; una en una habitació fent un massatge a un client, i dues més en altres estances en espera de parroquians. Totes van explicar que duien a terme un horari, entre les dotze i les vint hores. Quant al pagament, les dones van declarar que cobraven una comissió per cada servei, i que tant els clients com les instal·lacions i materials de feina, com ara olis, eren proporcionats per l’empresa. La propietària va argumentar que la seva llicència municipal era de centre de massatges, no de lloguer d’habitacions, i que les dones havien d’estar allà a una hora convinguda, en espera que arribessin els clients que les elegien per als serveis sexuals que volguessin, i el preu dels quals era pactat amb una encarregada, que cobrava o bé en metàl·lic o bé amb targeta de crèdit i que al final de la jornada lliurava a les empleades la part convinguda de cada feina.

De fet, només existia una discrepància, però que no era trivial: mentre que la propietària del centre sostenia que les dones prestaven els seus serveis sexuals per iniciativa i compte propis, la policia i els inspectors de treball mantenien que no. que ho feien per encàrrec de l’empresa, la qual cosa donaria lloc a una relació laboral.

Per al jutge no hi ha gaires dubtes. En primer lloc, si bé el local s’anunciava com un centre de massatges, es tractava en veritat d’un prostíbul. I que entre les dones i la propietària existís un vincle professional “no admet gaire discussió”, perquè té “els trets essencials de qualsevol contracte laboral”, que són “prestació voluntària de serveis, retribució i dependència”.

D’aquesta manera, la sentència exposa com “el marc regulador de la prostitució” queda en “regulació administrativa i despenalització aplicativa”; i també considera que ha quedat “plenament acreditat que les treballadores exercien lliurement, sense coacció i de manera no forçada, la prestació de serveis de prostitució per compte de l’empresa demandada, sota la seva direcció i dependència”, per la qual cosa només es pot declarar que “la relació existent” entre la propietària del local i les dones “té un caràcter laboral”.

Quines conseqüències tindria aquesta sentència si es consolida en tribunals superiors? Doncs que les prostitutes que exerceixen sense coacció i en un prostíbul amb un empresari tindrien els mateixos drets que qualsevol altre treballador: tenen dret a un contracte mitjançant el qual haurien de ser donades d’alta a la Seguretat Social -amb els avantatges que això comporta, com a pensió o atenció sanitària- i opció de cobrar l’atur.

De fet, la decisió judicial ha tingut la seva primera conseqüència: la Tresoreria de la Seguretat Social ha reclamat als propietaris del saló de massatges les quotes que, en virtut d’aquesta decisió, haurien d’haver ingressat per tenir tres empleades; i cal veure si les dones també presenten reclamacions laborals.

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La policía advierte que no puede obligar a usar condón en burdeles

  • El Gobierno ha impuesto el uso del preservativo para proteger a las prostitutas

  • El incumplimiento acarreará penas para los clientes y los dueños de los prostíbulos

Prostitutas en un burdel alemán.

Prostitutas en un burdel alemán. E.M.

DPA Berlín

La policía alemana advirtió hoy que no está en condiciones de controlar el uso obligatorio de preservativos en los burdeles dispuesto la semana pasada por el Gobierno alemán.

“No se puede pedir a nadie que controle si un cliente usa condón o no en un prostíbulo”, dijo el presidente del sindicato de la policía alemana, Rainer Wendt, en declaraciones que difunde hoy el diario ‘Bild’. “El uso obligatorio de condón es completamente absurdo“, sentenció.

El gGobierno de democristianos y socialdemócratas de la cancillerAngela Merkel aprobó la semana pasada una ley para la protección de prostitutas de la violencia, la explotación y la contracción de enfermedades.

La nueva ley contempla que las prostitutas se sometan regularmente a exámenes médicos. En caso de violación del uso obligatorio del preservativo prevé castigos para el cliente y el dueño del burdelpero no para la prostituta.

Además, las meretrices deberán inscribirse en un registro y los prostíbulos sólo podrán ser abiertos con permiso municipal. “Ya no habrá más anonimato en este negocio”, celebró la diputada democristiana Nadine Schön.

La oposición criticó la medida, que consideró más que todo simbólica. La obligatoriedad del preservativo es “igual de difícil de controlar que a los que orinan en las piscinas públicas”, opinó la diputada del Partido La Izquierda Cornelia Möhring.

“Las situaciones forzadas y la represión no dan resultado, sino que empujan a las prostitutas a la ilegalidad”, se quejó, por su parte,Manuel Izdebski, de la presidencia de la Asociación Alemana de Ayuda contra el Sida (DAH). “Es una ilusión creer que se pueda controlar a la fuerza”.

http://www.elmundo.es/internacional/2015/02/07/54d60296e2704e601b8b4571.html

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