Marconi, a carne y fuego

  • El polígono del sur de Madrid es el mayor prostíbulo a cielo abierto de España

  • Allí trabajan día y noche, a veinte euros el servicio, 400 mujeres. Muchas son esclavas sexuales de las mafias

Una prostituta se calienta junto a una hoguera apostada en una esquina del polígono Marconi, en la zona sur de Madrid, a la espera de clientes.

Una prostituta se calienta junto a una hoguera apostada en una esquina del polígono Marconi, en la zona sur de Madrid, a la espera de clientes. / Alberto Ferreras

FRANCISCO APAOLAZA

Sobre la acera en la que se ofrece, la mujer ha pergeñado un humilde fuego en el que arden las astillas de un palé de madera roto. Desde un cielo nublado y naranja, industrial y descarnado, desciende, tenaz y cansada, una lluvia que todo lo empapa. La Venus de Milo del Sur de Madrid ha colocado sobre la hoguerita dos tablas de contrachapado que se sujetan una con la otra como un tejado y cubren su lumbre para que el agua y la noche no la apaguen. Posa casi desnuda. Viste un tanga y unos tacones de charol blanco. Todo lo demás es piel erizada y mojada, y sus dos pezones se han contraído por el frío y el agua. El paraguas claro descansa sobre el hombro derecho y ella ladea sobre él la cabeza y suspende la mirada en el vacío, como esas chicas de los jardines de Renoir. Para aprovechar el calor, ha doblado su cuerpo en cuclillas encima del fuego y, sentada sobre los talones, ha abierto las piernas sobre la llama que calienta sus muslos y su sexo, de manera que parece que la mujer está pariendo un puñado de brasas. Desde el otro lado de la calle se puede sentir su perfume mareante de canelas, melocotones y pachulíes que sube de nota conforme uno se acerca a ella. «¿Qué quieres, guapo?», pregunta con amabilidad aunque sin excesiva cercanía. Aleksandra nació en Rumanía, tiene 23 años y ofrece sus servicios de puta en Madrid en el supermercado de la carne, el mayor prostíbulo a cielo abierto de España, un mar de esclavas y de kleenex usados que se conoce como Marconi.

Siete de la tarde. Unas manzanas más allá, aún recorren las calles chavales con mochila y bocadillo de chocolate que se desfogan en brincos y carreras después del colegio. Una calle separa dos galaxias distintas. A un lado, la inocencia familiar de cualquier urbanización de Madrid a esa hora, el terreno de la indignación vecinal. Al otro, chisporrotea el fueguito de Aleksandra, que es uno entre cincuenta como los faros de una costa desconocida, oscura, atroz y amenazante. Cada pocos metros se eleva una hoguera en mitad de la noche. Cada fuego alumbra el cuerpo de una mujer. En las calles del polígono no hay fábricas, pero sí coches. Circulan despacio porque allí siempre es hora punta. Son cientos. Reducen la marcha para ver de cerca la mercancía, lanzan un grito desde la ventanilla, negocian el precio y, poco después, paran a un lado de la carretera. A través de las ventanillas se adivinan siluetas en diversas posturas, un porno de sombras. Después, ellas bajan y caminan de nuevo sobre una acera tapizada de pañuelos de papel y los coches vuelven a circular.

El mapamundi del sexo

Se calcula que 400 chicas hacen la calle en Marconi, que es como se conoce al polígono de Villaverde y al de El Gato. Esta es una selva antigua, crecida después de que se desmantelara la Casa de Campo, el tradicional caladero de la prostitución madrileña. El mapa del sexo está dividido por países. El corazón de esa geografía es la zona de las hogueras, pero el reino del sexo va mucho más allá. En las afueras de esa ciudad sin ropa, otras chicas remiten a placeres más furtivos. Casi no se las ve. En el extrarradio de Marconi, en un rincón sin luz aguardan los rostros hipermaquillados, fecundos y casi selváticos de las transexuales y la belleza furtiva, discreta y frágil de media docena de muñequitas de porcelana oriental. Allá están las chinas. Más acá, el suelo lo ocupan las rumanas, algo más lejos las ecuatorianas, nigerianas… Cada esquina y cada trozo de acera tiene un dueño, un color de piel y un acento distinto. El producto está ordenado y mapeado en los foros puteros de internet donde aparece el color de piel, el aspecto, el nombre y hasta los servicios que ofrece cada una de ellas. «Aquella acepta no usar preservativo…».

Cada palmo de terreno es un bien codiciado que tiene dueño. Lo controlan las mafias. En cada puesto se relevan las chicas, que pagan un canon de sus beneficios a los señores feudales de ese asfalto. Ellas mismas están controladas en su mayor parte por las mafias y las vigilan otras veteranas. Algunas mujeres pasean entre ellas, les llevan tabaco y por supuesto, cuentan los clientes y las ganancias. Su gesto es servil, pero en realidad son la cadena en el tobillo. Los chulos no se dejan ver. Algunos controlan desde las atalayas de los edificios, en habitaciones calientes lejos del frío y de la lluvia. También vigilan a los reporteros desde furgonetas blancas. Uno de ellos, de pronto, recorre la acera a pie camino de ninguna parte para dar su mensaje a las chicas y al periodista: os estamos vigilando.

Ninguna quiere hablar. Caderas anchas, pechos asomando tras una red de encaje, pongamos que se llama María. Se excusa -«estoy trabajando»-, pero acepta llamar al reportero más tarde. La conversación tiene lugar al día siguiente camino de la farmacia: «No quiero hablar. Tengo mucho miedo». La mayor parte de las chicas no pasa del anuncio de su tarifa. Cuesta creer que aquella veinteañera de metro ochenta de las piernas largas y los ojos de hierbabuena, esa mujer que podría estar en una pasarela o bailando de gogó en una discoteca, esa diosa eslava esté allí pasando frío y haciendo sexo dentro de un coche por veinte euros. Se calcula que son 400. A cuarenta servicios por cabeza, cada día en Marconi sale a 16.000 polvos. A estas alturas del reportaje se habrán imaginado que en esas calles hay más ley que la de la oferta y la demanda.

Sobre cada par de tacones se erige un edificio quebrado, una historia que salió mal. A Lis se le torció la vida el día en el que la echaron de su trabajo de secretaria en un despacho de abogados de Sao Paulo, en Brasil, y de un golpe se le acabó el dinero para pagarse la carrera de Derecho. En esa mala hora conoció a una chica que le ofreció una solución: viajar a Europa a trabajar de camarera y a cuidar niños y viejos. «El plan era ganar en un par de años lo que le costaría después acabar la carrera». Aquella chica fue trabando relaciones de amistad con la gente de Lis y alrededor de ella tejió la tela de araña de la confianza. Pasó un par de meses sopesando la decisión. No suponía entonces que unos años más tarde terminaría esnifando cocaína con un cliente en una cuneta de Villaverde.

Quizás podría haberlo sospechado cuando a las siete chicas del grupo les dieron las instrucciones del viaje: llevar 500 euros encima para justificar ante la Policía de Extranjería que viajaban a Europa de vacaciones, disimular y no dar señales de que conocían a otras chicas. Brasil, Italia, Portugal… Comenzaron a moverlas. «La primera semana nos trataron como reinas». Vivían juntas en un piso, pero el trabajo prometido no llegaba. Entonces, la chica no fue tan simpática. Las reunió en un salón del chalet y, rodeada de cuatro matones, les confesó que ese viaje no era el que habían pensado: «Nos dijo que allí no habíamos venido a cuidar ancianos, sino a ejercer la prostitución». Les quitaron el pasaporte. En ese mismo instante de desconcierto comenzaron las amenazas y las palizas. También les dieron otra noticia: debían 5.800 euros. Entonces Lis ya podría añadir a su currículum un trabajo de esclava sexual en una red de trata de blancas. Pese a todo el dinero que ganaría en adelante, nunca darían esa deuda por satisfecha, así que viviría atrapada por las redes criminales.

El peaje que las mafias reclaman a las africanas es mucho mayor: hasta 50.000 euros por traerlas a España, en la mayor parte de los casos en condiciones infrahumanas y jugándose la vida. Diversas organizaciones han llegado al consenso de que ocho de cada diez prostitutas de las que trabajan en España (se calcula que son 300.000) no lo hace por su propia voluntad y está en manos de los proxenetas y de las mafias, sobre todo rumanas, brasileñas y españolas. No son todas. En 2015 nació en Madrid la Asociación Feminista de Trabajadoras del Sexo que reclama el papel de las mujeres que ejercen libremente.

Drogas por fuerza

«Antes que a Marconi nos llevaron a Sevilla, a una casa. Nos enseñaron a beber mucho alcohol y a usar drogas, porque así los clientes gastaban mucho más. Salvo pincharnos, nos obligaron a tomar todas las drogas». Las adicciones son comunes entre las mujeres. En agosto encontraron a una de ellas muerta por una sobredosis en el polígono. Llevaba dos días cadáver. Ese mismo mes, la Policía encontró el cuerpo de un hombre de 70 años que había fallecido al parecer de un infarto mientras se encontraba consumiendo drogas con una prostituta.

Cuando estaban ‘formadas’, las trajeron a Madrid y anduvieron de aquí allá. «Cada veinte días cambiábamos de ubicación porque los clientes quieren siempre carne fresca». Hay que mover la mercancía, así que cada cierto tiempo cambian. Rocío Mora, de la Asociación para la Prevención, Reinserción y Ayuda a la Mujer Prostituida (APRAMP), admite que un gran porcentaje de las chicas «no sabe ni en qué ciudad está».

Al cabo del tiempo, Lis llegó a Marconi y se vio junto a una de esas hogueras. «Pareces muy libre porque enseñas las tetas, pero en realidad allí no hay libertad ninguna», explica. En esa ciénaga de asfalto, se sentía vigilada constantemente por las chicas y también por los proxenetas que observan la maquinaria tras los cristales de un asador cercano. Cada día tenía una misión: cuatrocientos, quinientos, seiscientos euros. Un servicio son 20 euros, pero no siempre. «Hay mujeres deterioradas física y psicológicamente que lo hacen por cinco. Hasta que tenías el dinero no podías volver a casa, así que podías pasar allí el tiempo que fuera. Si volvías sin el dinero, te acusaban de haberlo robado y te pegaban». En casa, las amenazas eran constantes. Muchas de las mujeres prostituidas están advertidas de que, si no siguen con el juego, van a atacar a sus seres queridos en sus países de origen. Llamar a la Policía es, para ellas, un absurdo, pues creen que son cuerpos corruptos y que las van a delatar a las mafias. «Nos hacen creer que la Policía es como la de nuestros países. Nos tienen encadenadas mentalmente». A las nigerianas las controlan con santeros de vudú. Al llegar a casa, si se quejaba, recibía una paliza. «Nos pegaban, pero no en la cara, porque perdíamos valor en la calle». Además de los golpes le ofrecían la excusa: «Cuando los clientes preguntaban, teníamos que decirles que nos habíamos caído o que a otro cliente le gustaba el sado».

Las condiciones en la calle son infrahumanas. Catorce horas trabajando sin comida a base de café, cigarros, alcohol y drogas. El frío siempre termina por hacer mella, así que las chicas enferman. El mensaje es claro: «Tienes que seguir trabajando». A los pocos meses, casi todas arrastran enfermedades, pero la deuda nunca se cubrió. Lis tocó fondo después de pasar una semana con un cliente teniendo sexo y consumiendo cocaína. Facturó 16.000 euros y reclamó que la mafia reconociera que cancelaban su deuda. Se negaron y ella se dio cuenta de que nunca saldría de ese agujero. «Pensé: o me escapo, o me matan». Y voló. La brasileña aceptó por fin la ayuda de APRAMP, que se esfuerza en ofrecer salidas reales a las mujeres. Lis denunció a los que la habían explotado y vivió tres años en un piso de protección. Pasó años rehabilitándose de su adicción a las drogas, aprendiendo oficios y asistiendo a terapia para reconstruir los escombros en los que se había convertido su vida. Meses después, sufrió una trombosis coronaria con la que pagó por todos sus excesos con los clientes. La prostitución estuvo a punto de matarla. «Estaba destruida». Hoy es agente social y patrulla las mismas calles de Marconi en una unidad de rescate de APRAMP que ofrece ayuda a las mujeres que están en su situación.

En Villaverde siguen entrando coches. Abren las ventanillas, negocian el precio de la carne, siguen adelante, vuelven a negociar, se detienen, se van… El servicio no para ni un minuto. «Es una forma más de ocio -admite Lis-, pero la gente no se da cuenta lo que hay detrás. O quizás no quiere verlo. Dicen que el de puta es el oficio más antiguo del mundo, pero yo creo que el más antiguo es el de mirar a otro lado».

En Marconi, a simple vista, los clientes no son más que siluetas. No hay un perfil definido, aunque cada vez son más jóvenes. El mito del putero sesentón se desvanece. Cada vez son más jóvenes y abundan las cuadrillas de adolescentes de hasta 14 años que han integrado las fiestas sexuales en Marconi en su rutina de ocio. Se sabe, según datos de Eurostat, que en España el 33% de los hombres ha ido de putas al menos una vez en su vida.

JOVEN, EXTRANJERA Y CON HIJOS

La prostitución es el segundo negocio que más ingresos genera en el mercado negro internacional, una lista encabezada por la falsificación de medicamentos. El perfil de la prostituta en España es el de una mujer extranjera, de menos de 35 años y con hijos a su cargo. Según un informe de Cáritas, la crisis ha llevado a muchas mujeres españolas a vender su cuerpo para sacar un dinero con el que subsistir; en la mayoría de los casos, sin conocimiento de su entorno familiar. Muchas inmigrantes afincadas en nuestro país que habían abandonado esta forma de vida se han visto obligadas a retomarla a causa de la precariedad económica.

SEXO BARATO

Por zonas: Las prostitutas se distribuyen según su raza y procedencia.

Los clientes: Cada vez más jóvenes, los hay incluso de 14 años.

400 mujeres ofrecen servicios de prostitución en el polígono Marconi, en Villaverde, a las afueras de Madrid.

40 servicios sexuales puede llevar a cabo una mujer en un día. Gran parte de estos ingresos son para los proxenetas.

20 euros es el precio medio de un ‘servicio’ en el polígono Marconi. Las más deterioradas lo hacen por cinco euros.

300.000 prostitutas se ganan la vida en España ofreciendo servicios sexuales a cambio de dinero. La mayoría son extranjeras.

80 de cada cien mujeres que ejercen la prostitución no lo hacen por su propia voluntad. Son controladas por proxenetas y mafias que las trajeron de sus países de origen.

33 de cada cien hombres españoles confiesan haber contratado en alguna ocasión servicios de prostitutas.

http://www.laverdad.es/murcia/sociedad/201701/15/marconi-carne-fuego-20170115005909-v.html

 
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España, destino de turismo sexual

La falta de legislación, la gran oferta de prostitutas, prostíbulos y webs que ofrecen chicas sitúan a España en el tercer lugar preferido para buscar sexo

Prostitución en la calle Montera JAVIER BARBANCHO

  • IRENE HDEZ. VELASCO

Existe un país en el que, según cálculos de su Gobierno, ejercen como prostitutas unas 45.000 mujeres, aunque hay expertos que estiman que la cifra real podría ser mucho mayor. Donde cientos y cientos de puticlubs y locales de sexo de pago salpican su geografía, algunos de ellos tan enormes que son como parques temáticos en los que prestan servicios sexuales hasta 200 mujeres.

En ese país, la oferta de prostitutas es tan amplia que no sólo se puede elegir entre búlgaras, rumanas, dominicanas, rusas, brasileñas o nigerianas, por citar algunas nacionalidades, sino que los precios son extremadamente competitivos. Por cinco euros, lo que cuesta un par de docenas de huevos, le pueden hacer a uno sexo oral. Y por 60 euros, un completo en una habitación de hotel con sábanas limpias y luces psicodélicas. Según el Instituto Nacional de Estadística de ese país, la prostitución representa el 0,35% del total de su Producto Interior Bruto. Es una de las inversiones más rentables, hasta el punto de que según su Ministerio del Interior genera unos cinco millones de euros al día.

Ese país tiene, además, una legislación sobre prostitución extremadamente laxaen la que en ningún caso se persigue ni condena a quien paga por sexo ni a los locales donde tiene lugar el mismo. Y una cultura social en la que no suele estar mal visto ir a un burdel. Ese país goza de buen clima, playas maravillosas y gente amable. Por todo eso, es uno de los principales destinos de turismo sexual del mundo y a él acuden cada año hordas de personas atraídas por su amplia red de mujeres en prostitución y sus más de 1.500 burdeles, según estimaciones de la Policía.

¿Camboya? ¿Tailandia? No.

¿República Dominicana? ¿Brasil?

Frío, frío. Ese país es España.

España se ha convertido en una de las principales metas de quienes viajan en busca de sexo de pago. Está, y bastante arriba, en la lista de los 10 países más populares para el turismo sexual, junto a destinos clásicos como Tailandia, Brasil, Indonesia, Colombia, Camboya, Kenia, Filipinas, República Dominicana u Holanda. La mayoría de las clasificaciones ya sitúan a España en la tercera posición. “Y algunas incluso en la segunda”, advierte Asunción Miura, representante de la Comisión para la investigación de malos tratos a mujeres y de la Coalición internacional Contra el Tráfico de Mujeres.

“Por supuesto que hay turismo sexual en España, sin duda. Los propios cuerpos de Seguridad del Estado nos lo han confirmado. Sólo hay que ver cómo la mayoría de los clubes de alterne se concentra en las zonas turísticas. En Andalucía, el grueso de burdeles se agrupa en las provincias costeras, no en las del interior. Y en temporada alta, Canarias y Mallorca se llenan de mujeres que ejercen la prostitución y que, en cuanto acaba el periodo turístico, son trasladadas por las mafias a otros lugares”, sostiene Jorge Uroz Olivares, profesor del Departamento de Sociología y Trabajo Social de la Universidad de Comillas y, quien hace dos años, realizó junto a su equipo un estudio sobre prostitución y trata de mujeres para el Ministerio del Interior que ahora está ampliando. “Hasta existen agencias de viajes extranjeras que publicitan España como destino de turismo sexual. Al paso que vamos nos convertiremos en la Tailandia de Europa”.

Foros y ránkings de burdeles en Internet

Internet está repleto de páginas que recomiendan España a todo el que esté interesado en sexo de pago. “España se está convirtiendo en uno de los destinos de turismo sexual más populares del mundo”, subraya la llamada wikisexguide, una web con pretensiones de ser una Wikipedia del sexo, al tiempo que explica algunos atractivos patrios: “La prostitución es como si fuera legal en España, existe un vacío legal. Las trabajadoras sexuales no están penalizadas, mientras que los proxenetas sí. El 90% de las prostitutas son inmigrantes ilegales (muchas procedentes de América del Sur) e introducidas en España a través del tráfico ilegal de seres humanos, lo que deja a muchas en un limbo legal”, destaca.

“España es el país número uno de Europa en turismo sexual, habiéndole tomado la delantera a Ámsterdam. La prostitución es completamente legal, así que montones de colegas acuden allí cada año”, dicen en la web de ocioladsholidayguide.

Hay hasta foros donde los usuarios dan su opinión sobre burdeles. Una especie deTripadvisor que, en lugar de calificar hoteles y restaurantes, valora y puntúa la calidad de los burdeles y sus mujeres (procedencia, características físicas, servicios sexuales…). “Es como un burdel de lujo. Llamas, entras y te da la bienvenida una madam que te ofrece bebida. Luego hace entrar una selección de mujeres jóvenes. Su aspecto varía de medio (6-7) a guapas/sexy (9). Tras elegir a una chica te retiras al dormitorio y acuerdas el precio con ella (media hora, 60 euros; 1 hora, 120 euros). Mientras ella va a por sábanas limpias, tú te puedes duchar. Todo está limpio y ordenado. Las chicas suelen ser simpáticas. Merece la pena una visita”. Según este usuario, “es el mejor de Valencia”. Es la valoración que un talPirateHasLanded hace de EvenOnce, un conocido puticlub de Valencia. “Sí, casi la mitad de nuestro clientes son extranjeros. Algunos vienen en grupo, otros solos. Hay de todo”, nos confirma una empleada de ese local.

En Flowers, un burdel en la autovía Madrid-A Coruña, es frecuente ver extranjeros. Hace unos días vimos allí a un grupo de orientales que había aprovechado un viaje de negocios a la capital española para probar también sus reputados burdeles.

La gran oferta de mujeres en prostitución y lo baratos que son sus servicios son indicados reiteradamente como puntos fuertes de España. Según el listado de precios que incluye la wikisex, por 35 dólares (30 euros) se puede obtener un servicio sexual de una prostituta negra en Madrid.

“Tiene todo el sentido que España sea uno de los mayores destinos del mundo de turismo sexual. Y no me extrañaría que fuera el número uno en turismo de burdeles. Tenemos los dos principales ingredientes: somos un país con una gran oferta de mujeres en situación de prostitución y locales de pago por sexo y uno de los países del mundo que más turistas recibe. Tenemos las dos cosas necesarias: muchísimos potenciales prostituidores -varones que pagan por sexo- y una oferta variada de prostitución”, sostiene María José Barahona, profesora de Trabajo Social en la Universidad Complutense y autora de varios estudios sobre prostitución.

Sin castigo en España

España cuenta con una legislación muy permisiva, que únicamente castiga al proxeneta y sólo en los pocos casos en que se demuestra que lo es. En Suecia o Noruega el cliente es perseguido y corre riesgo de cárcel.

“Tenemos una red gigantesca de burdeles, unos 1.500, a los que sumar montones de pisos privados que ocultan mujeres que ejercen la prostitución y que se publicitan en anuncios de contactos u octavillas por la calle. La oferta es enorme y, como la prostitución no está prohibida ni penada ni quienes pagan por sexo están perseguidos, España es un destino atractivo para el turismo sexual. Por haber hay hasta menores, no es necesario viajar a Tailandia, están aquí. La prostitución mueve más dinero en España que el tráfico de drogas”, subraya Uroz Olivares.

El municipio catalán de La Junquera, fronterizo con Francia, está inundado de puticlubs y macroburdeles como Paradise, que con sus 200 mujeres como oferta, lleva a gala ser el más grande de Europa. Y otro tanto sucede en zonas lindantes con Portugal. Incluso el Plan de Acción para la Erradicación de la Trata, la Prostitución y otras formas de Explotación Sexual (2010-2015) realizado por el Ayuntamiento de Sevilla sostiene que en esa ciudad “hallamos todas las variantes posibles de la prostitución”, incluyendo entre las nuevas formas el “turismo sexual”.

“No tenemos constancia de que existan paquetes turísticos sexuales con destino a España, pero sí la sospecha de que podría haberlos. Y si aún no los hay, al paso que vamos no tardará mucho en haberlos, encontrándonos como nos encontramos dentro de las rutas de turismo de burdel”, pronostica Barahona.

http://www.elmundo.es/sociedad/2016/10/13/57fe88b2e5fdea63208b4583.html

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Amnistía Internacional denuncia que prohibir la prostitución daña a las mujeres

Amnistía Internacional denuncia que prohibir la prostitución daña a las mujeres

La organización documenta violaciones, agresiones y extorsión por parte de clientes y la policía

FELIPE SÁNCHEZ

Prohibir la prostitución, penalizar su demanda o las actividades conexas —como el alquiler de locales para su ejercicio— hacen más vulnerables a las trabajadoras sexuales, según un informe que publica este jueves la ONG Amnistía Internacional. La investigación, dividida en cuatro documentos relativos a Argentina, Noruega, Hong Kong y Papúa Nueva Guinea, concluye que castigar la actividad “refuerza la marginación, el estigma y la discriminación y puede negar a las personas que se dedican al trabajo sexual el acceso a la justicia”.

Dos agentes interrogan a una prostituta y a un cliente durante una operación policial en París en marzo de 2012.

prohibir la prostitución

Dos agentes interrogan a una prostituta y a un cliente durante una operación policial en París en marzo de 2012. THOMAS SAMSON AFP

El estudio documenta con casos las violaciones, ataques, amenazas y extorsión que sufren las prostitutas. Desde Papúa Nueva Guinea a Argentina, Hong Kong y Noruega, los investigadores han encontrado numerosos casos de personas que ejercen la prostitución que sufren abosos físicos y sexuales por parte de sus clientes y de la policía.

Las cifras de Papúa Nueva Guinea, un país de 7,3 millones de habitantes al norte de Australia, y donde la prostitución es ilegal, dan cuenta de los riesgos de las trabajadoras con un modelo prohibicionista. Entre un grupo de 593 personas dedicadas a la prostitución en Puerto Moresby, la capital papú, el 50% fue víctima de violaciones de clientes o policías en un periodo de seis meses, según un estudio académico de 2010 que cita AI.

El modelo abolicionista o nórdico, al que Francia acaba de sumarse, tampoco garantiza la seguridad de las prostitutas, de acuerdo con la ONG. Una parte considerable de las mujeres consultadas para el informe en Noruega —que prohíbe pagar por sexo, aunque no persigue a quien lo ofrece— aseguró que trabajar con otros puede hacer más segura la actividad. Sin embargo, la policía puede considerar este trabajo conjunto como “prostitución organizada”. El miedo de los clientes en ese país por la posibilidad de una detención y el creciente uso de casas particulares para el servicio aumenta el riesgo de las agresiones, expone la investigación. “Es más peligroso ir a la casa del cliente. Fui a la de uno. Me dio dos puñetazos en la cara. No lo denuncié a la policía. No quiero que figure en mi historial”, relató a AI una trabajadora.

La defensa de la legalización por parte de la ONG generó una fuerte polémica el año pasado. Más de 400 organizaciones dirigieron a Amnistía Internacional una carta, que firmaron actrices de Hollywood como Meryl Streep, Kate Winslet y Anne Hathaway, para pedirle que reconsiderara su campaña por la despenalización. El documento argumentaba que descriminalizar la demanda del sexo por dinero ponía en desventaja a las mujeres que lo ofrecían y que las convertía en “objeto de consumo para hombres y de ganancias para proxenetas, propietarios de burdeles y traficantes”. La organización defiende solo el “trabajo sexual consentido entre adultos” e insta a los gobiernos a perseguir la trata de personas, la explotación y la prostitución infantil.

La ONG cita un estudio oficial elaborado en Nueva Zelanda, que despenalizó la prostitución en 2003, que reveló que tras la legalización, el 70% de las trabajadoras estaban más dispuestas a denunciar los abusos en su contra.

“[El cliente] me pagó y estaba a punto de bajarme del auto cuando me agarró del cuello y me cortó con un cuchillo. Le di todo el dinero que tenía y mi teléfono celular, y me dejó ir”, refirió una trabajadora argentina a AI. “No me van a escuchar, porque soy trabajadora de la calle”, justificó la víctima sobre la inutilidad de una posible denuncia de la agresión. El informe insiste en que, aunque en Argentina no son ilegales ni la oferta ni la demanda de servicios sexuales, las trabajadoras precisan de una legislación que proteja sus derechos.

También se ha detectado un gran número de abusos en Hong Kong, donde no se penaliza el oficio pero sí los burdeles. El trabajo aislado hace más vulnerables a las mujeres que ejercen el oficio, objetos constantes de violaciones, extorsiones y coacción, según los testimonios recogidos en la investigación.

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/05/25/actualidad/1464193965_020273.html

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OS HABÉIS PASADO

Estos días nos llegó la noticia del último despropósito del sector abolicionista alemán que consistía en publicar en la web las direcciones privadas de cientos de trabajadoras sexuales de ese país sin su consentimiento.

¿De verdad piensan que con estas acciones van a proteger a las mujeres como tanto proclaman? ¿Cómo coño se entiende eso?

Nosotras NO le damos nuestra dirección privada a todo el mundo, lo hacemos cuando el cliente ya ha pasado ciertos filtros que nosotras mismas establecemos, pero vosotras, lo habéis hecho sin nuestro permiso y saltándose todos los filtros que nosotras establecemos. Entre ellos no comparten nuestras direcciones privadas, porque, al contrario de lo que ustedes han hecho, nos suelen cuidar mucho, pésele a quien le pese.

Habéis puesto a cientos de trabajadoras sexuales en peligro real, irónicamente en ese peligro del que “queréis salvarnos” ¿En qué cabeza cabe? No puedo concebir que una mujer ponga en peligro a posta a otra y se diga feminista.

Decís que respetais las leyes, pero con tal de mantener vuestro statu quo, las habéis quebrantado, para vosotras todo vale, nos habéis llamado proxenetas, nos habéis llamado depósitos de semen y nos habéis puesto en grave peligro y no lo vamos a tolerar más.

Las caretas se han caído, espero que el movimiento feminista tome nota de esta acción y se den cuenta de la clase de gentuza que sois, que en mi opinión no sois mas que aliadas del patriarcado.

http://www.aprosex.org/os-habeis-pasado/

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Esclavizadas bajo amenaza de vudú con su vello púbico

TRATA DE SERES HUMANOS

Esclavizadas bajo amenaza de vudú con su vello púbico

Dos organizaciones de prostitución nigeriana amenazaban a sus víctimas con magia negra. Las proxenetas eran mujeres y un pastor evangélico retenía los pasaportes en su iglesia.

El vello púbico se guardaba en servilletas con el nombre de cada chica

El vello púbico se guardaba en servilletas con el nombre de cada chica

DAVID LÓPEZ FRÍAS@lopezfrias

“Nunca habíamos llegado a incautar vello púbico de prostituta empleado en rituales de magia negra. No se ha publicado nunca. Es material inédito por lo difícil que resulta acceder a él; siempre lo esconden con mucho celo”. Lo revela uno de los agentes de Policía Nacional que acaban de desmantelar dos redes de prostitución nigeriana en España. Han liberado a dieciocho mujeres explotadas sexualmente, algunas de ellas menores de edad. Todas ellas estaban amenazadas por el rito de vudú.

Uñas, sangre menstrual o vello púbico. Todo guardado en una servilleta de papel con el nombre de cada mujer. En África existe la creencia de que el propietario de ese paquete posee de algún modo el control del destino la víctima. Con estos elementos, las mafias obligan a las prostitutas a realizar un juramento de silencio, obediencia y fidelidad antes de enviarlas a Europa. A su llegada a Europa, las proxenetas vuelven a hacerse con material genético de la víctima para reforzar la amenaza. Si no cumplen lo que juraron en África, son sometidas a magia negra. Con esta estrategia del miedo se aseguran de que la víctima pague la deuda que adquiere con los tratantes en concepto del precio del traslado y no se escape.

Las mafias nigerianas, además de amenazar a las prostitutas con matar a sus familias si acuden a la policía, juegan con la coacción del vudú. Este el principal elemento que diferencia a las redes nigerianas de las mafias de otras nacionalidades: el factor religioso. Y en esta operación, el material incautado se ha convertido en una prueba de cargo contra estas redes.

La Policía Nacional ha liberado a 18 mujeres nigerianas que ejercían la prostitución en diferentes ciudades del litoral levantino. Estaban siendo explotadas por dos redes mafiosas que actuaban como auténticos cárteles: coexistían, fijaban los precios, colaboraban entre ellas e incluso se intercambiaban a las prostitutas. Ambas estaban lideradas por mujeres que se apoyaban en un pastor evangélico (líder espiritual de la comunidad nigeriana en Alicante) que les retiraba los pasaportes a las víctimas y las culpaba de su suerte. Hay 30 detenidos y se han incautado un millón de euros.

CONDICIONES INFRAHUMANAS

Las condiciones a las que eran sometidas las mujeres (algunas de ellas menores) eran infrahumanas: vivían hacinadas en pisos de los que sólo salían para trabajar. Estaban obligadas a cobrar 5 euros por servicio y a prescindir del preservativo. Todas, sin excepción, trabajaban a diario y sin descanso. Empezaban a las siete de la tarde y acababan por la mañana. Muchas de ellas, además, se veían obligadas a compaginar la calle con otros trabajos como cuidar ancianos o llevar a los hijos de los proxenetas al colegio.

Las agresiones físicas eran frecuentes, especialmente cuando las chicas enfermaban y no podían trabajar. Además, si no lograban recaudar todo el dinero que exigían las mafias, las hacían pasar hambre. Las proxenetas las alimentaban a base de pan y agua. “Cuando rescatamos a una de las chicas, pasamos por una gasolinera para comprar algo para comer. La muchacha literalmente devoraba el alimento. Mezclaba dulce con salado y engullía cualquier cosa que le poníamos en las manos”, cuenta un policía, que recuerda con dramatismo que “cuando les preguntábamos cómo habían resistido tanto tiempo en aquel infierno, todas nos contestaban con resignación que no tenían otra opción”.

EL VIVERO ES BENIN CITY

Pero… ¿cuál es el modus operandi de estas mafias? Desde la Policía Nacional cuentan que “para las víctimas, es imposible salir de Nigeria sin someterse a este ritual”. Los tratantes captan a chicas jóvenes y pobres y les ofrecen un trabajo en Europa. Generalmente proceden de Benin City, la capital del estado de Edo. A menudo las engañan prometiéndoles puestos en servicio doméstico. Otras veces, cuando la situación de las víctimas es de extrema pobreza, les dicen la verdad”.

“Les ofrecen un trabajo como prostitutas, pero les aseguran que el ritual al que serán sometidas les eximirá de cualquier culpa, dado que el ejercicio de la prostitución no está bien aceptado por la sociedad nigeriana. El rito, además, les confiere (según los sacerdotes que lo practican) protección para el viaje a Europa. Aunque sepan que van a prostituirse durante un tiempo, lo que nadie les explica a estas mujeres es que van a convertirse en esclavas sexuales viviendo en condiciones infrahumanas”, explica un agente de la Policía Nacional.

Prostitutas nigerianas en la Casa de Campo de Madrid.

Prostitutas nigerianas en la Casa de Campo de Madrid. Efe

Cuando una chica nigeriana acepta el trato, es conducida ante un babalawo(sacerdote tradicional nigeriano) que las somete a un ritual de juju (magia negra). Son ceremonias de gran simbolismo que refuerzan la presión psicológica sobre las víctimas. No existe un rito estándar, pero todos tienen elementos coincidentes: se realizan juramentos, cánticos y después se procede al sacrificio de un animal (una gallina, por norma general) que lo convierte en un sangriento espectáculo. Después, el sacerdote elabora brebajes con cenizas y agua sucia. En otras ocasiones se ven obligadas a bañarse desnudas en ríos. También se les suelen practicar incisiones en el cuerpo para introducir hierbas medicinales u otros elementos que (según elbabalawo) estrecha el vínculo de la mujer con los dioses.

Sea cual sea el tipo de rito al que son sometidas, un patrón coincidente en todos los casos es la obtención de material genético de la mujer. A todas las chicas que van a emprender el viaje a Europa les arrancan vello púbico para amenazarlas con magia negra.

UN AVAL PERSONAL

La principal exigencia de las mafias es que la chica acuda a la ceremonia con un “aval personal”. Esto es, un familiar o persona muy próxima a la víctima. Así, si la prostituta incumple su juramento en Europa y se escapa o acude a la policía, los mafiosos en Nigeria atacan a ese aval, agrediendo o asesinando a sus familiares.

Una vez se ha completado el ritual, obligan a la chica a memorizar un número de teléfono y la envían rumbo a Europa. La víctima emprende un viaje infernal de 5.000 kilómetros, que es la distancia que separa Nigeria de España. Algunos tramos los realiza en bus y otros caminando. Atraviesan eriales y desiertos. Las chicas viajan acompañadas de una persona de confianza de la red mafiosa, pero eso no las salva de los ataques durante el itinerario: para cruzar el desierto están obligadas a tratar con contrabandistas que a menudo las violan o les roban todas sus pertenencias.

LA RUTA DE MARRUECOS Y LA DE LIBIA

Existen dos rutas principales para llegar desde Nigeria a Europa. Los traficantes eligen una u otra en función del valor que otorguen a la chica en cuestión. Ambas pasan por Níger y el desierto del Sahel, pero la primera ruta tiene a Marruecos como último destino en África. Es mucho más cara para los traficantes (50 mil euros), pero asegura que la mujer llega viva al Mediterráneo. Es el itinerario elegido para trasladar a las chicas más jóvenes y valoradas. La segunda ruta se desvía hacia el este y llega a Libia. Es más barata (30 mil euros), pero mucho más insegura. La situación de conflicto que vive el país lo convierte en un territorio ingobernable. Son muchas las mujeres que mueren o desaparecen en ese tramo. Es la ruta elegida para trasladar a las mujeres de más edad o menor valor en el mercado de la prostitución.

Las dos rutas que utilizan los traficantes de personas

Las dos rutas que utilizan los traficantes de personas Patricia López

Si consiguen alcanzar el Mediterráneo, toca intentar pasar a Europa. Si han llegado vía Marruecos, cruzan el estrecho a bordo de lanchas rápidas con la costa andaluza como destino. Si la ruta elegida ha sido Libia, las mujeres se hacinan en barcos cargueros junto a la mercancía y desembarcan en Italia.

Una vez en Europa, las chicas suelen ser interceptadas por las autoridades y enviadas a centros de acogida de inmigrantes. Una de las directrices que deben cumplir es mentir respecto a su identidad. A menudo tienen órdenes explícitas de decir que son de Malawi, Sierra Leona o Benin (países angloparlantes en conflicto) y pedir asilo político.

En cuanto les sea posible, deben llamar el número de teléfono memorizado en Nigeria. Es el contacto de la mami, mujer que compra a las chicas. Ella se encargará de sacarlas del centro de acogida a la mayor brevedad. Esta es otra de las particularidades de las tramas de prostitución nigeriana: las proxenetas son mujeres. “Hay hombres en las redes, pero el control de las prostitutas suele ser de las mamis, que son las que manejan el negocio y se comportan de forma mucho más cruel que los varones”, cuenta uno de los agentes de policía consultados.

Una vez fuera del centro, la chica pasa a ser de propiedad de la mami. Cuenta la Policía Nacional que “las mamis de estas tramas desmanteladas tenían especial influencia en ese sentido y eran capaces de sacar a las víctimas de los centros de acogida con mucha rapidez”. Así, cuando salen del centro, son trasladadas a vivir en los pisos de sumami junto a numerosas compatriotas que también se ven obligadas a ejercer la prostitución.

EL SACERDOTE QUE SE BENEFICIABA

Una parte fundamental del entramado desmantelado es la figura del líder espiritual. Se trata de un nigeriano que es pastor cristiano evangélico en Torrevieja. En el interior de su iglesia se encontraron todos los pasaportes requisados a las víctimas. Era conocedor de la situación y se beneficiaba económicamente de la actividad. “Algunas noches pasaba a visitar a las chicas. Supuestamente lo hacía para transmitirles fuerzas, pero en realidad les venía a decir que esto es lo que hay, que toca aguantar”, relata uno de los agentes.

La iglesia evangélica donde retenían los pasaportes de las víctimas

La iglesia evangélica donde retenían los pasaportes de las víctimas

El sacerdote no les ofrecía una salida. Las conminaba a que pasasen ese trago, las culpaba de su situación y les pedía resignación. De hecho, una vez se escapó una niña de 16 años que acabó siendo acogida por una ONG. El propio pastor la telefoneó amenazándola, diciéndole: “Si no sales de ahí por tu cuenta, iré yo personalmente a por ti”.

Desde la Policía Nacional ilustran la situación: “Eres una niña, vienes de un país extranjero, ignoras el idioma y no conoces a nadie. La imagen que tienes de la policía es la de los agentes nigerianos. Allí son los malos y no confías en pedirles ayuda. No tienes más remedio que fiarte de tus paisanos y en especial de su líder espiritual, un sacerdote en el que todo el mundo cree y que presuntamente está para ayudar”. Además, las chicas se veían obligadas a pagar dinero a la iglesia para ser perdonadas y liberadas del estigma de la prostitución. “Este es uno de los motivos por los que los libros contables de la iglesia tenían cifras tan potentes. Estaban todas las operaciones perfectamente detalladas”, cuenta un agente.

PROSTITUIRSE INCLUSO ESTANDO ENFERMAS

Ya instaladas en casa de la mami, las chicas se veían obligadas a prostituirse cada noche en la calle, siete días a la semana. Las dos organizaciones desmanteladas se repartían las diferentes zonas de la ciudad. Una vez por semana, estaban obligadas a rendir cuentas a sus mamis y entregarles todo el dinero recaudado. Si las proxenetas consideraban que no eran suficiente, las agredían, las amenazaban con el vudú y las privaban de alimento. Si alguna enfermaba no podía quedarse en casa reposando. “Vivían en un cuarto piso. Cuando una de ellas se ponía mala, fingía que salía a la calle por la noche a trabajar, pero se quedaba escondida en la segunda planta y allí pasaba la noche bajo una cama. Volvía por la mañana como si hubiese estado ejerciendo la prostitución toda la noche”.

Las investigaciones de la Policía Nacional comenzaron hace un año, con la denuncia de una chica nigeriana que se había escapado en Málaga de una de las mafias y denunció la situación. Fue así como los agentes empezaron a tirar del hilo que les llevó a estas dos organizaciones. Los tentáculos de estas redes llegaban incluso al norte de Europa y Europol está trabajando para liberar a otras chicas que han sido trasladadas a Escandinavia. La investigación sigue abierta.

Mientras, muchas de las chicas intentan rehacer su vida de la mano de ONG que se encargan de reinsertarlas. Siguen viviendo con miedo porque las amenazas no cesaron ni siquiera con la policía delante. Uno de los agentes que participó en la operación explica que “el momento más emotivo de la operación fue cuando rescatamos a una de las chicas. En cuanto nos vio se puso a sonreír. La mami, ya esposada, seguía gritándole y amenazándola en inglés”.

Además, aunque ellas hayan sido liberadas, sus seres queridos en Nigeria están más amenazados que nunca. El mismo agente de policía recuerda que “hace dos años, una chica se escapó de estas mafias aquí en España. Al día siguiente quemaron su casa en Nigeria con toda su familia dentro”. Con la red totalmente desmantelada, nadie sabe qué represalias van a tomar los mafiosos de Benin City.

http://www.elespanol.com/reportajes/20160507/122987743_0.html

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Nepal: El terremoto que se llevó a las mujeres

El fuerte seísmo que asoló Nepal arrastró a muchas jóvenes y niñas a las redes de prostitución que las llevan engañadas a prostíbulos de India.

Las terribles consecuencias del terremoto de Nepal en las mujeres autóctonas. SALVADOR CAMPILLO

El fuerte seísmo que asoló Nepal arrastró a muchas jóvenes y niñas a las redes de prostitución que las llevan engañadas a prostíbulos de India.

  • DAVID LÓPEZ
  • Katmandú

Reena tiene 17 años, cara de niña, ropa conjuntada roja de niña, pinza de pelo roja de niña y ojos de niña. Esquiva, entre tímida y asustada, la mirada. Y juega nerviosa con una madeja de hilo también rojo mientras encandena monosílabos. Necesita media hora para relajarse, levantar por fin la cabeza y alargar las frases. “Haber contado esto me ayuda”, se despedirá más tarde, camino del taller donde aprende a coser en Katmandú. Dice que le gustaría trabajar en una tienda de ropa en la ciudad. No piensa ya en volver a su casa, en Rusawa, al norte de la capital, donde se vive solo de lo que se planta. De allí salió el año pasado, tras el terremoto, antes de que la sacudiera otro seísmo. Ningún sismógrafo hubiera detectado aquella llamada de teléfono.

Sucedió el pasado verano. Un chico telefoneó preguntando por otra persona. Supuestamente se había equivocado. Pero ambos empezaron a hablar. Lo hicieron durante varios días. Él le propuso que se vieran en Katmandú, ella se escapó y viajó a la capital. Cuando se encontraron, él estaba con otra chica a la que presentó como su hermana. Ambos le ofrecieron irse los tres de viaje a Delhi. “De turismo”, le dijeron. Tras llegar se alojaron en una casa. Estuvo allí encerrada un mes. El chico desapareció y ella fue llevada entonces a un burdel. Pocas semanas después, la Policía la rescató y, tras dos meses en un refugio, regresó por fin a Nepal antes del invierno.

En el taller donde acude desde entonces a diario, que gestiona la ONG local Shakti Samuha, Reena comparte espacio con otras adolescentes como ella. Aprenden a coser, a pintar o hacer piezas de bisutería. También a leer y escribir. Son analfabetas. La mayoría apenas ha cumplido los 20 años. Las hay incluso menores, de 12 y 13, dos hermanas, con más cara de niñas aún e inquietantemente pequeñas de tamaño, a las que hoy enseñan a sumar. Todas comparten una historia similar. Repetida. Engañadas en sus aldeas rurales, conducidas a Katmandú, trasladadas después a alguna ciudad de India y vendidas en un burdel. Pero Reena y sus compañeras tienen mucha suerte. Su caso es similar al de millares de chicas que han sido traficadas durante el último año, desde el terremoto del pasado 25 de abril, pero con una diferencia: la mayoría nunca serán rescatadas.

Durante décadas, como ellas, miles de mujeres y niñas han desaparecido de Nepal para terminar abducidas en los barrios de prostitución de India. No existen estadísticas. Las ONG calculan que el número de víctimas oscila entre las 5.000 y las 15.000 anuales, lo que ha convertido a Nepal en uno de los países del mundo con más casos de tráfico de personas. Y durante este último año, aunque tampoco hay datos oficiales, la cifra se ha disparado aún más.

Los traficantes se aprovechan de la vulnerabilidad que genera la pobreza. Inundan los pueblos más castigados por el seísmo y desesperados con falsas promesas de empleo en Katmandú o en otro país, y se ganan la confianza de las familias para que les dejen acompañar a sus hijas a esos lugares a los que nunca llegan. El destino final es India.

A los destrozos del terremoto se ha sumado estos meses la inoperancia de los políticos nepalíes. Las disputas partidistas impidieron hasta finales de enero que se formara la división del gobierno responsable de gestionar la reconstrucción (y los casi 3.000 millones de euros donados para ello…). Los nepalíes han pasado así el primer año sin apenas asistencia oficial, viviendo en esas zonas más rurales, en pleno invierno en el Himalaya, en chabolas de hojalata e incluso en las tiendas de campaña de emergencia desplegadas tras la catástrofe. Tras la violenta sacudida son todavía más pobres y están más desesperados y expuestos a los traficantes.

Para las víctimas del tráfico sexual a India la realidad se complica aún más. En 2015 se denunciaron sólo 181 casos de tráfico a la Policía. Las redes de traficantes han cambiado durante los últimos años y el país vecino ya no es el único destino posible. La sociedad nepalí, sexista y extremadaente conservadora, además, se ha acostumbrado a este problema ya enquistado y habitual. E incluso quienes deben investigarlo parecen haberse olvidado también de ellas.

“La situación cambia”, lo excusa Hemanta Malla, subinspector general de la policía, sentado en la penumbra de su despacho de muebles desvencijados en las dependencias de la Oficina Central de Investigación (CIB) que dirige. Esta es la unidad supuestamente más avanzada del cuerpo, porque investiga el crimen organizado en el país. Un espacio de paredes con desconchones en el que media docena de agentes, con el abrigo puesto, comparten esta mañana de invierno un puñado de mesas. “Antes se solía traficar a la India por prostitución. Pero ahora no se hace de forma forzada, sino que las mujeres van voluntariamente, aunque engañadas, a países del Golfo o de África”, añade el policía.

Riñones en venta

Los traficantes, sí, han diversificado su negocio en Nepal. Ahora hay trabajadores desesperados que emigran a Oriente Medio buscando la calderilla de los petrodólares y que acaban convertidos en esclavos de la construcción o del servicio doméstico; mujeres que bailan y cantan en Nepal en los populares y numerosos dance-bar, a quienes prometen sueldos mejores por hacer lo mismo en otro país y terminan en redes de prostitución en India o en países del Golfo o África. Incluso jóvenes a las que anuncian un buen trabajo en Corea del Sur pero les explican que es necesario un matrimonio de conveniencia para esquivar la burocracia y que son vendidas como esposas forzosas. Estas son las nuevas fórmulas más importantes que han encontrado los traficantes. O el tráfico de órganos, que crece imparable. Sobre todo el de riñones, con falsas promesasincluidas a los donantes más inocentes de que los riñones, como el pelo o las uñas, vuelven a crecer.

“Los criminales siempre van por delante de nosotros”, se lamenta Malla. El subinspector insiste en esos casos nuevos, que también han aumentado tras el terremoto. Los tradicionales de India, los de las mujeres y niñas que acaban en los burdeles, dice, no figuran entre sus competencias porque no los consideran crimen organizado. Y tampoco son ya, vuelve a insistir, los importantes. Aquí no importan las estadísticas: que sean los más numerosos. Ni la historia: que se produzcan desde hace décadas. Ni siquiera que la división de Mujeres y Niños de la Policía confirme el gran incremento y haya establecido una veintenta de controles de carretera entre Nepal e India y trabaje en otra docenas de ellos más en carreteras interiores junto a las ONG.

Es viernes, ha anochecido y el barrio de Sonagachi, en Calcuta, borbotea. Decenas de mujeres flanquean ambos lados de las calles envueltas en sus saris de colores, apenas alumbradas por la luz de las bombillas desnudas de los tenderetes ambulantes. Sonagachi es uno de los barrios de prostitución más grandes del mundo. Sus edificios de dos y tres plantas albergan docenas de burdeles separados de la calle sólo por una cortina.

Pero en Sonagachi la calle es un falso escaparate. Las mujeres que se ven no son las únicas del barrio. Entre los vendedores de samosas, tés y tabaco de mascar, entre los hombres que hoy miran en corro una película de kung fu en el televisor de una tienda, los que vigilan de brazos cruzados o los que ofrecen, así, por este orden, “baile, chicas, whisky y hachís”, esas prostitutas que buscan clientes son ya adultas. Es imposible encontrar a las más jóvenes, a las niñas con cara de niñas, que son el principal objetivo y las más valiosas para los dueños de los locales y para los traficantes que se las consiguen.

Calcuta es, con Delhi, Agra y Mumbay, una de las ciudades con más prostitución de India. Y Sonagachi, junto a Munchigan y Khaligat, sus barrios donde encontrarla. En todos ellos las ONG que trabajan allí, como New Light o Apne Aap, confirman que desde el mes de junio empezaron a ver muchas caras nuevas de nepalíes en la zona y en los burdeles. Estas organizaciones ayudan a las prostitutas intentando fortalecerlas como colectivo o buscando alternativas para que sus hijas -niñas menores a cuyas madres los proxenetas presionan para que pongan también a trabajar- no terminen explotadas.

Drogadas y encerradas

Esa es la realidad que esconden muchos de los burdeles de India. La que no se exhibe en ese escaparate sórdido y tumultuoso de las calles mortecinas de Sonagachi. La explotación de menores, las más cotizadas por muchos de los clientes. Cientos de las niñas y mujeres traficadas desde Nepal estos meses pasarán los primeros años de su nueva vida en India, los más productivos, secuestradas. Drogadas y encerradas en esos burdeles, obligadas a atender a los clientes, golpeadas si se quejan o tratan de huir y sin permiso para salir a la calle para que no escapen y para evitar que nadie las vea porque son menores. La misma historia repetida desde hace décadas. Según pasen los años el dueño del local les cambiará de zona de trabajo y empezarán a ganar cierta libertad y a poder quedarse con parte del dinero que generen. Finalmente, tras periodos que alcanzarán y superarán la década, podrán marcharse por fin.

“Nunca, y ese es uno de los problemas, se llega al verdadero traficante, al que dirige la red”, se lamenta Taj Mohamed. Este abogado penalista de silueta redonda y traje oscuro trabajó durante 15 años como director de la oficina de la Fiscalía de Calcuta. Mohamed hace un análisis especialmente duro del comportamiento del Gobierno indio. No hay, dice, voluntad política de que se apliquen las leyes que existen y que condenan tanto el tráfico como la prostitución de menores ni tampoco fondos para que funcione el procesamiento legal. “No hay presupuesto para proteger a los testigos. Ni siquiera para poder pagarles el desplazamiento y que puedan acudir a declarar. Y todo eso beneficia a los traficantes”, explica.

-¿Por qué hay incluso casos de mujeres rescatadas por la Policía que son entregadas después de nuevo a los traficantes?

-Eso forma parte de los problemas socioeconómicos de este país. Debe pensar que esta es una sociedad mayoritariamente analfabeta, sin educación. Y que este es un sistema fallido y corrupto en el que se puede sobornar a la Policía.

El abogado se irrita. Sólo con inspecciones en los burdeles, dice, podrían combatirse estos crímenes. Pero no se hacen. Tampoco ahora. Y se lamenta además de que los casos de tráfico de personas “son el único crimen en el que la víctima pierde su identidad, porque es despojada de todo: de su familia, de su círculo, de la zona en la que vive… ¡incluso de su religión!”.

Maya Saha sonríe envuelta voluminosa en su sari negro y amarillo. Tiene 43 años y dejó la prostitución hace cinco. Ella es un ejemplo de la realidad a la que se enfrentan estas nuevas víctimas del terremoto. Ha completado ya todo el círculo. Se marchó de su aldea de Nakut, al norte de Nepal, con 16 años, cuando una mujer le prometió que si viajaba con ella a Calcuta le ayudaría a encontrar un empleo. Fue engañada, como Reena. Como todas. Una vez llegaron a la ciudad, la vendió en un burdel. Pasó dos años encerrada en la misma habitación. Atendía a una docena de hombres al día, desde primera hora de la mañana hasta la medianoche. Dos años después logró escapar aprovechando el alboroto de una celebración religiosa. Volvió a su casa pero su familia la echó. No la querían.

En Nepal una mujer traficada no está a salvo tampoco cuando ha logrado escapar o ha sido liberada. La sociedad la hace responsable de lo que ha debido hacer. Cuando regresan, sus familiares y sus vecinos las amenazan e incluso agreden. Quieren que se marchen de nuevo de sus pueblos porque piensan que traerán mala suerte a la comunidad. Muchas vuelven a India, su única alternativa. Saha cuenta que regresó a Calcuta, donde aún vive hoy, y continuó prostituyéndose, hasta que se casó con uno de sus clientes, tuvo un hijo y poco después se retiró.

Es jueves, mediodía. y el barrio de Khaligat está ya plenamente activo. Saha continúa sonriendo mientras anuncia que el año pasado, tras el terremoto, regresó a su aldea para ayudar a su familia a reconstruir su casa. Ha cerrado también su círculo personal. Como ahora vuelve con marido, hijo y dinero, es aceptada de nuevo por los suyos. Nadie le pregunta nada sobre su vida en India.

-¿Cómo aguantó una vida así? ¿Cuándo estuvo encerrada pensó en suicidarse?

-No, nunca. Acepté mi destino. Aquí creemos en el destino, ¿sabe?

http://www.elmundo.es/cronica/2016/04/24/571a727146163f38128b468e.html

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Francia penaliza al cliente de prostitución tras un largo trámite parlamentario

Francia penaliza al cliente de prostitución tras un largo trámite parlamentario

El Senado, de mayoría conservadora, ha bloqueado el cambio legal hasta tres veces

La firme oposición del Senado, de mayoría conservadora, ha dilatado enormemente el trámite parlamentario de la ley que penaliza al cliente de la prostitución en Francia. Hasta tres veces ha rechazado la Cámara Alta la propuesta socialista que, por fin, ha quedado este miércoles aprobada. A partir de ahora, ya no serán multadas las prostitutas que buscan cliente en las calles del país, sino los que adquieran sus servicios. La multa será de 1.500 euros; 3.750 en caso de reincidencia. Francia imita así las normas en vigor establecidas ya en Suecia, Islandia y Noruega.

La propuesta de 120 diputados socialistas (en línea con una promesa electoral del presidente François Hollande) de “reforzar la lucha contra el sistema de prostitución” penalizando a los clientes se presentó y se aprobó en primera lectura a finales de 2013. Desde entonces, una enconada controversia dentro y fuera del parlamento ha frenado el cambio legislativo que este miércoles ha visto la luz, de manera definitiva, en la Asamblea Nacional. Algunos de sus más firmes detractores lo consideran una “aberración jurídica”. No entienden cómo se penaliza al que compra y no al que vende. Hasta ahora, la situación es la contraria: solo las prostitutas son multadas.

El debate sobre este asunto empezó en realidad en 2010 en un país abolicionista que prohibió los burdeles en 1946 tras servir estos a los ocupantes alemanes. “Este es hoy un combate contra la fatalidad de los que todavía consideran que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo”, ha dicho en la Asamblea la ministra de Derechos de la Mujer Laurence Rossignol. En la Cámara Baja, la que tiene la última palabra frente al Senado, la izquierda cuenta con el apoyo decidido de Guy Geoffroy, del principal partido de la oposición, Los Republicanos. Este diputado que lleva años clamando contra el comercio del sexo. La prostitución, dice, es “la violencia más insostenible y antigua” y beneficia fundamentalmente a proxenetas y tratantes de personas.

En medio del largo trámite, el juicio por proxenetismo contra el exdirector del Fondo Monetario Internacional (FMI) Dominique Strauss-Kahn, del que salió absuelto, ha sido una de las bazas fundamentales del cambio legislativo. Así lo considera, por ejemplo, la Asociación Equipos contra el Proxenetismo, que actuó como acusación particular en el caso. Durante el juicio, los escabrosos testimonios de las prostitutas contratadas para el político sensibilizaron en contra del mercado del sexo. Algo parecido ha ocurrido en la Asamblea con la comparecencia de prostitutas que han demostrado, como ha dicho la socialista Catherine Coutelle, que “no hay prostitución feliz”.

La norma, además de suprimir el delito de captación de clientes y pasar a considerar a las prostitutas víctimas del comercio del sexo, crea un fondo de 4,8 millones de euros anuales para prevenir y acompañar a las que deseen abandonar tal actividad. Las de origen extranjero que lo hagan podrán, además, obtener el permiso de residencia en el país. El ecologista Sergio Coronado considera ridículo el fondo, que supone 160 euros por persona y año. Los diputados han votado en conciencia y Coronado cree que la nueva ley es paternalista, ineficaz y dañina para las prostitutas. El radical Alain Tourret se ha mostrado a favor de despenalizar la venta de sexo, pero no por penalizar al cliente. La socialista Françoise Dubois se ha mostrado contraria a la nueva norma porque esta llevará a las prostitutas a una mayor clandestinidad y mayor precariedad.

En una Asamblea casi vacía (solo han participado 76 de los 577 existentes), agotada por un debate que se ha repetido cuatro veces desde 2013, la ley ha quedado aprobada por 64 votos a favor y 12 en contra. Francia se convierte así en el primer país europeo no nórdico en penalizar a los clientes de la prostitución. El conservador Geoffroy ha pedido al Gobierno que la aplique de verdad.

http://internacional.elpais.com/internacional/2016/04/06/actualidad/1459957554_438605.html

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Patrullas contra la prostitución

Grupos de hombres del proyecto ZeroMacho

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Hombres repartiendo octavillas en las Ramblas en contra de la prostitución. SANTI COGOLLUDO

El 20% de los varones españoles afirma haber pagado por sexo

Asociaciones de prostitutas critican que los hombres crean que “necesitamos que nos defiendan”

  • LUCAS DE LA CAL
  • Barcelona

“Los hombres de verdad no compran mujeres”. El primer cliente al que le entregan un papel con esta frase mira unos segundos hacia el suelo, levanta la cabeza y dice que sólo se va a tomar una copa. El segundo cliente al que le entregan un papel con la misma frase lo rompe en la cara de Pere Soler y su grupo de seis hombres. Los proxenetas montados en coches caros les miran con recelo. Las jóvenes de Europa del Este les insultan. Ellos permanecen impasibles en la puerta de uno de los burdeles de La Junquera, entregando propaganda contra la prostitución a todos los camioneros que hacen una pequeña parada en este municipio fronterizo entre Cataluña y Francia. Aquí hay el doble de mujeres vendiendo su cuerpo que hace 10 años. Muchos llaman al lugar el “paraíso de la prostitución”. Otros, como Pere, coordinador de la Asociación Zeromacho en España, lo consideran el epicentro de la corrupción moral y de la desigualdad de género.

“Tenemos que combatir el machismo empezando por su representación más extrema, la prostitución. Explotar sexualmente a las mujeres es incompatible con la democracia”. Palabra de un hombre que dice sentir estupor al leer que el 20% de los varones españoles reconoce haber pagado por sexo. Por ello, Pere decidió hace unos meses unirse al colectivo Zeromacho, un movimiento que nació hace cinco años en Francia de la mano de Gérard Biard, actual director del semanario satírico Charlie Hebdo. En sus columnas defiende que se debe multar a los clientes para poner fin a la explotación sexual de la mujer. Sus reivindicaciones ya están en 56 países, con miles de seguidores a pie de calle exigiendo que se prohíba la prostitución. Ahora se acaban de dar a conocer en Barcelona.

“Nos centramos en el problema, que son los clientes. Hay que construir una sociedad igualitaria y no pararemos mientras haya un solo hombre que pueda comprar los servicios sexuales de una mujer“, asegura Pere. Tiene 52 años y trabaja como director de relaciones externas del Parque Audiovisual de Cataluña. A su lado está Bernat Escudero, 38 años, empleado de una empresa hidráulica. Ellos, junto al resto de los 10 hombres que han puesto en marcha este proyecto en España, pasean estos días por el barrio barcelonés del Raval, “intimidando” con discursos sobre igualdad de género a aquellos que se acercan a las prostitutas apostadas en los portales. “También vamos por los institutos, llevamos a ex prostitutas, que explican a los chavales lo que se esconde detrás de ese mundo. Les enseñamos a respetar a las mujeres y a ellos mismos”, cuentan.

-“¿Por qué sólo sois hombres?”

-“La respuesta es sencilla, si nosotros no somos capaces de convencer a otro hombre para que no se vaya de putas, una mujer no lo va a hacer”.

Asociación Zero macho

Asociación Zero macho

“No necesitamos ser salvadas”

Como todas las historias, ésta también tiene dos caras. Por eso hablamos con Concha Borrell, presidenta de Aprosex, la primera asociación de prostitutas que lleva tres años en acción en Barcelona, dando apoyo moral y luchando por los derechos de las chicas que ejercen la prostitución por la normalización del trabajo sexual.

Encontramos a Concha en una manifestación a favor de la regularización de la prostitución, a pocos metros de donde el colectivo Zeromacho entrega panfletos con sus reivindicaciones. “Nosotras no necesitamos ser salvadas. Estaría bien que este grupo de hombres nos hubiera preguntado por nuestra situación. Se creen que no somos lo suficientemente fuertes para ayudarnos entre nosotras”, explica esta catalana de 43 años, terapeuta sexual y prostituta desde hace nueve años. “Lo que están haciendo estos tipos es victimizarnos y quitarnos la voz. No dudo de que sus intenciones sean buenas, pero desde nuestro colectivo llevamos años luchando por nuestros derechos, como ciudadanas y trabajadoras libres, y esto entorpece nuestra lucha”.

Concha lleva dos años en Barcelona dando cursos sobre prostitución, con grupos de seis y siete mujeres, con el objetivo de instruir a las chicas que empiezan a hacer la calle, con nociones básicas para la profesionalización del oficio más antiguo del mundo. “Trabajar en el mundo del sexo no es fácil. Hay que tener una formación”.

Desde Zeromacho no comparten la misma idea. “No está bien que se incite, con esos cursos, a que las chicas se metan a esclavas, que es en lo que te convierte la prostitución. Todas lo hacen a cambio de dinero, ninguna vende su cuerpo porque les guste, sino porque las circunstancias sociales las han llevado allí. Que quede claro que no es un trabajo, es explotación de la mujer”. El colectivo de hombres cada día que pasa tiene más adeptos en España. Ya han firmado su manifiesto más de 200 personas, con la idea de organizar patrullas urbanas en sus ciudades para dar a conocer la realidad que ellos perciben de estas mujeres.

“Muchos pensarán que somos unos frikis o ultracatólicos, pero nada de eso. Sólo queremos construir un país igualitario, sin machismo ni violencia contra las mujeres. Vamos contra los puteros, porque sin ellos no existiría la prostitución, y como consecuencia, desaparecería la trata de personas”.

http://www.elmundo.es/sociedad/2016/04/08/57068538e2704ee20e8b4637.html

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Las trabajadoras sexuales proponen que se pacte dónde y a qué horas pueden ejercer en la calle

La asamblea de trabajadoras sexuales de Catalunya reclama que se organicen espacios y horarios

Entidades sociales insisten en que muchas mujeres desconocen aún sus derechos y las alternativas laborales

Paula Vip, presidenta de Aprosex y portavoz de la Assemblea d'Activistes Pro Drets sobre el Treball Sexual a Catalunya.

FERRAN NADEU

Paula Vip (Conxa Borrell), presidenta de Aprosex y portavoz de la Assemblea d’Activistes Pro Drets sobre el Treball Sexual a Catalunya.

MARÍA JESÚS IBÁÑEZ / BARCELONA

Hay tantas prostituciones como mujeres hacen la calle. “Pasa como en tantas otras cosas en la vida: no se debería hablar de la prostitución de un modo general, porque cada mujer, cada puta arrastra una historia distinta tras de sí”, advierte, de entrada, Paula Vip, presidenta de la asociación Aprosex y portavoz de la Assemblea d’Activistes Pro Drets sobre el Treball Sexual de Catalunya. “No es lo mismo la chica que ejerce en el Raval, a la que la policía atosiga a diario por el simple hecho de estar en la calle, que las ‘escorts’ o prostitutas de lujo, que trabajan por cuenta propia, en pisos que son suyos y que contactan discretamente con sus clientes”, puntualiza Paula Vip.

Por eso, porque la realidad de la prostitución en Barcelona es tan variada como la misma ciudad, la asamblea de trabajadoras sexuales considera que lo primero que se tendría que hacer, “si esta fuera una sociedad justa, en la que la decisión libre de una prostituta fuera respetada”, dice Paula Vip, “sería llegar a un pacto sobre espacios y horarios para aquellas quieran ejercer voluntariamente”.

Paula Vip, que apuesta por “un feminismo bien entendido, es decir, el que defiende los derechos de todas las mujeres, incluidos los de las putas”, aboga por que Barcelona busque un modelo propio. “No creo que aquí, en una ciudad turística y con tanta vida en la calle, sean eficaces los establecimientos que sí funcionan en Holanda o en Alemania”, indica.

SIEMPRE PAGAN ELLAS

La clave, insiste, no pasa por “sancionar, porque son las prostitutas las que acaban pagando las multas, las suyas e indirectamente las de los clientes, que dejan de contratar sus servicios”, sino por mejorar las condiciones. “Lo que está claro es que estas mujeres, muchas de las cuales han llegado a la prostitución porque han entrado en la espiral de la pobreza, necesitan tener una situación regularizada, ni que sea para minimizar los posibles daños que puedan sufrir”, intercede Xesca Muñoz, responsable del área de empoderamiento económico de la fundación SURT, una entidad sin ánimo de lucro que trabaja por la inserción laboral de las prostitutas en Barcelona.

“Y habrá que ver si realmente eso produce el efecto llamada que algunos dicen”, añade. Es fundamental que mientras tanto, “estas personas tengan otras opciones laborales, que puedan conocer sus habilidades y aplicarlas en otros trabajos”, prosigue Muñoz. La fundación SURT, que anualmente atiende a medio centenar de mujeres, de las que un 70% han acabado encontrando un empleo alternativo a la prostitución, facilita formación, busca empresas para realizar prácticas y presta también atención psicológica. “Con muchas de ellas, la prioridad es que recuperen la autoestima“, dice la responsable.

MUJERES ATRAPADAS

El problema, reconocen ambas mujeres, son las chicas que trabajan coaccionadas o bajo amenazas. “En esos casos, que no solo afectan a la prostitución sino a otros ámbitos de explotación laboral, son las fuerzas policiales las que deben intervenir… Allí las chicas que ejercen libremente pueden ser importantes para ayudar, por ejemplo, a detectar a las que están forzadas”, afirma la portavoz de la asamblea de trabajadoras sexuales, constituida hace un año y que es una de las entidades participantes en la mesa de trabajo creada por elAyuntamiento de Barcelona para analizar cómo modificar la ordenanza municipal de civismo del 2006.

“Las mujeres atrapadas por mafias, las que han sido víctimas de redes de trata suelen ser mujeres con mucho miedo y mucha desconfianza“, explica Alícia Rodríguez, técnica de SOS Racismoen Catalunya. El miedo es hacia las represalias que puedan tomar contra ellas los proxenetas, y la desconfianza hacia las instituciones oficiales, “que las han ignorado demasiadas veces”, indica la coordinadora del servicio de atención y denuncia para víctimas de racismo y xenofobia de la oenegé. A eso se añade, prosigue Rodríguez, “el desconocimiento que muchas de ellas tienen de sus derechos”.

http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/prostitutas-proponen-pactar-espacios-horarios-para-ejercicio-prostitucion-5011401

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El teólogo que puso un burdel en Nueva York

El prostíbulo de John Allen estaba decorado con Biblias y estampas religiosas. Su historia la cuenta Luc Sante en ‘Bajos fondos’.

Dos prostitutas en Nueva York.

Dos prostitutas en Nueva York.

En el siglo XIX, un joven nacido en el seno de una familia pobre, quizá llegado a Nueva York como inmigrante, podía alimentar ambiciones de riqueza y de estatus. Una chica pobre con semejantes ambiciones normalmente sólo tenía un camino: la prostitución.

Las jóvenes se convertían en prostitutas de diferentes maneras y por distintas razones. La prostitución se asociaba a las posiciones más bajas en el teatro; era uno de los pocos medios de los que disponían las mujeres de clase baja para conocer a hombres de una posición superior; parecía una manera de evitar el fastidioso trabajo doméstico o las fábricas explotadoras; alimentaba la ilusión de permitir a las mujeres el emprendimiento independiente; estaba relacionada con las manifestaciones exteriores de una vida mejor, como las joyas y la ropa sofisticada; se asociaba en el imaginario popular con el terreno del esparcimiento, con la búsqueda del placer.

Dado que Nueva York era una ciudad portuaria, la prostitución probablemente estuvo ahí desde el principio, en las bodegas de los muelles y en las pensiones para marineros, y en los salones de baile y en los colmados que surgieron alrededor de Collect Pond y luego de Five Points.

Cuando los primeros reporteros hablan de “inmoralidad”, como en la inmoralidad de las habitaciones compartidas, están usando un eufemismo de prostitución, ya que las menciones explícitas eran un tabú en la prensa respetable; asumían que las formas de convivencia poco convencionales eran el producto o el semillero de la prostitución.

Las resistencias a mencionar la prostitución y a abordarla desde una dimensión social y económica, que en algunos sectores perduraron durante ese siglo y hasta el siguiente, intranquilizaron mucho a la gente. La veían en todos lados. Y estaba en todos lados. Pero no por las razones que imaginaban ni en las formas que creían.

Es revelador, por ejemplo, que en esta época, cuando la prostitución podía verse en cualquier lado y estaba en boca de todos, nadie pareciese ver, o al menos comentarlo por escrito, el comercio sexual inherente al fenómeno de las vendedoras de maíz.

Cuando menos en sentido figurado, eran las niñas y no el maíz lo que estaba a la venta. Como en la prostitución literal, el sustento de las niñas dependía de su juventud, de su atractivo y de su condición novedosa; entregaban sus ganancias a su patrocinador; deambulaban por la calle ante hombres de una clase social superior. Pero las vendedoras de maíz podían ser idealizadas, y por eso mantenerse libres de mancha. Representaban la promesa del sexo sin su consumación.

Unas prostitutas en Nueva York.

Unas prostitutas en Nueva York.

REZAR ENTRE PROSTITUTAS

Antes de la Guerra de Secesión, los burdeles –llamados bagnios, disorderly houses o free-and-easys– se limitaban en su mayoría al muelle y a los arrabales, a las calles Cherry y Water, a Five Points y al Bowery. Los salones de baile, en cambio, eran establecimientos multiusos en esos mismos distritos que reunían bajo el mismo techo un saloon, un hotel y un burdel, con servicios, clientes y empleados que coincidían en parte.

El local más famoso y prominente de este tipo fue el de John Allen, en el número 304 de la calle Water. Allen venía de una familia de teólogos; dos de sus hermanos eran ministros presbíteros, y un tercero era predicador bautista. Él mismo había sido estudiante de teología en el Union Theological Seminary, pero de algún modo dio un giro a su carrera, y abrió un prostíbulo con su esposa alrededor de 1850.

El sitio, pese a que contaba con una clientela de marineros a quienes trataban casi como lo hacían sus violentos reclutadores, tenía una apariencia ostentosa, y se dice que proporcionó a sus dueños unos 100 000 dólares en una década. El personal estaba compuesto por veinte mujeres con corpiños negros de satén, faldas y medias de color escarlata, y botas con el borde rojo y adornadas con pequeñas campanas.

La casa contaba además con una baza extra que le añadía picante: Allen había decorado sus instalaciones con motivos religiosos. Tres días a la semana, justo a mediodía, antes de abrir el negocio, llevaba a las prostitutas y a los camareros a una lectura de la biblia, e incluso en su horario de apertura algunas veces reunía a sus empleados y los dirigía en el canto de unos himnos procedentes de una colección llamada The Little Wanderers’ Friend.

Las cabinas de este bagnio incluían biblias; las mesas del saloon tenían periódicos cristianos y revistas devotas; las paredes estaban decoradas con estampas religiosas; en ocasiones especiales, Allen regalaba Nuevos Testamentos a sus clientes. Nada de esto impedía que la prensa popular calificara a Allen como el “hombre más perverso de Nueva York”.

La afición de Allen por lo sagrado desató su caída. En mayo de 1868 un clérigo llamado A. C. Arnold, dueño de la cercana misión Howard, visitó la casa de Allen y lo encontró como una cuba. Se aprovechó de la situación para convencerlo de que le dejara hacer reuniones para rezar en su local. Los servicios religiosos, al principio, eran una novedad graciosa para los clientes, pero pronto se cansaron y se fueron alejando.

En agosto, Arnold y otros predicadores anunciaron que el garito quedaba clausurado, que las Marías Magdalenas de Allen estaban disponibles para su contratación como empleadas domésticas en hogares cristianos, y que Allen se había convertido y reformado.

Mientras, los ministros empezaron a tener el mismo efecto mágico en otros locales del barrio, incluido el Rat Pit de Kit Burns. Durante un tiempo estos sitios atrajeron a los devotos de la ciudad, que acudían para escuchar el servicio religioso y de paso para admirar las huellas restantes del libertinaje (los reporteros que acudieron a las reuniones en el tugurio de Burns repararon en la pestilencia que emanaba de los cadáveres de perros y ratas enterrados en la tierra bajo la gradería).

Al final, el New York Times publicó una exclusiva en la que revelaba que la milagrosa reforma era un fraude, que los clérigos pagaban 350 dólares mensuales a Allen por el privilegio de convertir tanto a su local como a él mismo, y que se repartía un soborno similar al resto de propietarios, incluidos unos 150 dólares mensuales a Burns.

Además, se decía que los feligreses reunidos en aquellos servicios eran miembros respetables de la clase media, y que no había ningún vicioso –más allá de los dueños–, el tipo de seres descarriados que eran el objetivo de la reforma. Sin duda suena plausible, aunque la pregunta sigue siendo si 350 dólares mensuales eran suficientes para que Allen compensara la pérdida del negocio, o los 150 dólares para Burns. Quizá la zona había empezado su declive y vieron en esta treta publicitaria la única posibilidad de mantenerse en el negocio, aunque fuera por un tiempo breve.

En cualquier caso, el reportaje del Times tuvo el efecto de alejar a los predicadores, pero sin que volvieran los viejos clientes, así que Allen se quedó sin recursos. En diciembre del mismo año, su mujer y algunas de las chicas fueron acusadas de robar 15 dólares a un marinero. La última declaración pública de Allen antes de perderse en la oscuridad fue que le habían tendido una trampa.

Mujeres haciendo la calle en la ciudad.

Mujeres haciendo la calle en la ciudad. Getty

LA MANCHA SE EXTIENDE

Inmediatamente después de la Guerra de Secesión, la complexión moral de la ciudad cambió, y quizá ésa fue la verdadera explicación para los problemas de Allen: la prostitución se había extendido por toda la ciudad.

Los burdeles, ahora identificados por luces rojas en su entrada, brotaron con rapidez en las calles laterales del oeste de Broadway, en lo que entonces era la parte media de la ciudad, y pronto lo hicieron a lo largo del Tenderloin. En el distrito de Broadway había una progresión en precio y calidad conforme uno avanzaba hacia el norte, de las casas cercanas a la calle Canal, que atendían a marineros, a los lujosos establecimientos de Clinton Place (ahora llamada calle 8). Todos ellos, al margen de su estilo y su precio, eran esencialmente iguales: casas residenciales de ladrillo rojo, con nombres pintados en blanco sobre la puerta: the Gem, the Forget-Me-Not, Sinbad the Sailor, the Black Crook.

Las más elegantes, llamadas parlor houses, se distinguían por una atmósfera decorosa en sus salones, donde el licor se vendía y se consumía con control y sofisticación, y en las que un pianista, siempre llamado el Profesor, ponía la nota cultural. Flora’s y Lizzie’s se encontraban entre los locales más caros y famosos; el de Josephine Woods, en Clinton Place, entre Broadway y University, vendía botellas de champán por el entonces exorbitante precio de ocho dólares y era célebre por su fiesta anual de la gallina ciega, que se hacía la víspera de Año Nuevo, y porque abría todo el día de Año Nuevo.

Aún más elegante, en la calle 25, cerca de la Séptima Avenida, era Seven Sisters’ Row, donde siete mujeres procedentes de un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra y que decían ser hermanas –aunque también se comentaba que habían tomado su nombre de la revista musical de Laura Keane de 1860– dirigían siete locales adyacentes. Eran casas muy pulcras y caras, con salones donde las jóvenes, tan bien educadas como si hubieran crecido en un convento, que en cierto sentido lo habían hecho, tocaban la guitarra y practicaban el refinado arte de la conversación.

Atraían a clientes enviando invitaciones impresas a empresarios importantes que se alojaban en hoteles de la Quinta Avenida. Algunas noches sólo se admitía a los clientes que vistieran con traje de noche y llevaran un ramo de flores para las muchachas. Las ganancias de la Nochebuena se donaban a la caridad, y este hecho recibía mucha atención de la prensa.

Mientras tanto, en los estratos más bajos, un fenómeno curioso, que por lo menos duró 30 años, era el cigar store battery. En apariencia los locales eran estancos, pero un cliente no iniciado encontraría nada más entrar un surtido muy pobre de puros y a una tendera, generalmente mujer, que no mostraba mucho interés en venderlos. El cliente intencional, en cambio, sería conducido al burdel de la parte trasera o del piso superior. Estos negocios crecieron cerca de la calle Canal, sobre todo en la calle Greene, abrían durante el día, y la hora pico era la de la comida. No lejos de ahí estaban los salones de conciertos, con una clientela mayoritaria de marineros.

El primero de estos, el Melodeon, se inauguró en Broadway en 1860, y pronto aparecieron docenas, muchos con nombres como el Sailor’s Welcome Home, el Sailor’s Retreat, el Jolly Tar, el Flowing Sea Inn. Las empleadas femeninas, a veces en atuendos turcos, con pantalones harén, eran lo que ahora se conoce como alternadoras. Ocupaban casi todo su tiempo animando a los clientes a beber, por lo que recibían un tercio de los desorbitados precios, cinco dólares por una botella de vino, por ejemplo, y si querían llevar su interacción más allá, lo tenían que hacer fuera de las instalaciones y en su tiempo libre.

Más abajo en la escala estaban las prostitutas de calle, o las cruisers, que entonces solían trabajar en los parques (Washington Square, Union Square, Madison Square), pero que gradualmente se mudaron a las esquinas, y con el tiempo a Broadway. Y al mismo tiempo, ahí estaba el Tenderloin, donde podía encontrarse cualquier cosa.

Una mujer se prostituye en Manhattan.

Una mujer se prostituye en Manhattan. Getty

EL OBISPO METODISTA

En un discurso de 1866 en Cooper Union, el obispo metodista Matthew Simpson se quejó de que las prostitutas eran igual de numerosas en la ciudad que los metodistas. Un poco más tarde, en un sermón en la St. Paul’s Methodist Episcopal Church, mencionó cifras. Declaró que había 20.000 prostitutas: el equivalente a una cuadragésima parte de la población de la ciudad.

Las cifras causaron sensación cuando se recogieron en la prensa, pero la policía insistía en que eran una exageración. Según ellos, había apenas 2.670 prostitutas (o quizá 3.300, porque los informes diferían), 621 lupanares y 99 casas de citas.

A juzgar por los relatos de la época, esas cifras podían servir para ilustrar únicamente la situación en el Tenderloin. En las manzanas entre las calles 24 y 40, y entre las avenidas Quinta y Séptima —la zona conocida como Satan’s Circus—, se apiñaban abundantes y variadas encarnaciones del comercio del sexo, entre otras instituciones del vicio (en 1885 se estimaba que la mitad de los edificios de la zona se dedicaban a algún tipo de inmoralidad). En esta área, donde el territorio se dividía minuciosamente en especialidades –en la calle 28, por ejemplo, estaban las casas de apuestas de alto nivel, y en la calle 27, las salas de billar con apuestas–, las calles reservadas para los burdeles eran la 24, 25, 32 y 35, y eso sin contar las casas de citas que aparecían en cualquier lado. Los locales iban, en cuestión de estilo, desde las casas de las siete hermanas hasta los lugares donde el sexo era secundario y el robo era lo principal.

Estaban también las panel houses, por ejemplo, donde, una vez que el cliente estaba a lo suyo en alguna cama, un empleado de la casa, conocido como «enredadera», salía silenciosamente a través de un panel desmontable en la pared e iba directo a los bolsillos de los pantalones que apropiadamente colgaban de una silla cercana.

Todavía más sofisticado era el badger game. El gánster Shang Draper, por ejemplo, tenía un saloon en la Sexta Avenida con la calle 29 donde los clientes se emborrachaban por voluntad propia o a causa de su inocencia. Cuando un cliente estaba suficientemente alcoholizado, una de las 40 empleadas le atraía hacia un burdel en Prince y Wooster. Cerca del momento culminante de su encuentro con la chica, un hombre enfurecido derribaba la puerta. Era, según decía, el marido de la mujer.

Enfurecido por lo evidente del adulterio, amenazaba con dejar al cliente inconsciente, con matarlo, con llevarlo ante el juez. Pero quizá, dejaba entrever, podía apaciguarse a cambio de retribución monetaria significativa.

Escenas idénticas sucedían al mismo tiempo en cada uno de los cuartos del local. Otra de las casas de Draper empleaba a niñas de entre nueve y 14 años. En esta variante, eran los padres de la niña quienes entraban: la madre golpeaba tan fuerte a la niña en la cara que acababa sangrando por la nariz y el padre extorsionaba al incauto. Se calcula que cada mes caían en este engaño unos 100 hombres.

Quizá la campeona de este embuste fue una tipa del Tenderloin llamada Kate Phillips, quien en una noche engatusó a un comerciante de café y té de St. Louis. En el calor de su abrazo apareció un «policía», que «arrestó» al comerciante y lo llevó a un tribunal, donde un juez lo multó con 15 000 dólares por adulterio. Kate, de acuerdo con los relatos, recibió el dinero y nunca más se supo del hombre.

La demanda de chicas nuevas por parte de los dueños de los burdeles era tal que el negocio de las captadoras de mujeres se convirtió en algo muy lucrativo. En la década de 1870 las figuras más importantes en este campo eran Red Light Lizzie y Hester Jane Haskins (conocida como Jane the Grabber). Cada una de ellas controlaba a un grupo de cadetes que salía a los arrabales y al campo para seducir y engatusar a jóvenes y reclutarlas para el negocio de la prostitución en Nueva York.

Ambas mujeres regentaban lupanares, además de abastecer de trabajadoras a los demás, y tenían la reputación de conseguir únicamente hijas de buenas familias. Las procuradoras también reclutaban a menudo a niñas muy jóvenes, que vendían a personas que las empleaban vendiendo flores en los hoteles y en las avenidas. Otras niñas preadolescentes se acercaban a los hombres en la calle y les pedían un centavo. Y lo que es más, había locales en las calles cercanas al Bowery y a Chatham Square especializados en niñas, a las que tenían secuestradas en las trastiendas.

Unos jóvenes homosexuales en el Village.

Unos jóvenes homosexuales en el Village. Getty

LA DOBLE MORAL

Estas prácticas prosperaron durante el momento álgido de la moral victoriana, cuando cualquier indicio de obscenidad, por muy remoto y abstracto que fuese, en la literatura, en el vestuario y en los escenarios se condenaba enérgicamente desde los púlpitos y desde la prensa.

Los mismos periódicos que podían denunciar lo insinuante de los bailes de Lola Montez llevaban en sus páginas de anuncios por palabras, discretamente codificados, anuncios de casas de citas, de prostitutas independientes que se habían establecido en hoteles residenciales y de abortistas.

El aborto se consideraba algo inaceptable en la buena sociedad, que, paradójicamente, se encontraba relativamente a salvo y resguardada. Todo esto cambió en algún momento de la década de 1870, cuando la reputación de una abortista, madame Restell, fue conocida por todo el mundo. Nacida alrededor de 1820 como Ann Trow, emigró desde Inglaterra a Nueva York, y a sus 16 años se casó con un falso médico, el doctor Charles Loham, de quien aprendió los rudimentos de la medicina.

En 1850 ella regentaba su propio consultorio abortista, que promocionaba en los anuncios por palabras, en los cuales se mostraba como una “maestra de asistencia en el parto”, ofrecía “pastillas francesas infalibles para mujeres” y garantizaba “una cura en una sola consulta”. Empezó a llamarse a sí misma Madame Restell por la creencia popular de que en las cuestiones íntimas nadie sabía más que los franceses. Fue lo suficientemente astuta como para relacionarse con personalidades de [la organización política] Tammany Hall, a quienes pagaba un tributo.

Pronto estaba cobrando de 500 a 1000 dólares por consulta, especializándose en las amantes de los hombres prominentes, quienes le pagaban una cuota fija para que atendiese a sus cambiantes parejas sexuales. Su consultorio estaba tan afianzado como para adquirir una casa de cuatro plantas en la Quinta Avenida con la calle 52 (al haber presentado una oferta mejor que el arzobispo católico John Hughes, que la quería para convertirla en su residencia episcopal).

Mientras, mantenía sus oficinas en el distrito financiero de la intersección de Chambers y Greenwich. En algún momento, se filtró la existencia de su negocio y se rumoreó que había sido acusada de asesinato, pero que había aplacado la demanda con 100.000 dólares en sobornos.

Se informó de que los niños pequeños empezaron a correr al lado de su carruaje mientras se dirigía de su casa a su oficina, y le gritaban: “¡Oye! ¡Tu casa está construida sobre cráneos de bebés!”, y empezaron a llamarla, igual que sus padres, “Madame Asesina”.

Al final fue arrestada en 1878 por Anthony Comstock, el omnipresente y autónomo cruzado antivicio, que posiblemente había filtrado los primeros rumores, y que se había presentado en su consultorio fingiendo ser un esposo preocupado. Más adelante dijo que ella, de camino hacia la corte municipal de Jefferson Market, le había ofrecido un soborno de 40.000 dólares. Fue encarcelada en Las Tumbas, pero salió bajo fianza, regresó a su casa, se preparó un baño y se cortó el cuello.

James Gordon Bennett, el honrado editor del New York Herald, anunció que publicaría la lista de sus clientes en el periódico. Esto provocó un considerable pánico entre la gente de alcurnia y, sin mucha sorpresa, las listas desaparecieron antes de que pudieran imprimirse.

Después de aquello, el negocio del aborto pasó a ser más clandestino y se convirtió en algo mucho más peligroso para los implicados; en la década de 1890, se informó de que las mujeres habían recurrido al uso de calisaya, un extracto de la quinina disponible comercialmente, porque supuestamente tenía propiedades abortivas.

A comienzos de la década de 1880, el epicentro del entretenimiento sexual se había desplazado desde el burdel hacia un tipo de establecimiento que mezclaba el saloon y el salón de baile, y que invariablemente incluía cubículos privados y cortinados donde los clientes podían recibir la visita de las bailarinas y las camareras.

Es posible hacerse una idea clara de los distritos sórdidos de la ciudad en 1890 a partir de una curiosa publicación llamada Vices of a Big City, que vio la luz bajo los auspicios de la New York Press.

Como el libro de Howe y Hummel, este panfleto aparenta ser una advertencia, un índice de las áreas que evitar o redimir. Pero en realidad es claramente un vademécum para visitantes en busca de acción. Sus listados de burdeles, salones de conciertos, salones de baile y otros antros similares son exhaustivos y están extraordinariamente detallados. Las listas se organizan geográficamente y por especialidad.

En el número 207 del Bowery se encontraba, por ejemplo, el salón de conciertos de Bertrand Myer: “El local se llena cada noche con mujeres que fuman cigarrillos y beben ginebra”. Existen los «antros de ron» en la calle Baxter, las “casas de citas” de la calle Canal y Slide, de Frank Stephenson, en el número 157 de Bleecker, que se describe como el “sitio más bajo y desagradable. El lugar se llena cada noche con entre 100 y 300 personas, la mayoría hombres, pero indignos de llamarse así. Son afeminados, corruptos y adictos a vicios inhumanos y antinaturales”.

El turista homosexual de la época no debía de tomarse muy a pecho esa retórica. El más raro de los locales listados era el saloon de Catherine Vogt, en la calle 4 Oeste con la calle Thompson, con una clientela consistente casi por completo en mujeres maduras, de todas las razas y “degradadas”, por lo que quizá era un local para prostitutas retiradas. Al final hay un capítulo que pretende describir el “éxito de la cruzada”, el cual fue útil para poner sobre aviso a los clientes potenciales de los locales que ya habían cerrado. Lo más valioso de esta guía es que su afán reformista le lleva a representar, guste o no guste, todas las opciones y todos los grados del vicio, sin favoritismos.

EL OPIO ENTRA EN EL BURDEL

Unos años más tarde, las cosas se pusieron peor.

La adicción al opio se extendió entre las prostitutas, con resultados devastadores; en 1894, los esfuerzos del Comité Lexow llevaron a muchas mujeres a la cárcel con sentencias importantes, y las prisiones se llenaron de prostitutas con síndrome de abstinencia. Emma Goldman, que entonces era la reclusa encargada de la enfermería en la isla Blackwell, apuntó en sus memorias que casi todas las prostitutas que llegaban allí lo sufrían.

Unos cuantos años más tarde, la Ley Raines, que permitió a docenas de antros servir licor los domingos siempre que se presentaran como hoteles, también obligó al cierre de muchos burdeles. O no a cerrar exactamente sino a transformarlos en casas cuyas internas tenían que ofrecerse en las calles, bajo cualquier clima y llevarse a los clientes a lo que había sido el burdel para convencerlos de que se tomaran una copa de la que se llevarían una comisión. A las chicas no se les permitía subir a las habitaciones hasta que el cliente estaba completamente borracho.

Frente a estos estándares, el vicio que dominó el Tenderloin y el Bowery una década antes parecía positivamente arcádico. La prostitución callejera, la adicción a las drogas, el incontenible protagonismo de los proxenetas, los sobornos crecientes y su persecución y las sentencias de cárcel en nombre del reformismo se convirtieron en los principales caballos de batalla para las prostitutas en las décadas siguientes.

La prohibición, que relajó algunos de los valores morales, no les hizo la vida más sencilla, ya que supuso la llegada de sindicatos nuevos y más grandes que controlaban el negocio del sexo de una forma tan criminal e impersonal como lo hacían con el licor y el juego.

Luc Sante es un escritor belga afincado en el estado de Nueva York. Este texto es un extracto de su libro ‘Bajos fondos’, publicado en español por la editorial Libros del KO. En su página lo puedes comprar. 

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