Prostitución y ciudadanía

La legalización y regulación de la prestación de servicios sexuales puede ser deseable, toda vez que las mujeres están mucho peor en la clandestinidad y en la alegalidad. El Estado velaría para evitar situaciones de abusos y coacciones

RAQUEL MARÍN

Si existe un debate difícil, ese es el debate sobre prostitución, en parte por la complejidad del tema, en parte por la marginación y el estigma de las personas que podrían estar más interesadas en el desarrollo del mismo, o también por el desinterés en la existencia de un debate serio de quienes obtienen ingentes beneficios de esta actividad, o, más importante todavía, por la existencia de un poderoso sector de la ciudadanía que podríamos calificar de impecable e implacable. Lo cierto es que en nuestro país todo lo anterior da como resultado una situación de alegalidad e indefensión de un número importante de mujeres. Hay hombres y transexuales también en esta actividad, pero hablar en femenino refleja mucho mejor la realidad. Por supuesto, los indispensables clientes adoptan el papel de ciudadanos irresponsables.

El primer escollo importante en este debate, para muchos insalvable, es el de definir de qué hablamos cuando hablamos de prostitución o, mejor, de qué no hablamos. No hablamos aquí de trata de personas con fines de explotación sexual, ni de esclavitud, ni de ejercicio forzado, ni de tráfico, o de inmigración. Vamos a hablar de prostitución definida como “prestación voluntaria y negociada de servicios sexuales remunerados” (Maqueda). Adoptar una definición como la anterior supone una clara toma de posición.

La posibilidad de un ejercicio voluntario de esta actividad no es admitida pacíficamente. Es cierto que vivimos en una sociedad patriarcal y sexista en la cual las mujeres han ocupado tradicionalmente y todavía ocupan en buena medida posiciones de subordinación con respecto a los varones. Y por tanto no estamos en una sociedad igualitaria. En este contexto, puede ser que cierto tipo de elecciones y de preferencias, en ocasiones, tengan que ver en alguna medida con preferencias adaptativas, es decir, con ese tipo de preferencias que por decirlo de algún modo más coloquial “hacen de la necesidad virtud”. Las personas acaban prefiriendo algo que en un contexto diferente no sería una opción deseable. En este caso, consentir en el ejercicio de una actividad como la prostitución reflejaría los deseos deformados por las condiciones del sexismo cultural y unas determinadas condiciones socioeconómicas. Si llevamos esta posibilidad al extremo, no cabría una presunciónprima facie de que se ha consentido libremente en ninguna relación sexual que podamos identificar con actividades de prostitución.

No se trata meramente de despenalizar, sino de regular con una finalidad de proteger

Sin embargo, hemos de ser conscientes de que si admitimos lo anterior, y puesto que la desigualdad patriarcal permea por completo todas nuestras sociedades y todas nuestras actividades, la conclusión lógica sería que el consentimiento, cualquier consentimiento otorgado por las mujeres, al seguir inmersas en sociedades patriarcales y en situaciones de desigualdad, carecería de valor, pues nunca sería un consentimiento genuino. Si damos este paso, las consecuencias serían devastadoras y completamente indeseables, fundamentalmente para las mujeres, pero también para el resto de la sociedad. Dejaría a las mujeres inermes e incapacitadas para actuar como personas y como ciudadanas.

La prostitución es una actividad mercantil y aunque podríamos calificar a ciertos mercados como mercados nocivos, sin embargo, de tal calificación no se seguiría siempre que un mercado de ese tipo haya de prohibirse, pues en ocasiones esa prohibición intensificaría los problemas que nos han llevado a condenar ese mercado en un primer análisis. En la evaluación de los mercados no hay que olvidar nunca los efectos sobre ricos y pobres, sobre hombres y mujeres, y sobre los más y menos poderosos. Las preguntas pertinentes a la hora de realizar evaluaciones van desde cuestionar en qué medida contribuyen a una mayor igualdad, qué tipo de regulaciones y de límites son deseables y cuál es su relación con una idea de igual ciudadanía. En los análisis acerca de la prostitución, sin dejar de atribuir a esta actividad, tal y como se realiza actualmente, una influencia negativa en la persistencia de la imagen de subordinación de las mujeres y por tanto favorecedora de la desigualdad, aun así, su legalización y su regulación pueden ser deseables, pues las mujeres se encuentran en una posición mucho peor en la clandestinidad y en la alegalidad. Y el poder que pueden lograr las mujeres a partir de una regulación que las tome en consideración y castigue severamente los abusos y las coacciones, contribuiría a que alcancen una situación más simétrica en ese mercado y más igual en la sociedad.

Una prostituta no se vende ella misma, ni renuncia a su dignidad, si tal cosa pudiera hacerse

La consideración de la prostitución como un trabajo podría ser una manera de formalizar una actividad ejercida por unas mujeres, que posiblemente no sean las que pueden optar por un abanico de elecciones más amplio, y que al dedicarse a esa actividad van a quedarse desprotegidas y privadas de derechos y por tanto completamente vulnerables. La laboralización de esa actividad es lo que permitiría clarificar de una vez por todas que una prostituta no se vende ella misma, ni renuncia a su dignidad, si tal cosa pudiera hacerse, simplemente vende un servicio. Sin olvidar que el reconocimiento de su actividad como trabajo permitiría a estas mujeres acceder a la ciudadanía con plenitud de derechos, en igualdad de condiciones que los demás trabajadores, acceso que de otro modo se les niega con las implicaciones de marginación y discriminación que conlleva tal negativa. No se trata meramente de despenalizar, sino de regular con una finalidad de proteger, y esto implicaría un tipo de legislación especialmente cuidadoso con la especificidad de la actividad que se aborda. Regular esta actividad tiene que suponer, además, el firme compromiso por parte del Estado de no permitir ninguna situación de coacción y de vigilar y castigar con rigor cualquier violación en este sentido.

Para terminar, nos encontramos actualmente en una situación de regulación de la prostitución por defecto. No hay apenas regulaciones, excepto tímidos intentos municipales, pues las Administraciones no están dispuestas a asumir el coste que supone una regulación frente a la ciudadanía impecable e implacable. Así, el resultado es que ciertos grupos de presión fuertemente organizados van imponiendo sus intereses y logrando una completa impunidad e ingentes ganancias, y en la confusión, a veces interesada, en torno al tema de la prostitución, las mujeres que ejercen esta actividad siguen sometidas a los poderes mafiosos y completamente desprotegidas. Ante la incomodidad del tema, y lo bronco que puede llegar a ser este debate, tenemos que pensar con Rafael del Águila, que “hemos de resistir la tentación de convertirnos en satisfechos ciudadanos (y ciudadanas) implacables o impecables, para arrostrar la más modesta tarea de ser ciudadanos reflexivos a secas. Y no hay ley, regla o derecho que nos exima de esa responsabilidad y de los riesgos que comporta”.

 

Elena Beltrán es profesora titular de Filosofía del Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid.

Suscriben el presente texto Alfonso Ruiz Miguel, Antonio Arroyo Gil, Antonio Rovira, Blanca Mendoza, Blanca Rodríguez Chávez, Borja Suarez, Elena García Guitián, Enrique Peñaranda, Esther Gómez Calle, Fernando Martínez, Fernando Molina, Gregorio Tudela, Ignacio Tirado, José Luis López, José Ramón Montero, Juan Antonio Lascuraín, Juan Carlos Bayón, Julián Sauquillo, Laura Beck, Luis Rodriguez Abascal, Manuel Cancio, Manuel Sánchez Reinón, María Moreno, Mario Maraver, Marisa Aparicio, Marta Lorente, Mercedes Pérez Manzano, Pablo de Lora, Pilar Benavente, Pilar Pérez Álvarez, Soledad Torrecuadrada, Susanne Gratius y Yolanda Valdeolivas, profesores de la Facultad de Derecho de la UAM y miembros del Colectivo DeLiberación.

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10 fantasías sexuales de mujeres para realizar antes de morir

Las fantasías eróticas son una parte muy importante dentro de la sexualidad de una mujer. Hablamos de aquellas imágenes o deseos en el ámbito sexual que provocan excitación y predisponen al sexo. Son una forma muy saludable de vivir la sexualidad.

Tener fantasías sexuales no implica expresamente la necesidad de llevarlas a cabo pero si eres capaz de hacerlas realidad te habrás ganado el cielo, significa que has vivido tu sexualidad de forma plena.

 

 

El 80% de las mujeres tienen fantasías durante sus relaciones sexuales con la pareja. Este dato es todavía más alto cuando hablamos de masturbación ya que el 90% de las ellas usan ese tipo de imágenes o deseos para disfrutar en sus momentos de auto placer.

Te presentamos una lista de las 10 fantasías más recurrentes en mujeres:

1. PAPEL DE SUMISA – Hablamos de ceder al control y poder de un hombre que te domine asumiendo el papel de sumisa durante la relación sexual. Actualmente está muy de moda a raíz del fenómeno de 50 sombras de Grey y existen hasta Kits específicos como estos para llevar a cabo esta fantasía sexual. La mujer accedería a recibir órdenes e incluso a disfrutar del placer que produce el dolor moderado.

2. SEXO RÁPIDO CON UN DESCONOCIDO – Es una fantasía que a las mujeres les cuesta confesas. Un estudio realizado a más de 3000 mujeres determinó que un 60% de ellas tiene esta fantasía sexual. Lo que le atrae a la mujer es que un hombre no pueda resistirse a sus encantos y tenga la necesidad de arroyarla para tener sexo de forma descontrolada.

3. EXHIBICIONISMO – Lo que atrae es la idea de ser observada mientras mantiene relaciones sexuales, ya sea en un lugar privado pero visible a través por ejemplo de una ventana o directamente en un lugar público. Otra modalidad es la de ser grabada en video y que luego la pueda ver otra gente.

4. SEXO LÉSBICO – Tener esta fantasía sexual no implica para nada que seas lesbiana. La idea de disfrutar de una experiencia con alguien del mismo sexo en muchas ocasiones responde únicamente a una curiosidad más sexual, una nueva forma de vivir tu sexualidad. El sexo entre mujeres va muy ligado a las caricias y juegos preliminares, cosa que a menudo falta en las relaciones heterosexuales.

5. SEXO GRUPAL – Existen infinitas variantes. Puede tratarse de realizar un trío con dos hombres, con un hombre y una mujer o incluso tener sexo con varias personas a la vez. La fantasía responde a la idea de ser estimulada de forma especial, en ocasiones ser penetrada por más de un hombre u hasta al hecho de ofrecer placer de forma diversa.

6. PAPEL DE DOMINADORA – En este caso nos referimos a tomar el control de la situación, a decidir en casa momento lo que hacer en la cama o lo que quieres que haga tu amante para ti. Puede tratarse tanto de ofrecer placer como de recibirlo, pero siempre dominando la actividad sexual.

7. SEXO CON FAMOSOS – Es muy simple, son fantasías sexuales que aparecen resultado de la atracción sexual por alguna celebridad. Encuentras tan atractivo o atractiva a alguien que fantaseas con estar en la cama con esta persona.

8. FANTASÍAS EN PAREJA – Hablamos de cualquier actividad que implique tener sexo con tu pareja. Puede ser un juego de rol con disfraces o lencería sexy; usar algún juguete sexual en la cama; o realizar alguna locura que os apetezca a los dos.

9. REVIVIR TIEMPOS PASADOS – En estas fantasías sexuales nuestra mente viaja al pasado y tiene encuentros con algún ex novio o algún ligue de una noche. Nos gustaría repetir aquellos momentos en los que disfrutamos tanto del sexo.

 10. VOYERISMO – Te excita la idea de ver a otras personas teniendo sexo. Las fantasías son muy variadas, desde querer estar en la misma habitación mientras dos conocidos tienen sexo hasta mirar por un agujero de escondidas a durante un encuentro sexual.

¿Cuántas de estas fantasías sexuales has usado para excitarte? Y yendo más allá, ¿cuántas has realizado y cuántas te atreverías a probar? Depende de ti que tus fantasías sexuales queden sólo en eso o se conviertan en realidad. Todas las opciones son buenas, tanto si quedan simplemente como fantasías como si consigues escribirlas en tu currículum sexual.

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‘Sexoterapia’ para la discapacidad

  • ‘Marc Xander’ mantiene relaciones por dinero con hombres y mujeres discapacitados

  • Proliferan las asociaciones en defensa de esta terapia sexual

'Marc Xander', asistente sexual en Barcelona.

‘Marc Xander’, asistente sexual en Barcelona. ANTONIO MORENO

LUCAS DE LA CAL

Jordi se acostó por primera vez con una chica en silla de ruedas cuando estaba haciendo el último curso de Ciencias Sociales en Barcelona. Necesitaba dinero para pagarse la universidad y recurrió al sexo de pago para ello. Unos amigos le presentaron a una mujer minusválida que buscaba a alguien que le estimulara sexualmente y jugase con su cuerpo.

¿Por qué con una discapacitada? «Estas personas no pueden acceder a una vida sexual satisfactoria y necesitan de este tipo de servicios», dice Jordi, aunque prefiere que le llamemos Marc Xander. Este es su alias laboral, el personaje que crea cada vez que le suena el teléfono reclamando su cuerpo. Tiene 33 años, mide 1,77, es moreno de ojos marrones y afirma ser asistente sexual desde hace cuatro años. Su voz calmada y tenue le gusta mucho a David, uno de sus clientes invidentes, que paga a Marc 300 euros por una hora de servicio en la que dice que el sexo es lo menos importante. «Me hace sentir deseado y eso me da seguridad y confianza«, comenta David.

Porque el trabajo del asistente es en ocasiones muy terapéutico. «Estas personas tienen una hipersensibilidad increíble. Me piden caricias, masajes, que les duche y haga cosquillas. Necesitan este cariño carnal y yo me siento bien con ellos», explica Marc. Sus clientes son hombres y mujeres con algún tipo de minusvalía y reconoce que para trabajar con estas personas es fundamental una buena preparación previa. «Antes de quedar con ellos tengo que saber qué tipo de disfuncionalidad tienen y en qué les puedo ayudar. Algunos no quieren sexo, sólo necesitan sentir el cuerpo de otra persona apretando el suyo y que demos forma a sus deseos más íntimos».

Marc suele tener clientes fijos como un chico sordomudo, otro en silla de ruedas y una mujer ciega. «Me gusta quedar con ellos en los hoteles, pero muchos no disponen de instalaciones adecuadas para minusválidos y entonces voy directamente a sus domicilios», cuenta. Contactan con él a través de su página web o de alguna asociación, con las que está al pie del cañón levantando la voz por la dignidad y la regularización de este tipo de trabajo sexual.

Porque en España cada vez hay más personas que luchan por los derechos sexuales de las personas discapacitadas. El problema es encontrar un marco legal para ello. En Europa, países como Suiza, Alemania, Holanda o Bélgica consideran la asistencia sexual como un servicio del sistema sanitario. Pero sólo Suiza lo tiene regulado de forma oficial, incluso está subvencionado.

Ese es el objetivo de varias asociaciones que han puesto en marcha en Barcelona sus servicios para poner en contacto a las personas discapacitadas con los asistentes sexuales. Aunque Francesc Granja prefiere llamarles «acompañantes». Francesc es el presidente de Tandem Team, una asociación que nació hace un año en la ciudad condal para hacer de puente en este encuentro íntimo.

«Empezamos un proyecto para ayudar a las personas con diversidad funcional y vimos que la parte que estaba más desatendida era la sexual. Entonces decidimos hacer entrevistas para ver qué tipo de público teníamos y al principio nos sorprendió que hubiera más personas que querían ofrecerse como acompañante de las que querían solicitar el servicio», cuenta Francesc. Su asociación trabaja normalmente con 10 asistentes y ya han organizado 180 encuentros sexuales. «No es un trabajo sencillo. Es importante el tema de la higiene, que les vista y atienda a la perfección. Para nosotros eso es más fundamental que el sexo, por eso buscamos sobre todo a gente que venga del mundo de la enfermería o de la asistencia social».

Cuando Sandra, asturiana de 38 años, era adolescente, estuvo de voluntaria en centros de atención a discapacitados psíquicos. Aunque dice que no lo hace por dinero, esta mujer lleva tres años teniendo varias citas al mes con dos chicos con Síndrome de Down y otro minusválido.

«Puedo decir que el 70% de las veces que quedo con ellos no tenemos ninguna relación sexual plena. Muchos solo quieren ver mi cuerpo desnudo y acariciarlo. Es cierto que me lucro con ello, yo no se lo pido, pero los chicos me dan siempre algo de dinero. Quiero que quede claro que lo hago por una motivación social aunque la gente no se lo crea», afirma Sandra que insiste en que para hacer este trabajo se necesita una buena preparación.

Por ello, en Barcelona, la Asociación Sex Asistent organiza cursos de formación para asistentes sexuales. En 2012, el colectivo formado por terapeutas y psicólogos fueron los pioneros en España en hablar abiertamente de la necesidad de acceder a una sexualidad satisfactoria de personas con discapacidad. «Entendemos la asistencia sexual como un espacio de empoderamiento para estas personas que, encasilladas como asexuales, pertenecen a un colectivo que tiene los mismos derechos sexuales que cualquiera», afirma Rafael Reoyo, coordinador de Sex Asistent en España.

El último curso que organizaron, para el que alquilaron un aula en Barcelona, duró ocho horas y acudieron 10 personas. «No solo viene gente que se quiere dedicar a la asistencia sexual. Hemos tenido a sexólogos y chicos que trabajan en centros para discapacitados que quieren conocer mejor este tema. Les hablamos de la ética profesional, de la importancia de entender la realidad humana de estas personas y conocer las diferentes diversidades funcionales que puedan tener», cuenta Rafael. Su asociación cuenta con el apoyo de la mayoría de los colectivos de discapacitados, que representan a 3,8 millones de personas en España, un 58% mujeres.

Como Carmen, 43 años, que lleva cinco en una silla de ruedas a causa de la esclerosis múltiple que padece. Todas las semanas recibe en su casa de Girona a un asistente personal que le ayuda a comer, vestirse, ir al baño, pero… ¿qué pasa con el sexo?

«Yo no puedo ir a una discoteca y ligar con un chico. He estado seis años sin tener ninguna relación y me sentía muy deprimida», comenta Carmen que añade que desde que se enteró de esta posibilidad le ha cambiado la vida. «Pago por acostarme con hombres. Sí, y no me avergüenza reconocerlo. Me hace disfrutar muchísimo, no solo en el sexo. También está la afectividad, los abrazos y los mimos. Me siento más positiva y completa. He descubierto sensaciones que pensé que en la vida podría tener».

http://www.elmundo.es/espana/2015/06/14/557c5bc9268e3e75338b458d.html

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Todo lo que siempre quisiste saber sobre las geishas y no te atrevías a preguntar

Pocas personas conocen qué ocurre en la intimidad de las geishas japonesas. Una de esas privilegiadas es Kyoko Aihara, que convivió con algunas de las que viven en los hanamachi de Kioto

Cuando un occidental piensa en una geisha, suele acudir a su cabeza una mezcla de lujo, exotismo y sensualidad que poco tiene que ver con la realidad. Un estereotipo que han alimentado de forma externa novelas como Memorias de una geisha de Arthur Golden y, de forma interna, ciertos estereotipos que sobre estas mujeres han circulado en Japón. El hermetismo de los hanamachi, las áreas de las ciudades japonesas donde residen las geishas, tampoco ha ayudado a esclarecer muchas dudas.

Con el objetivo de separar el grano de la paja, la periodista y fotógrafa Kyoko Aihara se internó en los hanamachi de Kioto, donde se concentra la mayoría de practicantes de esta tradición, para alumbrar Geisha: a Living Tradition (Carlton Books). Este libro es una bella mezcla de imagen y texto que desvela la realidad de estas mujeres en la sociedad del siglo XXI, dos siglos después de su gran período de esplendor, cuando más de 3.000 trabajaban en las 700 casas de té de Gion. Divididas entre maikos (en período de aprendizaje) y geikos, son profesionales del entretenimiento que disfrutan de una compleja educación, ante todo, artística. Aihara resuelve a El Confidencialtodas nuestras dudas unas horas antes de ofrecer una conferencia en laFundación Japón Madrid.

PREGUNTA. ¿Cuáles son las nociones equivocadas que mantenemos los occidentales sobre el mundo de las geishas?

RESPUESTA. En los hanamachi de Kioto lo más importante es el arte, que se practica de forma muy rigurosa. Puede ser la práctica del shamisen o el taiko, flautas o prácticas de canto. Incluso las trabajadoras que hayan llegado al título de natori, es decir, de maestra, siguen practicando a los 90 años en las escuelas. Son como pianistas o bailarinas que practican durante toda su vida profesional.

P. ¿Hay muchas mujeres con vocación de convertirse en geikos? ¿Qué proceso siguen?

R. No hay muchas, pero también es cierto que el oficio de maiko se ha popularizado y es una figura que está en el punto de mira gracias al turismo, como si fuesen Micky Mouse. Más chicas quieren ser maikos que hace 30 años. En los cinco hanamachis de Kyoto había 66 maikos y 177 geikos en diciembre del año pasado.

¿Cómo convertirse en una de ellas? Primero tiene que contactar con okiya, que es la residencia, y tiene que vivir allí junto a okâsan, cuya traducción directa es “madre”, pero que en realidad es la propietaria de la residencia, y onêsan, que significa “hermana mayor”. Allí aprenden todos los protocolos, también las jergas y palabras propias del hanamachi. Habitualmente se tarda un año en que puedan ser maikos, y otro año más para ser geikos. Incluso hay personas que se saltan el proceso de ser maiko y consiguen ser geiko en un año.

P. ¿Vivir en un hanamachi es una dedicación absoluta?

R. Deben tener total dedicación a su oficio, es una profesión total. No se puede compaginar con otros estudios o trabajos. Hay muchas maikos que más tarde prefieren estudiar en una universidad y dejar de serlo, o el caso inverso, que una chica que ha terminado una carrera universitaria, en lugar de entrar en una compañía, se plantee ser geiko.

El debut de una maiko cuesta unos 30 millones de yenes (más de 200.00 euros)

P. Usted investigó a fondo los hanamachi. ¿Qué fue lo que más le sorprendió de lo que allí vio?

R. Una de las cosas que más me sorprendió es que una geiko que ha llegado a ser natori siga acudiendo a la escuela todos los días para practicar. También la vestimenta que llevan, que es carísima. Un kimono que puedo llevar yo tiene tres metros de largo, pero los de ellas son de cinco, y además tejidos y pintados a mano. Todo está hecho de seda.

[Agarra el libro y señala una horquilla] Este no tiene precio, los más baratos podrían llegar a costar 200.000 yenes, algo así como 1.500 euros. Cuando una se hace maiko y es admitida, debe tener kimono de invierno, de verano y primavera/otoño, y todos los accesorios adaptados a cada estación. El debut de una maiko cuesta unos 30 millones de yenes. Este obi, por ejemplo, lleva un diamante de dos kilates en el centro. Los okobos (el calzado), parecen baratos, pero también cuestan unos 200.000 yenes.

P. ¿Cómo se financia todo esto?

R. Es uno de los problemas actuales, porque antiguamente los clientes y patrones no tenían por qué ser patrón de una única maiko, a veces se hacían regalos porque sí. Se llegaban a regalar casas y mansiones. Eran clientes de lujo y alto standing que donaban el dinero necesario. Hoy en día hay unas tasas de transacción por realizar un obsequio, algo que antiguamente no existía. Era una cultura para clientes de gran poder adquisitivo, algo que es cada vez más difícil.

Pero se ahorraron muchos de los obsequios que hacían los antiguos patrones, y con ese dinero se sobrellevan estos costes. En cualquier caso, las maikos no tienen que financiar este tipo de complementos, a cambio de no cobrar honorarios durante cinco años. Los okiyas le suministran los kimonos y costean sus gastos de vivienda, comida, etc.

P. ¿Cuál es la relación que mantienen actualmente con sus clientes?

R. Yo también pensaba que todos los clientes eran patrones, personas que aportaban dinero. Pero según empecé a entrevistar a las implicadas, averigüé que incluso antes de la guerra, muchas personas sólo venían para disfrutar de su tiempo y se gastaban lo que les correspondía sin ser patrones.

P. Esa relación entre patronos y geishas las ha llevado a ser equiparadas con prostitutas.

R. Exactamente. Además, la confusión ha sido generada por las propias mujeres que se dedicaban a la prostitución y se consideraban geishas, algo que ocurrió en todo Japón. Por otro lado, cuando se habla del patrón, existe la idea errónea de que busca una relación sexual, pero no es así. Por ejemplo, algunos encargaban un kimono y se lo hacían vestir a una geiko para ver cómo quedaba, o artesanos que confeccionaban un obi y utilizaban a las geikos como modelo para ver cómo quedaba, si era mejor otro color… Las utilizaban como modelos para ver el resultado de su trabajo.

La relación entre el cliente y las geikos es muy duradera, se puede alargar durante 10 o 20 años

Antes de la guerra había muchos hombres que tocaban shamisén. Actualmente la virtud del hombre es trabajar, pero antes muchos tocaban mientras las geikos bailaban. Había muchos hombres que iban con geikos o maikos a las escuelas de arte para practicar, o incluso acudían juntos a ver la función de kabuki como aprendizaje.

En este sentido, la relación entre el cliente y las geikos es muy duradera, una relación de compañeros que se alarga durante 10 o 20 años. Si fuese prostitución, esta relación no duraría tanto y no existiría el sistema por el que no se permiten clientes no acreditados. El objetivo no es sexual, sino de acompañamiento.

P. No sólo los hombres pueden ser clientes de las geishas, sino que también acompañan a mujeres o participan en celebraciones familiares.

R. Exactamente. En este momento muchas mujeres se interesan por esta cultura, porque las chicas se visten con kimono y se fijan en las geikos y maikos. Una vez di una conferencia en la que reunimos a los no acreditados: era un evento abierto, y casi todas las asistentes eran mujeres.

P. ¿Cómo sería el día a día de una de ellas?

R. Primero se levanta, se viste con su kimono, y acude a la escuela para estudiar arte. El estudio, dependiendo del arte que practique, puede durar menos o abarcar hasta la tarde, pero termina entre las dos y las tres de la tarde, cuando almuerza y luego empieza la preparación del salón (ozashiki). Sobre las seis de la tarde va aochaya, el salón. Una vez allí esperan en la sala de la propietaria a que entren los clientes, y les siguen. Allí empieza el banquete de cena, que suele tener lugar entre las seis y media y ocho y media. Cuando termina, a partir de las nueve, empiezan a llegar clientes que van a tomar algo. Habitualmente se quedan entre las nueve y las once de la noche. Si los clientes quieren que les acompañen a otro sitio, también lo hacen. Esto dura desde las doce de la noche hasta la una o las dos, y cuando terminan, llaman para decir que han terminado y vuelven. El trabajo suele terminar a las dos de la mañana.

P. Usted que ha convivido con muchas de ellas, ¿cuáles son sus deseos y motivaciones y qué explicaban de la profesión que habían elegido?

R. Tienen la vocación de exhibir su habilidad artística. ¿A qué aspiran? A llegar a ser una geiko como las que exhiben su música o su arte en el teatro kabuki o las maestras que enseñan a tomar shamisen en las televisiones. Llegar a este nivel es su máxima aspiración.

P. ¿Cuál es la actitud que el resto de la sociedad japonesa mantiene hacia ellas?

R. Se les ve como personas que viven en otro mundo, por así decirlo. Antes también había muchos estereotipos negativos sobre ellas, pero eso ha cambiado gracias a que maikos y geikos realizan sus presentaciones en muchos lugares, llegando incluso a Estados Unidos para promocionar sus actividades o la ciudad de Kioto. Allí hablan de sus oficios o incluso presentan sus artes, que pueden ser baile o música. Muchas de las asistentes son mujeres que tienen interés en los vestidos que llevan por lo bonitos que son.

Japón era un país muy pobre, por lo que esta era una buena opción para que las niñas tuviesen dónde vivir

P. ¿Cuáles son las principales diferencias entre las geikos y maikos de antes de la guerra y las que se pueden encontrar hoy en día?

R. Antes de la guerra, Japón era un país muy pobre. En esa situación, muchos padres no podían criar a sus hijos. Una alternativa para las niñas era ingresarlas en una okiya que garantizase su residencia y comida, y en el caso de los chicos, internarlos en un templo o que trabajasen desde pequeños en los establecimientos. Los hanamichi eran una de las opciones. Después de la guerra, las maikos o geikos lo son por su propia voluntad o porque es una profesión que se ha llevado a cabo en su familia.

P. Lo que explica es similar a lo que ocurría con muchas religiosas en España. Pero los hanamachi se organizan en estructuras muy jerarquizadas y guiadas por la tradición. ¿A qué se parecen? ¿A un convento, a una escuela femenina, a un ejército..?

R. Es cierto que es parecido a un convento, pero en los hanamachi se les garantizaba una vida mejor. ¿A qué se asemejan? También he investigado los templos y, tras ver a los jóvenes sacerdotes, creo que tienen una cierta similitud con la vida en un hanamachi, ya que hay unos protocolos que se han de respetar rigurosamente. Por ejemplo, los jóvenes deben esperar de rodillas a que pase un sacerdote mayor por la puerta, algo que también ocurre con una okasan cuando entra a una habitación.

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2015-04-05/todo-lo-que-siempre-quisiste-saber-sobre-las-geishas-y-no-te-atrevias-a-preguntar_735747/

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¿Cómo lograr el tan deseado “Squirt”? Entiéndelo y Provócalo

Squirt, casi todas las mujeres sueñan con tenerlo, algunas requieren de entrenamiento y otras simplemente lo tienen en casi toda relación sexual.
Se conoce médicamente el origen del squirt o eyaculación femenina desde el año 2001, cuando se dio a conocer el nombre de próstata femenina, el cual todos conocíamos como Punto G. La próstata femenina vendría siendo la terminación del clítoris dentro de la cavidad vaginal, es decir, el clítoris mide aproximadamente 8 cm y lo podemos estimular por dentro y por fuera. Si se conocían aproximadamente 8000 terminaciones nerviosas el clítoris, entonces ¿Cuantas terminaciones nevosas ostenta el clítoris en realidad?, ¿De cuanto placer se esta perdiendo una mujer? Al rededor de la próstata se encuentran las glándulas de Skene, capaces de producir el liquido eyaculatorio, estas contienen canales que transportan la eyaculación por medio de la uretra, es por esta razón que la eyaculación femenina se confunde con orinar, lo que me hace pensar en aquella expresión popular: “orinar da placer”. Ok, teniendo esta información ya clara, podemos provocar un squirt.
Para lo que formulé un paso a paso diseñado por mi Lincy Acosta, basado en las técnicas propuestas por Alice K. Ladas, quien es terapeuta sexual e investigadora; Annie Sprinkle mi actriz porno favorita y Deborah Sundahl, la gurú de la eyaculación y mi escritora favorita.
1. Se debe tener las piernas bien abiertas, yo me recosté en cama, se me hizo más cómodo y fácil. Estimula el clítoris para llenarlo de sangre y poder palparlo por dentro, para esto, recomiendo el uso de aceites a base de agua, pues estos no alteran el PH de la mujer.
2. Introduce el dedo corazón, el dedo corazón y el índice o el dedo corazón y anular, con la palma hacia arriba, es decir viendo hacia el ombligo, no sumerjas completamente tus dedos, pues el Punto G se encuentra solo a unos centímetros, para se exactos se encuentra detrás del hueso púbico. (Sabes que es el Punto G, porque al mover los dedos hacia el frente, sientes un área acanalada, que al presionar sientes inmediatamente hueso púbico y da sensación parecida a la de ganas de orinar).
3. Debes hinchar el Punto G, hasta volverlo un poco mas grande que el tamaño de una almendra. Esto lo consigues masajeandolo, te recomiendo mover los dedos de manera circular, presionando un poco, da toques rápidos, detente y empuja ligera y extensamente hacia arriba, intentando tocar el hueso púbico. (Es posible que se llegue al orgasmo sin eyacular en este paso, pero es cuestión de ejercitar y entrenar el Punto G)
4. Combina los movimientos anteriores con Kegels, es decir, contrae intermitentemente los músculos pubococcígeos o PC, los músculos con los que se sostiene la orina; es de esta forma que las mujeres normalmente obtienen el orgasmo, pero el orgasmo proviene del clítoris, el nervio pudendo es quien responde y a eso vienen las contracciones y la lubricación abundante en la vagina, pero no hay eyaculación vía uretra.
5. Continua frotando el Punto G, rota el dedo, presiona y conforme se excite, levanta las caderas presionando las nalgas. Sigue y repite los movimientos.
6. Para terminar, saca los dedos o el dedo con rapidez y puja (o pídele que puje), sin dejar de contraer las nalgas y con la cadera elevada; presiona por fuera haciendo círculos con la mano sobre los labios mayores que casi cubren el clítoris, o bien, se puede estimular manualmente el clítoris externo. Si siente que la sensación inminente se escapa, repite. Se necesita de concentración, sentir es lo esencial, va a venir, va a llegar. Lo importante es que no se piense, es importante que solo se sienta. Entregarse a la sensación y dajarla fluir. No todas las mujeres eyaculan la primera vez que lo intentan, es cuestión de conocerse sexualmente y estimularse frecuentemente.
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Algunas personas preguntarán: ¿Para qué sirve la eyaculación femenina? o ¿Por qué no simplemente tener un orgasmo?. Pues, además de placer puro, de acuerdo al profesor de medicina patológica y forense de la Universidad de Bratislava, Milan Zaviacic, la próstata femenina tiene dos funciones: exocrina, manufacturar, almacenar y emitir el fluido eyaculatorio; y neuroendócrina, producir hormonas y serotonina. Es más, otros estudios de la Universidad de York en Toronto afirman que su propósito es evolutivo: la uretra y la vagina comparten una pared virtual, el piso del canal uretral es el techo de la vagina, por lo tanto la glucosa de la eyaculación es absorbida por la vagina y crea un ambiente de soporte para el esperma, la reproducción.

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Con las putas

Puede que los motivos que han llevado a Rivera y Ciudadanos a proponer la regulación de la prostitución no sean los más loables –ni loables a secas–, pero al menos han contribuido a que se reabra un debate vital para muchas mujeres, que siempre se cierra en falso y con alguna que otra demonización extra.

Decimos que los motivos de Ciudadanos no son inocentes porque, como buenos neoliberales, están motivados por lo exclusivamente económico («con la regulación de la prostitución se podrían recaudar 6.000 millones de euros», decía Albert Rivera) pero se disfraza de empatía («estas personas parece que no existen, pero sí que están ahí, y tienen su sufrimiento y sus derechos») para humanizar su discurso y conmover a la opinión pública, arañando votos a la vez de dos grandes sectores del electorado: los más preocupados por la economía y los más preocupados por lo social.

No es difícil ver la hipocresía en su argumentario, ya que Ciudadanos no se ha preocupado hasta ahora de sectores oprimidos, más bien se desentiende de ellos: recordemos que ya se ha posicionado claramente en contra de la cobertura sanitaria de los sin papeles, apelando –cómo no– a lo económico. Una regulación desde esta posición tendría el resultado holandés: dura legislación migratoria, correlación de fuerzas favorable para la patronal y muchas mujeres aún excluidas de las garantías que otras ahora obtienen de forma parcial y precaria.

Pero dejemos de lado el motivo mediático que ha reabierto el debate y centrémonos en las reacciones de unos y otros partidos (favorables al feminismo incluidos) que, por unanimidad, han negado la posibilidad de abrir la puerta de la ciudadanía a las mujeres que comercian con servicios sexuales.

De entrada, deberíamos resaltar que no parece muy feminista obviar el hecho de que las putas llevan décadas manifestándose y luchando contra las ordenanzas prohibicionistas y organizándose en colectivos, como Hetaira o Prostitutas indignadas, por todo el mundo, máxime cuando la genealogía feminista es un arma imprescindible para la transformación que nos ocupa.

Luego se pretende plasmar una postura más digna y realista resignificando un debate que hasta ahora no ha sido especialmente democrático ni saludable. Prueba de ello es que el grueso de los “argumentos” utilizados es un amalgama de falacias basadas en la apelación a la misericordia –entre otras– a fin de remover sentimientos: prostituidas, traficadas, comercio de órganos, explotación de niñas, prostituidores, venta del “cuerpo”… Una batería de significantes negativos que hace que cualquiera que les contradiga parezca un monstruo sin sentimientos. Sin embargo, seguiremos intentando defender una posición que tome partido por ellas, que al fin y al cabo son las que tienen más que opinar.

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Ante la propuesta de Ciudadanos, el PSOE expuso que lo que ellos defienden «son sueldos dignos y que nadie tenga la obligación de prostituirse» (como si en los años de Gobierno del PSOE hubieran existido dichos sueldos y no la prostitución), reprochándole a Rivera su aprobación para que «se comercie con los cuerpos de las mujeres» y añadiendo que ellos «estarán siempre a favor de la igualdad y de los derechos de las mujeres, especialmente de las más jóvenes».

Es paradójico que el PSOE, partido que redactó la Ley Integral contra la Violencia de Género y que dejó fuera de su definición –y, por lo tanto, de su cobertura– a las prostitutas y que les niega la posibilidad de otorgarles derechos, se agarre ahora al «estamos a favor de la igualdad y de los derechos de las mujeres».

Por otra parte, resulta lamentable que haya sido Ciudadanos el que ocupe un lugar que deberían estar ocupando fuerzas rupturistas, como IU, que han optado por ignorar siempre generando un impasse en su propia cultura política, que siempre intenta dar voz a los de abajo. Por esto último, resulta incomprensible su veto en el caso de las trabajadoras sexuales. Por lo demás, esperamos que, en el caso de Podemos, la ciudadanía a la que apelan no quede obstruida para estas mujeres.

El Partido Popular, en boca de su portavoz, Rafael Hernando, también se mostró contrario, claro. El PP representa perfectamente a la derecha hipócrita que saca tajada de vincular prostitución con violencia de género para sus intereses religiosos, alegando que regular la prostitución supone legitimar la violencia contra las mujeres o, en palabras de Ana Botella, “la prostitución va contra la dignidad del ser humano”. Lo cierto es que, mientras el mensaje dominante incorpora tintes puritanos y eslóganes liberales, la situación de estas mujeres permanece igual: siguen siendo las de abajo, las grandes ignoradas.

La derecha siempre ha utilizado muy bien el discurso contra la violencia sobre las mujeres para, paradójicamente, limitar su autonomía, produciendo mayor violencia aún sobre ellas. Recordemos las palabras de Gallardón sobre el aborto: “Existe una violencia estructural que obliga a las mujeres a abortar”, y sustituyamos “abortar” por “prostituirse”. Su objetivo es negar la capacidad que tenemos las mujeres, las trabajadoras sexuales en este caso, para tomar las riendas de nuestra vida en un marco estructural no elegido, ya de por sí injusto y duro, que siempre será peor si se niega su capacidad de reflexionar y decidir sobre qué hacer ante su propia realidad. Los discursos que quieren que sean vistas como víctimas irrecuperables son perfectos para desempoderar y negar su capacidad de acción política.

Además de estas políticas ‘salvacionistas’, tenemos las abolicionistas y prohibicionistas que ya se están aplicando en ciudades como Madrid, Barcelona, Málaga o Sevilla, donde se han impulsado todo tipo de atropellos: desde redadas, multas a clientes y a las chicas, restricción de la libre circulación o agresiones por parte de una policía que no es denunciada porque posee los “papeles” que una ecuatoriana o tailandesa ‘trans’ no posee.

Estas ordenanzas han sido contestadas desde colectivos como los ya mencionados, en alianza con otros colectivos feministas, sindicales, migrantes, LGTBI y con candidaturas de unidad popular, como Barcelona en Comú. Allá donde hay una normativa de este tipo, es muy seguro que se pretenda gentrificar la zona: un invento neoliberal que consigue limpiar el área de aquello que se quiere invisibilizar y desplazarlo de forma silenciosa, ‘adecentando’ así la zona para que la ocupen sectores de un mayor nivel adquisitivo. Es el caso del barrio del Raval en Barcelona o la trasera de Gran Vía, junto a la plaza de la Luna, en Madrid.

La prostitución no deja de ser un trabajo ejercido en su mayoría por mujeres, muchas de ellas migrantes, que lo valoran como la mejor salida posible, nos guste o no, ante la feminización de la supervivencia. Pero no es un trabajo al uso; si así fuera, no haría falta este alegato, claro. Esta actividad, además de situarse en la tradición patriarcal que minusvalora los trabajos femeninos, conlleva un estigma que prepara a las mujeres para la exclusión y la violencia, que facilita su explotación y que acalla sus voces: relatos que pueden incluso poner en jaque el mito de la independencia masculina, ya que parece obvio que necesitan de sus servicios para tener compañía, comunicación, algún cariño y, en definitiva, los cuidados que sustraen de todas las mujeres, solo que en este caso ellas cobran por ellos. Posiblemente ese sea el gran delito: cobrar por algo que debería ser gratuito y por «amor».

El estigma con el que cargan las prostitutas se crea al compás de la construcción social que se ha hecho de la sexualidad femenina, esa sexualidad con la que las mujeres debemos tener cuidado si no queremos ser acusadas de “puta” y que nos limita. «Puta» es la otra cara de la moneda del «maricón» para los hombres –aquello que no «deben ser»–, una injuria que afecta a todas las mujeres creándose un ‘ellas’ y un ‘nosotras’. Quizás desde aquí habría que pensar que las fracciones de las feministas en torno al trabajo sexual alguna relación pueden tener con esa división ‘ellas’-‘nosotras’.

Y al estigma anterior se añade la caracterización de las mujeres como “esclavas sexuales”. Ante esta etiqueta, las profesionales del sexo apelan a su libertad, pero remarquemos que no ‘libertad’ en su sentido estricto: ninguna somos libres, ni siquiera aquella que cree serlo porque trabaja en el McDonald’s de la calle Montera y no en las esquinas de la misma calle. Esta estigmatización es muy útil para la misoginia porque produce un efecto espejo invertido: define a las prostitutas como el paradigma del sometimiento patriarcal a diferencia de las que no ejercemos la prostitución, haciéndonos creer que somos ajenas a la estructura de dominación masculina. Esto dificulta la toma de conciencia de que la desigualdad nos afecta a todas las mujeres como mujeres.

UPyD también rechazó considerar la prostitución como trabajo, basándose en conceptos igual de superficiales que el resto. Todos los partidos usaron los conceptos «libertad» e «igualdad» en función de sus intereses, apropiándose de su universalidad. La libertad y la igualdad son un punto de llegada y no de partida, así que deberíamos descartar cualquier apelación a esos valores para justificar la existencia de cualquier trabajo, puesto que la articulación misma de ‘trabajo’ en nuestras sociedades, además de androcéntrica, resulta antagónica a la libertad misma. Aunque la industria del sexo es muy amplia y las mujeres pueden gozar de muchas condiciones diferentes entre ellas, hay una cosa que se hace común a todas: la necesidad de garantizar sus condiciones materiales de existencia.

Evidentemente, la trata tiene que ver –coincidiendo con el abolicionismo– con un sistema que empobrece a las mayorías sociales, haciendo de las mujeres “las más pobres entre los pobres”, como diría Dolores Juliano. Esa «feminización» de la pobreza limita sus opciones de vida y, sí, es lo que las empuja a vender servicios sexuales pero también a fregar letrinas y/o limpiar miserias ajenas en unas condiciones que no alarman a nadie.

La dominación masculina persigue a las mujeres en todas las facetas de la vida que les coloca en situaciones de poder frente al colectivo femenino. Esta ideología también niega nuestro estatus de seres sexuados, negándonos una sexualidad propia. Reconocer esto último puede alejarnos de las posiciones feministas que entienden que las relaciones heterosexuales son siempre relaciones de subordinación, donde las mujeres únicamente ocupan una posición de objeto.

Aunque no es un ejemplo de ello, sí que  estas palabras de Beatriz Gimeno van en dicha línea: “Una relación sexual necesita de dos o más personas y aquí solo hay una parte, el hombre, teniendo sexo, mientras que la mujer está, en el mejor de los casos, esperando a que él acabe y en el peor, sufriendo”. No nos parece que recuperar el tópico de la sexualidad masculina siempre depredadora y la femenina siempre sumisa sea la mejor estrategia feminista, ya que no las reconoce como personas que intervienen en una realidad concreta con unos intereses propios, perdiendo así un principio fundacional del feminismo.

Cuando magnificamos la institución de la prostitución y la convertimos en el paradigma de la subordinación, es interesante sacar a colación a feministas como Simone de Beauvoir, Kollontai o Mary Wollstonecraft, que encontraban analogías entre el matrimonio y la prostitución, como dos caras de la misma moneda dentro del sistema que subordina las mujeres a los hombres: ¿cuánto de libres son las muchísimas mujeres que llevan décadas casadas con hombres a los que no les une ya el amor pero sí deudas, hipotecas e hijos; hombres con los que ya solo tienen en común el nivel de pobreza?

Otras posiciones se basan en la trata para defender su postura abolicionista, pero deberíamos optar por separar la trata de la prostitución porque, aunque permanece en el campo de la industria sexual, nos encontramos con dos realidades diferenciadas que necesitan respuestas específicas, al igual que nunca será igual la actuación política para el matrimonio «voluntario» que para los matrimonios forzosos. La posibilidad de ser objeto de trata representa, como toda violencia sexista, una forma de intimidación que se traduce en la necesidad del patriarcado de colectivizar y explotar a las mujeres como una propiedad de los varones.

Pero aun teniendo esto en cuenta, el discurso de la trata puede ser muy perverso, ya que se está usando para camuflar la actuación de todo un conjunto de prácticas represivas contra las mujeres inmigrantes que ejercen la prostitución: la legislación migratoria (creada para combatir la inmigración ilegal) es uno de los agentes que crea estas mafias de tratas, pero en vez de cambiarse esta legislación para acabar con las mafias se decide perseguir la prostitución. No deja de ser un argumento hipócrita que, además, nos recuerda todas las veces que hemos escuchado a políticos proclamar que las famosas cuchillas o concertinas en Ceuta son un mecanismo para “disuadir a las mafias de la inmigración».

La conclusión es que no deberíamos comulgar con la filosofía del policía en las espaldas de las prostitutas y sí apostar por su autoorganización. Reconocerles derechos desde su posición de trabajadoras no implica abrir paso a la mercantilización de la sexualidad: no estamos proponiendo inventar algo sino actuar sobre lo que ya existe. Nadie debería aprobar la idea imperante de que es mejor que estén sin derechos que con ellos, más aún sabiendo que las políticas abolicionistas no acaban con la prostitución. Si a esto le añadimos, que no reconocer la prostitución como un trabajo con derechos supone enviar un mensaje a la sociedad que maquilla como éticamente aceptable la situación de marginación y explotación que sufren las trabajadoras sexuales (al final, son putas y ellas se lo buscan).

Decía Marx que los seres humanos hacemos nuestra propia historia a partir de unas circunstancias no elegidas, heredadas pero afrontables. La historia no deja de demostrar que cada colectivo oprimido tiene que edificar las condiciones de su propia liberación a través de su autoorganización y su articulación como sujeto político. Y esto ocurre cuando ellas se reafirman como trabajadoras sexuales y no como mujeres “prostituidas”. Se trataría, en este caso, de luchar contra el trabajo desde el puesto de trabajo, a través de prácticas políticas creadas en torno a colectivos sociales; un proyecto alternativo al neoliberalismo y al patriarcado. Solo así se puede abolir no la prostitución en sí, sino las condiciones que consiguen que sea una actividad practicada masivamente.

Al final, qué cosas, las realmente abolicionistas vamos a ser nosotras, las que estamos con las putas.

http://www.eldiario.es/zonacritica/ciudadanos-prostitucion_6_379072091.html

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Las personas inteligentes se masturban con mayor frecuencia

Entre más grado de estudio tienen, más autoplacer se proporcionan…

La Encuesta Nacional de Salud y Comportamiento Sexual dirigido por Debby Hebennick del Instituto Kinsey y financiado por la marca de preservativos Trojan, dio a conocer que las personas con mayor grado de estudios se masturban con mayor frecuencia.

Citada por el libro de Pere Estupinyà S=EX2, la encuesta que se llevó a cabo en 2010 publicó los resultados de una muestra de casi 6 mil estadounidenses de entre 14 y 90 años que fueron elegidos con gran rigurosidad y amplitud para el análisis, el cual arroja resultados interesantes.

El 71.5% de mujeres de entre 25 y 29 años se ha masturbado; y también lo ha hecho el 46.5% de las que tienen entre 60 y 69 años. En el caso de las mayores de 70 años, el porcentaje es de 32.8%. Es decir, que el sexo en la edad avanzada es más frecuente de lo que generalmente asumimos.

El 10% de las mujeres declara haber experimentado una profunda tristeza después de una relación sexual en el último mes, así lo informa el sitio xatakaciencia.com

Con relación a la masturbación y la infidelidad Pere Estupinyà afirma

“…saber que a mayor nivel de estudios más masturbación, o si uno de cuatro hombres y una de cada veinticinco mujeres ha mirado pornografía por internet en el último mes, sí resulta útil constatar que el 28,1 por ciento de hombres reportan haber perdido la erección cuando iban a ponerse el preservativo en alguna de las últimas tres ocasiones.”

http://de10.com.mx/parejas/2015/04/12/las-personas-inteligentes-se-masturban-con-mayor-frecuencia

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«Nunca he estado más feliz en mi vida afectiva como desde que soy poliamorosa»

SEXO / LIBRO «THE MOAN CLUB»

Una periodista madrileña descubre en un libro de profunda carga erótica la transformación integral que ha obrado en su vida el descubrimiento de las relaciones múltiples

«Nunca he estado más feliz en mi vida afectiva como desde que soy poliamorosa»

ABC
Portada del libro «The Moan Club»

Karen Moan ha cumplido 42 años. Buena parte de ellos, al menos la mitad, los ha dedicado a buscar la felicidad. Como a la mayoría, desde pequeña le dieron ciertas pistas para encontrarla: debía tener forma de príncipe azul, ser educado, atento, bueno en la cama, mejor padre, sensible, trabajador… y, muy importante, ser solo para ella. Miró, probó… incluso creyó haberla encontrado varias veces, pero una y otra vez se desvaneció. Hasta que hace dos años descubrió que la felicidad nunca tiene una sola cara. Sino dos, tres… A saber cuántas. Se cruzó con dos DJ y descubrió que «se puede querer a más de una persona». Que el elixir del bienestar, la plenitud y la dicha es el poliamor.

«Todo fue de casualidad. Cuando los conocí no me planteé que esto sucedería. Pero en el minuto uno en que estuve en la habitación de los dos me di cuenta. Me planteé una relación con ellos dos, empezamos a pensar en hacer cosas juntos. En ese momento todo era maravilloso. Nunca he sido tan feliz como desde entonces», asegura Karen, que además de poliamorosa es periodista y residente en Madrid. Arrollada por esa catarsis interior y sexual, dejó su trabajo hace un año paraconvertir su convulsa experiencia vital en novela y ayudar al resto de la gente, «también a los monógamos», a mejorar su vida. Ilustrada por Álvaro Coax, se titula «The Moan Club» y constituye una mezcla torrencial de relato erótico, libro de autoayuda, autobiografía, fantasía y provocación. Una publicación valiente y polémica sobre las relaciones múltiples, en la que la autora se somete a un desnudo integral de su cuerpo y de su alma.

-¿The Moan Club es un libro autobiográfico? El personaje protagonista se llama como usted y escribe un relato como la novela misma.

-Es una mezcla. Karen es un alter ego mío y algunos personajes del libro sí tienen base real. Lo que le ocurre a ella tiene parte de imaginación y realidad, pero no quiero decir cuánto. Ni siquiera yo puedo decir cuánto de Karen hay en mí y cuánto es ficticio. Ni siquiera lo sé yo. Creo, además, que ese misterio es parte del morbo de la historia.

-¿Cómo se pasa de ser monógamo a poliamoroso?

-Yo no conocía el término como tal, pero ahora sé cómo funciona y puedo decir que lo entiendo, lo respeto y me parece una opción muy buena. Toda mi vida había tenido relaciones monógamas sucesivas con un final en desamor. Pensaba que era un problema mío, pero hoy he aprendido que el amor no es lo que yo pensaba. El problema está en el concepto que tenemos del amor como compromiso, exclusividad; nos hacen creer que solo se puede querer a una persona, y ahora sé que no es cierto. También se da una visión muy negativa del sexo en muchos ambientes como algo sucio, cuando yo pienso que el sexo es maravilloso, desestresante, buenísimo para la salud física y mental. En cuanto lo practicas con más de una persona o tienes mucho sexo, te censuran. En la vida puedes querer a muchas personas sin sexo, pero si te acuestas con ellas ya está mal. Lo que he aprendido ahora con mi experiencia y los cursos que he hecho es que lo que estaba mal en mí sistema era cómo yo entendía el amor.

-¿Realmente se puede amar a más de una persona? ¿Todo el mundo puede o está capacitado para ello? ¿El poliamor existe en la vida real?

-Sí, pero si cambias el concepto de amor. Si el amor no es exclusivo. El hecho de estar con una persona no quiere decir que no puedas sentir atracción hacia otras. Todo se fastidia cuando metemos el sexo en la ecuación, insisto. Puedes tener un montón de amigos y familia a la que quieres, pero no un montón de personas a las que quieres y con las que tienes sexo. ¿Por qué? Porque tienes sexo. No lo entiendo.

-¿El ser humano no es monógamo entonces?

-Yo no me atrevería a decir tanto. Hay algunas personas para las que la monogamia es una opción buena. Pero también mucha gente para la que no lo es. La prueba es el montón de rupturas e infidelidades que existen.

-¿El poliamor es compatible con formar una familia?

-Considero que si quieres procrear, la monogamia es innecesaria pero sí muy natural. Una pareja cría a unos niños que necesitan dedicación especial. Durante un tiempo sí es cómoda la monogamia. Es difícil querer como unos padres a sus hijos, pero también hay muchas parejas de poliamorosos con niños que crecen superfelices. Es una multiplicidad de amor.

-¿El límite es el trío o en el poliamor se puede querer a un número indefinido de personas? ¿Hasta cuántas personas es posible amar a la vez?

-Esto es muy «sui generis». En primer lugar, depende del tiempo, es un factor muy importante. En el poliamor debe haber una relación sentimental, amor. Puedes tener una relación habitual, y luego amantes. O establecer un acuerdo con tu pareja para tener otros encuentros sexuales solo en las fiestas que se organizan. O incluso hacer negocios. Los poliamorosos prefieren llegar a acuerdos con ellos mismos que salir fuera.

-¿No es perjudicial para el cerebro y el estado anímico? El propio personaje de su libro, Karen, vive atormentado por sus pensamientos y dudas interiores. Parece una mujer obsesionada por el sexo, que dice que le encanta, pero en realidad lo que mandan en ella son los sentimientos.

-Karen viene de una educación religiosa y una moral que le cuesta mucho saltar. Tardas un tiempo en entender el poliamor, en reeducarte y creerte que funciona. Relaciones abiertas ha habido siempre, y nunca han sido fáciles. Tampoco hoy. Pero, a cambio, obtienes gran crecimiento personal porque, para poder llegar al poliamor, debes tenerte un cariño a ti misma y un convencimiento de ti misma bastante importantes.

-¿Y no surgen los celos al saber que, igual que tú estás con varias personas a la vez, también los están tus parejas?

-Los celos son constantes porque somos seres celosos. El tránsito de ser monógama a decir que no va conmigo no es fácil, pero llega un momento en que te parece todo lógico, en que ves que es lo que querías. Sufres más o menos según de dónde vengas. Karen no entiende sus sentimientos, se siente sucia, mal.

-¿Lo que le atormenta son los remordimientos o las dudas?

-Primero sufres pensando que no es normal lo que te pasa, «nadie lo hace», «soy un bicho raro», «voy a cargarme mi amistad con tal o cual persona»… Pero conozco a muchas chicas jóvenes a las que no les importa lo que piense nadie. Tienen claro que la sexualidad es vital para ellas, no se plantean una relación monógama, y yo las veo muy fuertes.

-¿Y los celos?

-No se superan, pero se aprenden a gestionar de otra manera. Has de analizar qué problema tienes, qué miedos sientes, a perderle a él o a qué. Los celos los tienes que solucionar contigo mismo y hablar mucho con la otra persona de cada situación en que se producen celos. A veces le dices: «Me ha puesto muy celosa que le des la mano pero no me importa que le des besos». O «no me importa que tengas citas con otras chicas pero sí que pases la noche fuera». Hay un montón de preguntas que te planteas a medida que avanzan las relaciones abiertas, que nunca surgen en las relaciones cerradas. Has de ir analizando en cada momento por qué eso te ha dolido, gestionarlo contigo porque es una inseguridad tuya. Si tú admites que puedes querer a dos personas, tu pareja puede querer a dos personas y eso no significa que te vaya a dejar. El problema es que piensas que eres menos que el otro.

-Pero si no siento celos igual es porque me da igual. Que si no me enrollo con esa persona ya vendrá otra…

-Esa es la forma que tenemos todos de pensar. Pero si empiezas a pensar que puedes querer a dos personas, si quitas la barrera de la exclusividad, ya no entran los celos.

-¿Se quiere igual a todas las parejas dentro del poliamor, o una persona te puede gustar más que otra?

-No, no. Siempre quieres que te quieran más que a nadie. Es una inseguridad. Yo he sido muy celosa, y lo soy, pero lo que hago es identificar de dónde viene ese sentimiento. Lo que hago es hablarlo, y casi siempre descubres que son celos imaginarios. Han estado en mi cabeza situaciones no reales.

-Será inevitable comparar… Quién es mejor en qué…

-Claro, claro. O esta persona me gusta para esto u otro. El problema es cuando pensamos que una persona sirve para todo y le exigimos un montón. Que te haga feliz, que sea bueno en la cama, que sea buen padre, que no le gusten otras mujeres… es como imposible. Conozco solo una pareja así. Llevan veinte años juntos, tienen mucha comunicación entre sí, e incluso han hablado en un futuro de venir a alguna fiesta y tontear con el poliamor. Pero el resto se pone los cuernos, están fatal, no se conocen, se pelean por gilipolleces… En fin, el poliamor no es la solución, pero hablar, comunicarse, administrar los celos, dejar libre a la persona… es un alivio. Que te cases y vaya con ello la familia política, que tengas que dejar hobbies, compromisos… esa falta de libertad, de «ya no somos uno sino dos» se carga muchísimo las relaciones. Hay unos pilares que no están bien planteados en la relación monógama.

-Cuando empiezas a estar con una persona y le dices que quieres una relación abierta, con todas estas licencias, ¿te entienden?

-Imagina la cara que te ponen en el minuto uno. Pero la gran mayoría lo prueba, no sale corriendo. La curiosidad está ahí. El morbo. De todos modos, las personas que yo conozco hoy por hoy saben perfectamente por dónde voy; solo me muevo en ambientes de gente con mentalidad abierta. Pero es verdad que mis conversaciones son superdivertidas. Yo soy muy amorosa, me puedo enamorar de una persona que acabo de conocer, tengo una capacidad increíble de amar porque no busco el hombre perfecto. Puede ocurrir que conozca a un chico que me gusta mucho por ejemplo para ir a ver conciertos, tengamos una buena relación sexual y a las tres veces de estar con él le diga «te quiero». Pero no le quiero como antes, yo quiero a ese chico de la manera que sé querer ahora.

-¿Cómo sabes que es amor y no un amigo más?

-Porque lo experimento. Esto ha sido un cambio muy importante para mí. Alucinante. Ahora mismo conozco a un chico de Barcelona y no me importa lo que haga en su vida privada, no estoy pendiente de dónde está, pero le pregunto continuamente porque quiero experimentar celos para ir lidiando con ellos, sensaciones. Cuando estamos juntos lo vivo como si fuese la primera vez, es una relación reciente, mi tiempo es para él y estoy absolutamente enamorada. Y cuando nos separamos, le echo de menos, pero llevo esas emociones a la parte positiva. No es una relación idílica, es cierto. A veces lo echo de menos más de lo que me gustaría o me rebelo porque quiero estar con él y no puedo, pues como digo es de Barcelona. Pero tengo otro chico de Madrid, que hay veces que me dice que está con otras chicas. Tenemos que cuadrar las agendas, pero cuando encontramos hueco nos vemos. Mientras no estamos juntos no siento celos. Y si me dan un poco, pues se lo digo: «Eso me ha molestado».

-¿No hay un poco de masoquismo en esto?

-No sé, considero que son relaciones muchísimo más sanas que las que tuve nunca. Considero que ninguno de ellos es responsable de mi felicidad.

-Entonces, quizá sea una huida, un modo de evitar sufrir por amor…

-No, porque… creo que eso no. El poliamor no es solución para todo el mundo, pero sí es un paso a tener en cuenta, y muchas de sus prácticas deberían conocerse y aplicarse a las relaciones monógamas. La falta de libertad y honestidad son dos pilares que se cargan muchas relaciones, es lo que a mí me había pasado hasta ahora. Los principios de las relaciones poliamorosas son muy divertidos. En el minuto uno has hablado de cosas que en las monógamas no dices hasta que llevas un año. En el caso del chico de Barcelona, nos echamos de menos, y cuando nos vemos parece que queremos aprovechar cada minuto juntos. Este chico venía de monógamo, ha conocido relaciones abiertas gracias a mí. No se cree poder hablar conmigo de las relaciones con otras mujeres. El que yo le diga: «Pues, joe, con esta chica de la foto me ha dado un pelín de cosa…». Y él me responde: «¿Pero por qué? Si yo no voy a dejar de quererte a ti por estar con otras mujeres». Cuando lo asimilas, es como si encajara todo.

-¿En el poliamor la base es el sexo? Quedo con tal o cual para meterme en la cama…

-Nosotros hacemos de todo. El tiempo juntos es como el de una pareja normal. Vamos a restaurantes, conciertos, salimos… El fin de semana vas de compras, das una vuelta, pasas el tiempo en casa… Lo que haces con parejas normales.

-¿Son parejas estables o hay relevos continuamente? ¿Dejas de ver a unos e incorporas otros…?

-Hay de todo. Mantener una pareja poliamorosa en el tiempo es complicado. No es la panacea, pero las que consiguen un alto nivel de comunicación y madurez son muy estables. Conozco a varias que llevan muchos años juntos y se han ramificado a su vez en otras relaciones de varios años. Me muevo en un universo de unas trescientas personas en este mundo, y no parece que se rompan más que las tradicionales.

-Y si se rompen, igual sufres menos… Como te quedan otros varios con los que consolarte…

-Depende de cómo sea de importante esta persona para mí. Yo he tenido rupturas que me han dolido tanto como las monógamas.

-¿Se rompe formalmente? Con el típico «tenemos que hablar»…

-El momento de «mejor no nos seguimos viendo» es fatal. A veces lo puedes ir previendo. En estas relaciones se habla y trabaja muchísimo. Hay charlas y talleres mensuales. Siempre estás aprendiendo.

-¿Dónde os encontráis esas trescientas personas del círculo que hablas?

-Hay unos bares en Madrid donde sabes que te los vas a encontrar. O en las fiestas que se organizan de vez en cuando. Últimamente yo solo me relaciono con este grupo, pero también me gusta mucho expandir la palabra poliamor, aunque es difícil. En cuanto sales de estos círculos, conoces a un chico que no esté metido en este mundillo y le cuesta entenderlo. Aunque también es verdad que se suelen interesar mucho, que despierta mucha curiosidad. Cierto morbo.

-¿Cada una de esas trescientas personas tiene sus parejas o se van cambiando?

-Ahí están los «kinker», que engloban toda sexualidad no convencional: el colectivo de gais, lesbianas, cualquier persona, incluso gente con determinadas perversiones como las que les gusta el sexo con muñecas, gente con una sexualidad más abierta. Y luego está el poliamor, que va más por la relación afectiva, sentimental. Las actividades de los poliamorosos puros son más de crecimiento personal, hablar, pero no hay tanto sexo. En Cataluña se organizan fines de semana de convivencia para conocerse, hablar de estos temas, ver cómo se llevan a la práctica, cómo sales del armario o lo dices a la familia, cómo se vive en sociedad… Estoy intentando organizarlo en Madrid.

-¿Cómo se sale del armario?

-Mi familia más cercana, mis padres, lo llevan muy bien. No tienen ningún problema con lo que cuento o hago.

-¿Cómo se enteraron?

-Cuando les dije que iba a publicar el libro. No quieren saber cuánto hay de realidad y cuánto de ficción en el libro. Pero estuvieron en la presentación con los «kinker» haciendo de las suyas. Mi padre dijo que se iba rápido pero mi madre aguantó hasta el final. Luego hay gente más mayor que ha hecho mutis por el foro, que no sé si han leído el libro. Y la familia más cercana y joven, tan tranquila. Entre mis amigos, al principio, hubo todo tipo de posturas pero hoy por hoy están muy abiertos a todo: no se ha alejado nadie de mí por este libro. Ha sido una reacción bastante positiva de gente que se acerca a hablar de cosas que necesitaba contar. Y estoy deseando empezar las charlas, primero con las mujeres, pero espero que también con hombres. Contarles mi experiencia para que la pongan en práctica en sus relaciones aunque nunca sean poliamorosos.

-¿El poliamor existe solo para la mujer y en el caso de los hombres es polisexo? Los personajes masculinos de su libro huyen del compromiso, de sus sentimientos. Ni siquiera se paran a pensar en ellos, no vaya a ser que se enamoren. Cuando Karen dice «te quiero», se produce una espantada masculina.

-Los hombres parece que vienen con el chip para el poliamor, pero tampoco. Se tienen que quitar el afán de posesión, del «esta mujer es mía». Tampoco todo el mundo vale para esto. Tengo amigos que no son capaces de compartir a su mujer. Otros sí lo ven porque entienden que, si ellos quieren estar con otras personas, es lógico que ella también lo esté. Conozco muchos hombres con una capacidad de enamorarse brutal, que son un encanto, que no solo buscan sexo. Y, como afrontan las relaciones desde el punto de vista del poliamor, no son nada machistas, se preocupan por ti, te miman, pero no solo a ti. De hecho, cuando salga de esta entrevista tengo a tres personas a las que tengo que escribir para contarles.

-Pero eso son amigos…

-Pero tienes sexo con ellos, y te quieren. O llámalos amigos con los que tienes sexo.

-Amigos con derecho a roce, entonces…

-Digamos que son el famoso «follamigo»… Puede ser… A lo mejor este basado en todo esto, pero llevado a un nivel de compromiso, de convivencia. Amigo con derecho a sexo, pero que se preocupa por ti y tienes varios. La definición me da igual, el cómo lo llames. Es alguien que se preocupa por ti, es un amigo, pero si además tienes sexo, te cuenta lo que hace con otras parejas…

-¿El interés por saber lo que hace con otras parejas es por morbo…?

-Depende de tu necesidad. Hay parejas que prefieren no saberlo, pero otras sí quieren conocer dónde están, situarse. Y en otras, sí, es morbo. Hombres y mujeres que quieren enterarse con pelos y señales porque les da mucho morbo. En mi caso, prefiero saber, pero no entrando en detalles sexuales; solo pregunto si ha tenido sexo esta semana.

-¿Y no duele saberlo?

-No. Me gusta saberlo. El tema del sexo creo que lo llevo bastante bien.

-¿El poliamor es heterosexual o también incluye parejas del mismo sexo?

-La gran mayoría de personas del círculo «kinker» tiende más a la bisexualidad que a la heterosexualidad. Has saltado barreras tan importantes, nada fáciles, tienes tantas cosas en común con las personas de ese grupo, que enseguida hay posibilidad de establecer vínculos afectivos o sexuales sin tener en cuenta el género.

-¿Y las parejas poliamorosas discuten tanto como las monógamas?

-Se discute menos porque se habla mucho más de sentimientos. Vas plantando la semilla de la comunicación desde el principio, y eso hace que discutas menos. No te puedo decir qué hay debajo de cada pareja poliamorosa, pero a mí me parece lógico que surjan menos roces. Si te cultivas como persona, te quieres, idealizas de otra manera, no guardas tantas cosas dentro. Se trivializa menos.

-¿No te da miedo que un día te enamores de alguien?

-Miedo, no. Porque, cuando me ocurre, no lo vivo como antes, porque no me veo capaz de engañar a alguien prometiendo amor eterno. Lo hice una vez de verdad, pero no salió bien. Luego he tenido relaciones consecutivas, una detrás de otra, pero tampoco funcionaron. Después de siete años, me di cuenta de que no era feliz, como me había ocurrido en todas las anteriores. Fue falta de libertad, sobre todo de libertad, porque en este caso teníamos muy buena comunicación, pero me había absorbido de forma absoluta.

-¿No te gustaría tener para ti sola a ese chico de Barcelona con el que lo pasas tan bien?

-Al chico de Barcelona le digo que en cuanto esté con alguien de forma continua me lo diga. No estoy ahí, no lo veo. Necesito estar preparada. Desde que conocí este mundo quiero saber si voy a volver a sentir los celos como los sentía, quiero volver a saber si voy a enamorarme como me enamoraba antes de, y es que no me ocurre. Empiezo a pensar que este cambio se ha producido en mí de verdad. No es que me lo esté creyendo, sino que lo entiendo. Asimilo que mi forma anterior de querer no era la adecuada. Nunca he estado más feliz en mi vida amorosa que desde que cambié el chip.

-¿No temes que te señalen con el dedo tras escribir este libro? Que te encasillen en este género.

-Pues sí, hombre, lo tengo claro. Pero no tenía otra opción. Me he estado escondiendo toda mi vida. Hace dos años que encontré respuesta a mi vida. Desde niña he sido una chica a la que le gustaba la sexualidad. Me habían llamado guarra muchas veces y me lo creía. Hasta que me di cuenta de que el problema no era yo, sino la sociedad. Además, era incapaz de desarrollar sentimientos, de decirle a un hombre que quiero seguir viéndole, pero no de la manera que él piensa. Si yo le digo a una persona «tengo sentimientos hacia ti», esa persona si no me conoce ya piensa que estoy buscando pareja. Pero no, o sí, pero varias. Ahora querer a alguien me resulta supersencillo y me encanta.

El libro

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¿Ellas también eyaculan?

  • Es una pregunta que aún supone un reto para la investigación científica

  • Hay varios conceptos erróneos alrededor de esta cuestión

Ilustración: Luis Sánchez Parejo

Ilustración: Luis Sánchez Parejo

BEATRIZ G. PORTALATÍN

A mediados del siglo XX, se produjo en los Estados Unidos una revolución que condujo a la liberación de la mujer en muchos contextos: en el familiar, en el laboral, y también en la manera de concebir la sexualidad. Una revolución que supuso un cambio firme en la moralidad y la ética de una sociedad, muy diferente a lo que existía hasta el momento. Mucha culpa de ello tuvieron los estudios del ginecólogo William Masters y la trabajadora social Virginia Johnson, más conocidos como Masters and Johnson.

Este dúo de investigadores, unidos en lo profesional y en lo personal, tuvo un papel más que destacado en ese cambio que con el paso de los años se ha conocido popularmente como revolución sexual femenina. Trabajaron, estudiaron e investigaron en todo cuanto acontecía sobre la respuesta sexual de la mujer y fueron los primeros en hablar del orgasmo femenino. A partir de ahí, se han sucedido un sinfín de investigaciones, pero todavía quedan muchas dudas y algunas lagunas por despejar. Uno de los temas que sigue dando vueltas en la investigación científica es la eyaculación femenina.¿Existe realmente? ¿Las mujeres pueden eyacular?

«Hay una treintena de científicos en todo el mundo que denominan eyaculación femenina a la expulsión de fluidos por parte de la mujer en el momento del orgasmo. Pero en realidad esa cantidad objetivable de fluido no debiera llamarse eyaculación ya que, desde un punto de vista técnico, la eyaculación implica emisión de líquido seminal que contiene espermatozoides, cuestión que en ningún caso acontece en las mujeres», asegura a EL MUNDO Francisco Cabello Santamaría, director del Instituto Andaluz de Sexología y Psicología.

Sin embargo, sí es cierto que muchas mujeres emiten tal cantidad de fluido en el momento del orgasmo que emula una eyaculación y, según explica este especialista, al parecer este fluido proviene de las glándulas uretrales, parauretrales y conductos de Skeene, conjunto de glándulas denominado por los prestigiosos anatomistas franceses Testud y L’atarjet como próstata femenina. Se trata de «un fluido claro, prácticamente inodoro que apenas mancha las sábanas, con alto contenido en PSA (antígeno prostático específico), un componente que sólo producen las ‘células claras’ prostáticas que componen las glándulas anteriormente mencionadas», detalla.

La misma línea mantiene Francisca Molero, médico, sexóloga y codirectora del Instituto de Sexología de Barcelona. «Se conoce como eyaculación femenina la expulsión de líquido uretral durante la respuesta sexual, coincidiendo con la fase orgásmica».

La cantidad de líquido emitido, prosigue la especialista, puede variar de una mujer a otra y en la misma mujer en diferentes ocasiones, pero posiblemente todas lo segreguen, aunque no todas lo perciban. «Se ha planteado que podría producirse cuando se estimula el punto G, pero no hay unanimidad científica en su existencia. También, se han referido a todas estas estructuras (glándulas parauretrales, uretrales, Skeene) como próstata femenina, ya que en la orina postorgásmica hay antígeno prostático PSA, mientras que no está en la orina preorgásmica», especifica esta doctora.

No se trata de incontinencia

Sin embargo, no existen estudios concluyentes. Ha habido muchas publicaciones sobre eyaculación femenina, analizando distintos componentes químicos del fluido emitido, pero el número de participantes era pequeño. «Hay una gran laguna sobre la respuesta sexual femenina, a nivel fisiológico y anatómico», afirma Molero. Sin embargo, los últimos estudios «-que confirman el trabajo de investigación que llevé a cabo hace unos años- se centran en la demostración de la presencia de PSA en dicho fluido», señala Cabello. Pese a no haber ningún consenso por parte de los investigadores, ni poderlo determinar ni demostrar científicamente, lo fundamental aquí es destacar la idea de que la eyaculación femenina no consiste en expulsión de orina, como muchos expertos creen. Pero es diferente a la orina. «Hay quien sigue afirmando que la emisión de fluidos durante la relación sexual no es más que la manifestación palpable de la incontinencia urinaria. Sin embargo, en contra de esta idea es necesario advertir que aunque algunas mujeres tienen incontinencia y pierden orina, por ejemplo, al toser o con el ejercicio físico, durante el orgasmo es precisamente el momento donde la incontinencia es menos probable ya que de forma refleja se cierra el esfínter vesical. No obstante, es cierto que muchas mujeres, especialmente tras partos muy traumáticos, sufren de incontinencia», explica Cabello.

En definitiva, es necesario señalar, insiste este especialista, que muchas mujeres tienen la capacidad de emitir gran cantidad de fluido durante la relación sexual, que en la mayor parte de los casos está relacionado con un alto nivel de excitabilidad. «Por desgracia, hay quien pensando en que se trata de orina inhibe su respuesta sexual llegando a producir una anorgasmia (ausencia de orgasmo)», lamenta.

Reto en la investigación

La eyaculación femenina es todavía un reto en la investigación científica. De hecho, según afirma Molero, es un reto la investigación fisiológica de la respuesta sexual femenina. «Afortunadamente, ese desconocimiento no interfiere en la satisfacción y el placer de la sexualidad femenina. Para las mujeres, el disfrutar de su sexualidad y de sus actividades sexuales compartidas o en solitario es mucho más que la emisión de mayor o menor cantidad de líquido. Disfrutar es estar motivada para ello, entender lo importante que es ella como ser sexuado y sexual, conocerse, compartir sexo cuando quiera y con quien quiera y, sobre todo, darse permiso para disfrutar», mantiene Molero convencida.

Pero no debemos olvidar tampoco que la investigación ayuda y mucho. Quizás investigar sobre la sexualidad femenina, sobre la eyaculación u otros conceptos, expone la doctora, nos ayude a entender mejor «que el placer y el orgasmo no dependen de la expulsión de un líquido ni de su cantidad, y si lo extrapoláramos al varón, algo que no es extrapolable, podríamos encontrar la evidencia de que los hombres no necesitan eyacular para llegar al orgasmo y sentir placer. Buscar y estar pendiente de conseguir algo que ni siquiera sabemos qué es y qué función tiene a lo que nos puede llevar es precisamente a interferir en nuestra respuesta fisiológica y a que disfrutemos menos. Es objeto de la ciencia y reto para los profesionales que nos dedicamos a la sexología, investigar, descubrir y conocer estos aspectos».

http://www.elmundo.es/salud/2015/01/17/54b8cdadca47412e278b4572.html

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Crece el fenómeno de las mujeres «puma» en busca de «toy boys»

Actrices de Hollywood han dado visibilidad mediática a este tipo de relación

Crece el fenómeno de las mujeres «puma» en busca de «toy boys»

Se dispara el perfil de féminas de más de 40 años, principalmente de clase social alta, que buscan relaciones con chicos mucho más jóvenes que ellas

Crece el fenómeno de las mujeres

La atracción física es una de las bases de los «toy boys» Neto Baldo

ALBERT DOMÈNECH

La definición de mujerespuma” o “cougar”, responde a la descripción de féminas que tienen relaciones con chicos diez o veinte años más jóvenes que ellas. El nombre, de marcado tono machista y despectivo, remite a la idea de hembras que salen a la caza en busca de jovencitos. Ellos tampoco se salvan de ser catalogados con desprecio al formar parte de una relación así: La expresión “toy boy” se traduce en castellano como un tipo de chico juguete, en referencia a un modelo de hombre que es utilizado por la mujer con finalidades sexuales. Esta es una tendencia que, a pesar de haber existido siempre, actualmente ha ganado presencia y visibilidad gracias a ejemplos que nos llegan preferentemente de la industria de Hollywood. Más allá del lenguaje y de las etiquetas, en este caso, nocivas y no siempre realistas, existe una tendencia social en la que cada vez son más las mujeres que adoptan una estrategia o actitud que, tradicionalmente, ha formado parte siempre del universo masculino.

Los perfiles más habituales
El cambio de roles que está experimentado el sexo femenino, unido a su liberación sexual, es clave para entender este tipo de relación que va a más en los últimos años. La psicóloga y terapeuta de pareja, Emma Ribas, cree que el uso de estas etiquetas despectivas para referirse a esta situación “son completamente injustas porque ambas personas han elegido libremente tener una relación así, y no se las puede juzgar”. Ribas asegura que en su consulta son muchos los casos de mujeres que, una vez separadas o divorciadas, se decantan por esta nueva relación: “Son personas que han tenido un rol totalmente asimétrico en su anterior relación, cargando con muchas responsabilidades y mochilas, de las que ahora quieren huir. Es por ello que eligen alguien más joven, fresco, divertido, con el que compartir aficiones y pasarlo bien”. Por su parte, “el hombre más joven se siente atraído por la experiencia o, incluso, por las fantasías que se derivan de una relación novedosa con una mujer más madura que le puede guiar en otras aspectos vitales”, explica Ribas.

Cambio de roles
Una de las actitudes unidas a la reciente y cada vez más extensiva liberación sexual es la que hace referencia a mantener relaciones con hombres mucho más jóvenes que ellas, algo que está más normalizado socialmente cuando es el chico el que sale con una mujer de menos edad. Según el sociólogo y profesor de los estudios de humanidades de la UOC, Francesc Núñez, esta situación refleja un traspaso de estatus que, por poco habitual, es recibido como algo chocante en nuestra sociedad: “Esta situación pone en duda la dominación masculina y los estereotipos que arrastramos desde hace milenios, y esto implica romper unas reglas y oponerte al mainstream general, algo que es percibido como una agresión o como algo que molesta”. Para el sociólogo, es aquí cuando se entra a valorar este tipo de relación en términos de racionalidad instrumental económica, y más si se tiene en cuenta que muchas de las mujeres que deciden apostar por un hombre más joven tienen una posición social alta: “Hay un intercambio de intereses, la parte masculina pone la juventud y la frescura, y la femenina el poder, el dinero y el prestigio. No se trata sólo de una relación sexual, sino un juego de ascensión social”. Para Núñez, “es un clásico de la historia del amor que ahora es más vistoso ya que las mujeres también se han apuntado a ello”.

El sexo, en el punto de mira
El aspecto sexual también es un punto importante a la hora de iniciar una relación así. Ribas alerta de que “la mujer suele tener a partir de los 40 años un renacimiento biológico y sexual, especialmente aquellas féminas que se sienten realizadas y autosuficientes, con un trabajo estable, y que no buscan tener hijos. Esto les lleva a aprovechar que el hombre más joven está en su máxima plenitud sexual, especialmente aquellas edades comprendidas entre los 25 años y los 30 años”. El sociólogo Francesc Núñez matiza que es ahora cuando “el sexo se ha separado de lo que era tradicionalmente el matrimonio, por lo que socialmente se acepta más que uno pueda tener una relación sexual, independientemente de querer buscar a alguien con quien compartir la vida o tener hijos”. Para el profesor de humanidades, “históricamente las mujeres no han tenido el sexo como objetivo, sino que buscaban una relación más duradera que tuviera como base el compromiso, incluso la idea de formar una familia, aunque la edad jugaba en su contra, mientras que el hombre podía estar más años en el mercado y eso les daba más prestigio”. Núñez explica que, “con la actual liberación sexual, las mujeres se sienten cada vez más amas de su cuerpo y de sus emociones, por lo que han pasado a buscar otro tipo de relación afectiva”. Aunque los perfiles son muy diversos, el profesor no descarta en este tipo de relaciones cierto acto de transgresión por parte de las mujeres: “En este momento puede existir un cierto componente de provocación social, como cuando las mujeres decidieron vestirse con pantalones, aún así, sólo es por la rareza del momento ya que la novedad siempre llama la atención y todavía no es un movimiento generalizado”, concluye Núñez.

Las relaciones y el sexo siempre se han centrado en diferentes objetivos: hay quien busca un lazo serio y formar una familia, mientras que otras personas las viven sólo como momentos de placer y diversión. Aunque la etiqueta de “mujer puma” nace básicamente de un interés sexual por el hombre joven, no es descartable que este intercambio culmine también en un tipo de relación más estable. Y es aquí donde pueden surgir algunos problemas, especialmente a la hora de hacerla pública: “Hombres y mujeres sufren más a la hora de explicar su nueva relación a familiares y amigos, por miedo al rechazo o a los prejuicios”, admite Ribas. La psicóloga cree que en estos casos es “de vital importancia comprobar el proyecto de futuro que tiene cada uno de ellos, ya que el problema real surge cuando una de las dos partes quiere seguir con la relación y la otra no, algo que puede derivar en problemas de dependencia”. Por su parte, el sociólogo Francesc Núñez cree que el enamoramiento es más difícil de ver en este tipo de relación: “El amor romántico, el que te arrastra, en este momento de la humanidad y, especialmente en las clases más altas, es menos frecuente porque saben que tienen más a perder que a ganar”.

Modelos mediáticos
Si algo ha hecho visible este tipo de relación en el que mujeres mayores escogen a chicos jóvenes como compañía ocasional o estable, es la industria cinematográfica de Hollywood que, en los últimos años, está plagada de ejemplos de las llamadas “mujeres puma”. La actriz Demi Moore, que tuvo un romance apasionado con el también actor Ashton Kutcher, 16 años menor que ella, es un claro estandarte, aunque hay muchos más nombres: Liz Taylor, Cher, Jennifer Aniston, Madonna o Jennifer López, entre otras. En España el ejemplo más claro durante años ha sido el de la recientemente fallecida Duquesa de Alba, aunque existen otros de renombre como los de Ana Obregón, Susana Uribarri o el romance que mantuvo Carmen Martínez Bordiú con José Campos. “En la vida social los comportamientos se transmiten por imitación.

La globalización actual y el avance de las nuevas tecnologías está facilitando este efecto espejo y la proliferación de nuevos modelos, sean buenos o malos”, asegura el sociólogo Núñez. Emma Ribas, por su parte, cree que el poder mediático del cine y las series de televisión, así como la proliferación de casos famosos, tiene mucho que ver a la hora de dar más visibilidad a este tipo de relaciones, aunque deja claro que “estas mujeres que muestran a su chico joven como si fuera un trofeo” no son el tipo de modelos que suelen abundar en la realidad de su consulta, más cercanos a los factores antes mencionados como la liberación sexual de la mujer o la búsqueda de un lazo con menos responsabilidades. “Las mujeres han tomado conciencia de su potencial y, la mayoría de ellas, tienen muy claro hoy en día lo que quieren y lo que no quieren, y son mucho más maduras”, concluye Ribas.

Leer más: http://www.lavanguardia.com/vida/20141127/54420253108/crece-fenomeno-mujeres-puma-busca-toy-boys.html#ixzz3KMhEY395

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